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PATRIA Y HUMANIDAD

EL LARGO VIAJE DEL CAFÉ

Por Luis Sexto

Ah, el café. Bebida común de los cubanos. Por la mañana, al mediodía, al atardecer. Siempre café. Negro, fuerte, casi amargo en un país de azúcar. Millones son las tazas que se ingieren diariamente, procurando el tónico que alivie la fatiga, que aligere los efectos del calor. Y a esa afición quizás se deba que un cubano sea el autor de una de las más exactas y originales definiciones del café. La escribió José Martí: “...Es la mejor forma del oro.”

El café llegó a Cuba en un complicado recorrido. Empieza hacia 1714, cuando el alcalde de Ámsterdam regaló al  rey Luis XIV una planta de cafeto. La colocaron en los invernaderos reales donde vegetó como una rareza, porque solo en Abisinia y Arabia, y desde hacía muy poco en Java y Sumatra, se cultivaba. Pero de Martinica llegó con licencia un oficial. Gabriel Desclioux creía que el café podía aclimatarse en esa isla del Caribe. Y se agenció un gajo de la planta. Creció saludablemente. Y más tarde de Martinica saltó a Santo Domingo. Y de ahí lo introdujo en Cuba Antonio Gelabert, funcionario de España en esta Isla. Transcurría 1748. El primer cafetal, pues, según  la mayoría de los historiadores, lo fomentó Gelabert en sus tierras de El Wajay, zona en el sur de La Habana, donde ya nada permanece de aquel acto tan influyente en la historia económica del país.

En una época, Cuba figuró entre los principales productores y exportadores del grano. La ruina de las plantaciones de Haití, y la urgente emigración de muchos franceses desplazados por la revolución antiesclavista, favorecieron el auge del café en la mayor de las Antillas. En las zonas montañosas de Oriente y de Occidente proliferaron cafetales franceses, aunque en el oeste del la Isla solo se asentó el 10 por ciento de la inmigración procedente de Haití. Alrededor de Santiago de Cuba permanecen todavía instalaciones de aquellas haciendas. Baste mencionar el Isabelica. Y en la Sierra del Rosario, cerca de Candelaria y Cayajabos, límites entre La Habana y Pinar del Río, se han localizado despojos y asientos de más de 50 cafetales, alguno de los cuales, como el Buena Vista conservó casi indemne la tahona, el secadero, los barracones de esclavos y las paredes de la casa de vivienda que, reconstruidos fielmente en los últimos años, ilustran al turista sobre un momento singular de la historia social de Cuba. 

Hacia la cuarta década del siglo XIX,  los aranceles impuestos por los Estados Unidos, la erosión de los suelos y el interés que suscitaba la caña de azúcar, convirtieron al café en pariente pobre de la economía insular.Viajeros que en los primeros decenios del  XIX visitaron a Cuba, incluyeron en sus cartas de relación o en sus libros impresiones sobre las haciendas cafetaleras y, en particular, anotaron la belleza ambiental, el buen gusto con que enriquecían el medio los caficultores. Famoso era el Angerona , el mayor de occidente con sus 750 000 cafetos y 450 esclavos, y uno de los más prominentes del país.  Ubicado en el Hato de San Marcos, Artemisa, la apacible existencia del cafetal se regía por una estatua de  la diosa romana del silencio, mientras el alemán Cornelio Souchay, el propietario, compartía un ardiente amor con la mulata Ursula Lambert, administradora del emporio, tema hoy de una película polémica, pero matizada de poética evocación, titulada Roble de olor.

El norteamericano John G. Wurdemann, médico de profesión, introdujo en sus Notas sobre Cuba imágenes y juicios muy favorables sobre los cafetales criollos. Visitó algunos de La jurisdicción de La Habana, como el del doctor Carlos Finlay, padre del médico homónimo que descubrirá 30 años más tarde el agente trasmisor de la fiebre amarilla.  También varios de Matanzas. A través de un criterio económico observó las diferencias de vida entre un caficultor y un hacendado azucarero. En este, la opulencia; en aquel, el buen pasar sin sobrecargar a los esclavos.  Pero el libro de Wurdemann podrá ser recordado, en especial, por haber descrito con vehemencia un cuadro muy preciso sobre los valores estéticos de los cafetales, señalados en la campiña por sus simétricas arboledas y sus jardines. Un cañaveral producía hastío, incluso rechazo, por su falta de variedad y relieve y por el dolor humano que demandaba. En cambio –aseveró el viajero-,  “el primer cuidado del plantador de café es unir su hacienda a la belleza con la ganancia”. Un cafetal  “es, en verdad, un edén perfecto”.

CARA A CARA

CARA A CARA

Por Luis Sexto

Admito que no soy un buen entrevistador. La entrevista resulta a mi parecer el género periodístico más difícil: es el más común.  Tratar de escribirla a contrapelo del uso la convierte en un desafío que no todos estamos aptos para afrontar.  Y es más difícil, además, porque supongo que los lectores la prefieren entre todos los géneros.  Al lector le gusta la confesión, y toda entrevista bien hecha, al margen de sus intenciones, es siempre una especie de confesión.  Por ello, determinar con acierto quién merece ser entrevistado -la persona capaz de interesar por cuanto pueda decir- se nos presenta como el paso inexcusable por sobre un tronco  tendido entre los bordes de dos abismos. Así, con un símil hiperbólico, como el estilo enfático de los aprendices.   No habrá, desde luego, entrevista con posibilidades de interesar si el entrevistador no conoce al entrevistado. No hay casa sin cimientos. Y lo conocemos, aunque sea a medias, en la preparación previa, ese indagar en las características psicológicas, en el pensamiento, la obra del entrevistado. Es inamisible, por ejemplo, que a un escritor le preguntemos cuántos libros ha escrito. Del conocimiento anticipado de ese dato surgen las preguntas dominantes del cuestionario. Porque publicar un libro es un punto de giro o de nuevo impulso en la trayectoria de un autor.  Ignorar el dato o desconocer al personaje en sus perfiles básicos, equivaldría a hacer el ridículo. Y con frecuencia esa es una de las sensaciones con las que uno topa  dentro de las páginas de un periódico, una revista, o en la radio y la televisión: el ridículo que proviene de lo obvio.  Por lo visto, cierta práctica considera la entrevista como el género más expedito y sin muchas exigencias y pretensiones.  Puede suponerse que lo estima como el "más auténtico", "el más creíble", porque se presenta en persona a la fuente.  También, y por esta misma razón, es el menos comprometedor para el periodista y el medio. Me parece que el facilismo está rigiendo la proliferación de entrevistas en la prensa cubana.  Claro, esas entrevistas, en puridad, solo pueden definirse como declaraciones.La intención decide el tipo de entrevista.  Se sabe que,  según la técnica tradicional, las entrevistas se subdividen de acuerdo con sus fines. Uno puede entrevistar con un propósito netamente informativo, para darle peso, autoridad, fuerza al contenido.  Por ejemplo al Ministro de Justicia sobre las últimas leyes.  O para recabar opinión, o revelar o retratar la personalidad de un personaje.  Es decir, que no todas las entrevistas requieren de los mismos ingredientes.  Ahora bien, hay uno imprescindible: que estén escritas ágil y concisamente y sean capaces de  atraer el interés del lector por las preguntas y su desarrollo formal y conceptual. Esos cuestionarios explícitos y larguísimos, y respuestas maratónicas, sin depurarse en la criba de las tachaduras o la supresión vocean el aburrimiento y el desinterés. Atraer la atención es una antiquísima ley del periodismo. ¿Alguien lo ignora?  Y errará contra esa regla quien comience una entrevista preguntando explícitamente: ¿Dónde usted nació?  De  la cultura, la actitud y la aptitud del entrevistador dependen utilizar y adecuar los recursos de modo que estimulemos una respuesta inteligente desde un interrogatorio inteligente. No nos arrastraría la desmesura si admitimos que la entrevista es un género con tangencias y turgencias literarias. Oriana Fallaci, a pesar de sus poses de mujer brava, irreverente, ha demostrado que la entrevista compone una lectura apasionante, placentera, si se le adereza con ingredientes dramatúrgicos, se tensa sobre la cuerda del interés creciente, y se “apunta, se penetra en el corazón del entrevistado”, de acuerdo con la recomendación que nos ha dejado como un testamento periodístico en uno de sus últimos libros: Oriana Fallaci intervista a Oriana Fallaci. El asunto de los géneros es polémico. Yo diría que el artículo y la crónica, escritos con voluntad de estilo, con evidente intención estética,  comulgan con los géneros literarios.  De reportaje se puede decir lo mismo, incluso con más razón, porque es el género apropiado para contar historias. La intención --e insisto en ello, como quería Alfonso Reyes--es capital.  Periodismo es periodismo cuando se quiere que predomine la función informativa. Y a veces así no es buen periodismo.  Cuando usted desea que la función estética asome su semblante azul, balsámico, perdurable, el periodismo trasciende y se naturaliza literariamente.  ¿No poseen esa dimensión acaso las crónicas de Martí, o los artículos de Jorge Mañach, o los reportajes de Pablo de la Torriente, Onelio Jorge Cardoso, Jaime Sarusky, Rolando Pérez Betancourt, Leonardo Padura, o los textos periodísticos de García Márquez, Eduardo Galeano, Tomás Eloy Martínez, Miguel Bonasso, y los de John Reed, Chesterton, Hemingway, Mailer, Joan Didion?  Yo sé de Literatura que no lo es y sé de Periodismo que se supera a sí mismo mediante las calidades del estilo y el uso de las técnicas literarias.  Desde luego, cuanto más priorice el periodista la función estética más se acerca el Periodismo a la Literatura, aunque sea de modo unilateral, esto es, a través del estilo, porque, como sabemos, la ficción está proscrita en el Periodismo.  Prefiero llamar a este Periodismo, para ahorrarme complicaciones teóricas, como lo han llamado otros desde hace tiempo: periodismo literario.  Y la entrevista, conceptuada con rigor, se inscribe de lleno en esta órbita literaria. Así no morirá con el día.

Prefiero, al entrevistar, prescindir de la grabadora. Este artefacto asusta, limita. En 1975 llegamos a Surinam una semana después de haber obtenido la independencia de Holanda, su metrópoli colonial. Aunque íbamos a cubrir un partido de fútbol, Eddy Martín y yo decidimos entrevistar al viceprimer ministro, entonces en funciones de primero. Le pasamos el cuestionario; dos días después nos recibió. Respondió formalmente, y luego de apagadas las grabadoras comenzó la verdadera entrevista: dijo cuanto no había dicho. Disimuladamente fui anotando. El gobernante ya estaba libre; no quedaría prueba audible de sus respuestas. Sólo legibles en los apuntes de un oyente. Y eso puede ser discutible en la ocasión en que las conveniencias políticas lo determinaran. Otro inconveniente de las cintas y casetes: la grabadora no permite ver la entrevista; uno se inquieta mucho por el aparato y su correcto funcionamiento; mira más al testigo que el entrevistado, y uno se pierde el lenguaje de los gestos, los cambios de tono, las dudas. La entrevista también se hace con estos detalles.

Muestro el cuestionario previamente si el rango del entrevistado lo exige. Si él acepta someterse a lo desconocido, entonces voy con mis preguntas ocultas. No me gustan las técnicas agresivas. Parto del respeto, de un tono cordial que me permita formular preguntas complicadas sin que el interrogado tenga pretextos para el exabrupto, o la reticencia. La agresividad es habitualmente una pose, y me parece que el lector, en un  momento dado, puede percatarse del circo.

Después de escritas, enseño las entrevistas si la piden, dependiendo del personaje, su rango, su calidad social, humana. Por lo habitual, no  las muestro, y si insisten como imponiendo reglas, decido no publicarlas y, por tanto, se quedan sin leerse.

La entrevista me obliga a asumir el estrés. Porque me inquieta que el entrevistado no se reconozca. Yo he notado que muchos periodistas modifican tanto la forma de las respuestas que el personaje no se detecta, con toda su carga de personalidad, en la entrevista. Puede reconocer sus ideas, pero no su psicología. Me parece que es necesario que, de algún modo, exista la fidelidad al personaje mediante el respeto a ciertos rasgos de la sintaxis o a ciertas palabras claves, o ademanes. Yo he entrevistado a personajes que  han sido antes entrevistados. Y he llegado a ellos habiendo leído esas entrevistas, y me he sorprendido de que cuanto me dijeron nada tenía que ver, en el tono, la forma, los giros, con lo que yo había leído. Una estafa.

Para entrar en el diálogo debe existir un previo y mutuo reconocimiento: conversar de alguna vaguedad, algo que facilite un acercamiento. Una vez propicié la conversación invitando a un renuente personaje a beber de una botella de ron que saqué, de improviso, del bolsillo. Ha sido mi mejor entrevista. Fue a Demetrio Presilla, el ingeniero de La Nicaro, aquel que ayudó al Che a echar a andar la planta de Moa. Cuando volví a ver a Presilla, le pregunté su parecer sobre lo que leyó en Bohemia y me dijo: “Soy yo”. Es decir, se reconoció. Él me lo había advertido al marcharme de su casa: “Espero que usted me sea fiel”. El psicólogo Calviño también admitió reconocerse. Yo he sido entrevistado y, sin embargo, nunca he podido decir que me he reconocido. Se trata de que cada persona posee un espíritu, un orden en las palabras, un modo de acometer la respuesta, que uno tiene que saber captar y conservar.

A pesar de todo cuanto he dicho, yo no soy un buen entrevistador. Pero tal vez tenga razón en este acercamiento al más difícil de los géneros periodísticos.

    

GUARDA LAS APARIENCIAS

Diccionario de frases célebres

Por Luis Sexto

Posa de inteligente. Pero es sólo una frase habilidosa. Matrera. No sobrepasa la condición de la doblez, ni las fronteras de la malicia. Y se arrima a una tendencia en la que lo primordial consiste en pintarrajear la individualidad, atribuirle la cambiante naturaleza del camaleón.Guarda las apariencias. La recomendación peregrina desde lejos, de antiguo. En una página de El Habanero, su periódico, el Padre Félix Varela diseccionaba, criticaba, a los que alternaban sus colores. Se refería en esencia a lo político, y desde lo político ineludiblemente se empalmaba con la ética. Fustigaba  a los que, para defender intereses egoístas, cambiaban de casaca -¿ recuerdan los de mi generación y otras mayores el mote de cambiacasacas, aplicado incluso a cuantos hoy quebraban gritos por el Almendares y mañana por el Habana?-. Cambiar casaca, esto es, adaptarse, seguir la corriente, fingir... Cuidar lo mío. Guardar las apariencias.Mis coetáneos se acordarán también de aquel libro de José Ingenieros que, aún hacia l964, aún pudimos adquirir en alguna librería. La simulación en la lucha por la vida. El filósofo o psicólogo argentino dilucidaba  la capacidad humana para guardar las apariencias. Pero no la justificaba. Al menos, en otro texto, El hombre mediocre, nos ofrecía una ruta perfectible. Un ideal de grandeza. Eso creo.Precisamente, en Cuba nos hemos afanado por  exaltar la ética del ser por encima del tener. Valgo por lo que soy: por la generosidad, la disposición a servir, la afición al trabajo. No me juzguen por lo que tengo o... no tengo. Y tal norma excluye el apego a las apariencias. Porque, utilizarlas, equivale a andar en equilibrio frágil por el canto de la hipocresía; a afiliarse  a la filosofía de la mentira; consultar el manual de la doble, la triple moral.Qué enormidad de riesgo se afronta con quien guarda las apariencias. Si  desleal, jura morir antes de traicionar. Si  deshonesto, condena repetida y encarecidamente al ladrón. Y si haragán, aparenta que trabaja. Conservo una experiencia antológica. En l978, cuando el Gobierno Revolucionario propició el diálogo con los cubanos honrados de la emigración, mi hermana, que se marchó con parte de la familia a los cuatro años, regresó para reencontrarse con su raíz. La acogí con afecto, delicadeza. Cierto compañero me lo reprochó. Yo, me dijo, tengo un hermano allá y si viene le doy la espalda. Casi me abochorné por mi debilidad sentimental ante semejante entereza. Dos años más tarde, en l980, aquel patriota de la rutina, el que no recibiría a su hermano, fue recibido por este en el... yate donde lo vino a buscar. Y mi íntegro ex compañero, se fue por el puerto del Mariel.Por ese trillo discurren las conductas aparenciales. Por el trillo de nunca se sabe, ni se sabrá, en qué instante lo rojo se trocará en amarillo. Cuánta seguridad, en cambio, con quien dice sí cuando cree que debe decir sí y responde no cuando  lo estima. Podrá ser molesto. Por franco, erguido, firme. Pero con el sincero en cualquier trinchera. Con el otro, con el que es capaz de tirar la piedra y esconder la mano, ni en el paradero de Lista de espera. Hay quien dice pensar como uno, y no vive como uno. La confianza sólo puede habitar en la verdad, si no cuídese usted...    

LA PRESENTE AUSENCIA DE HEMINGWAY

LA PRESENTE AUSENCIA DE  HEMINGWAY

Por Luis Sexto

La estatuaria vivencial del escultor  José Villa  ha puesto a Ernest Hemingway como antes: acodado sobre la barra del Floridita, en su rincón predilecto, en pose de echarse hacia delante y oír cordial y socarronamente -a la cubana- a cualquier parroquiano que le haga compañía. El gran trágico de la contemporaneidad prefería beber su daiquiri en el Floridita y su mojito en la Bodeguita del Medio. Admitía así que se había suscrito a ambos tragos de la alquimia alcohólica cubana y a esos dos restaurantes entonces y todavía célebres en La Habana. Puede parecer que el escritor, que había asegurado en Adios a las armas que no existía nada más placentero que un trago de güisqui, estuviera haciendo algo más que una elección gustativa al preferir las bebidas criollas.Digámoslo de un golpe: estaba confesando una inclinación, un afecto, por esta isla a la cual mencionó por primera vez en  1933, en un artículo publicado en Esquire y que se tituló Marlin Off the Morro: A Cuban Letter.  No asombra que la Isla, verde y frutal, y su mar candente aparecieran en una colaboración periodística por la cual Hemingway ganó 250 dólares. Admira, sobre todo –como ha afirmado Mary Cruz, una de las estudiosas de la obra del autor de Verano sangriento-, que el paisaje, los detalles típicos de La Habana como el Morro, el caserío portuario de Casablanca, trasciendan su naturaleza de “postal turística”, usual en cualquier visión extranjera, y sean descritos con la emotividad del que no solo ve las cosas sino que está dentro de ellas.

Son varias las obras de Hemingway donde aparecen Cuba y su gente. Aparte de los reportajes,  en Tener o no tener, El viejo y el mar e Islas en el Golfo hay una imbricación cubana que reconoce que Cuba fue algo más que un escenario para un escritor cuya estética primordial, desde su aprendizaje en el Kansas City Star, le exigía encarar y reflejar la vida con una autenticidad sin fisuras.  Es decir, con pasión. En El gran río azul, Hemingway confiesa algunas de las razones por las cuales radica en Cuba. Al leerlas, uno sabe que subyace algo más profundo que la simple sensación del confort y el paisaje. Pero lo calla:

“Muchos le preguntan a uno por qué vive en Cuba; les contesta simplemente que le agrada vivir allí. Es difícil explicar la fresca brisa matinal que sopla incluso en los días más calurosos de estío sobre las colinas que rodean a La Habana. No es necesario explicar la posibilidad que se nos ofrece de criar gallos de pelea, adiestrarlos y participar en competiciones dondequiera que se organicen, por tratarse de un asunto lícito. Es una de las razones de vivir en aquella isla.(...) Pero hay muchas más cosas que uno no dice; (...) entonces uno les explica  que la principal razón de vivir en Cuba es el Gran Río Azul, de tres cuartos a una milla de profundidad y de sesenta a ochenta millas de ancho; desde la finca y a través de un hermoso paisaje, se tardan cuarenta y cinco minutos en llegar a él, donde hay la mejor y más abundante pesca que uno ha visto en su vida.”  Cuentan ciertas crónicas noticiosas que en uno de sus regresos a Cuba, meses antes de su muerte, Hemingway besó la bandera cubana al desembarcar en el aeropuerto José Martí. Un fotógrafo quiso que repitiera el gesto para poder congelarlo en la emulsión de su película, y  Papa se negó.  Su acto había sido sincero y no admitía la escenificación publicitaria o periodística. Sin embargo, uno de los reportajes de la entonces naciente televisión cubana lo conserva respondiendo preguntas, luego de haber merecido el premio Nobel.  Entre otras aspectos, Papa Hemingway, el que bebe su daiquirí en el Floridita y su mojito en La Bodeguita, el que reside en una colina casi al sur de la bahía de La Habana, asevera, como en una definición hecha para siempre: “Soy un cubano sato.” ¿Qué es ser un cubano sato?  Debe uno adentrarse en el espíritu de la lengua, en los laberintos expresivos del pueblo, para averiguar un sentido cuya profundidad no recogen los diccionarios.  Sato es una raza de perros, pequeños, de pelo fino y cuyas hembras son muy lascivas, extremosas, abiertas con el sexo opuesto. Y por extensión cubano sato es ser eso: abierto, democrático, mezclado. Esto es, la más certera definición del carácter del cubano medio.Quiso el escritor ser asumido -según puede colegirse- como un compatriota por los cubanos. Al menos en esa época los medios culturales lo estimaban como un escritor cercano. Y la revista Bohemia dedicó un número a reproducir la traducción de El viejo y el mar, vertida al español por Lino Novás Calvo, autor de una novela ejemplar entre las novelas cubanas: Pedro Blanco el negrero. El binomio Hemingway-Cuba se somete ahora a la discusión. He vuelto a pensar en ello. Y no creo que los cubanos sientan como un valor permanente y propio al autor de Por quién doblan las campanas. Es cierto que su casa de Finca Vigía la remozan actualmente para agregarle más resistencia ante los agravios del mar cercano, y que su habitación en el hotel Ambos Mundos y su rincón predilecto en la ensenada de Cojímar, se mantienen como si Papa estuviera a punto de llegar para una de sus estancias definitivas. En la conservación de la presencia petrificada de  Hemingway persiste el respeto, la unción, la convicción, que la libran de la profana apropiación turística, aunque los tours la ofrezcan como una insoslayable opción. Pero todo ese caudal se compone de valores tangibles, objetos materiales que cada año van decolorándose, difuminándose en la memoria y la atención general. Parece inevitable admitir que pocos de los cubanos de hoy sienten al autor de El viejo y el mar como un patrimonio espiritual, o como una herencia literaria. Comparativamente, cuarenta y cinco años después de su deceso, el haber favorece a Hemingway: su obra literaria preserva las amorosas impresiones acumuladas por el escritor durante veinte años de residencia en la isla más fascinante del Golfo. Pero, desde dentro, eso es ya “cosa vieja”, “glorias pasadas” en las que solo algunos aún meditan. Porque la mayoría de los que podrían asistir en peregrinación a la barra del Floridita, allí donde un Papa de bronce bebe un daiquiri interminable, son también sombras, incluso algo menos. Y no eran muchos. Amigos tuvo pocos en Cuba: algún compañero de juergas habaneras como el periodista Fernando G. Campoamor, insuperable en estilo y precisión, y entretenido acompañante en una cantina. Parece una evidencia común que la fisonomía inconfundible del amigo de toreros y actores de cine desconoció en Cuba la ruta de los círculos literarios y artísticos.Tal vez mi afirmación presuma de muy polémica o heterodoxa. Pero, a mi juicio, Hemingway fue solo un accidente, un destacado accidente, para la generalidad de los cubanos. Aquí convivir con extranjeros relevantes ha sido una gracia cotidiana. Yo mismo puedo contar que en el edificio en que vivo, residió hacia la década de 1940, el poeta venezolano Andrés Eloy Blanco. Y fui vecino – a unos 200 metros- del poeta salvadoreño Roque Dalton Y trabajé  en la revista Bohemia donde ganaron el sustento del exiliado escritores tan significativos como el dominicano Juan Bosch o el guatemalteco Manuel Galich. Ni la medalla del Nobel, que el escritor, creyéndose en deuda con Cuba, depositó en el Santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre, anudó una sentimentalidad perdurable con los cubanos: se pierde entre centenares de ofrendas parecidas, si no en el brillo, en la intención.  Y si ese acto pudo significar un gesto de fraternidad en el imaginario religioso del cubano, ya es solo un dato. O una curiosidad. La cultura y la historia, a pesar de todos los vínculos, nos separan. Hemingway está muerto. Y estatuariamente vivo en Cuba. Hemos de admitirlo. Pero qué frío es el bronce. Qué solo se quedan los muertos.   

ENTRE LA ILUSIÓN Y EL DESENGAÑO

ENTRE LA ILUSIÓN Y EL DESENGAÑO

Una historia de ciclones

Por Luis Sexto

Elisa  McHatton-Ripley no conservó memorias gratas de su estancia en Cuba durante el último cuarto del siglo XIX. Aún las observaciones más favorables sobre el verdor eterno y el clima benigno de la Isla, sufrieron las quejas de esta mujer que no soportaba la monotonía de lo invariable. No le fue bien. Hasta el nombre del ingenio azucarero que su esposo compró en la jurisdicción de Matanzas, a unos 100 kilómetros al este de La Habana era un presagio de mala suerte en español: Desengaño, lo que equivale a decir la muerte de cualquier ilusión.

En un libro titulado From flag to flag, publicado en New York por la Editorial D. Appletton and Company, en 1889,  entre otras experiencias, Elisa McHatton  contó las peripecias de los 10 años que residió en Cuba.  Nació en  Kentucky en 1832 . Y en 1862 la guerra civil la obligo, junto con su marido, un hijo y dos criados, a marcharse de su plantación en Arlington,  cerca de Bouton Rouge.  Tres años después, tras una estadía en el México ocupado por los franceses, la familia McHatton–Ripley llegó a La Habana. Y seguidamente  se estableció en el ingenio Desengaño donde Elisa conoció la decepción en una tierra que la misma autora estima como “el lugar más prolífico del globo”.  El nombre de la plantación, repetido en ingenios de otras zonas del país, expresaba los altibajos que entonces sufría la industria azucarera cubana que, de prometer el paraíso, pasaba por temporadas de angustias e incertidumbres para cuantos había puesto su fortuna en la fabricación del grano.

From flag to flag se suma a los más de 700 libros  que viajeros de diversa procedencia escribieron sobre  Cuba hasta el final del siglo XIX. Y compone una visión muy especial, porque es una extranjera que no solo observa y ve,  sino que  su vida y la economía familiar dependen de la entonces riqueza principal de Cuba. Se comprende, pues, que la visión idílica del paisaje no aparezca en sus páginas; la escritora y su esposo tuvieron que trabajar duramente para que su plantación azucarera prosperara, y pudieran sostener aquella vivienda que, al comprarla junto con el ingenio, pasaba como una de las “más presuntuosas y considerables” de Matanzas.  Las memorias de Mrs. McHatton-Ripley  se dedican a describir las costumbres, las comidas, y el paisaje humano de la plantación, donde el negro y el chino esclavo conviven bajo el tañido de una campana de 900 libras que uniformemente les organiza la jornada desde el amanecer hasta la hora de dormir.

A pesar de su nombre, Desengaño prosperó.  El trabajo y la agrotecnia sirvieron allí para que el suelo de Matanzas, uno de los más feraces de Cuba, no se cansara como en las haciendas colindantes, sometidas a una explotación que confiaba más en la bondad de la naturaleza que en la inteligencia y la aplicación de los hombres.

la familia McHatton-Ripley, sin embargo, se cansó. “Nos cansamos del eterno aire dulce y apacible, del invariable verdor del paisaje, la perpetua temperatura que hacía cómoda la ropa de hilo más delgada; las estaciones solo variaban en seca y en húmeda: la seca muy seca y polvorienta; la húmeda, muy húmeda y lodosa (...) Un clima como este empalaga a quien se haya acostumbrado a las variaciones de la zona templada. El verdor inalterable es como una boba sonrisa permanente en la cara de una mujer bonita: su constancia la hace inexpresiva e insípida.”

Del clima lo probó todo. Porque Mrs McHatton-Ripley, afrontó,  como  cualquier cubano actual según las estadísticas, la posibilidad de ver un ciclón  catastrófico una vez cada 10 años. Y lo vio. Estuvo dentro, afanándose en atrancar puertas y ventanas, en proteger animales y bienes materiales.  “Cuando, por último, después de 30 horas de lucha exhaustiva y alarma mortal, nuestras puertas volvieron abrirse de par en par, la escena de desolación que contemplamos desafiaba toda capacidad de descripción. Los ilimitados campos de caña ondulante, que solo antes de ayer deleitaban nuestra vista, habían desaparecido por completo; derribadas las cañas por el viento, las rápidas aguas en descenso las cubrían totalmente. La casa de azúcar había quedado enteramente destechada, y las anchas láminas de metal se trajeron  durante días, desde campos a cientos de yardas de distancia, tan retorcidas como si el martillo de Vulcano les hubiera dado infinitas formas fantásticas.”

Dos o tres años más tarde, en 1875, los MacHotton-Ripley se fueron de Cuba  para siempre. Pero no creo que el calor, la lluvia, el polvo, el lodo y los vientos, hayan influido en la determinación.  La autora de From flag to flag había venido a Cuba buscando las ventajas económicas de la esclavitud  que la guerra civil abolió en los Estados Unidos. Pero en la llamada Perla de las Antillas,  la primera guerra por la independencia procuraba también eliminar la esclavitud.  Y, por supuesto, la prosperidad del ingenio Desengaño se ahogaba en la libertad que poco a poco negros y chinos iban ganando. Además, refiriéndose a la administración colonial española, la autora concluyó:  “Esa soberbia provincia, cuyos recursos naturales son casi inagotables, ha sido desangrada por las sanguijuelas y parásitos a quienes se confió su bienestar y su gobierno”

Elisa McHotton-Ripley murió en Kentucky en 1912. Tiempo tuvo para percatarse que los años más esplendorosos de su vida habían coincido en su patria y en Cuba con un cambio de época. Y tal vez haya recordado con cierta justiciera nostalgia sus días en Desengaño, allí donde creyó haber enterrado sus ilusiones.

 

NIETO DE ISLEÑO

NIETO DE ISLEÑO

Por Luis Sexto

Se me ha subido el isleño. No aquel con quien se jugaba cometiendo una redundancia al llamarlo bruto; más bien el que corretea por la sangre que me trasfundieron mis abuelos maternos cuando desembarcaron en los muelles de La Habana, para continuar la leyenda que con los ariques del trabajo tejieron los canarios desde el siglo XVI.

Ya son escasos, y viejos, los cubanos que repiten el descrédito con que el elemento español recalcitrante y presuntuoso, manoseaba injuriosamente al inmigrante canario durante la colonia. El choteo, la trivialidad, incluso la injusticia, pervivieron a veces en una tradición que, si no por la perversidad, se distinguió por la facultad parlotera de la cotorra. Todavía en mi niñez escuché esta cuarteta: “El gobernador del Cayo/ ha ordenado con empeño/ que quien no tenga caballo/ se monte en un isleño.”

Tal vez el fondo de esta animadversión irracional haya sido la fosforescencia rebelde de muchos cadáveres renuentes a morir. El Indio Naborí colectó en la memoria oral esta décima reveladora: “Doce vegueros de acción/ terminaron su destino/ colgados del camino/ de San Miguel del Padrón./ ¡Maldita la explotación/ del Estanco del Tabaco,/ que después de un gran atraco/ sangre veguera pedía,/ pero ha de llegar el día/ que la ambición rompa el saco.” Y Martí, con la certeza de la verdad en su estilo, les puso este epitafio: “¿Quién que peleó en Cuba, dondequiera que pelease, no recuerda a un héroe isleño?”

¿Bruto era el isleño, dice usted? Pregunto o me preguntan para poder proseguir esta crónica familiar. Y respondo con lo que sabemos. La canaria Catalina Hernández construyó el primer trapiche productor de azúcar de caña en Cuba. Y más de doscientos años después, un hacendado de origen canario, el conde de Jaruco, don Joaquín de Santa Cruz y Cárdenas, fue el primero en utilizar la máquina de vapor para mover, el 11 de enero de 1797, las mazas del Seybabo, ingenio de su propiedad, y aunque la inversión fracasó, dos décadas más tarde el vapor comenzó a sustituir la energía animal. Ambos, sin embargo, son excepciones, hitos extremos de un curso histórico, porque entre la primera y el segundo, y más acá, el común de los inmigrantes canarios no  mezcló su suerte con la fabricación de azúcar, ni con la minería ni la cría de ganado. Se dedicaron a la agricultura menuda y al tabaco.

Afortunadamente aún se conserva el nombre de uno de los primeros canarios empeñados en el cultivo de la hoja mágica. Los fumadores debían tal vez santificarlo y rendirle culto en el humo azulenco que sube a los cielos desde el incensario de un habano. O los fabricantes  torcer un puro que perpetúe, en la mejor breva, la identidad del isleño que comenzó a acumular la sabiduría agrotécnica que honra a Cuba y también a las Canarias. Se llamó Demetrio Pela. Y su  pericia se desenvolvió  bajo el magisterio del indio Erio-Xil Panduca.

También sabemos que no es todo.  Porque a la cultura en Cuba suele dársele un origen literario, y para ciertos investigadores parte del Almirante Cristóbal Colón cuando anotó en su Diario las impresiones iniciales que le produjo la naturaleza prodigiosa de la Isla. Y en particular aquella reacción sacramental –modelo de la después tan cubana exageración- de “nunca tan hermosa cosa vido”. Podemos coincidir en que es un respetable punto de partida. Pero el canario sentó también su presencia en la cultura en los tiempos liminares cuando la Isla quería poner, trabajosamente, sobre el cuero exportable de la res, y en el trapiche, o en la vega, el señorío de la sensibilidad.

Silvestre de Balboa Troya y de Quesada, oriundo de Gran Canaria, anunció dentro de estrofas clásicas, los tanteos iniciales de la criolleidad poética, los lances formadores de lo cubano en la literatura. Espejo de Paciencia –compuesto en 1608 y estructurado en dos cantos y 145 octavas reales- no es un poema trascendente por su intrínseca propiedad estética. Expresa la incipiente asimilación, la lenta interiorización de la naturaleza y la vida criollas en la conciencia social de la Isla. Y perdura como acta del alumbramiento del diccionario autóctono de la flora y la fauna de Cuba. Demetrio Pela, maestro del veguerío tabacalero, y Silvestre de Balboa, el primer criollo con paciencia bastante para escribir un poema tan largo, conversan sobre aquel  descrédito moral e intelectual echado encima de los isleños. ¿Brutos nosotros, Demetrio?  Y mientras Silvestre caza un verso sobre una hoja de yagruma, Demetrio lo envuelve en el humo del futuro “cazador” que enloquecerá al mundo, aunque yo, uno de sus nietos, no fume.

LA CRÓNICA: SONRISA DE PRIMERA PLANA

Por Luis Sexto 

La crónica se escabulle de las definiciones precisas o absolutas. Y no es raro. Suele ocurrir  que cuando uno se introduce en la teoría de los géneros periodísticos, se percata de que no existe ciencia menos exacta. Aunque hay patrones universalmente aceptados, ciertos países,  ciertas culturas, mantienen criterios originales, propios,  sobre la forma  periodística, como en Bolivia donde la crónica es un relato noticioso escrito en orden cronológico. Y en lo individual es trabajoso encontrar dos teóricos que coincidan  en una definición, o dos periodistas  que tenga de consuno  un juicio sobre la fórmula que utilizarán para reflejar un suceso o una idea.

Tras dos siglos de evolución acelerada, la técnica del periodismo se afinca hoy sobre una dilatada área de libertad personal, cuya  certeza  se confirma con la eficacia comunicativa.

Un texto puede mezclar moldes o quebrantar  usos, pero si acierta  en la conquista cotidiana  del lector –faena inexcusable de la prensa-  es legítimo, válido, aunque disguste a los custodios de la ortodoxia que habitan en las redacciones, a veces, lamentablemente, como salvaguardas de la mediocridad.

Pero cuanto digo es también relativo, al menos para mis colegas. Y paso a centrarme en el objeto de estas líneas. ¿Qué es la crónica?  Por lo que la práctica me ha revelado, y por lo que he pulsado en otros autores,  estamos acordes en que es entre nosotros un relato más o menos de actualidad donde predomina el principio de la emoción, en oposición al reportaje que se rige por el principio de la acción. Quizás por tal característica, quienes separan herméticamente sin mucha razón a periodismo y literatura, ubican la crónica en esta última, porque la  subjetividad del cronista permea el estilo de modo que parezca, por sus matices estéticos, una especie de poema en prosa. 

Por  esa misma cualidad estilística, entre el estilo de la crónica y el del ridículo se transita por un trillo muy escueto. Por momentos caemos en confusión, y estimamos que crónica son tres o cuatro párrafos cargados de palomas blancas en un cielo azul. Esto es, la vaciedad conceptual pretendidamente sustituida por un lenguaje almibarado.

 Tal vez  las carencias de espacio –en particular en Cuba donde los periódicos son muy breves- no permitan el brillo de cuantos poseen  el filo para la crónica, que no es género para todos, sino para aquellos dotados del registro sensible que exige esa amena visión de la vida. Ya discutiremos en algún festival o taller  que la especialización en el periodismo tendrá que ser también genérica. Porque en el terreno del talento y la capacidad no todos podemos hacer de todo. Habrá que escribir en la cuerda que cada uno de nosotros haga cimbrear con más armonía y eficacia.  La crónica, sin embargo, ha sido tradicional en la prensa cubana en particular  y en los medios latinoamericanos. Señoreó en parte de los dos últimos siglos, discurriendo por los criterios formales que en el ámbito periodístico impuso el modernismo literario. Además de José Martí, cronista cuya repercusión influyó en la literatura y el periodismo de Hispanoamérica, el mexicano Manuel Gutiérrez Nájera empezó a legarnos esos textos aparentemente baladíes que se acercan a la gente y las cosas con una mirada amable y que en México han encontrado varias generaciones de relevo, algunos de cuyos cultores son,  o han sido,  Luis G. Urbina, José Alvarado, Renato Leduc, Alfonso Junco, José Revueltas, José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, y muchos más. En Cuba, Julián del Casal, Justo de Lara, Enrique José Varona y Emilio Bobadilla,  a finales del XIX y principios del XX; y más adelante Miguel Ángel Limia, Rubén Martínez Villena, Pablo de la Torriente, Ruy de Lugo Viñas, Aldo Baroni, Armando Leyva, Andrés Núñez Olano, Raúl Roa, Nicolás Guillén,  suavizaron con la brisa de sus crónicas el áspero plomo de la prensa de entonces.

Hoy entre nosotros podemos citar a Rolando Pérez Betancourt, Lisandro Otero, Jaime Sarusky, José Aurelio Paz, José Alejandro Rodríguez, Rosa Miriam Elizalde, Guillermo Cabrera, Ciro Bianchi, Jorge Garrido, Francisco G. Navarro, Rodolfo Santovenia, Joaquín Ortega, Eduardo Montes de Oca, Michel Contreras.  En todos uno degusta el sabor emotivo, lírico, de la palabra y  confirma el propósito de convertir la crónica en la sonrisa de primera plana  que dijo Miguel Ángel de la Torre, otro de los clásicos cuyas mejores páginas recogió Elías Entralgo para rescatarlas del olvido. Y leerlas valdría por todo cuanto ya sería capaz de añadir y que ya no es mucho.

 

 

LA FIEBRE DEL LIBRO NO MATA

LA FIEBRE DEL LIBRO NO MATA

Por Luis Sexto

Como tantos, me parezco a aquel personaje de Rubén Darío que sufría ante un anaquel de libros deseando poseerlos todos. Y aunque no puedo decir con Rilke que he leído mucho, algunos libros me acompañan desde los 16 años. Por sus títulos puedo precisar los días cruciales de mi existencia.

Leí al Juan Cristóbal a los veinte. Entonces me rebelaba contra una educación familiar inflexible, quietista, desgarradora. Cruz y raya, peso y límite. Y leí Adiós a las armas cuando afrontaba la primera e inevitable frustración de amor. Recuerdo el último párrafo. Terminé la lectura con una punzada en el lado cordial del pecho. Quizás por la intensidad emocional de la novela. O porque al igual que el teniente Henry, me despedía de la mujer amada como si dijera adiós a una estatua.Ambos libros fueron  psicólogos que colaboraron en mi curación, revelándome en el código de las parábolas el modo en el que ellos actuaban en circunstancias semejantes. Nunca he leído por placer. El placer va implícito, soterrado, en la comunión del papel y los ojos. Leo para hacerme hombre. Lectura a lectura. Y con ese empeño elijo mis libros y los conservo en mi biblioteca. Y los manoseo.A mamá le inquietaban aquellos libros que poco a poco iban congregándose en la sala. Polvo. Cucarachas... ¡Hijo! Y le angustiaba mi desaforado apego a la lectura. Sobre todo los domingos, cuando las sesiones comenzaban a la misma hora que los programas infantiles de la Televisión. Temía que yo enloqueciera.¡Mamá! ¡Qué cosas! Ella desconocía que la locura de los libros es un empezar a ser cuerdos. Porque sólo cuando uno está loco así, intenta ordenar lo revuelto. Don Alonso Quijano perdió los frenos leyendo. Y salió a los caminos disfrazado de héroe para vengar insultos, devolver palizas. Y convertir aldeanas en princesas. Ese acto de trocar a Aldonza Lorenzo, apestada con el ajo y el humo de cocina pobre, en una señora de castillo y caballero, me parece la gesta más perdurable de Don Quijote. Con ella reivindicó el ideal. Salvó la magia del sueño. Descabezó diferencias. Porque lo habitual es que no haya  demasiados varones decididos a ser magos. Ni tantas mujeres  dispuestas a mudar de vestidos en la copa de un sombrero.Ya mi biblioteca, subdesarrolladamente doméstica, reclama un inventario discriminador. Pero intuyo que no podré. No me alcanzaría el local de acero que, para preservar la cultura humana de una demolición atómica, recomendó construir el paradójico, incisivo y a veces un tanto ingenuo Giovanni Papini en su Libro negro. Son tantos los que deseo retener. Ni podría seleccionar qué títulos echaría en una mochila, con capacidad para 10 volúmenes, si eligiera vivir en una isla desierta. Mis libros simbolizan momentos, suspiros, que deseo memorizar en el fetiche palpable de un objeto.Pero algo más me lo impide. Cuando veo libros se me extravía la cordura. Me vuelvo ambicioso. Abro los brazos. Los quiero todos. Y un creyón de tristeza me emborrona la cara. Porque entonces lamento que mi dinero no proceda de Las mil y una noches. De todos modos, seguiré leyendo. La fiebre de libros no mata.