Blogia

PATRIA Y HUMANIDAD

EL BUMERÁN… SE NIEGAN A MOSTRAR DOCUMENTOS

EL BUMERÁN… SE NIEGAN A  MOSTRAR DOCUMENTOS

 

HECHOS Y APOSTILLAS

El 6 de julio de 2012 la Fiscalía de la Florida envió a la corte de Miami su oposición a la solicitud presentada por el abogado Martin Garbus, en representación de Gerardo Hernández Nordelo, en la que pidió una audiencia oral y la entrega por parte del Gobierno de evidencia adicional que permita profundizar en el caso de los “periodistas” que fueron pagados con dinero federal y actuaron antes y durante el juicio de los Cinco con el propósito de crear lo que en 2005 el panel de la Corte de Apelaciones describió como “una tormenta perfecta de prejuicios y hostilidad”.

 En una maniobra evidentemente evasiva, el Gobierno intenta argumentar que los hechos presentados por la defensa no son tales y  por tanto no resulta necesario procurar más información para esclarecerlos. En otras palabras, le dice a la propia Jueza Joan Lenard que la denuncia de la defensa sobre la conducta de los “periodistas” que ella misma reconoció durante el juicio llegaron incluso a amedrentar y acosar al jurado, no es más que una teoría conspirativa y una especulación generalizada.

 En su escrito la Fiscalía advierte que podría recurrir a “privilegios ejecutivos” y a la Ley de Protección de la Información Clasificada (CIPA) para no acceder a la petición, lo cual equivale a admitir su voluntad de seguir ocultando y manipulando las pruebas.

 En un breve párrafo final la Fiscalía se opone también a la audiencia oral solicitada por Gerardo.

 Cabe preguntarse:

a qué le teme el Gobierno. Por qué no permite que los Cinco, y particularmente Gerardo, que cumple dos cadenas perpetuas más 15 años de prisión, puedan disponer de toda la información que necesitan para defenderse de condenas tan injustas y absurdas como las que les fueron impuestas.

 www.antiterroristascu

9 de julio de 2012 

 

UN CUBANO SATO

UN  CUBANO  SATO

Luis Sexto

Publicado en Cubahora

Tanto o más que una influencia literaria,  Ernest Hemingway es un  vínculo corporal entre la cultura norteamericana y la cubana. No compone, como puede suponerse,  la única, ni la primera, presencia de un escritor estadounidense en Cuba. De ninguna manera podría el autor de El viejo y el mar beneficiarse de la exclusividad;  demasiado corta la distancia entre ambas tierras y excesivamente evidente el papel de los norteamericanos en Cuba, como para reclamar la excepcionalidad.

La preeminencia en el tiempo empezaría, hasta tanto se descubra otro nombre,  por María Gowen Brooks, poetisa que acreditaba sus obras con el  seudónimo de María del Occidente. Residió en el cafetal de San Patricio, propiedad de su hermano, en Limonar, Matanzas, durante un período enmarcado a fines de la década de 1830 y principios de la siguiente. Murió en 1843. En ese “Edén perfecto” que era entonces un cafetal -según calificativo del viajero norteamericano John G. Wurdeman-,  compuso el primer canto de un reconocido poema épico norteamericano, de contenido bíblico y que tituló Zophiel.  Al marcharse, la poetisa escribió estos versos en su Adiós a Cuba, y que cito traducidos por Argelio Santieteban: Amo tus moradas recogidas. /  Amo a tus hijas ojioscuras/ en cuyo pelo de azabache más brillan las flores escarlatas de la granada.

Otros escritores de los Estados Unidos asocian su nombre  a Cuba con diverso relieve. De Truman Capote han dicho –entre ellos Lisandro Otero-  que tuvo un padrastro cubano y  posiblemente el autor de A sangre fría haya nacido en Matanzas. Stephen Crane se suicidó saltando la borda de un barco en aguas cubanas. Y Hart Crane, uno de los innovadores de la poesía norteamericana, murió en 1932 de paludismo contraído en Cuba. Escribió un poema titulado Cantera insular, varios de cuyos versos dicen, traducidos por Omar Pérez: Es a veces/ al anochecer, como si esta isla alzada, flotara en baños indios. / En el anochecer cubano los ojos/ andando el camino recto hacia el trueno… Arthur Miller, William Styron y William Kennedy visitaron alguna vez a Cuba.

Pero, quizás, ningún escritor vivió tanto y tan seguido en Cuba, ni se identificó tanto con el país y su pueblo como Hemingway. Ese es el título que le corresponde. Entre Cayo Hueso, Europa, África  y Cuba discurrió la mayor parte de su existencia. En La Habana,  en el hotel Ambos Mundos, cerca de la catedral y el castillo del Morro, escribió Por quién doblan las campanas. Más tarde, compró la  casa de Finca Vigía, en el poblado de San Francisco de Paula, desde cuya colina se ve la bolsa de la bahía de La Habana.

Por esa ligazón cotidiana,  la estatuaria vivencial del escultor  José Villa Soberón  puso a Hemingway como antes: acodado sobre la barra del Floridita, en su rincón predilecto, en pose de echarse hacia delante y oír cordial y socarronamente a cualquier parroquiano que le haga compañía.

El gran trágico de la contemporaneidad prefería beber su daiquiri en el Floridita y su mojito en la Bodeguita del Medio. Admitía así que se había suscrito a ambos tragos de la alquimia alcohólica cubana y a esos dos restaurantes entonces y todavía célebres en La Habana. Puede parecer que el escritor, que había asegurado en Adios a las armas que no existía nada más placentero que un trago de güisqui, estuviera haciendo algo más que una elección gustativa al preferir las bebidas criollas.

Digámoslo de un golpe: estaba confesando una inclinación, un afecto, por esta isla a la cual mencionó por primera vez en  1933, en un artículo publicado en Esquire y que se tituló Marlin Off the Morro: A Cuban Setter.  No asombra que la Isla, verde y frutal, y su mar candente aparecieran en una colaboración periodística por la cual Hemingway ganó 250 dólares. Admira, sobre todo –como ha afirmado Mary Cruz, una de las estudiosas de la obra del autor de Verano sangriento-, que el paisaje, los detalles típicos de La Habana como el Morro, el caserío portuario de Casablanca, trasciendan su naturaleza de “postal turística”, usual en cualquier visión extranjera, y sean descritos con la emotividad del que no solo ve las cosas sino que está dentro de ellas.

Son varias las obras de Hemingway donde aparecen Cuba y su gente. Aparte de los reportajes,  en Tener o no tener, El viejo y el mar e Islas en el Golfo hay una imbricación cubana que reconoce que Cuba fue algo más que un escenario para un escritor cuya estética primordial, desde su aprendizaje en el Kansas City Star, le exigía encarar y reflejar la vida con una autenticidad sin fisuras.  Es decir, con pasión. En El gran río azul, Hemingway confiesa algunas de las razones por las cuales radica en Cuba. Al leerlas, uno sabe que subyace algo más profundo que la simple sensación del confort y el paisaje. Pero lo calla: Muchos le preguntan a uno por qué vive en Cuba; les contesta simplemente que le agrada vivir allí. Es difícil explicar la fresca brisa matinal que sopla incluso en los días más calurosos de estío sobre las colinas que rodean a La Habana. No es necesario explicar la posibilidad que se nos ofrece de criar gallos de pelea, adiestrarlos y participar en competiciones dondequiera que se organicen, por tratarse de un asunto lícito. Es una de las razones de vivir en aquella isla.(...) Pero hay muchas más cosas que uno no dice; (...) entonces uno les explica  que la principal razón de vivir en Cuba es el Gran Río Azul, de tres cuartos a una milla de profundidad y de sesenta a ochenta millas de ancho; desde la finca y a través de un hermoso paisaje, se tardan cuarenta y cinco minutos en llegar a él, donde hay la mejor y más abundante pesca que uno ha visto en su vida.” 

Cuentan crónicas noticiosas que en uno de sus regresos a Cuba, meses antes de su muerte, Hemingway besó la bandera cubana al desembarcar en el aeropuerto José Martí. Un fotógrafo quiso que repitiera el gesto para poder congelarlo en la emulsión de su película, y  Papa se negó.  Su acto había sido sincero y no admitía la escenificación publicitaria o periodística. Sin embargo, uno de los reportajes de la entonces naciente televisión cubana lo conserva respondiendo preguntas, luego de haber merecido el premio Nobel, en 1953.  Entre otras palabras,  Hemingway, el que bebe su daiquirí en el Floridita y su mojito en La Bodeguita, el que reside en una colina casi al sur de la bahía de La Habana,  se declara  implícitamente abierto, democrático, mezclado, como el carácter de nuestros compatriotas, al decir: “Yo soy un cubano sato.

EL BUMERÁN… SOFISMAS DEL AGRESOR

EL  BUMERÁN… SOFISMAS DEL AGRESOR

 Hechos y apostillas

WASHINGTON, 6 de julio.— Con la misma excusa de "protegerse" del programa nuclear que Irán desarrolla con fines pacíficos, Estados Unidos instaló una nueva base militar en la zona del Golfo Pérsico para fortalecer su poder bélico en la zona.

Un viejo barco de guerra que Estados Unidos transformó en base flotante fue instalado por esa nación norteamericana en Bahrein, cuartel general de la V Flota, a fin de fortalecer el poder militar de ese país en la zona.

Así lo dio a conocer este viernes la Marina estadounidense, que por medio de un comunicado señaló que la embarcación, de nombre USS Ponce, fortalecerá el poder bélico para "hacer frente" a las "tentaciones" de Irán en el estrecho de Ormuz.

Ahora comentemos:

El mapa nos ofrece la visión completa: del lado izquierdo las Américas; al derecho, es decir, al este, Africa y Eurasia. Cómo hay que andar. Cuánta agua y tierra separan a un sector del otro. Bueno, se nota. El ciudadano ingenuo pregunta entonces: ¿No será al revés? ¿No será que Irán tendrá que hacerle  frente a las tentaciones de los Estados Unidos. ¿Sabemos geografía?  ¿Dónde queda Norteamérica? ¿Dónde se ubica Irán?  ¿Quién se inmiscuye en la geografía ajena: el que permanece en su lugar o el que atraviesa el planeta para amenazar?

Con estas preguntas a cualquier transeúnte, Sócrates, sentado en una esquina de Atenas –en  la antigua, no la actual- hubiera escrito un tratado  titulado   Los sofismas del agresor… Sofisma, para quien no esté familiarizado con el vocabulario filosófico, significa verdad o razón aparente. Pero en el fondo, ni es verdadera ni razonable.

Desde luego, ahora aparecerán los que defienden la naturaleza mesiánica de los Estados unidos y dirán que están allí, tan lejos de las costas de América, para defender la libertad y a la democracia mundial.  Ese bumerán, desde que yo era niño, va y viene, y todo termina en sangre y destrucción…  Son como dijo Rubén Darío, los nuevos bárbaros de Atila; se apropian hasta de la hierba.

CARILDA TOTAL

CARILDA TOTAL

 Luis Sexto

Carilda Oliver Labra cumple hoy, 6 de julio,  noventa años. Rescato, en su homenaje,  esta página de mi libro El día en que me mataron y otras crónicas en primera persona

Calzada de Tirry 81 merece el crédito de ser la dirección más célebre de Matanza. Es el título de un libro de poemas, y ello sería una razón suficiente para que ninguna carta languidezca en la bolsa de un cartero. Pero, además, en la casa tatuada con ese número en una de las calles más antiguas de la ciudad, vive Carilda Oliver Labra.

He escrito “vive”, aunque cuando paso ante su fachada el portón y los ventanales están habitualmente cerrados y percibo un hálito de misterio, desolación, en las maderas y los herrajes coloniales. Son, sin embargo, apariencias. Allí, a pesar de que la arquitectura y los recuerdos mantienen en el aire los olores del pasado, sigue habitando la vida, la ilusión. “Estoy más viva que nunca”, la oigo decir mientras convierte la noche en el espacio vital de su creación.

Una gran mujer de América, la chilena Gabriela Mistral, aseguró  que Carilda  es “profunda como los  metales, dura como el altiplano” y “su poesía, de ser divulgada con justicia, ejercerá pronto ardiente magisterio en América”. De profecía, el juicio se transformó hace años en hecho y verdad. El Premio Nacional de Literatura legitimó sus méritos. Mas, ya con su primer libro, Al sur de mi garganta, Carilda mereció en 1950 el premio nacional de poesía. En ese volumen empieza a estar presente la meteórica fuerza que recorre, como una simbiosis de garra y ala, de pasión y ternura, su obra toda, y ha convertido a la autora en una de las mujeres esenciales de la poesía iberoamericana. Ha escrito poesía de mujer; revelación inaudita de un temblor, un color, que  supera los tabúes, los prejuicios, y se expresa en legítima alma interior, en feminidad real.

Su obra integra en una sola voz un Eros tumultuoso, dulces duendes familiares e imprecaciones políticas. Mezcla compactada de la vida y la literatura, la experiencia y los libros. Pero si hemos de filtrar y precisar tan disímiles ingredientes, las cuentas de la vida se imponen al resto de la fórmula. Ella, según afirma, ha vivido más de lo que ha leído. Y, por supuesto, ha escrito mucho más. Escribir es su modo habitual de asumir una existencia en la que han alternado la abogada, la profesora de dibujo, la animadora cultural. Y siempre en Matanzas, su ciudad mito, su lar totémico, del que nunca ha querido separarse, y cuya tierra –como símbolo del suelo patrio- la quiere toda sobre su tumba. Debemos creerle cuando asegura que nunca ha podido escribir un verso lejos de Matanzas. 

Poéticamente, Carilda se empalma con la generación que en Cuba se llama de “los 50”. Es decir, la tendencia literaria que comenzó a evidenciarse en esa década del siglo XX y se caracterizó por introducir en el poema las palabras y los asuntos de la cotidianidad, en un desbordamiento de lo conversacional. La antología básica de los coloquialistas –publicada en 1984- abre su muestrario con Carilda, no solo por ser la de más edad, sino por que ella fue anticipadora del coloquialismo. En sus poemas, aun desde los primeros,  la autora de Desaparece el polvo ubica frases, palabras, imágenes que contaminan el verso del diario discurrir de la gente. Como en una ruptura del lenguaje de la poesía que logra, en sus manos expertas, enriquecer la expresión poética. “Muy pobre  sería el creador –me dijo un día- que solo tuviese en uso un lindo ejército de palabras.” 

Mencioné antes lo político. Y es fácilmente comprensible. Nunca ha desdeñado lo íntimo, lo personal. Pero en horas de dolor o catástrofe colectivos, su verso se manifiesta beligerantemente. Cantó a Martí. Cantó a Fidel, cuando Fidel se hallaba todavía en la Sierra Maestra al frente de su ejército guerrillero. Pero Carilda no es solo una poetisa política. O erótica. O doméstica. O intimista. Es todo ello a la vez. La unidad que junta las quejumbres, las dichas, los cataclismos,  las pasiones, los insomnios, las frustraciones, el amor, en una ofrenda de amor a la vida. 

Carilda es la totalidad que nos acompaña y desafía. Porque la vida, para esta mujer, “cabe en una gota” de amor.

 

 

 

 

 

 

EL COLOR QUE POCOS QUIEREN

EL COLOR QUE POCOS QUIEREN

Luis Sexto

La periodista española Maruja Torres cuenta en su libro Mujer en guerra que cuanto conflicto bélico cubrió en su borrascosa profesión fue con la misión de dar color a lo que pasa. Los editores del El País –sea mencionado por esta vez- sabían qué le solicitaban a la polémica columnista cuando la remitieron a Beirut durante uno de los episodios de guerra en Líbano. Otros se ocupan de decir lo que pasa. Pero no basta si seriamente se empeñan los medios en informar.

“Dar color” en el periodismo sugiere mucho más que una pincelada. Una frase saturada de alguna sentimentalidad gratuita. El periodista polaco Rysiard Kapuscinski en una entrevista con el periódico La Jornada, de México, lo definió así, de modo que ya podemos entender de qué empiezo a hablar: Uno se percata que los instrumentos tradicionales del periodismo son insuficientes cuando queda mucho por decir en una nota informativa o un cable.  Y por ello hay que pedir prestado ciertos recursos a la literatura de no ficción para que el periodismo pueda reflejar el llanto de una madre sobre el cadáver de su hijo calcinado por un misil y la desesperación de una familia ante su casa arruinada por bombas y cañones.  En otro momento, el experimentado polaco recomendó una norma poco tenida en cuenta por el periodismo de los medios globales y todoterreno, y por los blogueros de la derecha ingenua: "Para entender algo hay que entrar en otra cultura. Nunca es posible al 100 por ciento, pero hay que intentarlo. Para captar esa otredad hay que estar abierto, dispuesto".

El norteamericano Norman Sinn llama periodismo o reportaje personal a lo que otros llaman periodismo literario.  El nombre de periodismo personal, parece ser el que más se ajusta dadas las circunstancias en que hoy predomina la imagen y con ella la televisión. Aparte de sus características hipnóticas, de su imposibilidad de establecer una relación dialógica con el receptor, la TV es uno de los medios más enmascaradores y manipuladores de la realidad. Las cámaras de vídeo la eligen y graban de modo aséptico. Periodistas y camarógrafos llegan solo a donde necesitan, hablan exclusivamente con quien necesitan y sin siquiera oler el ambiente toman el autobús o el helicóptero hacia los estudios donde con un fragmento de realidad pretenderán expresar todo el orbe local. Y como ha sostenido Kapuscinski ese periodismo no los ha vuelto cínicos; ya eran cínicos. Periodistas por dinero, sin vínculos con nuestra vocación. "Nuestra profesión nos hace cada vez más sensibles y vulnerables".

Todos lo hemos visrto en las últimas guerras condicionadas, gestadas y declaradas por los Estados Unidos y la OTAN: la TV y otros medios han inaugurado la época de “la información como espectáculo”, según el parecer de la propia Maruja Torres, que estima, además, que muy a menudo una foto miente tanto como mil palabras A mi parecer, la mayor manipulación periodística del acontecer se ubica en la aparente objetividad de la noticia o la información. Poco espacio se le da a los valores humanos.

El periodismo personal, pues, viene siendo un antídoto para esa manipulación mediática que ignora las zonas más conflictivas de un conflicto. Le enviada de El País tenía razón: ir a Beirut para “dar color”… el color de la sangre y el color de dolor singularizado en una persona, víctima de una guerra cuyo sentido se oculta a veces en subterfugios de nacionalismos, de tendencias religiosas o de rescate de las libertades conculcadas por un “genio del mal”. Y para “dar color”, para escribir como artista, y persona humana  lo que se observa como periodista, se necesita levantar las cubiertas de los sótanos, penetrar en las alcobas, llegar a los hospitales y cementerios. Ya no se trata de contar cuantos misiles estallaron esa noche. O cuantas excusiones de la aviación de los invasores.

El periodista narrador, el John Reed de este momento, tendrá que andar por ahí, democrática y honradamente entre la gente, dándole protagonismo a los parias, apostando incluso su vida a una historia verídica que servirá para revelar el dolor más soterrado e intenso. Ese que hoy casi ningún medio, ni ninguna fuerza política mezclada con la pólvora y las explosiones, quieren dejar ver.

 

 

 

 

 

 

 

BUENA VOLUNTAD, AJEDREZ Y GAVILANES

BUENA VOLUNTAD, AJEDREZ Y GAVILANES

Luis Sexto

El atrincheramiento ante un sin fin de hostilidades, incluso con olor a pólvora en inglés o en español, veló en los últimos 50 años una verdad ahora más evidente en Cuba: Si el socialismo solo intentara promover el bienestar de quienes les son afines, debe encerrarse en los ganchos de la suspicacia. Porque organizar a la nación sobre bases socialistas, implica el cumplimiento del apotegma martiano de “con todos y para el bien de todos”.

Pero en esa frase programática se juntan, en un problemático consorcio, el ideal propuesto por el más lúcido de los fundadores de la república -Martí, que la quiso cordial y moral-  y los peligros y obstáculos  para concretarlo. Porque, cuál es el bien para todos y quiénes son todos: ¿También la Fundación Cubano Americana? ¿O la llamada Vigilia Mambisa? ¿Hay coincidencias en los que estos entienden por el “bien” y el “todos” y el criterio de un obrero o de un campesino?

Ello es, a fin de cuentas,  lo que está en debate. La propaganda anti socialista, que se autocalifica de “anticastrista en una síntesis reductora”, invalida a Cuba por no ajustarse a los patrones de la democracia norteamericana. Y en consecuencia echan sobre el gobierno revolucionario, entre otros cargos,  la culpa de que más de un millón de cubanos vivan y malvivan en el “exilio”,  y que en  mayoría ilustran un natural flujo migratorio de raíz económica, aunque adoptara en la generalidad un forzado perfil político. Sustraigamos de ese número, desde luego, a los verdaderos exiliados, es decir, a los que aspiran a recuperar el poder y la riqueza perdida a partir de 1959 y a ciertos emigrados de fin de fiesta que han visto en el “anticastrismo” un negocito  que apuntala su presente doméstico y, quizás, garantice un futuro expediente político en esa Cuba que pretenden hacer nueva resucitando  la vieja. Vieja, en efecto. Pues qué otra Cuba nueva podría existir con las antiguas fórmulas del protectorado que ya sufrimos los cubanos en la república plattista,  y luego neocolonial.   Si los nostálgicos dudáramos, consultemos el censo de población y vivienda de 1953, publicado en Bohemia, para comprobar qué era entonces en Cuba el “con todos y para el bien de todos”.

Veamos también que, contraria y paralelamente,  muchos dentro y fuera de Cuba oran y laboran  por la reconciliación, y otros incluso la recomiendan. Y como reconciliar significa volver a conciliar, es decir, a vertebrar lo que estaba separado, posiblemente cuantos lo desean merezcan, en principio, ser reconocidos como personas de intenciones limpias y  patrióticas. Quieren, en particular, invertir sus dineros en Cuba, para sentir a la patria como un espacio concreto y no como una estación para vacaciones o visitas familiares. Ni la añoran como una próxima reconquista.

Cuba, de modo inevitable, habrá de resolver el conflicto migratorio que los Estados Unidos le fomentaron -recuérdese la operación Pedro Pan-, y que fue agravado por la rigidez de una defensa interna cuyo enconamiento ha derivado en una  mirada de reojo hacia el acto d emigrar,  hasta cierto punto normal durante un período en que la violencia del Norte justificaba un excluyente atrincheramiento. A mi parecer, sin embargo, la primera prioridad sería extirpar los permisos de salida, modificar el tiempo máximo para andar fuera y sobre todo permitir el regreso del que se haya ido definitivamente o no retornó al vencérsele la vigencia de su permiso, y necesiten ahora retornar también definitivamente. A muchos,  en Europa, cito como ejemplo más claro, decenas van y vuelven a los consulados cubanos pidiendo la vuelta: les falta trabajo, entre otros valores; la “tierra prometida”  que los llamó con ofrendas de miel,  les falló. ¿Triste cuadro? ¿Ya injusto? ¿Soluble?  Sí; soluble por triste y por injusto.

Lo demás, ese anhelo de participación económica de un sector del empresariado de origen cubano en los Estados Unidos, afronta, de acuerdo con mi modo de ver,  un por ahora irresoluble problema: Washington.  Frente a la cincuentenaria guerra fría -por momentos caliente-, esa propuesta, comprendida en una ley cubana de inversiones extranjeras en los 1990,  adopta  para muchos compatriotas del archipiélago el perfil de un caballo de Troya. Y esta última visión está condicionada por el diferendo entre los Estados Unidos y la revolución cubana. Por tanto, quienes en el extranjero insisten, por patriotismo, ayudar a renovar la sociedad cubana, tendrán que aceptar, primeramente, que con bloqueos comerciales y crediticios a Cuba le resulta muy complicado desarrollarse. Ni siquiera con ventas de alimentos por empresas norteamericanas. El problema no consiste en que los Estados Unidos le vendan a Cuba, sino que el comercio fluya en doble dirección y permita a otros invertir y prestar sin riesgos de sanciones y multas.

Y aunque el conflicto migratorio se diluya en la mutua comprensión, el bienestar de todos y con todos tendrá que estar protegido de la polarización de castas o clases poseedoras de los bienes principales, y salvaguardada del mercado faraónico y la dependencia extranjera. Si fuese lo contrario, entonces la república se dividiría esencialmente contra si misma: pocos con mucho y muchos con muy poco. ¿Antes de 1959 ocurrió de forma distinta? ¿A fin de cuentas, no parece igual de justo que por encima del derecho de los emigrados, ha de erguirse el derecho de los cubanos que no emigraron?

Del lado de allá, se pinta casi improbable que los gobiernos estadounidenses –el de hoy, como los de ayer, y los próximos- autoricen a capitales norteamericanos saltar el Estrecho. Su razonamiento se apoya en la siguiente premisa: Las inversiones de algunos o muchos emigrados legitimarían al gobierno “castrista”. Y por tanto, no sé hasta cuándo, los gavilanes del norte sobrevolarán los patios insulares, promoviendo un terremoto.

De este lado, cada día se tendrá que apreciar con más visión crítica que  con todos y para el bien de todos es un principio que tiende a una aspiración justamente socialista, íntegramente humanista. Y pasará a una norma de más alcance cuando las actuales reformas consigan eliminar las insuficiencias económicas y políticas de un modelo basado en la centralización hermética y en un concepto igualitarista de la igualdad, en cuyas limitaciones influyeron también las circunstancias apremiantes del litigio entre el King Kong norteamericano y el Pulgarcito del Caribe.

La historia, como el ajedrez, comienza con una apertura.  Y se escribe mucho más tarde, para ser más exactos y verídicos. (Publicado en Progreso Semanal)

 

 

CENTENARIO REIVINDICADOR

CENTENARIO REIVINDICADOR

 

Luis Sexto

Con el comienzo de este año, se iniciaron las celebraciones del primer centenario del dramaturgo, prosista y poeta Virgilio Piñera, nacido en Cárdenas el 4 de agosto de 1912 y fallecido en La Habana el 18 de octubre de 1979. Y a propósito de este acontecimiento, Ediciones Unión, de la UNEAC, ha publicado un libro que ayuda a esclarecer la obra y la vida de Piñera de modo que, tras su lectura, cualquier lector podría decir que ha conocido a la persona y al escritor.

El libro se titula Virgilio Piñera en persona, de Carlos Espinosa, crítico nacido en 1950. El volumen de 370 páginas está compuesto a base de testimonios  de familiares y amigos, además de textos con matices autobiográficos de Virgilio Piñera. En realidad, es un libro cuyo interés no decae. Las múltiples voces que lo evocan y lo juzgan se concilian de modo que todas van poniendo un dato para articular una definición, un retrato bastante cabal del polémico escritor.

El autor de Electra Garrigó, pieza teatral que plantó la semilla de la renovación del teatro cubano, afrontó la crítica y la incomprensión. Él mismo fue crítico e incomprensivo. Por ejemplo, rechazó crudamente la crítica a esta  obra nueva, audaz, una propuesta teatral distinta a la tradicional. En general, la obra y la vida de Piñera están signadas por la polémica. Y este libro titulado Virgilio Piñera en persona lo confirma. Es un texto basado en la verdad. Nada se oculta ni siquiera los defectos del autor de Cuentos fríos. Todavía, estoy seguro, la obra de Virgilio Piñera seguirá suscitando reacciones a favor y en contra. Todavía, me parece, no se ha dicho la última palabra sobre algunos de sus libros, de su estilo, en particular de su prosa narrativa donde uno, a veces, se topa con algún descuido, algún lugar común. Pero a pesar de lo que les podría faltar a sus cuentos, sobre todo a sus cuentos, nos arrastra  la imaginación de Piñera, imaginación penetrante, anticipadora, incluso racional dentro de un absurdo irónico e hiriente.

Para este comentarista, lo mejor de Piñera es su teatro. Pero creo también que no se le puede juzgar por segmentos, que hay que englobarlo dentro de su vida personal y su obra, de su capacidad para amar y también para odiar. Carlos Espinosa, en Virgilio Piñera en persona,  nos lo ofrece así: completo. Y este testimonio no solo delinea una imagen del dramaturgo, el narrador y el poeta, sino que también es un cuadro conmovedor de la época y las circunstancias en que Piñera nació, creció y se formó.

Teniendo en cuenta las vicisitudes e incomprensiones  que acompañaron sus años de formación humana e intelectual, incluso su madurez como creador, quedamos tentados a releer sus obras, sobre todo, además de su teatro, su narrativa. Me parece que es la mejor forma de conmemorar que hace cien años vino al mundo este escritor desafiante, provocador, y conflictivo en sus relaciones personales. Sufrió una niñez un tanto caótica, por la pobreza ocasional y el temperamento sicótico de su padre. Y en su madurez literaria afrontó el ostracismo, un ostracismo injusto dictado por enfoques dogmáticos, que confundieron los límites de la libertad con el sexo, el compromiso político con la desnaturalización del criterio.

Piñera  supo sufrir con dignidad. La celebración de su centenario es su reivindicación. (Trasmitido por Radio Progreso, sección Al pie de las letras)

 

PALABRA PREDILECTA

PALABRA PREDILECTA

Luis Sexto

Una de las palabras que con más frecuencia repetía en mis artículos de hace 20 años, en Bohemia, era flexibilidad. Acudía a ella para recomendarla a cuantos me pudieran leer en aquellas semanas iniciales del llamado período especial, como una de las actitudes más inteligentes. Oportunas. Racionales.

Entonces estaba convencido –como ahora- de que cada etapa histórica tiene sus palabras predilectas. Son como espontáneas claves del momento. O, mejor, como fórmulas políticas para afrontar circunstancias nuevas, y adecuarlas a los principios sin que los principios se modifiquen. Y así, en mi periodístico enfoque, coincidía con el concepto teórico que el doctor Raúl Valdés Vivó explicaba por aquellos días en artículos y ponencias. Esto es, distinguir entre tesis y principios. Puede usted, por ejemplo, concebir el trabajo por cuenta propia para ciertos fines sin que por ello tenga que renunciar al trabajo socialista, a la propiedad social sobre los medios fundamentales.

He simplificado la noción. Pero creo que el acto de resistir y sobrevivir a embates inesperados y desconocidos supone una mentalidad flexible que apele a tesis aparentemente inusuales, o audaces, pero que por necesidad se diferencian del modo común de resolver los problemas antes de la nueva situación. Cierta ley biológica establece que el organismo que no se adapta, muere. ¿Y quién quería –o quiere- morir?

Déjenme decir que he tomado en serio mi oficio de periodista. Mis criterios han defendido la esencia de la Revolución cubana. Y lo siguen haciendo. Y créanme: no tengo que demostrar nada. He disfrutado de la libertad de exponer mis juicios. Nadie me ha exigido convertirme en un repetidor de consignas, y más de una vez he dejado escrito mi opinión sobre las consignas que se repiten sin que el corazón y la vergüenza las respalden. Por lo tanto, debo retomar aquellas ideas de los 90 y advertir que la palabra flexibilidad no ha pasado de moda.

A mi me gusta esa palabra. Me gusta tanto como eficacia, solidaridad, justicia, libertad, independencia, disciplina. Las prefiero porque semánticamente muestran valores necesarios para enfrentar la adversidad y superarlas. Hasta en las relaciones entre las personas -fase primaria de lo político- la flexibilidad compone una postura constructiva y creadora. La inflexibilidad, al contrario, puede condicionar la intolerancia. O el error. Porque ciertas soluciones tajantes, drásticas, implican dejar al otro sin opción. Pegado al techo. Y esa postura enajena, deforma, derriba, en vez de edificar. Traslade usted esa noción a lo social o lo político, y se percatará de que cuanto surge como un remedio suele empeorar lo que intenta arreglar.

Podía anotar algún hecho. Mas solo me quedan unas líneas. Y recomiendo fijarnos en el árbol que, tras la racha, vuelve a su erguida posición previa. Si este ser apenas sensitivo –según el verso de Rubén Darío- contara su secreto, diría: vean como me doblo sin partirme ante el silbido afilado del ciclón. Soy flexible. Nada más. (Publicado en Juventud Rebelde)