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PATRIA Y HUMANIDAD

Política

“¿TODOS SEMOS GÜENOS?”

“¿TODOS SEMOS GÜENOS?”  Por Luis Sexto

Lo he repetido con alguna frecuencia: la cultura no se define solo por la acumulación de conocimientos. Requiere también capacidad para convivir y capacidad para asociar hechos y palabras. Y entre las cosas que estimo imprescindible comprender, en lo inmediato, es la necesidad de cultivar la cultura del trabajo. 

Sí, no lo dude. El trabajo necesita de la cultura. De una especificidad cultural que empieza por la aptitud –el dominio del oficio o la profesión-, pasa por la actitud ante la inevitable relación social, y termina en la ética. Y la ética quiere decir, hemos de trabajar, porque en nuestra sociedad, el trabajo tiene que ser el medio básico de conseguir el bienestar. 

Hay que comprender que nadie puede aspirar a vivir mejor si no trabaja o trabaja mal. Pongamos nuestra cultura a evaluar los acontecimientos más actuales. De acuerdo con las más recientes palabras de Fidel -uno de estos jueves-, Cuba no ha renunciado a mantener vigente el principio socialista de distribución. ¡Miren que lo hemos oído veces! De cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo. Esta fórmula distributiva quiere decir que dentro de nuestra concepción de la igualdad, el trabajo no se remunera igualitaristamente. 

Fíjese en el matiz semántico. Una cosa es distribuir igualitariamente, esto es, bajo el principio de la igualdad, y otra hacerlo mediante desviaciones del igualitarismo. Este último tiende a borrar las evidentes diferencias entre el que trabaja mal y el que trabaja bien. Y si no se tuviera en cuenta esa distinción entre más y mejor trabajo, la igualdad defendida así se entroncaría con la desigualdad. ¿Sabe usted cuán injusto es emparejar a un buen trabajador con uno que es inferior en habilidad, resultado o disciplina?  

Parece necesario, pues, que el trabajo empiece a revalorarse mediante la diferenciación del mejor y el menos bueno. No hablo de teorías extrañas a la vida, de cosas abstractas, inverosímiles. El haber practicado el principio socialista de distribución con paternalismo, ha generado -y no soslayo la influencia de los efectos del período especial, como la depreciación de los salarios- una desvaloración del trabajo y sus exigencias. Habitualmente, la gente se queja de la chapucería ambiental. Si encarga, por ejemplo, un trabajo doméstico, sus ojos no pueden apartarse del plomero, el albañil, el artesano que se comprometió a ejecutar la faena. En cualquier descuido, engañan: dan cobre por plata.  

Nuestra crítica desde hace rato alude a las deficiencias e insuficiencias de algunos servicios. O de las construcciones. ¿Qué hemos de añadir ante esa edificación recién pintada que se despinta a los pocos días, o, recién construida, el techo se le convierte en un guayo? Estas verdades, claras como el día, han de recordarse a menudo. Nuestra cultura del trabajo ha de ser, formalmente antigualitarista, aunque sea esencialmente igualitaria. Porque si la desigualdad, como concepto de distribución injusta polariza, enfrenta, a los diversos sectores sociales, el igualitarismo paraliza la sociedad. Donde “to el mundo cobra como pudieran cobrar los güenos”, sin ser buenos, el avance es más lento. Quizá, nulo.

LA ACTITUD DE CIERTOS ÁRBOLES

Por Luis Sexto 

¿Podrán las palabras cambiar las cosas? Habitualmente cambia lo que uno quiere cambiar. Y las palabras suelen traducir esa actitud. Claro, hay palabras y palabras: unas respaldadas por la convicción y la sinceridad y otras dichas con desgano, vacías de sentido y móviles internos. Pero, de manera inexcusable, las palabras expresan el pensamiento, la vida psíquica... Bueno, qué más añadir a lo que sabemos. Si  he hecho recordar estas verdades es porque me propongo hablar de una palabra.  

Evidentemente, nuestra sociedad no es perfecta. Podríamos alegar mil argumentos a favor de la obra creadora, humanista, justa de la Revolución y el socialismo en Cuba. Solo siendo sumamente injustos o estúpidos podríamos negar el espíritu de construcción nacional que desde 1959 ocupa nuestro el espacio histórico. Tampoco podríamos negar, siendo dialécticos, que la obra revolucionaria presenta hoy, por causas externas y también internas, un lamentable deterioro. De todo ello, deduzco una conclusión: para resistir el cerco de la misma potencia que bloqueó a Cuba con sus barcos en 1898 o pretendió antes esperar a que la Isla cayera como fruta madura en sus manos, no basta resistir a secas, engurruñarse para esperar la dentellada del lobo. Urgimos de una resistencia acérrima, decidida, pero en movimiento, constructiva, acometedora. Al menos, no me parece útil, por un tiempo prolongado, el atrincheramiento que proscribe la ofensiva…  

Por lo tanto, en la estrategia de resistencia ha de caber el concepto que se encapsula en la palabra flexibilidad. Ser flexible implica también ser dialéctico. Lo que no es flexible resulta metafísico, rígido, incapaz de nutrirse de la experiencia, de modificarse constructivamente al fuego de las demandas sociales e históricas. Al principio del período especial nos referíamos a la necesidad de resistir y de desarrollar al país. La estrategia estaba clara. Tal vez no estaba tan clara la percepción de que, en nuevas circunstancias, el desarrollo de Cuba no podía basarse totalmente en el orden económico anterior a 1990. La extinción de la Unión Soviética y del llamado “socialismo real” nos dejaba una lección que, a mi modo de ver, todavía no hemos asimilado. 

Pues bien, flexibilidad equivale a eso: apropiarse de la esencia de las circunstancias y adecuar la conducta sin que por ello tengamos que renunciar a los principios que han informado nuestro proceder. Vuelvo a decir, como ya hace unos meses en este espacio, que si tenemos principios también sostenemos fines. Y principios sin fines no van muy lejos. Me perdonan si sueno demasiado didáctico. O excesivamente tajante.  Solo estoy dando una opinión, que deseo sea sobre todo flexible. Sé que los milagros, los conjuros, las varitas mágicas no van a resolver nuestros problemas. Tampoco la inacción ni la acción limitada por visiones almidonadas, burocráticas, hallarán las respuestas que el momento nos está pidiendo, no solo en las evidencias sino también en la opinión pública que, aunque no la mencionamos con frecuencia, es tangible en nuestra sociedad. 

Ser flexibles, desde luego, supone obstáculos y reparos. Por naturaleza, la mentalidad burocrática actúa inflexiblemente. Todo lo complica pretendiendo un “control” que a la larga descontrola. A todo le opone un no. Y gusta de la prohibición como ley más común dejando a la legalidad sin espacio, con lo cual, en efecto, limita a los enemigos, pero también a los amigos. Y si esa mentalidad, ese modo de enfocar y organizar la vida es también tangible, real, qué haremos para elevar la flexibilidad, al rango de conducta dúctil, previsora. El pensamiento burocrático, así, estorba al pensamiento flexible… 

¿Fácil? No. Pero algo tenemos: la necesidad de readecuar nuestra casa. Y poco a poco lograremos comprender que la flexibilidad es un antídoto contra las rupturas. ¿O qué hacen los árboles que permanecen enteros mientras pasa un ciclón? Además de tener raíces hondas, sus ramas son flexibles: se doblan sin dejar de ser árbol.       

¿Y SI SIMPLIFICÁRAMOS TODO ESTO?

Por MICHEL COLLON
 

Cuáles son exactamente las reglas que rigen el derecho a la secesión y, en general, lo que se llama autodeterminación de los pueblos?

Parece complicado, si creemos a nuestros grandes medios de comunicación...

En Asia, los tibetanos tienen derecho. Pero no los iraquíes, ni los afganos.
En Oriente Medio, los israelíes tienen derecho. Pero no los palestinos, ni los kurdos.

En África, los coroneles mafiosos del Este del Congo tienen derecho, pero no el Sahara Occidental.

 

En América Latina las provincias ricas (de derechas) de Bolivia y de Venezuela tienen derecho. No lo tienen los indios de Chile, México, etc...
En los Balcanes, los albaneses de Kosovo tienen derecho, pero no los serbios de Kosovo, ni los de Bosnia.

 

En Europa occidental, los flamencos tendrían derecho, pero no los irlandeses del norte, ni los vascos. Complicado, en efecto. ¿Y si simplificáramos todo esto? No tendrían derecho a la autodeterminación más que los que están "con nosotros". Los otros, no.
Y, ya que estamos, sustituyamos la palabra "demócrata" por "con nosotros" y la palabra "terrorista" por "contra nosotros".

La política es sencilla cuando se quiere. (Traducido por Ángeles Maestro)


 

¿TODO HA SIDO DICHO?

Por Luis Sexto 

“Todo está dicho, periodista; qué más hay que hacer”, me advirtió un lector en un mensaje electrónico. Y le respondí que todo no ha sido dicho, porque “todo” no ha sido hecho. Y decir y hacer tienen que figurar en nuestro diccionario según la definición martiana: Hacer es la mejor manera de decir. 

A veces invertimos ambos términos y nos basta con exhortar  a trabajar para sentirnos tranquilos. No; no estimo que nuestros problemas, que nuestras contradicciones se resuelvan con palabras más o menos. Las que hemos dicho –dirigentes, ciudadanos, periodistas- solo han reconocido la necesidad –más bien urgencia- de modificar las causas que condicionan negativamente de alguna manera no solo las palabras sino nuestros actos. 

Coincidamos. Todo no ha sido dicho, porque aun en nuestra sociedad convivimos con un zarzal de normas, reglas, medidas restrictivas que en lugar de promover la creatividad y las ganas de trabajar tienden a alentar la indiferencia, el inmovilismo en el hacer. ¿Nos hemos dado cuenta de que nuestra economía, aun la de una tienda, tiene la caja abierta para tragar, pero para devolver, aunque fuesen diez centavos, requiere de un infinito papeleo?  

¿Y para bajar un precio? Nuestro orden al parecer soporta que alguien aumente el precio dolosamente de cualquier producto y se lo apropie, como sucede en alguna de esas tiendas adonde hay que ir a recalar, como barco viejo a un astillero, hasta para adquirir un poco de comino. Es decir, algunos pueden adulterar sin muchos contratiempos los precios, estafar a los clientes a costa de la mercancía del Estado. Ahora bien, para bajar un precio con fines de agilizar el movimiento de los productos o estimular la demanda, es casi imposible: se  necesita una peregrinación a tantos “lugares sagrados” que todo sigue igual por falta de aire y de lucidez.

No quisiera que se me desbordara la ironía. Esto es muy serio. Recientemente leímos en un periódico que la única manera de resolver las insuficiencias de los mataderos de cerdo en cierta provincia fue reducir la producción, aunque las carnicerías carecían de carne suficiente y los precios seguían anclados en su pertinaz altura. ¿Nos percatamos, pues,  que esa “solución” es irracional? ¿Cómo reducir la producción de un alimento deficitario con el fin de aligerar la carga de los establecimientos dedicados a la matanza? 

Pero no creamos que la crítica corresponda solo a los que administran la carne, la distribuyen y ponen los precios. La rigidez centralizadora de la economía a escala social y nacional impide la movilidad y las respuestas rápidas a las demandas. Y recorremos el camino al revés. 

Costará tiempo -no lo dudemos- modificar esa tendencia, hecha ya mentalidad, de ir contra la lógica. Preferimos prohibir la venta de maní a cualquier jubilado, o no jubilado, sin licencia –que por otra parte no le concedemos- antes que ocuparnos por ofrecer maní a cuantos desean comerlo. Porque conozco pocas acciones de ese tipo que hayan tenido en cuenta que la gente también necesita comer maní. Y digo maní por decir algo. Tal parece que ese celo y rigor legalistas, no tan decisivos como solemos pensar, pueden ingerirse… 

Otro lector me decía recientemente que ya estaba aburrido de mi “filosofía”. Le di las gracias por haber leído esta columna hasta ese momento y le hice recordar su derecho a no leerme más. Yo, en cambio, no me aburro de escribir sobre estas mismas cosas. Hoy es 14 de marzo, día de la prensa cubana. Un día como hoy, más de un siglo atrás, Martí fundó el periódico Patria. Y nos dejó una guía en cuanto a la prensa militante: señalar, alertar, sugerir. No creo que nos haya pedido que fuéramos repetidores o mudos, sino que constituyéramos otra mirada desde el mismo mirador.  

En el Memorial que mantiene vivo al Apóstol en la Plaza de la Revolución, una frase se destaca en una de aquellas paredes verdes. Dice aproximadamente que el modo con que defendamos ciertas ideas puede hacerlas parecer injustas. Por ello, no creo que al abogar por el socialismo tengamos que callar cuanto lo daña; si lo hiciéramos podríamos pensar, con Martí, que así no sería el socialismo ni justo ni provechoso. Esto es, todo no ha sido dicho. Esperemos, en su momento, la palabra exacta: la acción.

A CRITICAL LOOK

 Por Luis Sexto 

A few more thoughts  

“Everything has been said, Mr. journalist. What more has to be done?” a reader alerted me in an e-mail message. I responded that everything has not been said, because “everything” has not been done. To “say” and to “do” hold a place in our dictionary according to the definition by our national hero Jose Marti. He said, “To do is the best way to say.”

Sometimes we reverse the terms, thinking it’s enough for us to just encourage work. No; I don’t think our problems —that our contradictions— can be solved with words. Those who have “say” —leaders, citizens, journalists— have recognized the necessity (or urgency) to modify the causes that negatively condition not only our words but also our actions.

 Everything has not been said, because even in our society we live enmeshed in a thicket of rules, regulations, and restrictions. These sprawl out to produce indifference instead of promoting creativity and the desire to work. “Doing” is immobilized. Have you noticed that in our economy there might be, for example, an the open box in a store; and while it might be worth only ten cents, it requires of an infinite amount of paper work to return it to the supplier.  

And let’s not talk about lowering a price. Our system of ordering merchandise apparently supports some people increasing prices on any product, unscrupulously, and pocketing the difference. Then too, goods are watered down and adulterated without any corresponding price reductions, swindling the customers and the government. But to reduce a price, so as to move slow-moving products or to stimulate demand, is almost impossible. A a veritable pilgrimage is required to a slew of “sacred places;” therefore things continue as they are – bureaucracy trumps.

 I don’t wish to well over with irony, this is very serious. Recently we read in a newspaper that the only way to solve the shortages at the pork slaughterhouses in a certain province was to reduce production, despite the fact that butcher shops lacked enough meat and the high prices remained fixed. Did we notice then that that “solution” was irrational? How do you reduce production of deficient food with the purpose of lightening the load on establishments set up for food production?

 But I don’t believe that the criticism falls only on those involved in meat production, distribution and pricing. The overly centralized rigidity of the economy at the social and national scale impedes mobility and a quick response to demand. We’re traveling down the road backwards.  

There’s no doubt that it will take time to modify that tendency, which is now a part of our mentality, of going against logic. We prefer to prohibit peanut vending by any retiree — to whom it wouldn’t be granted in any case— before being concerned about making peanuts available to those people who want them. I’m saying peanut to “say” something.

Another reader told me recently that he was now bored with of my “philosophy.” I thanked him for having read this column up to now and reminded him of his right not to read it anymore. I, on the other hand, do not get bored writing these same things. Today is March 14, Cuban Press Day. On this date, more than a century ago, Martí founded the Patria newspaper. With this, he left us a guide as for the militant press: to point out, to alert, to suggest. I do not believe that he wanted us to simply repeat stories or be silent; but, rather, that we find a new perspective from the same point of view.

At the Jose Marti memorial at Revolution Square here in Havana, a sentence stands out on one of those green walls. It says, roughly, that the manner in which we defend certain ideas can make them seem unjust. With this in mind, I don’t believe that when defending socialism we have to remain silent when damage is being done; if we were to do this, it would not be socialism, it would not be just or beneficial. This is the point: everything has not been said. Let’s hope for —when its time comes— the exact word: action.  

FECHA Y FLECHA

FECHA Y FLECHA

Por  Luis Sexto 

No todos los hechos, ni todos los días, son históricos, aunque nos aburramos de asignarles ese epíteto. Recuerdo que uno de mis alumnos de técnica periodística se molestó, porque le taché esa palabrita en un ejercicio informativo sobre un acto sin trascendencia. Le queda bonito, me dijo. Pero lo falsea, le argüí. Así, de tanto usar palabras donde no caben, van ellas perdiendo su influencia. Su sentido. 

Los hechos y los días históricos entrañan un cambio, aunque sea mínimo. Como el día de hoy, que pertenece a la Historia. Es histórico aunque no lo digamos. Es un número rojo en el “fechario” de la patria. Todo empezó a ser distinto después del 24 de febrero de 1895. No importa qué sucedió tres, cinco, diez, 20 años más tarde. Interesa saber  que nada fue igual a como era hasta el día 23. 

Si ustedes supieran cuántas veces he tenido que escribir del 24 de Febrero en mi ejercicio periodístico. Pero no me canso. Ni me arredro. Hace mucho, un historiador, muy respetable, reprochó a algunos periodistas que siempre dijéramos lo mismo. Y que incluso repitiéramos a los investigadores. Y yo, que no siempre mantengo la boca cerrada, le respondí con una especie de ex abrupto que, quizás, no merecía. Le dije: Claro, no vamos, como usted, al archivo de Simancas. Desde luego, es útil y justo que los historiadores vayan a donde sea necesario para esclarecer la verdad histórica. Y que los periodistas repitamos el valor constituido de la Historia.  

A ello voy. El 24 de Febrero es una fecha independentista. Y es más: una fecha antiimperialista. La guerra del 95 fue también convocada para, de acuerdo con Martí, impedir a tiempo con la independencia de Cuba que los Estados Unidos cayeran sobre nuestras tierras de América con esa fuerza más. Es decir, con el dominio de Cuba, que los americanos le arrebatarían a España. La disyuntiva continúa vigente. O independientes o dominados. Los riesgo, incluso, se han acrecido. Riesgos como dictados por intereses locos desde los Estados Unidos.

El día, pues, me parece apto para reflexionar. Son muchas las insuficiencias; mucha la ineficiencia; muchas las aspiraciones aplazadas. Pero si integramos un pueblo maduro, nuestra óptica tendrá que trascender el apetito insatisfecho, y preservar la conciencia nacional. ¿Qué vino de allá, del Norte después de 1898? Vamos a ver… Los ingenios fueron mayores, unas cuantas fábricas, la televisión. Pero, en cambio, sufrimos la dependencia, el subdesarrollo, el peculado, el analfabetismo, la insalubridad, la injerencia militar -no olvidemos que la tripulación del B29 que abatió a Hiroshima se entrenó en Cuba-…  

Por lo visto, a pesar de carteles con frases célebres y aparentemente justas, gozamos en la república ficticia de muy poco de esos derechos hoy tan proclamados. ¿Y quién nos asegura que los tendremos si el péndulo vuelve a la dependencia? No existe otra opción. Si el 24 de Febrero pertenece al “fechario” de la patria, hace falta que para defender esta fecha, tengamos listo el “flechario”, es decir, las flechas a mano.    

NI TRANSICIÓN, NI SUCESIÓN: CONTINUIDAD

NI TRANSICIÓN, NI SUCESIÓN: CONTINUIDAD

Por Luis Sexto 

Cuba es una especie de jardín de las especulaciones para muchos que la juzgan desde fuera. Por no ver lo que es, suelen equivocarse incluso algunos de aquellos que la juzgan con el lado izquierdo del pecho, es decir con amore. Y los que enjuician los acontecimientos cubanos con el estómago, la nostalgia del paraíso perdido o la geopolítica del hegemonismo,  habitualmente distorsionan el acontecer y creen lo que intentan hacer creer a los demás. Por ello, quizás estos últimos, que revolotean en círculo sobre Cuba, esperando el último estertor de lo que presumen un “régimen herido”, han pasado casi medio siglo esperando que se cumplan los deseos de una muerte anunciada.  

Hace unos días, se estremecieron los cuartos oscuros de la manipulación mediática. Qué no se habrá dicho de Fidel y el mensaje donde exponía su decisión de no permitir que lo propusieran o eligieran como Jefe del Estado. La impresión general fuera de Cuba, halló casi un calificativo unánime: inesperada. El propio Fidel Castro se encargó, en el mismo texto, de bloquear anticipadamente esa presumible opinión entre cuantos viven de las especulaciones. ¿Acaso desde hacía unas semanas él no venía  diciendo con una frase aquí y otra más adelante que no se aferraría al poder, que no entorpecería el natural relevo generacional?  

Por otra parte, los que creen en Fidel, los que conocen la ejecutoria política de Fidel Castro saben que el líder de la revolución pose una virtud principal: hacer lo que en cada momento estima que debe hacer después de valorar el perfil de la realidad donde cualquiera de sus decisiones podrían influir en el destino de sus compatriotas. El que esto escribe esperaba que Fidel actuara con apego a su norma ética, a su concepto de la política y a la objetividad de su visión estratégica. No soy de los que, en un exceso de filiación doctrinal o de Partido, cree que Fidel es un “superhombre”. Uno cree en él, precisamente por ser todo lo contrario: un hombre,  un varón  de  virtudes y abnegaciones, incluso de defectos, capaz de hacerse a sí mismo la oposición si ello implica beneficiar la causa común. Para los verdaderos fidelistas – ¿Cuántos? Millones-  el mensaje de Fidel conocido el 19 de febrero pasado no resultó inesperado. Porque sabíamos que él, valorando su estado físico actual, limitado en sus movimientos por la convalecencia de una grave enfermedad, no aceptaría jamás ejercer sus deberes bajo esas condiciones. Estamos hablando de un jefe de Estado y de Gobierno que cumplió su largo papel dirigente y orientador en el camino. En contacto con la vida, con la gente, con lo hecho y lo que aún faltaba por hacer. Esa es su escuela. ¿Sería consecuente consigo mismo gobernar desde la inmovilidad?   

El otro calificativo que se aplica a la situación actual en Cuba, es el de transición. A la mayoría de los cubanos,  y sobre todo a cuantos seguimos la política y la evaluamos primordialmente desde el apoyo militante, ese término nos advierte de cuán despistados están los analistas de ese mundo al que llaman libre y que permanece preso de sus obsesiones y sus ambiciones hegemónicas. ¿Transición?  ¿Qué es eso? Preguntaría el cubano que juega dominó un domingo en la acera de su calle, o el que un parque polemiza sobre béisbol, o el que espera ansioso un ómnibus para ir a su trabajo, o se afana honradamente por adquirir algún alimento a menor precio. Los especialistas y políticos de la Norteamérica impopular o del Madrid del coqueteo con los toros que hoy pisotean las arenas de Bagdad, asumen como transición la vuelta de Cuba al rebaño estadounidense. Para los revolucionarios cubanos eso significa volver atrás; regresar al pasado de capitalismo dependiente. Y hacia el pasado no parece encajar en la semántica de la palabra transición. Ese aspecto los gobiernos de Washington, ni los más serios, lo han considerado como una legítima opción de la mayoría de los cubanos. En Cuba, la Historia es una lección vigente.

La política exterior norteamericana sigue siendo la del “big stick”, el garrote del neolítico que adquiere hoy el fuselaje misilístico  de la era “tecnotrónica”. Con lo cual confirmamos que desarrollo tecnológico y científico no equivale a perfeccionamiento ético y humano de sociedades metalizadas. ¿Qué pueden ofrecer los Estados Unidos a Cuba? La dependencia y la subordinación. O qué otro destino pretende la más poderosa potencia mundial con haber nombrado un gobernador norteamericano, en ausencia,  para la “transición”en la minúscula isla del Caribe, a la que llaman Llave del Golfo. Fíjense: esa es la injerencia oficializada, programada sin recato, ni respeto por el derecho internacional, ni por los cubanos que vivimos en Cuba. ¿O podemos creer que los cubanos son solos los que insultan a Fidel Castro y vaticinan catástrofes  por una paga en Miami?  ¿O el grupo de llamados disidentes dentro del país y que también se fajan entre ellos por los estipendios del “endowmen democracy”? 

Así veo las cosas. En Cuba, con la elección de Raúl Castro a la presidencia del Consejo de Estado se ha efectuado un relevo de gobernantes. Del mismo partido, con la misma historia y con los mismos propósitos: preservar la independencia y perfeccionar la justicia social mediante el desarrollo del socialismo. Fidel, pues, no ha sido sustituido, ni sucedido.  Es improcedente hablar en términos tan comunes. No me interesa la retórica, ni conceptúo la política como una religión adoradora de ídolos, ni como el método para conquistar fines espurios. Sencillamente,  sirvo ideas y respeto a los hombres que las representan. Por tanto, soy objetivo cuando apunto -y sostuve en Insurgente  el 15 de marzo de 2006- que “Las personalidades  no son las decisivas en los procesos sociales. Pero, en ciertos momentos, se tornan imprescindibles. Sin Fidel, quizás la historia de los últimos 60 años en Cuba hubiera presentado diverso perfil. Nos hubiéramos demorado buscando el índice más correcto, más capaz. Antes de Fidel, y del Moncada y la Sierra Maestra, dudábamos y nos fragmentábamos alrededor de decenas de personajes de faroles cortos. Por eso, Fidel Castro encarna esa voluntad de independencia. Después de Fidel no habrá que inventar necesariamente un líder, un émulo. La Historia no reparte sus papeles definidores y elige sus actores con los instrumentos de las herencias o los esquemas dinásticos. Y, por tanto, para que sea posible el país sin Fidel, y el legado fidelista no retroceda sino se perfeccione y se multiplique, la compensación del poder tendrá que ejecutarse mediante un sujeto corporativo encabezado por el Partido Comunista. En las instituciones mejoradas y equilibradas multilateralmente para evitar el verticalismo y en la profundización de la democracia, parece hallarse la clave de la perdurabilidad de la Revolución y su ideario socialista de libertad, igualdad, justicia social y bienestar. Democracia participativa, en efecto, distinta a la democracia occidental, norteamericana, cuyo multipartidismo –que se presenta como modelo- se reduce al dominio alternativo de  dos grupos de poder, al margen de los ciudadanos.  Por tanto, en la democracia cubana no podrá haber espacio para las corrientes que miran al Norte y aspiran a sometérseles con la recurrencia al capitalismo. Ni tampoco espacio para la burocracia que pretenda erigirse en intermediaria entre el poder y la gente.” 

Ahora bien, Raúl Castro, entonces primer vicepresidente del Consejo de Estado y ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, habló públicamente -unos pocos meses antes del  27 de julio de 2006- de que entre todos, si el Jefe de la Revolución fallecía o enfermaba, podríamos sustituir a Fidel. Lo reiteró, incluso, el pasado 24 de febrero, en su primer discurso como jefe de Estado electo. Habrá, con Raúl, pues, un gobierno corporativo en esencia y metodología. Pero él, como figura sobresaliente de la generación que organizó, encabezó e hizo triunfar a la Revolución, posee los méritos suficientes y el carisma personal necesario para merecer la confianza del pueblo. Y de hecho posee esa confianza. Su historia insurreccional frente a la tiranía de Fulgencio Batista, su capacidad de organizador, su discreción, su ética de hablar claramente y su espíritu práctico y, sobre todo, su respeto insobornable –además del cariño fraterno- por Fidel, lo realzan ante la intuición popular. 

Qué sucederá partir de ahora cuando ciertamente en Cuba la mayoría solo acepta una posible transición: esa que ha de progresar hacia un socialismo mejorado; un socialismo racional, sin dogmas, sin distorsiones burocráticas que limiten la democracia participativa y el desarrollo de la propiedad social. Consecuente con la visión del propio Fidel en su discurso del 17 de noviembre de 2005, cuando advirtió que la Revolución solo podría perecer en manos de los errores de los revolucionarios, la sociedad cubana se aplicará, sin vacíos traumáticos, sin nostalgias invalidantes, a solucionar su principal problema: una economía disfuncional, que si bien está afectada por las restricciones del bloqueo norteamericano –que intenta impedir, y lo consigue en considerable magnitud, el comercio y las inversiones en Cuba- también experimenta el deterioro causado por errores de organización y concepto. Todavía quedan en las estructuras económicas cubanas restos de la influencia del socialismo europeo fracasado hace casi  dos décadas. Y a juicios de muchos especialistas, el arma más efectiva contra la hostilidad de los Estados Unidos, es cuanto hagamos dentro de Cuba para neutralizar el bloqueo económico, financiero y comercial, y anularle a la propaganda contrarrevolucionaria el argumento de nuestra pobreza y nuestras limitaciones materiales  

El 26 de julio de 2007, Raúl Castro habló de la necesidad de transformaciones estructurales y conceptuales. Y en su Mensaje donde declinaba su candidatura, Fidel aludió a las grandes decisiones que habrá de adoptar el nuevo parlamento. El 22 de febrero escribió, en una reflexión que polemizaba con opiniones de personeros del gobierno y la política norteamericana, que él estaba de acuerdo con los cambios si fueran en los Estados Unidos. Pero nadie puede interpretar que es su negativa al proceso de perfeccionamiento del socialismo cuya necesidad él mismo previó. Líneas después, en ese texto, dijo: “Cuba seguirá su rumbo dialéctico”. Y qué es la dialéctica sino la negación y la afirmación chocando entre sí, depurándose, modificándose para hallar una nueva síntesis superadora y superable. La dialéctica es coherente con aquella premisa que en el año 2000, Fidel expuso como un rasgo definitorio del concepto de revolución: cambiar todo lo que tenga que ser cambiado. ¿Cambiar? Cambiar según la herencia viva de Fidel es mejorar. Es modificar cuanto estorba, limpiar cuanto está sucio, ampliar cuanto se ha estrechado.

Por supuesto, a partir de ahora Fidel  no salpimentará los debates parlamentarios o en el seno del gobierno con sus juicios polémicos; no espoleará  análisis que a veces se resienten de pusilánimes aprensiones y acomodamientos. No estará. Y debemos crecer, para aproximarnos a su estatura. Porque Fidel no ha “caído”, como gritan algunos por los acomodados magnavoces del extranjero. Fidel no ha “caído”, señores del más allá; Fidel se ha alzado sobre cualquier limitación humana. Y sigue siendo, simplemente, Fidel.        

AMOR IGUAL A SOCIALISMO

AMOR IGUAL A SOCIALISMO

Por Frei Betto

El fin de la Guerra Fría y la caída del muro de Berlín significaron, para el planeta, la hegemonía unipolar del neoliberalismo y el agravamiento de las desigualdades sociales. Hoy día somos 6.6 mil millones de habitantes en el mundo, de los cuales, según la ONU, 2/3 viven por debajo de la línea de pobreza, y cerca de 1.4 mil millones de personas viven en la miseria, o sea, disponen de una entrada inferior a US$ 1 por día, o US$ 30 por mes. De ellos, 854 millones sufren hambre crónica.

Bastarían US$ 500 mil millones para reducir drásticamente el número de hambrientos en el mundo. Sin embargo se gasta anualmente el doble de dicha cantidad en armamentos. Se invierte en la muerte, y no en la vida. Ésta es la lógica del sistema capitalista.

En un momento importante como ahora no puedo callar esta pregunta: ¿Por qué el socialismo, que en teoría significaría una alternativa humanitaria al capitalismo, fracasó en Europa y en Asia? Hay muchas hipótesis y explicaciones. Pienso que el capitalismo tuvo la sagacidad de que, al privatizar los bienes materiales, intentó socializar los bienes simbólicos. En el interior de una chabola en una favela de Rio de Janeiro una familia miserable, desprovista de sus derechos básicos como alimentación, salud y educación, puede soñar con el universo onírico de las telenovelas y creer que, a través de la lotería, de la suerte, de la iglesia que le promete prosperidad, o incluso de la delincuencia, podrá tener acceso a los bienes superfluos.

El socialismo cometió el error de, al socializar los bienes materiales, privatizar los bienes simbólicos, confundiendo la crítica constructiva con la contrarrevolución; cerceando la autonomía de la sociedad civil sujetando al partido los sindicatos y los movimientos sociales; cohibiendo la creatividad artística por medio del realismo socialista; permitiendo que la esfera de poder se transformase en una casta de privilegiados distantes de los anhelos populares; cayendo en la paradoja de conquistar grandes avances en la carrera espacial y no ser capaz de suplir debidamente el mercado minorista de géneros de primera necesidad.

Hoy día queda Cuba como ejemplo de país socialista. Todos nosotros conocemos los desafíos y problemas que esta Revolución enfrenta en vísperas de su medio siglo de existencia. Sabemos los nefastos efectos del criminal bloqueo impuesto a Cuba por el gobierno de los Estados Unidos y cómo la Casa Blanca mantiene injustamente encarcelados a cinco héroes cubanos comprometidos con la lucha antiterrorista y favorece a terroristas renombrados como Posada Carriles.

A pesar de todas las dificultades, Cuba, en estos 49 años de Revolución, logró asegurar a toda su población los tres derechos básicos del ser humano: alimentación, salud y educación. Y algo más importante aún: elevó considerablemente la autoestima de la ciudadanía cubana, que tan patentemente se expresa en sus victorias en los campos del arte y del deporte, así como en la solidaridad internacional, a través de miles de profesionales cubanos de las áreas de la salud y la educación presentes en más de un centenar de países del mundo, generalmente en regiones inhóspitas marcadas por la pobreza y la miseria.

Cuba tiene una responsabilidad histórica para con la memoria de José Martí, del Che Guevara y de todos aquellos que dieron la vida por su independencia y soberanía: ¡el socialismo cubano no tiene derecho a fracasar! Si sucediera así, no sería solamente Cuba la que, como símbolo, desaparecería del mapa, como sucedió con la Unión Soviética. Sería la confirmación de la funesta previsión de Fukuyama, de que "la historia terminó"; que la esperanza - una virtud teologal para nosotros los cristianos- se acabó; que la utopía murió; y que el capitalismo venció, venció para unos pocos - el 20% de la población mundial que usufructúa sus avances- sobre una montaña de cadáveres y de víctimas.

Nosotros, amigos de la Revolución cubana, no esperamos de Cuba grandes avances tecnológicos y científicos, servicios turísticos de primera línea, medallas de oro en competiciones deportivas... Esperamos mucho más que eso: la acción solidaria de que hablaba Martí; la felicidad de un pueblo construido sobre la base de valores éticos y espirituales; el principio evangélico del compartir los bienes; la creación del hombre y la mujer nuevos, como soñaba el Che, centrados en la posesión, no de los bienes finitos, sino de los bienes infinitos, como la generosidad, el desapego, el compañerismo, la capacidad de hacer coincidir la felicidad personal con los éxitos comunitarios.

En resumen, anhelamos que, en Cuba, el socialismo sea sinónimo de amor, que significa entrega, compromiso, confianza, altruismo, dedicación, fidelidad, alegría, felicidad.
 Pues el nombre político del amor no es otro que socialismo.
(Frei Betto, religioso dominico; escritor brasileño, autor de "Fidel Y la Religión". )