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PATRIA Y HUMANIDAD

Curiosidades

HISTORIA DE UN BURRO NO TAN BURRO

HISTORIA DE UN BURRO NO TAN BURRO

Por Luis Sexto 

Ningún burro en Cuba ha ganado más fama que Perico, el burro de Santa Clara. Ni el de Mayabe, en Holguín, con su circense y postiza afición a beber cerveza en botella. Ni el de Bainoa, cuyos méritos pocos recuerdan o saben, y del cual, aunque hubiera aprendido a leer, no dispongo todavía de datos que aseguren que sobrepasara a su congénere en crédito y difusión. Ante la tumba de Perico, un senador de la República deshojó un papel de lágrimas y alabanzas, y el meditado y sobrio The New York Times, entre otros medios norteamericanos y cubanos, publicó la noticia de su muerte en una nota encabezada por una frase contundentemente significativa: “Perico ha muerto.”  Y se abulta aun más el álbum de recuerdos del burro santaclareño, con este otro detalle. Los estudiantes de primaria de mi generación, niña aún en los años 50, lo conocieron en un libro nacional de lectura que le dedicaba una crónica. A Perico quizás lo aventajen mundialmente en nombradía el asno del Domingo de Ramos, el de Sancho Panza y el burrito Platero. Ellos tuvieron a los evangelistas, a Miguel de Cervantes y a Juan Ramón Jiménez como cronistas. Perico, con una existencia probablemente más enjundiosa y versátil, no ha hallado aún biógrafos, tan competentes como aquellos, que lo pongan a vivir para siempre en la relectura.Sé que diré enseguida una frase corriente, un hallazgo anterior de mil bocas. Pero es la síntesis cabal del valor de aquel burro cuyo deceso en prestigio de humanidad,  el 26 de febrero de 1947, a los 33 años,  movilizó el luto en Santa Clara. Perico demostró, en suma, que un burro puede no ser tan burro. Definición compuesta, naturalmente, desde el punto de vista humano. Porque, como les contaré, los habitantes de Santa Clara amaron a Perico por actos que parecían copias de la conducta de hombres y mujeres. Incluso, en la estatua que lo rememora en un parque de la ciudad de Marta Abreu, creo ver al pollino en posición human: en dos patas. Desde la perspectiva asnal, Perico habría pensado que los hombres, al quererlo, se portaron un tanto como burros. Esto es, noble, abnegada, tolerantemente...Perico nació en la loma de Cerro Calvo, en los contornos de la ciudad, aproximadamente hacia 1914. De allí salió a cumplir el destino usual de los asnos. Ah, si lo hubieran elegido como cabalgadura de un profeta, o de un escudero, o como juguete de un niño poeta, su gloria tuviera mayores ecos de artificios, de cascabeles. Fue, sin embargo, a tirar de un carretón de helados, y luego de otro  donde se vendían objetos de ferretería, y finalmente, arrastró un carromato que recogía botellas. Siempre con el mismo amo, Bienvenido Pérez, alias Lea, persona generosa. Porque, además de tratarlo con afecto, cuando quince años más tarde prosperó y adquirió un vehículo motorizado, premió al burro jubilándolo, otorgándole el diploma de libertad para que transitara en horas diurnas por las calles y, al anochecer, retornara a casa, y para que una vez al año fuera a Cerro Calvo, como gustaba de hacer a veces sin permiso, a solazarse con los burros que nacían y crecían en aquel criadero. Muchos pensaban que esa excursión a sus corrales nativos la exigían ciertas urgencias genésicas. Mal pensamiento. Porque Perico era casto. Había sido castrado antes de salir al mundo a trabajar. Fábrica de burros –decían los Pacheco, dueños del criadero- sólo la de Cerro Calvo. Ese era el negocio, como apunta un relato de Mario Crespo, en 1976.En lo inmediato a Perico no le satisfizo el retiro. Y en ello se asemejó también a ciertas personas que estiman que dejar de trabajar equivale a aislarse, a someterse al olvido. Y cuentan que cuando el burro vio el carro por el cual lo apartaban, puso sus patas sobre la defensa para impedir que rodara. La rebeldía duró minutos. Asumió su nuevo destino. Y en ese instante Perico comenzó a labrar su definitiva identidad. Poco a poco fue ingiriéndose como una presencia habitual y cansina en las calles. Como un detalle. Una estampa de mansedumbre. Como una tradición que enriquecerá la memoria de la ciudad fundada a fines del siglo XVII, tras una bronca con ciertos habitantes de Remedios, opuestos a un nuevo asentamiento, hacia el centro,  pues el pueblo se exponía demasiado en la costa norte al cuchillo de piratas y corsarios.Trotaba Perico, cabizbajo, por las calles más céntricas. Por Villuendas, Marta Abreu. Por todos los barrios. La Pastora, el Carmen,  Buen Viaje. Al principio no fue comprendido, ni tolerado. Pero un día y otro, y un caramelo de un niño aquí, un sorbo de refresco allá. Y no se sabe con exactitud cuándo, un tarde Perico tocó con sus cascos a una puerta y rebuznó, de modo tan delicado, fino, considerado, que el toque y el rebuzno le parecieron a la familia como de humanos. Y le dieron pan. Y jornada tras jornada, el burro pasaba a la misma hora, por las mismas casas, por la misma ruta. Y los automóviles frenaban para cederle el paso. Y él, si el tráfico aumentaba, subía a la acera. Para no estorbar.Una vez un policía, que estrenaba uniforme y garrote en el servicio y por tanto no conocía a Perico, lo vio en el medio de la calle y comenzó a espantarlo. No pudo con la voz. Y con el tolete lo golpeó. Perico se marchó. Los transeúntes protestaron por la violencia policial. Hasta un sargento, que oyó al pasar el reproche por acto tan cruel, insultó al agente y le advirtió:-¡Perico tiene los mismos derechos de cualquier ciudadano! Al burro no le bastaron las aclaraciones airadas del sargento. Y desde ese incidente, cuando veía de posta al policía abusador, modificaba su itinerario con un rodeo para sortear el riesgo.Bebía cerveza. Pero no tanta. Nunca adquirió el deleznable vicio que más tarde, en el Mirador de Mayabe, en Holguín, insuflaron en un inocente pollino, muerto después  y sustituido por otro que murió o morirá probablemente víctima de afecciones hepáticas. A Perico le gustaba fría. Y no se habituó a otra bebida alcohólica. Unos periodistas norteamericanos, pedantemente originales como otros norteamericanos que entonces visitaban a Cuba, lo invitaron a güisqui. Probó. Y Perico, con el trago en la boca, se disparó a correr. Fue la forma que adquirió su rechazo a esa bebida.Podría enumerar los centenares de anécdotas que componen la biografía del burro pilongo. Y ese título,  pilongo, que le entregó el senador Fileno de Cárdenas en la oración fúnebre  del entierro de Perico, es el gentilicio de los santaclareños que nacieron en la ciudad y, sobre todo,  se bautizaron en la pila de la iglesia parroquial mayor.Perico murió tranquilamente. Había vivido en la mansedumbre y en ella murió. Unas fiebres lo acometieron en la calle. Retornó a la botellería ubicada en San Cristóbal y Maceo. Y luego quedó quieto, quieto... Legaba, con su deceso, la  materia para componer una desmesurada crónica de elogios sobre la  excepcional capacidad del burrito para vivir en la sociedad humana. Unos dijeron que era un burro con  cerebro de persona. La esquela mortuoria califica su inteligencia de maravillosa y quienes la firmaron prometían  jamás olvidarlo, porque “era bueno e inteligente como humano”. Quizás la convivencia natural propició que el asno demostrara sus facultades como ser vivo.De cualquier forma, para que la fama de Perico quede completa, sea perenne, hace falta un libro que como otros de igual asunto se reedite o se estudie periódicamente. Lo merece. Un libro que yo empezaría así: Perico, granas de ocaso sus ojos negros, se va, manso, a un charquero de aguas de carmín... Y no sigo: me percato de que estoy recitando a Juan Ramón Jiménez. Es el autor que Perico aún espera. 

Guanahacabibes: La quimera del oro

Guanahacabibes: La quimera del oro

Una visión de la cola de Cuba 

Por Luis Sexto

 Recoleta, tímida, apenas advertida, la Península de Guanahacabibes encubre bajo su pequeñez y modestia de cola un enigma dorado que ciertos historiadores de lo utilitario valoran  en más de 200 millones de dólares. Es tierra de tesoros, porque hace dos o tres siglos fue solar clandestino de piratas y corsarios.

Lo más asombroso de esta historia es que nadie –que se conozca- ha visto jamás un tesoro completo, para confirmar cuanto se ha escrito y dicho sobre los misterios de Guanahacabibes. A lo sumo unas cuantas monedas antiguas, aparecidas en alguna cueva o playa, como indicios estimuladores de sueños y ambiciones, y leyendas. En ello, en fantasías y tentaciones, es rica esta península que en el extremo occidental de Cuba remata el Cabo de San Antonio. Hoy, deshabitada en su porción más boscosa y profunda, Guanahacabibes conserva un tesoro más tangible que el dinero o las joyas. Es el compuesto por la riqueza de su flora y fauna que la acreditaron para recibir el título de Reserva Mundial de la Biosfera, firmado por la UNESCO. 

Antes de 1959 la habitaron leñadores, carboneros, y criadores de cerdos. Por su inaccesibilidad e incomunicación era sitio ideal entonces para que piratas y corsarios y otros bandidos posteriores la utilizaran de escondrijo, como empleaban ciertos puntos del Caribe, entre los que figuraba la Isla de Tortuga.Piet Adriaenz Pita, Francis Drake, Francis Nau L’Olonais, Henry Morgan, en fin, ingleses, holandeses, franceses, estrellas de la delincuencia marítima internacional, ocultaron sus cofres en las cuevas que horadan el suelo pedregoso de la península, o levantaron campamentos en el Cabo, como también la llaman, para descansar de sus campañas de espada y pólvora.

Todo es nebuloso. Unos niegan la posibilidad de que existan cofres enterados o escondidos. Han sido el fruto de las ambiciones de gente de la ciudad, o invenciones de montunos que, empeñados en ganar amigos, alentaron a cuantos llegaron al Cabo con planos y sueños. Algunos, sin embargo, aseguran que hay dinero. Y mucho. Y no les preguntemos por las pruebas. Un cabero célebre, Fisco Valera, recientemente fallecido, sostenía que existen creencias que no le reclaman pruebas al hombre. La cosas –apuntaba Fisco- tienen a veces un lenguaje que solo puede entenderse si uno lo escucha desde adentro.Los piratas, si no sus tesoros, dejaron en Guanacahabibes sus nombres.

Casi toda la geografía conserva en la toponimia huellas de la presencia de piratas, corsarios y filibusteros. La Punta del Holandés, el Caletón del Judío, la Playa de los Ingleses, Las tumbas de Noroña, la Playa de Perjuicio. Y un nombre muy singular: Las Tetas de María la Gorda, promontorio que se conocía como Vigía Antigua y ganó ese apelativo femenino, porque se asemeja al busto de una mujer.Uno de sus sitios turísticos más encarecidos, es precisamente la playa de María la Gorda. Dedicado al buceo, guarda una leyenda que se relaciona con tan sugestivo nombre. María la Gorda,  era hija de un  capitán español, que estableció en Guanahacabibes un campamento con el propósito de buscar el tesoro de la catedral de Mérida escondido, según afirma la tradición, en una cueva. El oficial murió, y su hija que lo acompañaba permaneció allí, edificó un poblado y se dedicó a abastecer de alimentos y otras productos, además de mujeres, a las tripulaciones que recalaban en la ensenada de Corrientes. Con el tiempo fue perdiendo esbeltez  y hermosura hasta ser llamada  María la Gorda. ¿Existió o es un mito? No se sabe. Solo sabemos que el nombre sobrevive sin que nadie se haya atrevido a cambiarlo, como probando que esa tierra fue refugio de piratas y fugitivos. Y tal vez de tesoros. 

EL LARGO VIAJE DEL CAFÉ

Por Luis Sexto

Ah, el café. Bebida común de los cubanos. Por la mañana, al mediodía, al atardecer. Siempre café. Negro, fuerte, casi amargo en un país de azúcar. Millones son las tazas que se ingieren diariamente, procurando el tónico que alivie la fatiga, que aligere los efectos del calor. Y a esa afición quizás se deba que un cubano sea el autor de una de las más exactas y originales definiciones del café. La escribió José Martí: “...Es la mejor forma del oro.”

El café llegó a Cuba en un complicado recorrido. Empieza hacia 1714, cuando el alcalde de Ámsterdam regaló al  rey Luis XIV una planta de cafeto. La colocaron en los invernaderos reales donde vegetó como una rareza, porque solo en Abisinia y Arabia, y desde hacía muy poco en Java y Sumatra, se cultivaba. Pero de Martinica llegó con licencia un oficial. Gabriel Desclioux creía que el café podía aclimatarse en esa isla del Caribe. Y se agenció un gajo de la planta. Creció saludablemente. Y más tarde de Martinica saltó a Santo Domingo. Y de ahí lo introdujo en Cuba Antonio Gelabert, funcionario de España en esta Isla. Transcurría 1748. El primer cafetal, pues, según  la mayoría de los historiadores, lo fomentó Gelabert en sus tierras de El Wajay, zona en el sur de La Habana, donde ya nada permanece de aquel acto tan influyente en la historia económica del país.

En una época, Cuba figuró entre los principales productores y exportadores del grano. La ruina de las plantaciones de Haití, y la urgente emigración de muchos franceses desplazados por la revolución antiesclavista, favorecieron el auge del café en la mayor de las Antillas. En las zonas montañosas de Oriente y de Occidente proliferaron cafetales franceses, aunque en el oeste del la Isla solo se asentó el 10 por ciento de la inmigración procedente de Haití. Alrededor de Santiago de Cuba permanecen todavía instalaciones de aquellas haciendas. Baste mencionar el Isabelica. Y en la Sierra del Rosario, cerca de Candelaria y Cayajabos, límites entre La Habana y Pinar del Río, se han localizado despojos y asientos de más de 50 cafetales, alguno de los cuales, como el Buena Vista conservó casi indemne la tahona, el secadero, los barracones de esclavos y las paredes de la casa de vivienda que, reconstruidos fielmente en los últimos años, ilustran al turista sobre un momento singular de la historia social de Cuba. 

Hacia la cuarta década del siglo XIX,  los aranceles impuestos por los Estados Unidos, la erosión de los suelos y el interés que suscitaba la caña de azúcar, convirtieron al café en pariente pobre de la economía insular.Viajeros que en los primeros decenios del  XIX visitaron a Cuba, incluyeron en sus cartas de relación o en sus libros impresiones sobre las haciendas cafetaleras y, en particular, anotaron la belleza ambiental, el buen gusto con que enriquecían el medio los caficultores. Famoso era el Angerona , el mayor de occidente con sus 750 000 cafetos y 450 esclavos, y uno de los más prominentes del país.  Ubicado en el Hato de San Marcos, Artemisa, la apacible existencia del cafetal se regía por una estatua de  la diosa romana del silencio, mientras el alemán Cornelio Souchay, el propietario, compartía un ardiente amor con la mulata Ursula Lambert, administradora del emporio, tema hoy de una película polémica, pero matizada de poética evocación, titulada Roble de olor.

El norteamericano John G. Wurdemann, médico de profesión, introdujo en sus Notas sobre Cuba imágenes y juicios muy favorables sobre los cafetales criollos. Visitó algunos de La jurisdicción de La Habana, como el del doctor Carlos Finlay, padre del médico homónimo que descubrirá 30 años más tarde el agente trasmisor de la fiebre amarilla.  También varios de Matanzas. A través de un criterio económico observó las diferencias de vida entre un caficultor y un hacendado azucarero. En este, la opulencia; en aquel, el buen pasar sin sobrecargar a los esclavos.  Pero el libro de Wurdemann podrá ser recordado, en especial, por haber descrito con vehemencia un cuadro muy preciso sobre los valores estéticos de los cafetales, señalados en la campiña por sus simétricas arboledas y sus jardines. Un cañaveral producía hastío, incluso rechazo, por su falta de variedad y relieve y por el dolor humano que demandaba. En cambio –aseveró el viajero-,  “el primer cuidado del plantador de café es unir su hacienda a la belleza con la ganancia”. Un cafetal  “es, en verdad, un edén perfecto”.

BRINDEMOS A SU SALUD

BRINDEMOS A  SU SALUD

Por Luis Sexto

El ron es un misterio. Para mí lo fue principalmente, porque me maltrataron las secuelas colaterales del ingerirse un tanto ingenuamente en la indescifrable claridad de una copa. Y su espirituosa, onírica, trastrabillante naturaleza me sorprendió cuando rompí el cascarón de la primera vez. Se me zafó la mano. Quizás fui demasiado flojo. No voy a averiguarlo ahora. Desde esa debutante borrachera, empecé a respetar el misterio del ron. Y cuando, con algunos amigos, asumo la inevitable dosis, siempre impongo mi medida: poco, que apenas bebo. Mi amigo Fernando G. Campoamor –ya difunto- me dedicó un ejemplar de su libro  El hijo alegre de la caña de azúcar, que compone la más jaranera, mareada, ágil y culta biografía del ron cubano. Y quedé convencido que el ron continúa siendo un misterio aun para los cubanos que lo beben como en un culto. Antes de ser ron fue otra cosa. Desde los primitivos trapiches, cachimbos, molinos o ingenios –que muchos nombres tuvo la fábrica azucarera, según su tamaño y características tecnológicas- el aguardiente brotó como un derivado de la caña de azúcar. Entonces ganó fama de plebeyo en su consumo: alegró el ocio de los piratas y purificó democráticamente la zanja del látigo en las espaldas esclavas. Era entonces ofensivo como hueco de letrina. Pero resolvía la atmósfera de las tertulias escabrosas o de las más decentes. Mezclado con agua, azúcar, una rodaja de limón y una ramita de hierbabuena, deambuló por tabernas y hogares con el nombre de Drake, el corsario que en el Caribe movía la cola del diablo y en Londres lo cubrían con una clámide de santón.  Después,  insurgió el ron con el  halo de una criatura fantástica. Y tal mudanza  continúa oficiándose como un misterio. Los químicos no han precisado con certeza los resortes que desdoblan una bebida para convertirse en otra que borra su pendenciero pasado. Una alquimia soterrada y callada procesa el aguardiente. En este –suponen- subsiste en un uno por ciento de materia orgánica, y al pasar el tiempo reacciona ante el aire que trasvasa los toneles. O el roble de los barriles despide ciertos ácidos que se coligan con los residuos orgánicos del aguardiente. O influyen ambos fenómenos. Y poco a poco vibra en un proceso de metamorfosis sorprendente. El tiempo parece ser el catalizador de la enigmática fórmula. Cuanto más vieja,  superior es la bebida. Esa fue, quizás, la receta de Bacardí, el destilador que en 1862 fundo en Santiago de Cuba la dinastía del ron cubano. Influye también la alcurnia de la melaza que, mediante la levadura, se tornará en alcohol. Y miel de pureza única solo es posible obtenerla en las circunstancias climáticas y telúricas de la caña cultivada  Cuba.  Misterio y privilegio de la naturaleza que cuantos intentan falsificar en el extranjero el ron cubano no pueden reproducir.

LA SALSA DE LA VIDA

Por Luis Sexto

Les  voy a hablar de un plato que parece sacado de la piedra filosofal de los alquimistas antiguos. Aún se ignora mediante qué manos y en cuál cazuela se conjuraron sus ingredientes. Y a qué -puedo preguntar- tanto formalismo,  tanta exigencia de certificado de nacimiento, si tenemos la certeza, por el paladar, que la salsa perro es un bocado tangible, deleitable. Pero si alguien quiere saber, ejerciendo su derecho a saber, le digo que cualquier dato sobre el origen de este milagro gastronómico solo se halla en la leyenda.

El único dato cierto es que la salsa perro distingue la gastronomía de Caibarién, puerto de la costa norte en  Villa Clara, en el centro de Cuba, y en cuya entrada, viniendo desde Santa Clara, la capital provincial, un cangrejo de hormigón recibe al visitante como si reafirmara con su fisonomía multipédica de transeúnte marino, la vocación de la ciudad: la pesca. Se conoce, además, que este manjar se cuece de acuerdo con una receta conocida después de la  apertura del hotel España, en 1912.

Hace unos años pasé por ese hotel, y sobre una de las hornillas de la cocina hervían varias cabezas de pescado, aderezadas con una mínima dosis de especias. El caldo luego se convirtió en consomé, y se puso nuevamente en el fogón, y al volver a hervir, el maestro Francisco Pérez Pérez indicó a su ayudante echar rodajas de papá, y luego de ablandarse, las acompañaron porciones de cebolla, partículas de ají, ajo puerro, perejil, hojas de laurel (en breve proporción), y seguidamente mojo -compuesto con ajo, aceite, sal- y una taza de leche y puré de papa. Ya, en su punto, el  chief apartó la olla del fuego y  le añadió ruedas de perro para que se cocinaran con el calor de la salsa. Me advirtieron los expertos que si el perro faltara, por ser pez de rara captura hoy, en su lugar bastarían el pargo, la cherna, la cubera.

Mientras trabajaba, el maestro me decía que una noche sin fecha, tarde ya, un viajero tocó en el portalón del hotel España. Le abrieron los dos propietarios, que eran a la vez cocinero y camarero, y el viandante pidió de comer. Le respondieron que no había, al menos nada digno del apetito del señor. Salvo, sí, un perro cocido en salsa que ese día habían concebido como un experimento. Nadie lo había probado, así que le propusieron al viajero saciar su hambre y actuar como catador. Poco después, una rueda de perro emergía ante la cuchara apremiada, rodeado de salsa -entre espesa y ligera- como un islote, un peñón, un cayo de los que se asoman ante la Villa Blanca de Caibarién. El hombre comentó entusiasmado la química ardiente, sudorífera, restauradora, paradisíaca de aquella comida que a él, peregrino de muchos pueblos, no le habían servido nunca.

Esa es una de las leyendas del origen de la salsa perro. Las otras no caben en esta página, pero cuentan de que el plato surgió en el mar, en una embarcación pesquera. Del hotel al barco, del barco al hotel, es lo mismo. El plato existe, acusando su raíz en la cocina hispana. Yo mismo lo tenía ante mí, tras concluir la ceremonia de su cocción. La ración, que pagué a pesar de mi condición de periodista que difundiría la existencia de aquel tesoro, se desbordaba de salsa blanca, coronada con una masa de perro y tres o cuatro rodajas de papa, como témpanos que reducían el picor del ají.

Al levantarme de la mesa, el chief y su ayudante me pidieron el parecer. La escena parecía decisiva; me demoré para tensarla.

-¿Y bien? -reiteraron.

Fuego y deleite, dije al fin. Fuego y deleite. Quizás lo mismo que aquel viajero, una noche imprecisa.

"NOSOTROS", EL BOLERO ETERNO

 Por Luis Sexto
 

El bolero Nosotros pertenece a Pedro Junco. Y también es mío. Ah, si aquella mi primera noviecita imposible pudiera hablar desde su deceso a destiempo -enferma de los “clavos adelantados de sus pechos”-, sabría decir que debimos separarnos a causa de tantas inexplicables, silentes miradas que la madre atrapaba celosa a la puerta de su casa, frontera con la mía. “No es falta de cariño… te quiero con el alma. No me preguntes más”. Nosotros se hacía nuestro. Como recurrente sentimentalidad melódica sin tiempo ni nombre.

La muerte prematura de Pedro Junco excedió el apotegma griego de que el que muere joven es un elegido de los dioses. Más bien se convirtió en dios, porque tras su fallecimiento el 25 de abril de 1943 comenzó a vivir en la inmortalidad de la leyenda. Tenía 23 años. Desde entonces, el pueblo en sucesivas generaciones se ha venido preguntando a quién dedicó  Nosotros, ese bolero que parece olvidarse y de pronto resurge en la voz de un cantante de moda, después de que mil voces precarias y anónimas lo tararearon para curarse los espasmos de una decepción

El autor, desde luego, vale por esa pieza y por otras que son apenas conocidas. Y perdura, a pesar de no haber sobrepasado el borde de la madurez creadora, por haberse insertado en un movimiento de renovación musical que en los 40, en Cuba, profundizó en los valores del bolero y perfeccionó su concepción de poética popular. Y, además, porque junto con Orlando de la Rosa preludió el filing, que luego tomó cuerpo en Portillo de la Luz, José Antonio Méndez, Ángel Díaz, y varios más de nombradía imprescindible.

A qué mujer dedicó Pedro Junco Nosotros. La pregunta continúa vigente desde el deceso de su autor, como perfumada por la leyenda, y no admite una respuesta única, contundente. Pudo ser a una u a otra, a esta o a aquella. O a ninguna. En la vida del compositor hubo más mujeres que años. Cuatro antes de morir, escribió en su Diario el 13 de marzo de 1939: “Esta noche, sin quererlo, se me juntaron tres novia: Marta, Rosa y Silenia.” Si uno ignorara que ese hijo privilegiado de una familia de clase media de la ciudad de Pinar del Río, dotado de estatura y fisonomía cinematográficas, había también estudiado música y ya posiblemente componía y solo lo distanciaban dos años de estrenar su antológico bolero, al leer su Diario uno concluiría que esos apuntes procedían de un joven corriente que transitaba por el momento más ebullente e irreprimible de la masculinidad.

¿Es caso preciso suponer que Nosotros fue dedicado a una mujer real? El artista tiende a inventar sensaciones, paraísos, damas, torres y escaleras sin el urgente reclamo de una experiencia propia. Le bastan, incluso, las ajenas. Nosotros,  como sabemos, telegrafía un mensaje que, tras la muerte del creador, casi inmediata al estreno de la canción, obliga a suponer una destinataria. Una musa. La obra dramatiza la agonía de un amor indubitable. El caballero, sin explicar razones, renuncia a la amada, le dibuja la imposibilidad, le armoniza el adiós definitivo. Dos antes más tarde, el poeta muere de tuberculosis. Y bastan esos datos para que la especulación se acomode en un blando sofá, porque ella, la mujer, tuvo que existir. ¿No le decía el músico que aunque “nos queremos tanto, debemos separarnos, no me preguntes más”?

Nadie ha encontrado la prueba escrita de que el célebre bolero haya sido una necesidad, una situación real, del autor. La tradición, nutrida por amigos de Junco, señaló a una colegiala de mediana estatura, ojos anchos y oscuros, piel blanquísima, pelo negro y naturalmente ondulado. Ella, hija de una familia también agraciada por la fortuna, fue el ideal inalcanzable, la otra mitad que hizo del amor “un sol maravilloso”, un “romance tan divino”.  Se llamaba María Victoria Mora. Pruebas hay de que Pedrito la amó por encima de las mujeres que paralelamente se vincularon al candente, intenso y plural Eros del músico. He leído una libreta donde él escribía los borradores de sus cartas amatorias. Había letras para María Victoria y otra dama de nombre público en la cultura, Rosa América Cohalla, poetisa. Y en el medio para  Gladys, Esther, Leonila, Odila y otras. A Rosa América, con quien coprotagonizó un apasionado romance,  le confesó en una carta: “Tú sabes bien cuál sobre todas me gusta y ansío...”  Era María Victoria, cuyos padres se oponían al noviazgo de su hija con Junco, porque al parecer sabían que este estaba enfermo de tuberculosis, entonces enfermedad maldita, o que en su familia había antecedentes del mal.  Lo curioso es que, después  del estreno de Nosotros, en 1941, en el teatro Aida de Pinar del Río, Junco escribe a Rosa América y le comunica que “de mi romance imposible no tengo casi nada nuevo, solamente proyectos para una entrevista, pronto, en La Habana.” Y añade: “Pienso realizar mis sueños.”

Cómo, si todavía la buscaba y la esperaba, iba a sellar definitiva y dramáticamente aquel romance con una canción. Desde luego, el artista asume la facultad de anticipar sensaciones, prever destinos,  inventar la vida.  Pudo pensar en ella mientras componía Nosotros. Mas, en ninguna de las cartas a María Victoria, consultadas por mí, le informa la existencia de la pieza. En cambio, a Rosa América le dedica Me lo dijo el mar. Y se lo confiesa en una carta. “La hice solamente pensando en ti, en nuestro algo que no es.” ¿Por qué a esta sí la entera y a aquella no?

Esos son secretos que persisten en mantener la hermeticidad. Pero, de cualquier forma, la canción existe y el tiempo la enriquece envolviéndola en un halo de soledad, tristeza, desesperación, ingredientes de una leyenda que, si no cierta, palpita como la vida. Y en cuya certeza futura, innombrables caballeros volverán a cantar, con los húmedos latidos del adiós, que “no es falta de cariño/ te quiero con el alma/ y en nombre de este amor/ y por tu bien te digo adiós”.

En fin, el bolero eterno. Tuyo, mío. Nuestro.

ESPLENDOR Y FANTASÍA

ESPLENDOR Y FANTASÍA

Por  Luis Sexto

El reverendo norteamericano Abiel Abbot  fue testigo y notario de la ruina. Sus cartas, publicadas en un libro con ese título –Cartas-, lo impusieron como testimoniante minucioso de aquel esplendor y registró en su correspondencia varios detalles visuales  sobre el viento y la lluvia que iban lamiendo el suelo. En 1828, año de su recorrido turístico cultural por las lomas del Cusco y de San Salvador, anotó que ya  “había lugares tan desprovistos de capa vegetal” que ni los árboles podían prosperar.

Hoy, en cambio, la comunidad ofrece espacio para los ojos del presente y los oídos de la historia. Usted llega allí, y ve emerger el pueblo del Valle de la Moka, sobre las terrazas que le dan el nombre y le permiten ejecutar una tierna acrobacia sobre lo abrupto del terreno. La visión es un pincelazo de paz espléndida. Y fantástica, como los sonidos de tambores y cadenas que algunos confiesan oír, en ciertas noches,  provenientes del pasado remoto.

En esa zona declarada patrimonio mundial de la biosfera por la UNESCO, existe una relación, una simbiosis, entre la contemporaneidad y la historia. A fines del siglo XVIII comenzó a salpicarse de cafetales fomentados por colonos franceses que huían de la revolución en Haití. Le content, Santa Susana, La Moka, Santa Teresa, nombres que se impusieron en la región del Cusco, en la parte oriental de la Sierra del Rosario, al noroeste de La Habana. Los investigadores han determinado la presencia de más de 77 plantaciones dispersas por la cordillera.

Los caficultores aprovechaban los suelos próximos a senderos de comunicación natural  y a las corrientes de agua que en esas depresiones se arremansaban, luego de anunciarse con un murmullo precipitado. Y plantaban sus cafetos en valles y hasta en las cimas de las montañas, que aquí no sobrepasan los 500 metros de altitud. El grano llegó a Cuba en un complicado recorrido. Y empieza hacia 1714, cuando el alcalde de Amsterdan regaló al rey Luis XIV una postura. Lo colocaron en los invernaderos reales, donde vegetó como una rareza, porque solo en Abisinia y Arabia se cultivaba y desde hacía muy poco tiempo en Java y Sumatra. Pero de Martinica retornó a París con licencia un oficial, Gabriel Desclioux, quien creía que el café podía aclimatarse en esa isla del Caribe. Y se agenció un gajo de la planta real. Creció saludablemente. Y más tarde saltó a santo Domingo. De ahí, en 1748, lo introdujo en Cuba José Gelabert, funcionario colonial de finanzas, en cuya finca del Wajay, al sur de La Habana, creció el primer cafetal cubano.

Los inmigrantes franceses, que traían consigo una cultura  ilustrada,  refinamientos del vivir y agrotecnia adelantada,  levantaron sus cafetales para que perduraran, de modo que sus casonas de paredes pétreas parecían reírse de la eternidad, como parecían desafiar  la montaña sus techos agudos semejantes a sombreros de pico de cuatro aguas, sellados con tejas planas o de cola de castor inventadas en Europa Central contra la nieve.

El tiempo, sin embargo, se erigió en señor de las ruinas. Y hoy solo se aferran al pasado fragmentos húmedos, mohosos, ante los cuales puede intuirse aquella vida plácida, cómoda sólida, adulterada por la persistencia de algún pedazo de barracón donde los esclavos dormían sus quejidos y nostalgias. Hacia 1830, la erosión, el desarrollo de la industria azucarera y coyunturas económicas internacionales, terminaron con los cafetales.  Por décadas, el área permaneció pelada, carente de árboles, porque bajo el filo de la erosión también rodaron cuesta abajo ácanas, jocumas, ocujes, yayas, caobas, cedros. El reverendo Abbot  se fijó en esa tendencia a la ruina, contrastándola con la fugaz riqueza de algunos cafetales, como el Buena Vista. Sic transit gloria mundi, habría dicho el religioso ante la previsible decadencia del esplendor.

Hace unos 30 años se obró la resurrección. Donde feneció la vida, la vida regresó. Una epopeya ecológica rescató la naturaleza y reorientó la existencia de cuantos  malvivían allí fabricando carbón y criando cerdos. Trabajadores de diversos puntos del país, trazaron más de 1 200 kilómetros de terrazas para que la floresta se enraizara, y construyeron carreteras, puentes, casas que se basaron en las lomas sin dañar la tierra. El pasado, el modo de vida y de producción de las antiguas plantaciones, también ofrecieron interés a los planes turísticos. Un hotel, el Moka, se edificó dentro del bosque sin que  la flora perdiera un árbol o una rama. Y por ello, en el vestíbulo, el ancho tronco de una ceiba que sube al cielo se convierte en parte del bosque dentro del albergue, propiciando el descanso intelectual y la convivencia con la naturaleza.

Las ruinas –los escombros, como las llaman los pobladores de la zona-  integran ahora un complejo turístico cultural. Persisten los desechos de El Ermita, el San Marcos, el Santa Catalina, el San Pedro. El Buena Vista, cafetal que conservó la mayoría de sus objetos y propiedades, fue reconstruido lealmente, e ilustra las diversas soluciones que la arquitectura de los colonos franceses opuso a la abrupta topografía.  Terrazas, escaleras, rampas, plataformas se aprecian en el batey, convertido en un museo al aire libre que, enclavado sobre una cima,  es un mirador desde donde los ojos se clarean en el mural del lomerío y más al fondo, al norte, en el mar de El Mariel.

Paisaje e historia, naturaleza y pasado, ofrecen la posibilidad de un descanso, un paseo, donde el solaz y el conocimiento deshacen cualquier contradicción. Mas, los seres humanos entregan la mejor visión.  La comunidad está insertada en una estrategia turística cuyo centro es el poblado de Las Terrazas.  Podrá comer el visitante en un restaurante. Pero podrá hacerlo también en alguna casa. O beber  un café doméstico, colado a la cubana. O podrá adentrarse en el hogar de pintores que residen allí  recogiendo en sus obras la vida del pueblo. Está  también la tumba de Polo Montañés, el trovador, oriundo de este lugar, que en un año reciente surgió meteóricamente a la fama del mundo;  vertiginosamente la escaló, la gozó unos instantes y hace tres años murió en un accidente de tránsito.  Sus coterráneos aún lo lloran.

Al entrar en el valle, la impresión deslumbra. Un  golpe de vista junta, en una postal, el pueblito moderno, blanco y azul, colgado de las lomas, la exuberancia de la vegetación y la huella de franceses y de esclavos africanos, cuyos tambores y cadenas algunos confiesan oír en ciertas noches.

Basta. No más detalles. Cualquier otra palabra espantaría el duende de una imagen que ya no admite más definición que el sueño.

EL TABACO, HUMO EN LA SANGRE

 Luis Sexto

El  habano  sobrepasa la calidad natural de la hoja cubana. No busque ese don en un secreto o en una gracia de la agrotecnia. Ni pretenda hallarlo en un criptograma legado por los aborígenes que la cultivaban y degustaban sahumándose en un rito de sibaritas ingenuos.  Lo encontrará en su confección. Limpiamente artesanal. Fluido intercambio de familiaridad entre la materia prima y el obrero. Pruebe fabricarlo a máquina y el puro empezará a ser impuro, porque le faltará la poemática energía, la personalizada ternura de las manos.

Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé,  poeta del paisaje y las costumbres campesinas en el siglo  XIX y a veces cultor ingenuo de los temas aborígenes, puso en uno de sus poemas a un cacique “con un tabaco en la boca”,  hojas torcidas a mano como un candil, una antorcha,  que a los conquistadores les pareció la réplica de un dragón. 

Después, muchos cubanos han fumado el tabaco envuelto en sí mismo, sin intermediarios de papel y química aditiva, como en los cigarrillos. Algunos alternaron, y alternan, ambas formas. Pero para ciertos momentos, tal vez la lectura del periódico o para meditar, eligen el tabaco. Puede suponerse, pues, que en el fondo de ese hábito, en el acto de fumar un puro, aunque se conozca que lastima a la salud, jadea una actitud de cubanía, como en una ceremonia con la cual se busca expresar una pertenencia, o mezclar el oxígeno de la sangre con las cenizas de la tierra.

Una convicción predomina en esos fumadores. Creen que sería despojarlo de la autenticidad torcer un habano en la inconsciente faena de una maquinaria. Los adelantos de la ciencia o la técnica son a veces intermediarios que en lugar de ayudar al hombre a asumir su plenitud, lo vacían de su humanidad. Ciertos actos no toleran el distanciamiento. Como el amor. Jamás un robot podrá servir una mesa con una sonrisa caliente, ni un beso podrá humedecerse mediante el teléfono o el correo electrónico. Y el habano genuino es el resultado de un proceso amoroso desde el semillero hasta el taller.

No hay, desde luego, que exagerar. José Martí, el monumento del sentimiento patrio, no fumaba. Tampoco bebía. Extranjeros, incluso, fuman, o fumaron, habanos y no por ello Cuba les inspira, o les inspiró, afecto o interés especial.  Veamos el pasado. Wiston Churchill, por ejemplo. ¿Dónde no aparece Winnie mordiendo una aristocrática y aromática cápsula de vitalidad fabricada en Cuba?  O John F. Kennedy, que violaba las prohibiciones del bloqueo para fumar una breva de Cuba.  En  cambio, cubanos ligados a su identidad  desde la cultura, el arte, la política expelieron, en algún período del día, las señales de humo de su imbricación cubana.
Famosa es la foto de José Lezama Lima, detenida por el ojo oportuno y rápido de Chinolope, donde el poeta muestra un puro entre sus labios barrocos y místicos con el parece llamar a sus orígenes. Un poeta distinto, de otra cualidad en su estro, Raúl Ferrer, portaba como una valija esencial eso que en un poema él llamó “tabaco que elaboran dedos sabios (...) algo tan puro como el mismo verso”.
Don Juan Gualberto Gómez, el hombre de Martí en Cuba, el mulato que usaba la palabra como sable, o estilete, el independista de argumentos precursores sobre la igualdad racial, el hombre que se educó en París y comió siempre en Sabanilla, arrastraba un habano con la afilada paciencia de su patriotismo inclaudicable. Y a Carlos Enríquez pudiera pintársele con un puro como pincel. ¿No podría intuirse que esa gasa flamígera que envuelve sus cuadros es humo de tabaco, humo que algunos de cuantos lo conocieron creyeron apreciar también en su mirada?
Benny Moré, Cuba hecha ritmo en la voz y los gestos de un cubano, fumó también tabaco, y quizás alguna vez lo humedeció en el ron, fluido entrañablemente nacional. A José Luciano Franco, visceral y longevo historiador, lo sorprendí durante nuestras entrevistas con un tabaco entre sus dedos. No por azar su conciencia cubana empezó a formarse en una tabaquería. Como la de Gaspar Jorge García Galló, memorable profesor que explicaba filosofía con la misma claridad de un juego de pelota, a pesar de las nubes azulencas de su cazador.
La lista amerita mucho papel. No cierro esta especie de especulación sin evocar al Che Guevara. En qué fotos no lo vemos con un tabaco, hecho un cabo, un mocho, como queriendo introducirse a Cuba en la planta combustible que junto con la caña la ayudó a erigirse en nación.  Y dicho esto uno se pregunta, como el arqueólogo ante el volcán y la pirámide: ¿qué fue primero, el habano o la torre de un ingenio, tan similares ambos en geometría y espíritu nacional?  Al menos sabemos que las manos y el tabaco existían ambos antes de su confluencia. Pero ahora, el habano no podrá existir sin las manos del torcedor cubano. Este operario forma parte del misterio de la hoja, el humo y la sangre.