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PATRIA Y HUMANIDAD

Periodismo y comunicación

¿ES VERDAD LO QUE OIGO, VEO Y LEO?

¿ES VERDAD LO QUE OIGO, VEO Y LEO?

Por Luis Sexto

Uno se pregunta qué es ser periodista en un mundo donde hay que preguntarse a cada rato si lo que veo, oigo o leo es verdad o simple ficción teatral. Y por lo cual uno puede deducir que los “periodistas mediáticos” –fíjense que no es lo mismo que periodista a secas- han venido derivando hacia una mutación que oscila entre el escenógrafo y el tramoyista, bajo el control genético de los grupos de poder político y económico.

El asunto es ya un plato común en el menú temático de la actualidad. Qué significa, pues, ser periodista en este mundo. No renuncio a repetir que el periodista en la mayoría de los medios más influyentes y  en la mayoría de los sitios habitables del planeta, es un personal auxiliar –directa o indirectamente-  de los intereses geopolíticos de los Estados Unidos y sus aliados. Y no es raza nueva. Una de sus células matrices surgió y prosperó en  la guerra hispano cubana americana, en 1898, cuando el astuto William Randolph Hearst -propietario de la cadena “mediática” del mismo nombre- le dijo aproximadamente al presidente de los Estados Unidos: Prepare la guerra que yo pongo las justificaciones. Que consistían en publicar noticias presuntamente provenientes de sus enviados a La Habana con historias fraudulentas o manipuladas de modo que ante la opinión pública norteamericana se amontonaran las buenas razones para avalar una guerra del naciente imperialismo norteamericano contra el senescente colonialismo español. ¿Alguna diferencia con los preparativos de la campaña contra Irak, Afganistán o Libia? ¿O la que se elucubra contra Siria e Irán?

Ya desde entonces –preliminares del siglo XX- el periodista a lo Emilio Zola o a lo John Reed se viene transformando en una figura con olor a naftalina o a formol.  Raramente algunos, que suelen ser de izquierda, son capaces de echarse a las espaldas una causa y defenderla con ingenio, coraje, verdad, como en el caso Dreyfus, o se arriesgan a ser testigo abnegados, verídicos, objetivos, de un “México insurgente” o de “diez días que estremecieron al mundo”, o apuestan a la denuncia de “los hombres del presidente”. Por tanto, ser hoy periodista de vocación, servidor de la verdad -sobre todo de la verdad de los de abajo, los escarnecidos y oprimidos- es un modo fuera de moda dentro de la llamada democracia occidental o burguesa, cuyos medios se han centralizado o concentrado tanto que sus fines de servicio público se frustran bajo la avalancha de intereses privados o corporativos. Raspen la piel de una red de periódicos o de televisoras, o en la propia web y verán los vasos sanguíneos de un monopolio –aunque ya la actualidad no admita este término- vinculado a troncos empresariales de múltiplo objeto y razones sociales.

Casi no existen opciones. Ahora predominan los “periodistas mediáticos”. Han empezado a ser una categoría infamante. Su autoestima se disuelve ante las cámaras y las palabras, porque “median” entre la verdad y la mentira, entre el terror y los aterrados,  entre la guerra y los que la fomentan y se benefician con la destrucción y la muerte. El periodista español Antonio Maira ha inventado, a mi parecer, el verbo cipayear, que les encaja sin mayores regodeos. No escriben ni reportan, cipayean en nombre de un  crédito concentrado a base polvos de estrellas extintas.

La periodista española Maruja Torres cuenta en su libro Mujer en guerra que cuanto conflicto bélico cubrió en su borrascosa profesión fue con la misión de dar color a lo que pasa. Los editores del El País sabían qué le pedían a la polémica columnista cuando la remitieron a Beirut. Otros se ocupan de decir lo que pasa. Pero no basta si seriamente se empeñan los medios en informar.

“Dar color” en el periodismo sugiere mucho más que una pincelada. Una frase saturada de alguna sentimentalidad gratuita. El periodista polaco Rysiard Kapuscinski en una entrevista con el periódico La Jornada, de México, lo definió así, de modo que ya podemos entender de que empiezo a hablar: Uno se percata que los instrumentos tradicionales del periodismo son insuficientes cuando queda mucho por decir en una nota informativa, un cable.  Y por ello hay que pedir prestado ciertos recursos a la literatura de no ficción para que el periodismo pueda reflejar el llanto de una madre sobre el cadáver de su hijo calcinado por un misil y la desesperación de una familia ante su casa arruinada por bombas y cañones.

El norteamericano Norman Sinn llama periodismo o reportaje personal a lo que otros llaman periodismo literario.  El nombre de periodismo personal, parece ser el que más se ajusta dadas las circunstancias en que hoy predomina la imagen y con ella la televisión. Aparte de sus características hipnóticas, de su imposibilidad de establecer una relación dialógica con el receptor, la TV es uno de los medios más enmascaradores y manipuladores de la realidad. Las cámaras de vídeo la eligen y graban de modo aséptico. Periodistas y camarógrafos llegan solo a donde necesitan, hablan exclusivamente con quien necesitan y sin siquiera oler el ambiente toman el autobús o el helicóptero hacia los estudios donde con un fragmento de realidad pretenderán expresar todo el orbe local. La TV y otros medios han inaugurado la época de “la información como espectáculo”, según el parecer de la propia Maruja Torres, que estima, además, que muy a menudo una foto miente tanto como mil palabras A mi parecer, la mayor manipulación periodística del acontecer se ubica en la aparente objetividad de la noticia o la información. Poco espacio se le da a los valores humanos.

El periodismo personal, pues, viene siendo un antídoto para esa manipulación mediática que ignora las zonas más conflictivas de un conflicto. Le enviada de El País tenía razón: ir a Beirut para “dar color”… el color de la sangre y el color de dolor singularizado en una persona, víctima de una guerra cuyo sentido se oculta a veces en subterfugios de nacionalismos, de tendencias religiosas o de rescate de las libertades conculcadas por un “genio del mal”. Y para “dar color”, para escribir como artista, y persona humana  lo que se observa como periodista, se necesita levantar las cubiertas de los sótanos, penetrar en las alcobas, llegar a los hospitales y cementerios. Ya no se trata de contar cuantos misiles estallaron esa noche. O cuantas excusiones de la aviación de los invasores.

El periodista narrador, el John Reed de este momento, tendrá que andar por ahí, democrática y honradamente entre la gente, dándoles protagonismo a los parias, apostando incluso su vida a una historia verídica que servirá para revelar el color más soterrado e intenso. Ese que hoy casi ningún medio, ni ninguna fuerza política mezclada con la pólvora y las explosiones, quieren dejar ver.

 

LAS “ COSAS” DE MONTES DE OCA

LAS “ COSAS”  DE MONTES DE OCA

Por Luis Sexto

Suelen los prólogos y prologuistas exaltar al autor del libro de cuya presentación se encargan. Y me sobran argumentos para demostrar que este autor merece cualquier elogio que pueda prodigarle el prologuista. Pero he de andar con cuidado. Me inquieta que los artificios de la apología estallen como ditirambos comunes, calificativos carentes de peso y volumen, que por mucho que intenten decir apenas dicen. Prefiero avanzar sobre los pormenores de la técnica y del estilo. Y trazar mi estrategia para -en eso se resuelve un prólogo- recomendar un libro y a su autor.

Eduardo Montes de Oca no necesita fuegos artificiales. Ni desfiles embanderados de sugestiones correctamente prodigadas. Cualquier obra de Montes de Oca más bien exige análisis. Y por tanto he de advertir que este libro –de próxima aparición- con tan sugestivo título resulta una muestra de periodismo personal. Personal sobre todo por su carga de interés y por el peso de la personalidad de quien lo firma. Lo demás, la primera persona del singular que a veces utiliza el autor, es un simple episodio gramatical. Estamos, pues, ante los enunciados periodísticos de una columna y un columnista. Hacia mediados de la década primera del siglo, las páginas de Bohemia separaron unas pulgadas cuadradas para “Cosas de hoy”. Por ello, por la periodicidad invariable y la permanencia en sitio estable, con la misma firma y una fotografía habitualmente igual a sí misma, esta sección clasifica como una columna. Pero es más: es columna porque cuenta con un columnista, es decir, con un periodista de ancha y sugerente voluntad de estilo para hablar en primera persona y escribir más que redactar. En esta dicotomía –escribir-redactar- se embaraza una de las vigentes polémicas del periodismo. De un lado tiran cuantos pretenden condenar el periodismo a papel notarial, relevándolo de funciones que impliquen placer en el acto de informar, opinar o interpretar. Del otro extremo, los profesionales que usan la palabra con bordes afilados y beneficiada con sabores y luces, dotándola de ala y color, como pedía José Martí. Y ahí, en esa diferencia entre tener ala y color y carecer de estos atributos aptos para volar y ser distinguidos se define el vencedor de esta polémica casi absurda.

Un columnista o un periodista de ejercicio personal se presentan, pues, por su capacidad para pensar y opinar de modo que cuanto digan interese. Luego, el estilo, el cómo en que se envuelve el concepto, que adquirirá con la palabra organizada con tino estético un interés mayor. Desde luego, no me interesa reducir el ejercicio del periodismo a un litigio entre competentes e incompetentes. Hay muchas tareas en una redacción: unas, de urgencias utilitarias que requieren del profesional rápido, claro, conciso, sin que por dedicarse a las notas y a la prosa cotidiana sea inferior. Es respetable esa función de reportero o de redactor de mesa. Un medio cumple parte de sus funciones con letras aparentemente intrascendentes. El crédito del periódico o de la revista se apoyará también en el texto distribuido por el interior de las planas sin el relieve de lo exclusivo. Pero si hemos de reconocer los valores de lo que no merece el calificativo de minucia, habremos también de admitir el papel del estilo mayor, del nombre singular que escribe y hace resaltar cuanto escribe con los granos de oro de sus dotes.

Un columnista, como el cronista o el autor de reportajes narrativos, se inserta en esta categoría creadora. Y si a la larga algunos han de salvar al periodismo de su destino de ser opacado por la preponderancia de la imagen, serán seguramente cuantos convierten la prosa periodística en una propuesta estética sugerente, sin que por ello haya que lastimar los valores de la información. En estas “cosas de hoy”escritas por Montes de Oca se aprecia ese empeño por trascender en la organización de la palabra, esa vocación por ofrecer el círculo perfecto de un enunciado que seduzca a la vez que ofrezca un acercamiento racional, sensato, válido, y no en pocas ocasiones original, del mundo y sus problemas. No renunciaría jamás a seguir leyendo un texto que empezara, como Montes de Oca comienza esta entrega: “Conozco mujeres que cambiarían diez años de vida por unos pechos que desborden sus estructuras corporales. Algo así como odres henchidos, vejigas de animal de gran alzada, el globo ocular de Polifemo, balones de fútbol o… hasta de softbol, llegado el caso.”

Pero técnicamente el análisis se nos complica. ¿Qué género predomina en este libro? ¿O en qué género pretendió el autor organizar palabras e ideas? La técnica y los géneros del periodismo sufren con frecuencia la desmesura nominal: se emplean muchos nombres para clasificarlos y no siempre con certeza o propiedad. Ciertos tratadistas afirman, sin muchos argumentos para demostrarlo, que la columna es un género. Y uno, suspicaz ante las aseveraciones poco defendidas, pregunta cómo puede un espacio constituir un género, un molde estilístico y estructural. Porque la columna –lo hemos hecho recordar arriba- consiste en un espacio tipográfico, periódicamente estable y con el sello de un autor fijo. Y así cuando uno hace desaparecer el espacio y, en lenguaje digital, corta y pega en otro sitio, qué queda: evidentemente el enunciado en el género en que se concretó. Y por ello, entre estos textos uno distingue en mayoría el artículo, esto es, ideas convertidas en tesis mediante un pensamiento abonado por la cultura, forjada en las aulas y en el libérrimo magisterio de la lectura. Artículos que en ciertas páginas, por su orfebrería estilística y sus anchas referencias culturales, ascienden hasta rozar el ensayo. Así: “Hegel supuso que la historia se detendría en el Estado prusiano. El ‘ideal’. Luego todo derivaría en la placidez de la evolución, sin cambios bruscos. El tristemente célebre Fukuyama pensó lo mismo tras la caída del Muro de Berlín. Neoliberalismo como apoteosis de la civilización. Llegada, que no punto intermedio, o de partida.”

Claro, algún juicio minusválido puede acusar a Montes de Oca de escribir “muy alto”. Y ante este cargo uno no sabe si reír o compadecer a quienes lo formulan. No saben lo que dicen. Porque escribir “muy alto” no puede constituir un demérito. Es mérito resistir la intemperie del tiempo que devela cuánto metal de baja ley se ha infiltrado en el oficio del periodismo. Tampoco escribir “muy alto” es una insuficiencia del periodista. Resulta, en todo caso, una insuficiencia, o un problema, del que lee y condena las sugerencias sin ir más allá de las evidencias o las apariencias.

Gracias, pues, a periodistas como Montes de Oca, que renuncian a decir las cosas directamente y se valen de la tropología, de las connotaciones de la cultura para sugerir, matizar, insinuar de modo que el lector se eleve sobre el rastrero prosar de cuantos intentan despegar y solo aletean sobre el barro. Gracias a cuantos prestigian el periodismo con las rosas del estilo, la prensa cubana puede descargarse un tanto de esa lamentable verdadera culpa de fría, gris y machacona. (Tomado de La Palma de la mano)

 

SUÁREZ Y ROMERO, ANTECEDENTE DE LA CRÓNICA EN CUBA

SUÁREZ Y ROMERO,  ANTECEDENTE DE LA CRÓNICA EN CUBA

Breve ponencia presentada en el V Encuentro Nacional de Cronistas, Cienfuegos, 12 de noviembre de 2010

Por Luis Sexto

De la crónica habrá que hablar en plural. La medida de nuestro ejercicio, nos va sugiriendo caminos, estaciones, desvíos, y planteándonos la duda, que, como establecieron los escoláticos, es el asiento de la verdad. In dubium veritas,  decían en ese latín que he querido inútilmente dominar desde cuando su gramática y  sus florilegios de aprendizaje le prometían al adolescente seminarista un cofre de misterios y luces.  La duda, pues, nos obliga a revisar, volver a ver alguna definición con el ánimo de precisarla en sus aciertos o corregirla en sus excesos ante de adentrarnos en la esencia del tema propuesto.

Hablando en plural de la crónica he de repetir lo que de seguro repetí en el primer encuentro de cronistas, en 2006: no existe una crónica, sino existen crónicas. Con lo cual intenté definir que había diversos tipos de crónicas, según fueran distintas las intenciones de los cronistas. Por tanto, podemos mencionar las de remembranzas, de viaje, de corresponsal, de ambiente, de costumbres. Suelen ser distintas en lenguaje e intensidad, pero clasifican como crónicas porque las distingue el predominio, o cierto predominio, de la subjetividad que se resuelve en impresión o emoción. Los modernistas tomaron de los franceses ese enunciado amable, inspirado, que ronda lo ensayístico –la aproximación personal, intelectual, no académica, a una idea, un objeto, un personaje-, pero se vincula con lo poético.  Esta última,  de acuerdo con la práctica periodística en Cuba y la lectura de varios maestros actuales en América Latina,  es la que con más derecho –derecho generado por el uso, y también abuso- puede exigir el título de ser “la crónica”.

Ya de lleno en el tema que expresa el título,  podríamos decir que la crónica actual cuenta con antecedentes anteriores al surgimiento del modernismo.. Y para empezar hemos de preguntarnos qué  hay de Anselmo Suárez y Romero en nuestras crónicas, y también qué diferencia podríamos hallar entre alguna de las crónicas de Anselmo Suárez y Romero y la de los escritores de costumbres, también  llamados cronistas,  y a cuyos enunciados  los historiógrafos de la literatura llaman también crónicas.

Sin perjuicio de que ustedes encuentren la respuesta, voy a adelantar la mía. Lo primero que advierto es que, en efecto, el lector detecta una distanciamiento entre algunas crónicas de Suárez y Romero y los enunciados  de los costumbristas del XIX,  contemporáneos del autor de Francisco. Quizás sea por que la llamada crónica de costumbres en el siglo XIX se apega más a la definición primigenia de que crónica es la relación de sucesos actuales, como  los textos de los cronistas de Indias. Todavía en algún país de nuestra América, por ejemplo en Bolivia, crónica nombra a un enunciado periodístico que relata los hechos pormenorizada y cronológicamente. Por tanto, a mí parecer la crónica costumbrista –la pasiva o la activa, esto es la que se limita a describir o la que punza,  ridiculiza- viene siendo un artículo, una especie de género de opinión, de crítica mordaz en sus mejores momentos. Por esa razón, algunos  estudiosos se refieren con más propiedad a artículos y articulistas de costumbres. Si conviniéramos en llamarlo crónica aceptaríamos entonces que es crónica  en tanto  da cuenta de sucesos y personajes de la actualidad, como los cronistas de Indias, cronistas por eso mismo: por registrar la cronología y sus características.

Veamos un fragmento de  un autor contemporáneo de Suárez y Romero. Antonio Bachiller y Morales escribió en El Prisma, revista vigente en 1846 este texto titulado “El insolvente en La Habana, o el hombre macao”: La clase de insolventes se divide en varias especies que tienen su tipo especial cada una. Según la especie son diferentes, los que les distinguen: por lo general el insolvente es semejante a nuestro macao, no tiene casa, sino que se cuela en las conchas que ve vacías: digo esto porque en mi no corta práctica forense, he notado que son los seres que sufren menos frío que existen en el mundo. Quien vive al abrigo de su anciana madre; quien en la casa de su mujer; ¡oh! esto es rarísimo en el mundo y comunísimo en La Habana.

Apartando la tentación de comentar las coincidencias con el presente en Cuba, hagamos una comparación con este texto de Suárez y Romero, escrito tres años antes, en 1843: Cuando se acerca el crepúsculo, amigo mío, un peso enorme me agobia el corazón. Los árboles se van poco a poco obscureciendo, los pájaros se ocultan entre las ramas, se ven grandes trechos de sombra en la tierra, comienza a correr un airecillo suave, y las pencas de las palmas  a suspirar blandamente. (…) Oyendo el concierto de las hojas, viendo deslizarse las aguas, y conversando con el negro que cuida hoy una tranquera, y que cuando yo no había nacido, tumbaba, robusto  como un atleta, cedros y ácanas donde ahora se extienden verdes campos de caña, me estoy hasta que por todas partes se han esparcido las sombras de la noche. Todo este texto, titulado “El guardiero” es una estampa, una crónica sobre un personaje del ingenio, el viejo esclavo ya inservible que al menos sirve para cuidar las tranqueras, las entradas de la hacienda. Y si en el cuadro de Bachiller y Morales nos percatamos de que lo que predomina en el  periodista o escritor es la intención de definir objetivamente un tipo  social, de acuerdo con una clasificación sociológica, en Suárez y Romero se aprecia aun en el breve párrafo citado un acercamiento lírico, lírico sin énfasis, con naturalidad, casi conversacional a las cosas, las costumbres y a los personajes. “El guardiero”, pues, de acuerdo con la teoría de los géneros hoy más aceptada, es de los dos fragmentos el que más se identifica con nuestra crónica, ese enunciado subjetivo, emocional, en el que el autor saca impresiones de dentro de su sensibilidad, aunque describa el mundo circundante,  que figura como pretexto de la sensación lírica.

Veamos una manifestación lírica en otro escritor contemporáneo de Suárez y Romero. Apareció en Flores del siglo, en 1846. Juan Güel y Renté va a hablar de Cojímar, del significado  que para el autor tiene  ese arrinconado pueblo de pescadores en el litoral norte de La Habana. Citemos la entrada: Yo te saludo, deliciosa playa de Cojímar. Después de tantos años de ausencia llego a tus blancos arenales como el pájaro viajero regresa a su amado nido, cambiado su nítido plumaje. ¡Cuántos días felices he pasado en tu seno, ya recogiendo tus pintadas conchas, ya persiguiendo las bandas de cangrejos, o ya sentado sobre tu cayo negro, tendiendo la caña a los incautos peces. Yo he vuelto a ver con ternura y regocijo tus deliciosas orillas y los mismos lugares que siendo niño buscaba para mis juegos…

Algo no nos convence. Salvando los más de 150 años que nos separan de esa prosa y de cierto gusto entonces dominante, nos percatamos del esfuerzo retórico poético, como si el autor hubiera hecho sonar su afectividad en un caracol hueco desde donde todo sonido brota quebrado, ronco, falso. Echamos de mano el desgarramiento lírico: no hay interiorización; la impresión se ha enredado entre las arenas y las piedras.

En cambio, oigamos a Suárez y Romero: Hay una cosa en mi patria que nunca me canso de contemplar; no es la ceiba de hojas infinitas que se levanta en la llanura, ni la cañabrava que mece sus penachos con la brisa, ni los naranjos cargados de azahares, ni nuestro sol, ni nuestra luna, ni nuestro cielo tan azul y tan hermoso, ni el hirviente mar que ruje en nuestras playas; son los magníficos palmares que suspiran perennemente  en sus llanos y sus colinas. No hay árbol más bello que la palma; pero cuando la casualidad  ha reunido un grupo de miles de ellas en la cresta  de una loma o en un valle pintoresco y apartado, no hay pincel capaz  de pintarlas, no hay poeta que pueda cantarlas dignamente en su lira. (…) ¡Escuchando la música de sus pencas, un poco antes de expirar, la muerte no debe ser tan amarga!

Suárez y Romero escribió esta crónica en 1852.   Continúa  la aproximación lírica al paisaje sin énfasis retóricos. Podríamos admitir un gran talento en este escritor que, aunque es propietario de un ingenio con unos centenares de esclavos, es capaz de conmoverse y conmover con la imagen del guardiero, o escribir una novela como Francisco, con perfiles abolicionistas, de un abolicionismo quizás sentimental. Y no nos extrañemos. La vida social y el papel de individuo inserto en ella no pueden someterse a comportamientos rígidos. Las paradojas –lo sabemos- son ingredientes de la historia. Pero en términos de identidad, en este escritor y pedagogo, profesor del colegio El Salvador de Luz y Caballero, el paisaje y la gente de Cuba ganan un espectro más luminoso y por tanto es más auténtica la emotividad con que lo refleja y lo recrea. Uno nota, pues, el paso de lo criollo a lo cubano, que vemos incluso en el empleo de la palabra “casualidad”,  más conversacional, más cubana si así pudiéramos proponer, en lugar de  “azar”,  más propia de la retórica neoclásica todavía influyente.

Suárez y Romero se inserta en el romanticismo. Y los románticos en Cuba, poetas, prosistas, incluso pintores, adelantaron la ruta hacia una expresión nacional. Si los pintores románticos “descubrieron” el paisaje cubano, aunque no lograron apoderarse todavía de la luz, los poetas empezaron a utilizar los términos más criollos nacionalizando el verso; por ejemplo, Milanés, aunque  Silvestre de Balboa –y ello sirve para demostrar que la gestación de la cultura no es un proceso matemático- ya había introducido en el neoclásico y españolizado Espejo de paciencia, los nombres autóctonos de la flora y la fauna.  Por tanto, la interiorización del enunciado  convierte a Suárez y Romero, sin forzar excesivamente las distancias epocales, en un antecedente de la crónica moderna, y quizás modernista en Cuba. Y nos trasmite, por encima de las diferencias y las limitaciones, una definición: la crónica es el perfecto ajuste entre la emoción y su lenguaje. Si este falta, falta la crónica. En  Palmares, una sola línea, sin pretensiones exaltadas, incluso con una ejemplar desnudez estilística,  resume la desgarradura subjetiva que la autentifica: “Hay un cosa en mi patria que no me canso de contemplar.” Ahí, a renglón entero, pervive todavía el cronista.  Y nos conmueve su crónica.

LIBROS, MEDIOS, PRENSA

LIBROS, MEDIOS, PRENSA

Por Luis Sexto

Rubén Darío escribió un cuento cuyo personaje lloraba cada vez que se detenía ante un estante lleno de libros que él no podía adquirir. No voy a levantarme de mi silla para repasarlo en el volumen adecuado;  tal vez demore mucho en hallarlo en mi subdesarrollada biblioteca.  Se titula “El pájaro azul” y muchos podemos recordarlo. Lo leí siendo muy joven. Yo también, como ustedes, sufría cada vez que un libro se me insinuaba como una tentación en la que no podía caer. Pero el dolor, la punzada por aquello que considero un bien material supremo, ha cambiado de objeto: ahora, cada vez que veo un libro sufro algo, sí,  porque no pueda adquirirlo y leerlo, pero sobre todo, sufro porque no puedo escribirlo.

Entramos, pues, en materia con el rango de la crónica: hablando en primera persona, contando un sentimiento íntimo ante colegas que  tal vez sientan lo mismo. El libro, para nosotros, no es solo el instrumento de lectura, sino un medio de expresión. Ocurre, sin embargo, un fenómeno extraño. Cuando publiqué mi primer volumen, hace dos décadas, creí que había “llegado” a lo máximo en la escala de mis aspiraciones, que el asunto consistía en “coser y cantar”. Ahora, al cabo del tiempo, en los inicios de mi tercera edad, no me preocupa tanto escribir libros como escribirlos con responsabilidad. Este es, así, el aspecto que se me ocurre introducir como primera propuesta. Me otorgaron el privilegio, esta vez honroso, de ser una especie de ponente, de promovedor de la palabra en esta reunión de colegas argentinos y cubanos. El tema –me dijeron-  es tan amplio como inagotable: Libros,  medios, prensa.

La encomienda, que agradezco por el afecto que trasunta, parece fácil con un tema tan ancho, pero cuando uno ha de hablar de libros, medios y prensa entre gente que vive en el libro, los medios y la prensa, la faena se complica. De modo, amigas y amigos, que me gustaría insistir en la carga enorme de nuestras vidas por ser autores de libros,  trabajadores de los medios, y firmas de la prensa. La prensa y los medios, y también los libros, están cayendo planetariamente en cierto descrédito. Vemos que a diario medios y prensa sirven, en sus exponentes más poderosos, como difusores de espejismos, de medias verdades, de notarios que apoyan con su presencia la verdad de cuantos, de espaldas a la verdad, quieren imponer la suya como la única y verdadera. Se supone que la verdad se abre paso sola, que no necesita que la defiendan… Sin embargo, hoy la empujan misiles y cañones, porque algunos mitos, inscritos en el hielo,  empiezan a derretirse. Y el agua resultante nos advierte  que la verdad no se abre paso sola. Ni la nuestra. Si la verdad que intentan imponer los poderosos requiere de la guerra, incluso de un ablandamiento a base de sofismas, falsedades, una porción lamentable de libros, medios y prensa les sirven a ese propósito para promoverse como guerreros de la libertad.

Tal vez por ello los periodistas cubran estas nuevas guerras de conquistas, estas nuevas cruzadas en busca ahora de los caminos del petróleo, incluso del agua, mediante el control remoto, la asepsia participativa.  Al parecer, las coberturas bélicas a la manera de un John Reed o un Kapuscinski están pasando de moda, por obra de las limitaciones que imponen los abanderados de la libertad. Y quienes se arriesgan pueden caer mucho más rápido que antaño ante una bala “inteligente”. Viene a propósito parodiar un verso famoso de Bertold Brecht y decir: ustedes (ellos)  los abanderados de la libertad, no supieron ser libertadores.  Y sí todo lo contrario.

En fin, no sé.  Cada vez que hablamos de prensa o medios o libros hemos de hablar de cosas tristes. A primer plano ha subido el factor económico, uno de los  elementos –aparte de autor, obra y público- de la perspectiva sociológica desde donde podemos juzgar a libros, medios y prensa. Son, en mayoría, un negocio transnacional. Lejos están ya los tiempos en que el autor de libros, el periodista, el comunicador eran quijotes encabalgados sobre la honradez, alimentados con el vino rosado del romanticismo –como ha dicho el dramaturgo Peter Hanke- y discurriendo por el Campo de Montiel de las mejores causas del hombre.

Quizás entre nosotros, los latinoamericanos, se halle, además de las promesas de un genuino Nuevo Mundo, la posibilidad de insuflarles a la prensa, los libros y los medios esa cuota de honradez y responsabilidad que nos hará más dignos como autores, directores  y periodistas. Las verdades más limpias, más necesarias necesitan de caballeros e ideales para quitarles el calzado de tacones altos y hacerlas avanzar con pies de caminantes que hacen camino al andar. Paradigmas tenemos. Lo hallamos, por ejemplo,  en José Martí, que publicó su mejor periodismo en un periódico argentino, La Nación, y que supo impartir una lección de latinoamericanismo representando diplomáticamente  a la Argentina

Nosotros, en Cuba, en medio de una circunstancia que nos compromete más con la ética que con la estética, estamos, a pesar de que podríamos mañana ser una víctima como Irak o Afganistán –una víctima irreductible-, estamos, digo, tratando de que la prensa sea el mejor desayuno del cubano, tratando de que nuestros libros lleven la verdad esencial de la vida, la cultura y la lucha social, y tratando de que nuestros medios nunca abandonen los predios del pueblo. Ahora, quizás, ya podamos empezar a conversar. (2008)

Cronistas del nuevo tiempo

Cronistas del nuevo tiempo

 

Por Jesús Arencibia Lorenzo

«El gran periodismo, es decir, el verdadero y el único, realiza el milagro de perpetuar lo efímero». Tal vez esta frase del insigne profesor Raimundo Lazo haya sido la brújula de las estudiantes Donarys Cruz Cruz y Leydi Torres Arias para emprender sus tesis de licenciatura como periodistas, en la Universidad Central de Las Villas «Marta Abreu» (UCLV). Los trabajos de diploma, titulados: «Un análisis discursivo de la sección Abrecartas escrita por Guillermo Cabrera Álvarez en Granma en el contexto de Período Especial en Cuba (1994-1998)» y «La vida en crónicas. Análisis de contenido de la vida de Luis Sexto en Crónicas en Primera persona», ahondan en el quehacer profesional de dos de los paradigmas de la prensa nacional en las últimas décadas.

Guillermo (1943-2007), El Guille, o el Genio, apodo que le colocó el Comandante en Jefe Fidel, marcó pautas intelectuales de altura en medios como las revistas Mella y La Calle y los diarios Juventud Rebelde (JR) y Granma; de este último fue subdirector editorial. «Abrecartas», sección a su cargo el órgano del Partido Comunista Cubano, constituyó un apartado de correspondencia particularmente agudo y reflexivo, que conectó a la publicación con sus públicos. El discurso de este espacio emplea «proposiciones críticas y reflexivas. El acontecer del cubano y sus inquietudes relacionadas con el Período Especial se enfocan desde un punto de vista analítico e interpretativo», apunta Donarys en las conclusiones de su investigación. El maestro de periodistas utiliza estos abordajes pues «a pesar de las carencias y dificultades, existían insuficiencias administrativas y organismos que obstaculizaban la solución de los problemas». Era como si constantemente Guillermo dialogara con sus lectores, destacó en su exposición la estudiante de la UCLV. Y esta cualidad, precisamente, fue la que hizo tan relevante su incursión posterior en otros medios, como la que de 2001 a 2007 mantuvo en «Tecla Ocurrente», popular sección del Diario de la Juventud Cubana.

Y si de de puente con las audiencias hablamos, es notable el que ha desarrollado durante su carrera el periodista y profesor Luis Sexto (1945). Destacado reportero y columnista de medios como el deportivo Listos para Vencer (LPV), la revista Bohemia y el propio JR, Luis ha sido además, maestro de generaciones en la Universidad de La Habana. A su sapiencia se deben varios títulos para la docencia como Periodismo y Literatura. El arte de las alianzas (2006) y Asunto de Opinión (2009), ambos de la Editorial Pablo de la Torriente Brau. Leydi Torres ahondó en las huellas vitales del escritor en su espacio fijo de crónicas en JR. Pues Luis, aunque ha transitado con elegancia estilística y hondura filosófica por todos los géneros de la profesión, posee dotes relevantes que lo emparientan con los mejores cronistas cubanos.

«En las remembranzas de su vida, Luis Sexto demuestra ser un excelente narrador. Recrea el ambiente, imbrica al lector en las calles habaneras, lo traslada a conocer a personalidades de la cultura cubana. Mediante la narración en primera persona transmite emociones, tristezas, filosofía de vida…Se auxilia de la anécdota para compartir sucesos que pudieran ocurrirle a otros y que reflejan además rasgos de la sociedad», señala la novel investigadora santaclareña en el colofón de su estudio. Las tesis de Periodismo en la universidad central del país en 2010 —cuyas defensas concluyen esta semana— han incluido estudios sobre los titulares y la fotografía en el periódico cienfueguero 5 de Septiembre; la recepción del semanario Vanguardia, de Villa Clara; el desarrollo de la radio en Caibarien y el discurso de la revista Cine Cubano.

A las exposiciones han asistido personalidades y directivos de la prensa como el vicepresidente de la Unión de Periodistas de Cuba, Antonio Moltó Matorell, y la profesora Miriam Rodríguez Betancourt, Premio Nacional de Periodismo (2010). A juicio de varios profesionales, aún falta mucho en el camino de integración de las investigaciones universitarias y las rutinas diarias de los medios nacionales.

«Solo el futuro nos aprueba o desaprueba toda la letra que, siendo cronistas de nuestro tiempo –como nos llamó Carpentier- vamos dejando al mandato de una vocación rápida e inquieta, incómoda e ingrata a veces. Si en verdad servimos, algo de lo nuestro saldrá de la endeble papelería de las bibliotecas y todavía ofrecerá sugerencias de juicio y de estilo al futuro», afirmó Luis Sexto. Con la vista en ese horizonte se graduarán el próximo día 16, Donarys, Leydi y los demás muchachos del centro de la Isla que pronto oxigenarán con nuevas rebeldías las redacciones de los medios cubanos.

CARA A CARA

CARA A CARA

Por Luis Sexto

Tomado del libro inédito  Memorias de un periodista en apuros

 En 1975 fui a México con el propósito de entrevistar a Mario Vázquez Raña,  presidente del Comité Olímpico Mexicano. Debía hacerlo hablar sobre la organización de los inminentes juegos panamericanos de ese año. México sobrenadaba en mis deseos como una referencia infantil que se había delineado en la sentimentalidad de la música ranchera y en su cine romántico, pleno de amores imposibles y de ojos entornados… Quizás la primera conmoción artística, la más fuerte y concreta la experimenté cuando entré en la plaza del Zócalo. El impacto me estremeció, tanto que me sentí reducido en mi pequeñez. Trece años más tarde experimentaré una emoción parecida cuando, en el Ermitage de Leningrado, me detuve ante un cuadro de Fra Angélico. Sentí, como aquella vez en México, lo que traduje como un “terremoto del alma”. 

Poco tiempo hubo para pasear, mirar la enorme ciudad imaginada y deseada por influencia cultural y en la que incluso -como creo haber dicho en otro momento- mis letras incipientes habían debutado, gracias a la generosidad de don Alfonso Junco, en la revista Ábside cuando discurría 1968. Lo sabemos o intuimos: el periodista no viaja por placer. Y luego de mi llegada y de entregar el cuestionario en el despacho de Vázquez Raña, estuve durante una semana haciendo antesala en sus oficinas del Centro Deportivo Olímpico Mexicano, conocido por su sigla de CDOM. Pocas horas antes  de mi regreso, me recibió. Y no retorné vencido a la  redacción del Deporte, derecho del pueblo, revista un tanto lujosa que me había señalado la misión.

No fue el único episodio en que la paciencia se alineó, como recurso invencible, junto con  el periodista. Recuerdo cuando viajé a Las Tunas para entrevistar al Comandante Faure Chomón. No lo cuento  para quejarme. Mantengo  excelentes relaciones con Chomón, aunque nos veamos escasamente. Lo respeto y aprendí desde niño a admirarlo por su historia insurrecta, revolucionaria. Además, organizamos y escribimos juntamente en 1988 el reportaje del aniversario 20 del pacto de El Pedrero, en el Escambray. Aquella vez en las Tunas, pedí la entrevista en la sede del Partido provincial, y pasé tres días aguardando: el Comandante estaba sumamente ocupado, lo cual yo comprendía.  A las seis de la tarde,  tres horas antes de que despegara el avión de mi vuelta a Trabajadores, Chomón me recibió. Hecha la entrevista, me condujo en su automóvil hasta la escalerilla de la nave. A tiempo... 

Admito que no soy un buen entrevistador. Pero soy persistente; no me rindo a la primera resistencia del personaje, aunque como  he recordado Kid Chocolate me tumbó sobre la lona. Aún experimento cierta flojera, alguna desazón, a pesar de que he pasado la mitad de mi vida tratando de provocar lo más agudo en hombres o mujeres. Pero nunca me sentí tan desamparado que cuando me ordenaron hacer mi primera entrevista. En mí  influía, además, la timidez, espantadiza reacción que hasta los 20 años me obligó a hablar en verso, porque la tartamudez me trababa la sintaxis regular, y para zafarla de aquel sofocón debía invertir el orden de la frase. Si iba a decir: cuando yo era pequeño, tenía que pronunciarlo como en un verso octosílabo, más o menos: cuando pequeño era yo.

La práctica fue lubricándome la lengua. Y con el tiempo pude acometer encomiendas que sometían a riesgo mi honor profesional. Quiero emplear una imagen exhausta, pero certera. El periodista  es un soldado especial: nunca debe regresar fracasado. En una ocasión –hallándome en Puerto Rico- entre mis tareas destacaba entrevistar Al entrenador del equipo norteamericano de baloncesto. El hombre, evasivo, inconquistable, estaba decidido a obtener una prueba de mi incompetencia. Alguien me avisó:

-Está en la playa, solo.

Dejé el vestíbulo del Caribe Hilton, y me convertí en una visión escandalosa entre centenares de personas casi desnudas. La arena se ingería en mis zapatos, y la brisa me ensanchaba los pantalones. El norteamericano nadaba cerca. Me acuclillé a orillas del agua.

Yo no sabía hablar inglés... Si el personaje hubiera sido Dante quizás no me habría introducido en el infierno, porque nos hubiéramos entendido. El creador del idioma italiano me habría otorgado el mínimo de 60 puntos que me gané en la Abraham Lincoln al examinar finalmente esa lengua que es, para mí, la de la pasión: en giros italianos el insulto suena  como en un aluvión, y el amor vibra más enfático.

Noté el desconcierto de mister Davis. Él, con el agua a media pierna; yo, con la libreta abierta para... resumir una entrevista muda. Obré prestamente. Pasó un bañista.

-Por favor, tradúzcame...

Y acerté. En Puerto Rico el castellano es un habla colonialmente subordinada. En los baños se lee Gentlemen, Ladies, y abajo, como alternativa secundaria, Caballeros, Damas.

Mi primera entrevista fue, sin embargo, un chasco. Poco antes había ingresado como aprendiz en una redacción. Debía interrogar al jefe de una delegación deportiva panameña. Después de una década de separación –obvio, por conocida, la historia-, Panamá empezaba a reencontrarse con Cuba. Era una nimia entrevista informativa.

Lo busqué en el hotel: no estaba; tampoco en un restaurante turístico de La Habana Vieja. En el palacio ecléctico que en el Paseo del Prado accedía entonces a servir como centro de entrenamiento de esgrima, me informaron:

-Es aquel.

Saludé. Y olvidando detalles esenciales, desenvolví apresuradamente mi cuestionario. Al marcharme, ya menos tenso por lo sencillo que había resultado el trance, le pregunté a modo de confirmación:

-¿Usted es Cristóbal Díaz?

-No; yo soy Celestino Ordóñez.

JUBIELEGÍA CARIÑOSA PARA UN MARCHANTE CONFUSO

JUBIELEGÍA CARIÑOSA  PARA UN MARCHANTE CONFUSO

Por Luis Sexto

En la jubilación del periodista Viñas Alfonso

Con toda la gravedad que este acto impone, debo decir que me he visto en el compromiso de modificar mis planes. Nunca pensé decir estas palabras en otro sitio que no fuera junto a la losa florecida de Viñas Alfonso, en su tránsito, que habrá de ser memorable, al seno del olvido. Pero una jubilación ya nos va sabiendo como a velorio –nuestra amiga Mercy Azcano me lo recordaba en un correo electrónico- y por tanto debo adelantar la despedida de duelo que como amigo leal  escribí desde hace años a mi próximo difunto amigo Viñas y que él me pagó puntualmente  por adelantado.

Desde luego, toda despedida, ante los dolientes, supone enumerar como exclusivas las virtudes del dolido. Y de ello, de ese conocimiento cercano a Viñas, sé bastante. Lo sé, porque he sido víctima principal de sus originalidades. Por ejemplo, ¿no es acaso original que llevando en su apellido la materia prima e inigualable de la uva, Viñas, cuando bebe, si bebe, pudiendo repartir, bebe a costa ajena? Dígalo este sujeto mordido mil veces por las invitaciones de motu proprio que se hace a mi mesa doméstica. Claro, yo me honro. No olvidemos que cuando Viñas Alfonso elogia la pierna asada de mi mujer, tengo en cuenta que lo hace un fundador de la prensa clandestina, fundador también del periódico de Pinar del Río; y un ex estudiante de bachillerato que compartió en el instituto de segunda enseñanza con los Hermanos Saíz, jóvenes superiores y uno de los cuales lo distinguió como amigo.

No olvido tampoco que cuando Viñas me pide prestado un almuerzo en casa, prometiendo pagármelo inútilmente  más adelante cuando el tiempo transcurra, estoy en presencia de un periodista que suma más de medio siglo  de ejercicio vital, creativo, trabajador y cuadro de los principales medios de nuestro país: Juventud Rebelde, Bohemia, Palante, y chistoso, chispeante  colaborador de la radio, aunque escriba crónica con K. Y si aparece el boletín de ida y vuelta que lo confirme, será reconocido como uno de los  reporteros del desembarco de Colón en Gibara. Al menos sí está demostrado que fue uno de los pioneros en abrir un puente de asfalto, con una sola dirección, entre Pinar del Río y La Habana…

No paso por alto, en este momento de pasar cuentas, su proverbial crédito de tener el codo anquilosado, de modo que mete la mano en el bolsillo  como un pianista toca sus teclas: sin mover el antebrazo. Destaco hoy su pachorra búdica, su afición a sonreír, su gusto por querer a sus amigos y su capacidad de enamorarse del trabajo, aunque no pueda ya hacerlo de otras formas sumamente trabajosas para su edad.

Viñas ha vivido mucho. Y ha vivido bien. Gastando lo menos posible, pero prodigando amistad, fidelidad, cordialidad, responsabilidad, compromiso, humor. Y, sacadas las cuentas, uno se percata de que tiene razones para jubilarse e ir a su humilde residencia de 21 y 14, para acodarse a su enorme buró de notario privado,  y ajustar su historia: desenterrar las huacas donde todos creemos que guarda… la experiencia y los textos acumulados, y empezar a ponerlos en el banco impaciente de una obra más perdurable, menos volátil, como suelen volar las cuartillas de nosotros, los periodistas… Me parece justo que quien empezó como propagandista revolucionario clandestino, retorne ahora a la clandestinidad de su hogar y su máquina a trabajar menos apremiado.

Hermano mío, por consideraciones obvias, no puedo estar presente al decir estas palabras. Me voy a un sitio donde  nunca has podido encontrarme cuando me pierdo. Mercy Azcano sabrá leer esta cuartilla con la delicadeza que su ternura le recomiende. Jubílate en paz, si puedes, Viñas. Ah, por favor,  dame la oportunidad de rescribirte la despedida, porque a ese placer, que hoy he ensayado, no voy a renunciar, y pienso volver a cobrártelo.

 

 

Para el periodista Viñas Alfonso en su retiro

LA VERDAD NECESITA DE LA GLORIA

LA VERDAD NECESITA DE LA GLORIA

Por Luis Sexto

Uno de los hallazgos del lector que fui y soy es que el periodismo, además de objetivo y dinámico, necesita ser interesante. Acepto el criterio de que para escribir una cuartilla hay que leer diez cuartillas ajenas. Por lo tanto, antes que periodista fui lector, y nunca leí, ni leo, en un periódico o una revista, nada que no sea capaz de interesarme. Y la credencial de “lo interesante” se  aprecia en las primeras líneas. Interesante, digo, no solo porque el tema o asunto lo sea, sino por la imaginación con que es construido y es trasegado a la expresión”.

No puedo excluir que cada día creo más en los vasos comunicantes del periodismo y la literatura. Como diría el catalán Alberto Chillón, entre literatura y periodismo existe una larga crónica de relaciones promiscuas. Al menos, en términos generales y en ciertos géneros. Por ejemplo, si  una historia periodística me la presentan en un reportaje con la inarmónica, seca y lenta forma de un informe sindical o administrativo, colmado de obviedades, ya empiezo a desencantarme. Y si ello me ocurre a mí, que leo casi por obligación, cuántos lectores más se sentirán aburridos ante esa prosa notarial que suele creerse como la ideal para el trabajo informativo.

El periodismo es un ejercicio de cultura que parte del  mestizaje cultural, es decir, no solo saber de técnica periodística, sino de todo lo demás que convierta al periodista en una especie de sujeto del Renacimiento. Por tanto, para hacer creadora la legítima promiscuidad entre literatura y periodismo hace falta un desván atestado de experiencias vitales y de lecturas. Esa ha de ser la norma profesional por una parte; por la otra, el resultado tendrá también, como es lógico, un componente personal de facultades, talento, aptitudes. Por ello, en el ejercicio del periodismo se ha de aspirar a calzar botas de siete leguas, para poder usar cómodamente los zapatos que correspondan a nuestros pies.

No me parece posible por ahora una mayor presencia del periodismo literario en los medios cubanos. Muchas barreras lo impiden. En primer término, el paternalismo. Todavía creemos que hay que atemperar el estilo y la técnica a los lectores más rezagados, como si esos “lectores” en verdad leyeran. Alguien una vez me escribió criticando que yo usaba palabras muy raras, y citaba el término peyorativo. “Yo, que tengo dos títulos universitarios —decía airadamente el lector—, no sé qué significa esa palabra”.  Me parece, pues, que no hay que culpar al periodista; más bien, al lector, que no se inquieta por incrementar el saber que le validan sus títulos, y a la Universidad, que gradúa alumnos por dos veces sin que sepan qué significa peyorativo. Además, la falta de espacio ha limitado la extensión del periodismo literario.  Por último, mientras tengamos una concepción del periodismo subordinado a la propaganda, y no se imponga  el equilibrio entre lo importante y lo interesante, y no le sea reconocido al periodismo su papel activo en la creación de la opinión pública y  como promovedor de cultura, seguirá predominando ese “espíritu de cobrador de cuentas” que decía Miguel Ángel de la Torre distinguía a sus colegas en la década de los 1920. Tengamos presente, también, que el periodismo literario es, además,  signo de vocación, inquietud, talento. Es decir, es prerrogativa individual.

.El colega Enrique Milanés León  me formuló recientemente una pregunta sutil: “¿Usted se atrevería a ver en el  Premio José Martí que usted recibió en 2009, además de propio, como un estímulo adicional a que otros sigan un reporterismo de más vuelo?”  Y Tiene razón el agudísimo y modesto Milanés. Creo que esta vez el Premio José Martí no se caracterizó tanto por premiar a un periodista como por reconocer y estimular un tipo de vocación y de ejercicio periodístico. Un periodismo negado a ser una especie de acta del acontecer; un periodismo que parte de la convicción de que debe disponer de un espacio en la sociedad, como una visión sesgada que, desde el mismo balcón, sea capaz de completar la visión frontal que suele caracterizar a la política.

Es decir, en lo particular he creído que yo también tengo una opinión, aunque no coincida con quienes toman las decisiones. Y como la tengo, he de decirla en el medio donde mi crédito posee franquicia. Y he de decirla, no como la dicen los políticos, sino, aunque a la larga coincidamos con aquellos, como exige la relación entre periodista y lector: una forma que interese y atraiga, despegue y se eleve. No sé… pero pensar de otra manera equivaldría a desconocer a Martí. Las ideas del Maestro son también todavía tan hermosas y verdaderas, porque aún está vigente la forma con que las arropó. Como dijo uno de mis escritores predilectos desde la adolescencia, León Bloy: la forma no es un lujo, porque la verdad necesita siempre estar en la gloria.

Hay que tener en cuenta, también,  las facultades personales. Y por otra parte, cuando en las universidades se habla de periodismo literario, el alumno de pregrado ya ha asimilado un concepto tradicional del periodismo, con lo cual no hay tiempo académico para hacerle ver que el periodismo personal implica negar lo aprendido para poder enriquecerlo. Sin embargo, mi experiencia docente confirma que entre 40 alumnos, unos tres o cuatro tienen inclinación para trascender por el uso de formas más creadoras. No creo que por ahora podamos aspirar a más. No es desdeñable el valor de la individualidad. El talento parece, por momentos, una fruta en extinción

Reparo, en ese sentido, que el clima creador de una redacción depende de los editores, los cuadros. En la teoría de la dirección se establece que el 80 por ciento de lo que sucede en una empresa es atribuible a los que dirigen. Y desde Maquiavelo para acá se sabe que un conglomerado humano será lo que sus dirigentes hagan de él. Por lo tanto, a editores con un concepto plano del periodismo, ha de corresponder un periodismo plano en ese medio. Solo sobresalen los herejes que, con su obra tozuda y paciente, llegan a ser aceptados. Incluso premiados.

A veces olvidamos que el hombre como especie tiene la facultad de reconstruir lo vivido. Por ello existe la historia. Y ese privilegio de tener memoria y evaluar y reproducir lo vivido, alimenta el arte de la plástica, la literatura, incluso la música. El juglar acompañó el desarrollo de la civilización. Y entre juglar y periodista hubo poca diferencia. Por tanto, para no hacer pesadas estas palabras, el periodista ha de contar su noticia de la forma más vívida posible, cuando la noticia merezca convertirse en una novela breve y apasionante. Hoy recordamos y elogiamos a Kapuscinski, a García Márquez, a Hemingway, a Norman Mailer, a Pablo de la Torriente, a John Reed, a Alma Guillermo Prieto, a Joan Didion,  porque supieron o saben “contar la historia como novela y la novela como historia”, de acuerdo con el principio de Mailer”.

Sin excusas, uno ha de imponerse modelos. Porque la originalidad en el vacío no está fuera de toda duda: yo dudo de ella. Y por lo tanto sigo deseando que mi obra tenga la pasión y la valentía de León Bloy; la precisión de Hemingway; la imaginación de García Márquez; el estilo musical de Jorge Mañach; la audacia de Pablo de la Torriente Brau. Y la sinceridad de Luis Sexto, que es el único mérito que me tolero.

Y para hablar de colegas actuales,  pediría el uso de los adjetivos a Jorge Garrido; la síntesis a Argelio Santiesteban; el desenfado a Rolando Pérez Betancourt; la capacidad fabuladora a Leonardo Padura y el rigor estilístico de Eduardo Montes de Oca”. Y lo pediría por una razón principal: eso que reconozco en ellos, a mí me falta.