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PATRIA Y HUMANIDAD

Periodismo y comunicación

A DESTIEMPO PERO AÚN VIGENTE

A DESTIEMPO PERO AÚN VIGENTE

Por Luis Sexto

He dicho que soy periodista que lee a periodistas. Por lo cual me resulta casi imposible juzgar a mis colegas desde el prejuicio, esa técnica de evaluar, definir, calimbar por rumores o por simple suposición. Acabo de leer un libro, más bien, lo he releído esta semana, aunque como volumen impreso solo tiene aproximadamente un mes. ¿Tan interesante es como para la repetir el plato en tan corto tiempo? Lo he releído ahora, pues los textos que lo integran los leí en 1999, cuando Bohemia envío al autor a Guatemala.

Guatemala, el milagro de la primera vez ha sido publicado por la editorial Pablo de la Torriente, de la Unión de Periodistas de Cuba. Su contenido –la presencia de médicos cubanos en ese país centroamericano- lo convierte en un libro extemporáneo por su aparición casi una década después de que Eduardo Montes de Oca, el autor, viajara a la tierra donde los mayas edificaron una de las más esplendorosas civilizaciones en América. En los años iniciales del 2000, aparecieron varios libros escritos por periodistas sobre las misiones médicas cubanas . ¿Por qué, pues, se publican los reportajes de Montes de Oca ahora, cuando ya el terreno está mojado y, según el criterio de la lógica periodística, lo que cuenta parece hoy “bohemia vieja” como suelen decir algunos?

El autor quizás no estuvo interesado entonces, o ningún editor los tuvo en cuenta. Sin embargo, al releerlo tras diez años de haberlos leído en la revista, me percato que, a pesar de tardía, ha sido una decisión correcta. En este libro, el contenido no envejece. La forma fue concebida y ejecutada desde la originalidad, y sin ánimo de menospreciar otros volúmenes parecidos, me parece que la prosa de Montes de Oca –habituada al ejercicio de la opinión- se nos revela en este libro con una propiedad narrativa que mantiene vigente a aquellos personajes, aquellos paisajes, aquellos recorridos del autor indagando por la obra solidaria de los médicos cubanos.

Es curioso: fueron reportes aislados; aparecían esta semana, o diez días más tarde, así, como resulta habitualmente en la tarea de un enviado especial. Pero Montes de Oca, si no lo pensó conscientemente, lo planeaba implícitamente en su actitud de periodista que oye y ve para contar la primera vez de modo que pueda ser la definitiva. El ejercicio del periodismo impreso no permite segundas tomas, como en el cine. Y el ordenamiento en un libro de esos textos escritos aprisa, sin tiempo para elegir con cuidado la palabra o la imagen, acusa una unidad tan coherente que admitimos que estamos ante un único reportaje, con principio y final.

El punto de enlace de esa discurso tan unitario escrito en momentos dispersos, es la vivencia del reportero. Montes de Oca sabe que un reportaje necesita de la participación del autor, porque este género, tan parecido al cuento de la literatura, puede clasificarse, como el injustamente olvidado Luis Rolando Cabrera –una firma sustancial en Bohemia- lo definió: “la noticia vivida.” Ese es, en fin, el reportaje. Noticia vivida, en primer término, por el periodista cuyas peripecias en la búsqueda de personajes y hechos suelen ser tan importantes como esas personas y escenarios que describe o interroga. Repasemos los libros de reportajes de John Reed y de Kapuscinski, o los de Pablo de la Torriente y Onelio Jorge Cardoso y comprenderemos que la primera persona del narrador y los pormenores de su andar por el terreno como testigo que se moja los pies, alzan el enunciado periodístico al cosmos de lo auténtico y creíble. Cuando falta esta “vivencialidad” y el autor no se llama García Márquez,  nos parece estar leyendo una anémica e insufriblemente nota informativa.

Eduardo Montes de Oca es hoy uno de los periodistas cuyo estilo señala el trabajo exigente en la selección y ejecución de la técnica y su expresión verbal. La cultura, principalmente adquirida por este periodista en lecturas disímiles más que en diplomas académicos, que lo tiene, le facilita reparar y asociar los detalles que, puestos de relieve, realzan el interés humano del reportaje.

Si alguien dudara de que en Cuba no hay periodistas con mayúsculas, porque nuestro periodismo adolece, a veces, de cierto apego a lo plano, Eduardo Montes de Oca, con sus artículos en Bohemia y con Guatemala, el milagro de la primera vez, su primer libro, demuestra que hay firma y talento para revaluar nuestros medios.

 

COLOQUIANDO CON LUIS SEXTO

Por Lianne Fonseca, Maylín Betancourt y Diannelis Silva
(Estudiantes de Periodismo

El II Coloquio Universitario de Periodismo con sede el 4 de mayo en la Universidad Oscar Lucero Moya,en Holguín, contó con la presencia de importantes figuras del periodismo actual como Luis Sexto, Premio Nacional de Periodismo José Martí en el 2009. La ocasión fue oportuna para el intercambio mutuo.

Luis Sexto es un periodista-escritor que ama a su profesión. Su labor y talento lo llevó a recibir el máximo galardón que otorga la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) por la obra de toda la vida. Cada viernes nos cautiva con su sección Coloquiando en el periódico Juventud Rebelde y nos hace reflexionar sobre los problemas sociales y políticos que enfrenta el país.

-¿Cómo se inició en el periodismo?

De modo bastante accidentado. Resulta que a los 25 años yo había ejercido varios oficios. Después de ejercer de vendedor de ostiones en los portales de Cuatro Caminos, entonces esquina célebre en la Habana, y de refrescos en la calle Muralla y de haber sido trabajador de la construcción, empecé a trabajar en ingenios azucareros como medidor de tierras. Dos años después, el MINAZ me envió a una escuela para estudiar topografía; me gradué, y en 1969 pasé al ejército; me licencié en el 71, conseguí empleo en la industria deportiva como bibliotecario, pero, como se puede deducir, yo no era feliz. En 1972 pasé un curso de corresponsales voluntarios y pude cubrir los juegos escolares de ese año –muy recordados por su masividad y esplendor- y ya no regresé más a la Industria Deportiva: la dirección de Divulgación del INDER en la ciudad de La Habana consiguió mi traslado para el departamento de Prensa. Y pocos meses después, me ascendieron como redactor del Semanario Deportivo LPV. Ya empecé a ser el que había soñado. De esa publicación partió mi vida profesional. Como es natural, ingresé en la Universidad y me gradué de periodista. En fin, todo lo vivido me ha servido para escribir.

-¿Por qué el periodismo como profesión y no otra?

-Tal vez esta pregunta sea tan difícil de responder como la de por qué nací con ojos verdes. En ambos casos diría que por determinaciones genéticas. Desde niño no me recuerdo de otra manera que soñando con ser poeta, periodistas, hombre de letras y además polemista. Lo misterioso de esta vocación es que en casa no había nada que la condicionara. Mis padres eran personas con pocas letras, aunque sí con muchas luces de cordialidad y decencia. Ahora, ya terminando mi carrera, me declaro incompetente para otra actividad que no sea el
periodismo y la literatura. El ejercicio de las letras ha justificado mi vida y la ha colmado de sentido, aunque yo no sea un clásico.


-¿Cuándo surge y con qué objetivo la sección Coloquiando del periódico Juventud Rebelde?

-La primera sección se publicó en junio de 2002. Y su objeto fue -y
es- el de abordar, en un espacio caracterizado por la misma frecuencia semanal, el mismo día y por el mismo autor, la situación político social de Cuba. Estilísticamente me propuse escribir de modo que el enunciado pareciera una conversación íntima, en un estilo apagado. Por ello la nombré Coloquiando, es decir, hablando cercanamente al lector, como bajito, entre él y yo. Eso es lo que me preocupa: el tono conversacional, lo cual me libera de estridencias o altisonancias.

-En esta columna usted opina, juzga y analiza los problemas que afectan a la sociedad sobre todo en el plano ético. ¿Qué lo motiva a abordar estos temas?

-Me parece que puedo identificar dos razones primordiales: asumir
el periodismo como un servicio social y solidario y como un ejercicio llamado a ejercer de instrumento de la conciencia crítica de la sociedad. Y si les añades mi inclinación polémica, pues tengo la fórmula que explica por qué opino sobre los problemas que afectan a nuestra sociedad, en particular en el plano ético. Si no los tuviera en cuenta para juzgarlos, creo que el periodismo no tendría sentido en la sociedad ni en mí mismo como profesional de la comunicación.

-Recientemente obtuvo el máximo galardón que otorga la UPEC, el Premio Nacional de Periodismo José Martí. ¿Cómo acogió este estímulo por la obra de toda la vida?

-Con mucha sorpresa, y luego con mucha gratitud hacia el jurado que reparó en mi obra y hacia cuantos se alegraron junto conmigo. Pero ello, como ya he dicho, no impide que yo piense más en mis insuficiencias que en mis aciertos, y salude la decisión que me premia, cuando todavía tengo una edad lo suficientemente apta como para intentar ganarlo con lo que me resta por hacer. Espero poder demostrarle al jurado que no se equivocó.

-"Solo el amor alumbra lo que perdura", al decir de Martí. ¿Continúa Luis Sexto enamorado de su carrera?

-Ya lo dije: vivo en periodismo y por el periodismo: lo asumo como una misión sacerdotal, como una orden de campaña que ha de concluir con la muerte. Deseo vivamente que, con mi último suspiro, quede en el aire la última palabra de mi último Coloquiando o de mi último poema o mi último relato. Si uno es capaz de vivir hasta el final con la primera mujer y única esposa y con la profesión soñada en la juventud, es porque perdura el amor.


-¿Qué opina del periodismo cubano?

-Al juzgarlo, me juzgo; soy parte de él, desde hace casi 40 años. En las redacciones respiran competentes periodistas: revolucionarios, cultos, con estilo; sin embargo, el periodismo no se entera, o se entera a medias. Influyen muchos factores. Uno de ellos es que la prensa, a partir de 1965. ha sido sometida a las coyunturas políticas internas y externas, y por lo tanto ha tenido que bajar la cabeza, justificadamente algunas veces y otras limitada por la acción burocrática para la cual la información periodística es una amenaza que pone en peligro sus asientos. Confío que alguna vez, nuestra sociedad socialista sea lo suficientemente racional para reconocer que la prensa, regulada desde dentro, con madura autonomía, es uno de sus principales resortes de perdurabilidad.

-A lo largo de su vida ha tenido diversas responsabilidades de
dirección periodística en Trabajadores, Prensa Latina, Bohemia. ¿Se siente satisfecho con la labor que ha desarrollado hasta ahora?

-Lo único que me satisface es lo que haré mañana; lo hecho hoy ya no lo puedo cambiar, y generalmente le noto imperfecciones. Pero, siendo sensato, crecí en un país en revolución y elegí servirlo en un sector sumamente complejo. Hice, quizá lo que debía: nunca aspiré a menos y ello me conforta. Ahora bien, no soy culpable de mi baja estatura, aunque sí creo tener el mérito de soñar con las estrellas más altas. De cualquier modo, la obra de la vida ha de ser siempre provisional, hasta el último instante.


-El periódico Juventud Rebelde ya acumula casi 44 años de su
fundación y tiene mucha aceptación por parte del público. ¿Cómo valora el trabajo que desarrolla este órgano de prensa?


-A Juventud Rebelde le agradezco que el último tramo de mi carrera profesional sea recorrido beligerantemente, en campaña; peleando por causas tan nobles como la independencia, la justicia social, el predominio sin manchas de la revolución. Es mérito de Juventud Rebelde nunca haber subvalorado a los periodistas mayores. Por el contrario, creo que nunca me respetaron tanto como en este periódico, a donde llegué casi con 55 años. Le pregunté entonces a Polanco si le inquietaban los viejos y él me dijo: al contrario, los necesitamos; ven para acá. Creo que con mi trabajo ayudo a Juventud Rebelde a estar cerca de la vida, y lo ayudo más que con mi presunta calidad, con mi cierta vocación juvenil por la lucha.


-¿Cuáles consejos daría a nosotros los relevos del periodismo?

-Tal vez los mismos que me daría a mí mismo. Primeramente, llenarnos de cultura, para ser capaces de asociar los fenómenos más distantes y disímiles; no escribir nada que no sepamos ni de lo cual no estemos convencidos; conceptuar la crítica como un método racional de análisis; creer que solo siendo interesantes seremos periodistas, y admitir que ser interesantes es también, entre otras calidades técnicas y estilísticas, escribir de modo que seamos claros y concisos, pero también amenos, armónicos, aceptables. Y un último consejo: poner la ética en un sitial tal alto que digan: podemos creerles porque viven y actúan como escriben.

-¿Proyectos?

-Escribir cuanto aún no he escrito, que es todo.


LA OBRA DE LA VIDA ES UNA QUIMERA

LA OBRA DE LA VIDA ES UNA QUIMERA

Por María Luisa García Moreno

Entrevista a Luis Sexto, Premio Nacional de Periodismo “José Martí

Luis Sexto es ese periodista-escritor buscado por los lectores en las páginas de cualquier publicación. Su firma resulta una de las más atractivas de la contemporaneidad cubana, tanto por esa capacidad de decir “al pan, pan y al vino, vino”, de reflejar en sus palabras las ideas de muchos, como por esa prosa exquisita de la cual hace gala. Es, sin duda, una de las figuras más verticales e incisivas del periodismo de estos tiempos. Ahora que ha recibido el más alto reconocimiento de la prensa cubana, la Casa Editora Abril conversa con Luis Sexto con el fin de conocer un poco mejor al hombre y sus motivaciones 

Acaba de recibir el Premio Nacional de Periodismo “José Martí” por la obra de toda una vida de servicio activo desde la trinchera de la palabra oral y escrita. ¿A quiénes recordó en ese momento?, ¿quiénes son las personas que han contribuido profesional o espiritualmente a que usted sea el periodista de excepcional calidad que es?

Tal vez lo que resulta de excepcional calidad sean mis propósitos de alcanzar una alta calificación en el ejercicio del periodismo. No me sonrojo al decir que me he entregado, sin condiciones, a mi vocación. Ese es mi mérito. Ahora bien, respeto el criterio de la entrevistadora y de otras personas. Cuando de pronto, sin estar habituado, uno se halla braceando en una mar de reconocimientos,  se confunde, duda y teme no ser de verdad digno. Pero me consuelo cuando viajo al pasado y empiezo a recordar a tanto amigo célebre que me auguró ese futuro que es hoy presente. Son muchos. Si no soy mejor, es por mi incapacidad para hacer fructificar el poco talento con que nací. Claro, no soy responsable de mis dotes, pero sí de no haberlas empleado con más eficacia. Pienso, pues, en José María Chacón y Calvo, que me enseñó la diferencia entre la palabra que empacha y la que se subordina al buen gusto; en Waldo Medina, que me recomendó que nunca desdeñara un espacio por mínimo que fuera; en  Dora Alonso, que me hizo ver que la autocrítica excesiva conduce a la esterilidad; en Enrique Pichardo, hombre sin fama, pero tan agudo que era  capaz de enmendar la plana de cualquier sesudo con una pregunta o una tímida observación. Y pienso en mi madre, Elda, que cuando yo era aún adolescente y ella vio mi vocación me animó diciéndome que sería mi secretaria cuando fuera famoso. Y en mi padre, Manolo, el obrero, el hombre sin letras, pero con el corazón diplomado en el amor y la cordialidad, que me trató siempre, aun desde niño, como un ser importante. Y pienso —excusen lo de patética que pueda resultar esta referencia— en mi difunto hijo menor, Víctor Manuel, que, siendo muy pequeño y yo aún un aprendiz, me dijo sentado sobre mis piernas mientras yo tecleaba un artículo: “Escribe duro, papá”. Y presente tengo a mi hijo mayor, Luis Felipe, que ha compensado todas las pérdidas: ha sido mi más reluctante y zahorí crítico; mis ideas se han depurado en la discusión, a veces apasionada, con su juvenil y madura lucidez. Y pienso, y doy gracias a mi esposa, Zenaida; ella ha garantizado mi retaguardia para que yo llegara, al fin, a ser un periodista y un escritor aún en cierne.

 

¿Recibir el Premio significa que, tras 40 años de labor, llegó al fin a la cima?

¿Se llega alguna vez a la cima? ¿Cuándo estamos en el pico propuesto y miramos arriba no nos seduce alcanzar el cielo? ¿No nos sentimos tan pequeños como la cabeza de un alfiler? Qué es la cima si no una altura relativa. Elio Constantín, otro de mis maestros, me dijo un día, siendo yo aprendiz: En este oficio del periodismo, el que cree que ha llegado, todavía  no ha arrancado. Repito: el Premio “José Martí” me ha beneficiado a tiempo para percatarme de que cuanto me resta de vida útil debe ser dedicado a tratar de merecerlo. La obra de la vida es una quimera: suele quedar corta.

Durante todos estos años ha ejercido un periodismo de opinión caracterizado por su honestidad y valentía. ¿Qué importancia concede usted a la labor que la prensa puede desarrollar en la Cuba de hoy?

Honestidad y valentía ha dicho. Y no de otra manera se ejerce el periodismo.  A 40 años de haber publicado mi primer artículo, repaso mi ejecutoria profesional y me doy cuenta de que la ética también es un aprendizaje lento. No he sido valiente en todo momento; alguna vez fui pusilánime. Y quebré la honradez plegándome a intereses seudopatrióticos pues, desde luego, no podían servir a la patria si eran deshonrosos. Y guardé silencio. Ya ve, desde “la cima” uno ve con más amplitud todo cuanto dejó de hacer o hizo mal. Ahora bien, he llegado a mis 63 años de edad convencido de que una sociedad sin prensa, sin una prensa que ejercida como instrumento autónomo de la conciencia crítica, se corrompe desde adentro. Este, ya parece claro, es el mayor riesgo de la sociedad cubana.

Simultánea a las tareas de periodista ha llevado la docencia.

¿Qué recompensa supone para usted esta labor? ¿Cuáles serían las principales recomendaciones que quiere trasmitir a sus estudiantes?

La docencia ha sido una extensión de mi vocación periodística; Kapuschinsky dijo que ninguna mala persona podría ser periodista, porque esta es una profesión que se ejerce para la gente y que se nutre y depende de la gente. Vivimos, pues, ofrendándonos,  arriesgando moral y físicamente lo que somos, incluso la vida. Por tanto, en el aula devuelvo algo de cuanto me han dado, y enseñar equivale, para mí, a un acto tan placentero como el de escribir. Siempre recomiendo a mis alumnos que el talento puede sobrar, pero sin la dedicación, sin la certeza de que el periodista lo es las 24 horas del día, las facultades pueden anularse o frustrarse.

Su prosa hermosa y vital le ha permitido publicar unos cuantos títulos, varios de ellos relacionados con el periodismo; pero ha dado a conocer también los poemarios Noticias de familia y Con luz en la ventana. ¿Cómo explica esa veta lírica en un hombre que usa la lengua como arma de combate?

Supongamos que la veta lírica  haya nacido conmigo, y presente ha de estar, incluso, en la “prosa de combate” que es el periodismo. He dicho nacido, porque de niño sentí habitualmente una tristeza indefinible, una inquietud anormal por la caducidad de todo; un día me preguntaron qué iba a ser cuando fuera grande y respondí: poeta. No creo que poesía y prosa  se excluyan. Salvando las diferencias insalvables, Martí supo combinar la poesía con las letras “fieras”; es más las enriqueció con su poética. La poesía, la veta lírica, corresponde a las esencias, y estas pueden circular, a veces irreprimiblemente, en la prosa.

En la recien finalizada Feria del Libro presentó un nuevo volumen. ¿Puede adelantarnos su título y tema?

Digamos que se vendió en algún lugar después del período internacional de la Feria. Es un pequeño volumen que reúne reportajes, quizás alguna estampa,  publicados la mayoría en Bohemia hace 15 o 20 años y también algunos en Juventud Rebelde en fecha más reciente. Son historias de personajes, es decir, presento a la gente común en su trabajo y ellos se van revelando como personas no tan comunes. Verdaderamente, ese era el periodismo que me gustaba: la búsqueda de personajes en lugares apartados o cercanos, aplicados a labores difíciles o con alguna singularidad. Se titula El camino siempre va a alguna parte. Y lo más que me escuece de ese librito son tres erratas imperdonables que me atribuyo. No hay justificación, ni mucho menos, culpar a otros. Solo me tranquiliza la certeza de que los lectores sabrán salvarlas.

Disfruté su maravilloso El cabo de las mil visiones: misterios y leyendas del cabo de San Antonio. Sé que fue publicado en Brasil y que la editorial Pablo de la Torriente salvó la honrilla nacional con una modesta y reducida edición.

¿Cuándo llegará ese libro al gran público cubano?

Le agradezco sus calificativos; sé que usted ha dicho eso mismo en otros sitios. Tal vez en alguna oración yo pueda pedir cuándo, cuándo llegará ese libro a tener una edición más numerosa. No tengo respuesta. Sé que otros juicios calificados lo han elogiado, como Joquín G. Santana, que profundizó en sus valores formales, exaltando la adecuación del lenguaje al medio y a la historia que narra. La editorial Casa Amarela, de Sao Paulo, también tuvo en cuenta el tratamiento del lenguaje. Y no tuvo reparo en hacer una fina edición, que agradeceré siempre al recién fallecido Sergio de Souza, director de esa casa editora, dedicada a publicar libros no escritos para el mercado sino para la sensibilidad. Para los brasileños, la reconstrucción del mundo mágico del cabo de San Antonio no fue un “tema local”.

¿En qué está trabajando ahora? ¿Qué sorpresas nos reserva aún Luis Sexto?

Proyectos existen: tengo trabajo hasta los 80 años. Que los realice con calidad, lo veremos. Ahora reviso un libro sobre Pedro Junco, célebre por su bolero “Nosotros”. Lo he concebido en coautoría con Viñas Alfonso, director de Palante. Investigamos, principalmente en documentos, y  el resultado rectifica el mito que envuelve al autor y su canción. Simplemente, hemos hecho un libro curioso que determina la verdadera causa de su muerte, revelador de que la novia de quien se despide en  “Nosotros” no fue una, sino muchas; en fin, datos que pueden interesar a cuantos se enternecen aún oyendo ese bolero, uno de los más universales de nuestra cancionística.

Quedan, además,  cuentos, una novela de autoficción que reviso y reviso y nadie conoce. Un poemario en fase de corrección. Y así otras letras y letrillas que llenan mi disco duro, además del periodismo y la docencia que me hacen olvidar que me voy poniendo viejo y ya recibo homenajes.

Y dejo a Luis Sexto “braceando en una mar de reconocimientos” —así, “una mar” con el cariño de los marinos o de quienes vivimos en esta Cuba rodeada de mar—, con esa modestia que lo caracteriza y hace de él lo que es: excelente persona, reconocido periodista y, a la vez —si es que eso no resulta una incongruencia—, desconocido escritor. Quizás “la mar de reconocimientos” llegue hasta allí y le abra a Luis las puertas de nuestro mundo editorial. Les aseguro que desde el libro, tiene también mucho que decir… (Casa Editora Abril)

 

PALABRAS DE LUIS SEXTO AL RECIBIR EL PREMIO JOSÉ MARTÍ

PALABRAS DE LUIS SEXTO AL RECIBIR EL PREMIO JOSÉ MARTÍ

En estos momentos, para mí cobran particular certeza los versos bíblicos que afirman que la vida humana dura lo que un suspiro y pasa como una sombra. Ahora, cuando recibo el Premio José Martí por la obra de la vida, que intenta hacerme ver que mi existencia no ha sido estéril, me percato, al sacar las cuentas, de que el tiempo ha sido poco y lamento que no me haya alcanzado para acumular las obras que tranquilizaran mi autocrítica y me justificasen ante mi profesión y ante mis compatriotas.

No han de tomarse mis palabras como una manifestación de modestia excesivamente interesada en remarcar una humildad tan vanidosa que satisfaga su egolatría en la imagen de una pequeñez artificial. Pero, aparte de cualquier embarazo íntimo, de cualquier autoexigencia que afinque mis pies en el suelo, debo agradecer al Jurado, cuya integridad ética y profesional se libra de cualquier sospecha, que me haya elegido, que haya reparado en mi obra para destacarla, en esta ocasión, sobre la obra de numerosos colegas. Agradecido y honrado estoy. Y también más comprometido con mi país y con mi deber.
Sí, compañeros y colegas: en momentos como estos -nunca previstos en medio de la campaña del trabajo- es cuando uno siente e identifica la dimensión total de ser miembro de un cuerpo, del cuerpo de la patria. Tal vez no haya mayor gloria que admitir desde la natural y común poquedad humana, que uno ha sido una pieza, una misma pieza, con la que también ha contado el engranaje de la nación y sus causas primordiales.
Cuantos me conocen saben que no me place separar trabajo de individualidad, ética de conocimiento, debate de sensibilidad y letra de convicción. No he asumido el periodismo como un casual atraque en el primer espigón que se me presentó en la travesía. Desde mi juventud temprana intuí que solo podía vivir en plena consonancia con mis compatriotas mediante el periodismo entendido como una vocación de servicio. Martí estuvo rondando con su influencia esa mi juvenil aspiración. Y hoy, cuando me premian en la base de este monumento al Fundador, lugar que se erige como el corazón del país,  confieso que si un mérito pudiera yo reclamar, en justicia, sería el de haber intentado ejercer el periodismo como un empeño de construcción cultural y política, y de creer, a prueba de decepciones, que cuanto se dice, se defiende, se sostiene, se informa en un medio de prensa, es tan básico para la sociedad como el arado o el torno, como la escuela o el discurso, o como el fusil que preserva, en extrema circunstancia, nuestra independencia y nuestros sueños de igualdad, libertad y solidaridad.

Si han de premiarme, pues, que sea por esa fe en cuanto escribo en periódicos o cuanto digo en radioemisoras Si han de castigarme -digo, si ello fuera imaginable- también deberían hacerlo por insistir mantener beligerante nuestro papel de periodistas, por pretender consolidar, responsablemente, la función que las sociedades humanas, y sobre todas la socialistas, le asignan a la prensa. Como el violín no es la orquesta,  tampoco la prensa es el ombligo de la sociedad. Pero de la misma manera que la orquesta no suena completamente sin el violín, la sociedad sin la prensa carecería del cordón umbilical que le suministrara aire y alimento. Y lo confieso con honradez: entre mis convicciones defiendo la que me confirma solo como un instrumento de la conciencia crítica de la sociedad. Y como ello, como instrumento voluntario, he recibido respeto y reconocimiento

Concluyendo: si alguna duda enfrió mis horas en algún instante triste, si alguna vez la depresión me insinuó entrever que cuanto yo hacía era inútil, hoy adquiero la noción de que si la vida humana es breve como un suspiro, no he pasado como una sombra. Junto a miles de colegas y millones de compatriotas he tenido la fortuna de militar en la épica de la Revolución, conciente de que  el guijarro de un arroyo apenas advertido integra también la base de la patria.  Al finalizar, creo expresar el sentir de los premiados con el Juan Gualberto Gómez por la obra de un año, jóvenes todos llamados a mayores cristalizaciones; creo, repito, expresar en su nombre la gratitud por este momento único que, como diría un hombre que nos sirve de modelo -Che Guevara- compensa con creces cualquier desgarradura, en este largo aprendizaje de ser útil en una vida que se nos queda corta. (11 de marzo de 2009, Memorial José Martí, Plaza de la Revolución, La Habana)









Dictamen del Premio Nacional de Periodismo José Martí 2009

Tras analizar con todo rigor los expedientes de los 38 candidatos propuestos por las delegaciones de base de la UPEC, el Jurado del Premio Nacional de Periodismo José Martí por la obra de la vida del año 2009, en una tarea nada fácil por haberse reunido en la presente edición un conjunto de profesionales de larga trayectoria y muchos méritos, aprobó por mayoría otorgar el Premio:

 - A un periodista que desde hace 40 años ha incursionado indistintamente en la crónica, el reportaje y el artículo de opinión en distintos medios, combinando adecuadamente la hondura de los mensajes y la serenidad y la elegancia en el uso del lenguaje. 

- A alguien que en su trabajo profesional ha abogado siempre, guiado por el pensamiento de José Martí, para que la verdad se abra paso y por hacer un periodismo ético y digno servidor de la patria y de la revolución.

 

-A quien ha tenido diversas responsabilidades de dirección periodística en Trabajadores, Prensa Latina y Bohemia, y cuya voz se hace sentir actualmente en programas de opinión en Radio Rebelde, COCO y otras emisoras, y en una columna semanal en Juventud Rebelde. 

- Se destaca, además, en el periodismo digital, llevando la realidad de Cuba al mundo, en blogs personales que atiende sistemáticamente, y que tienen buena aceptación.

- Y si lo anteriormente expuesto no fuese suficiente, se trata de un profesional que ha puesto sus conocimientos y experiencia al servicio de los demás. Formando parte desde su fundación del movimiento docente Elio E. Constantín, que lo lleva frecuentemente a distintas provincias; acudiendo a las aulas de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de La Habana, donde es profesor adjunto desde 1988, o a las del Instituto Internacional de Periodismo José Martí, a cuyo claustro de profesores prestigia desde el 2002. Además, ha impartido cursos sobre periodismo en Bolivia y Venezuela. Y es autor de una docena de libros, algunos de ellos realizados para contribuir a la formación de las nuevas y futuras generaciones de periodistas.

Muchos otros méritos y servicios al periodismo revolucionario podríamos señalarle a este singular cronista y articulista, de estilo depurado, de juicios filosos, polémicos en no pocas ocasiones, pero que han ayudado a sembrar conocimientos y conciencias, a desarrollar el pensamiento e identidad nacionales. 

En fin, el cuadragésimo cuarto Premio Nacional de Periodismo José Martí, el máximo galardón que otorga la Unión de Periodistas de Cuba desde 1991, se adjudica a quien  ha tenido un elevado compromiso político y social, a alguien que un integrante del Jurado, en medio de la discusión de las propuestas, calificó como “un genuino guerrero” a favor de un mejor periodismo. 

El Premio del 2009 es para LUIS SEXTO SÁNCHEZ

Dado en La Habana, 19 de febrero de 2009

“Año del 50 Aniversario del Triunfo de la Revolución”

Y firman la presente acta los integrantes del Jurado  

Juan Marrero González (Presidente)


Antonio Moltó Martorell


Rolando Pérez Betancourt


Juana Carrasco Martín


Hugo Rius Blein


Omar George Carpi


Maribel Acosta Damas


Edda Diz Garcés


Livia Reyes Ramírez


Orlando Romero Fernández


Miguel Torres Espinosa


Víctor Pérez Galdós


Jorge R. Bermúdez Ortiz


Juan Ayús García


Néstor Santamarina Pérez

    

 

LIBROS PUBLICADOS EN CUBA (5)

LIBROS PUBLICADOS EN CUBA (5)

Por Luis Sexto

¿Tiene necesariamente el periodismo que morir con el día? Esa es una pregunta que lamentablemente tiene más de una respuesta. Algunos, tal vez suscritos al facilismo, estiman que cuanto se escriba para la prensa, debe carecer de un interés que vaya más allá de la información utilitaria y perecedera. Otros, que respetan al periodismo como arte, intentan llenarlo de vida mediante el elixir de la calidad. Este es el caso de José Martí. Sin tropezar con la criolla exageración podríamos afirmar que nada, o muy poco de cuanto escribió el Apóstol para los periódicos y revistas, se murió con su tiempo.

 Uno lee cualquier texto de las Escenas norteamericanas de sus obras completas, crónicas y a veces reportajes que despachó para periódicos de América del Sur, y ve en esos enunciados un modo de decir que, al organizarse artísticamente, superan el nivel medio de su época y perduran en los tiempos actuales. Sí, confírmelo leyendo ese reportaje magistral titulado El terremoto de Charleston: Parece cine por la vivacidad y el dinamismo activo, rápido,de su narración. Incluso, quizás una cámara no pueda captarlo con tanta exactitud y con tanta emoción.  En fin, hablo de ese periodismo que no muere y que cautiva, porque entre nosotros anda un libro titulado El periodismo como misión, de la Editorial Pablo de la Torriente, en el que algunos especialistas estudian el periodismo de José Martí. Expertos en la obra martiana como Fina García Marruz, Pedro Pablo Rodríguez, Salvador Aias, Iván Shulman, Carmen Suárez León y otros nombres capaces, confirman en sus estudios la naturaleza artística de la prosa martiana. Y en particular su prosa periodística.  En El periodismo como misión se afirma que cuando Martí escribía sobre “un tema   cualquiera, todas las partes se iban ordenando, engarzando uunas en otras con precisión artística y coherencia ideológica, parfa conseguir los efectos, nunca gratuitos ni frívolos, que se proponía.”

 Martí, hemos de decirlo, es uno de los pioneros del llamado periodismo literario, esa mezcla de información noticiosas y literatura puesta al servicio de la comunicación.  Quizás, después de Martí, nadie debía atreverse a decir que el periodismo es oficio de poca monta y de escasa aspiración.  Es una misión, honrosa y respetable. Que el Apóstol supo respetar ejemplarmente.

 

 

¿CUÁNDO, DÓNDE?

¿CUÁNDO, DÓNDE?

 Por Luis Sexto

De dónde habrá brotado mi vocación por el periodismo. A quién se la debo. Apareció de improviso, impensablemente, en la niñez, como la caída de una estrella cuyo destello te alumbra aunque estés lejos del fuego. Y digo periodismo porque periodista soy, pero fue una inclinación por la palabra escrita. Cuando en casa -donde no había un libro- me preguntaban qué iba yo a estudiar cuando fuese mayor, respondía invariablemente: Yo voy a ser poeta.

Poeta o periodista, o periodista y poeta qué más da. Ambos oficios, ambas sensibilidades, se conciertan en el gusto por la forma de las palabras y por el apego a lo primordial de la vida: el dolor por  la injusticia y el orgullo de resistirla, la solidaridad con el que sufre y el júbilo por el que trabaja y vence. Tocó al periodismo acogerme como horno y medio donde radicar mis inclinaciones y mantenerlas con lo que los latinos llamaban el pane lucrando. Y sobre todo compuso el horno y el medio donde aguzar mi olfato sentimental al sintonizarlo con un ejercicio cuyo interés se  enraíza y se nutre en el humus, lo humano, de la sociedad.

Y entré en ese andamiaje de técnica, estilo, disciplina, rigor,  a través del pasadizo que me labró, cuando ya mis esperanzas se habían entibiado, el movimiento de corresponsales voluntarios. Recibí una silla en una redacción a los 27 años. No tenía ningún título, porque una parte de mi generación tuvo que armarse cuando aún todavía la infancia no era un lineal proceso que terminaba a los 23 años con un pergamino universitario. Me había preparado, por supuesto, en la escuela de los que quieren a toda costa: la lectura. Pero a esa edad ya resultaba muy comprometedor que alguna publicación te diera un puesto, sin mostrar como mínimo el diploma de bachiller.

Suspiraba, pues, por mi vocación fallida sobre una mesa de bibliotecario, luego de ejercer como vendedor de ostiones y refrescos, trabajador de la construcción, agrimensor, soldado. En algún momento, en el buró regional de prensa de Plaza, topé con Leandro Carvajal, cujeado periodista que trasmitía la técnica del lid, el saber precisar y redactar el quién, el qué, el dónde y el cuándo de los acontecimientos, a los que querían ejercer de suministradores voluntarios de noticias. Más tarde, en la Unión de Periodistas, Ricardo Cardet, de vuelta de todos los entresuelos de la prensa, se conmovió tanto ante mi empeño que cada mañana me citaba en la casona de 23 e I, para ayudarme a desflorar “la virgen triste”de mis sueños.  Fue el primero que me enseñó que la palabra es una música.

Entre, sin embargo, con un equipaje que me ha aportado los paños básicos del oficio: la experiencia vital. De la gente y sus misterios aprendí durante esas horas al lado de un puesto de ostiones -legítimos de Sagua- en los portales de Cuatro Caminos. O vendiendo refresco de melón en la calle Muralla, vía y corte de cuantos entonces pretendían comprar barato. En la ostionera afronté la primera oposición a mi afán por la cultura, porque el propietario de aquel punto me sorprendió leyendo, y me lo prohibió con el argumento de que espantaba a los clientes.

Traje al periodismo, además, el respeto por su grandeza. Escribir nunca me ha resultado un expediente baladí, una faena carente de conflictos. A las escuelas de curas -incluido el seminario salesiano- donde estudié durante cuatro o cinco años, había llevado decidida mi inexplicable, espontánea, inspirada vocación por las letras. Mis composiciones ganaban allí crédito. Pero nunca el cien. El profesor de redacción, el entonces  joven dominicano Teófilo Castillo -hoy todavía mi hermano- me calificaba con 80 puntos. Un día le reclamé.

-¿Y por qué esa injusticia?

Y él, en un acto pedagógico que aún le agradezco, me trasmitió la más clara lección de estilo de mi vida.

-El cien –dijo- es solo para Cervantes y Shakespeare. Intenta  a ver si puedes.

Y aquí sigo. Tratando de ganar la nota. ¿No es así, Padre Castillo?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EN SOLEDAD Y SILENCIO

EN SOLEDAD Y SILENCIO

Por Luis Sexto

Los periodistas hablan o escriben todos los días. Es su oficio. Quizá su destino. Mueren, y poco antes han firmado –o filmado- la última expresión de su trabajo, de su abnegada actitud de arriesgarse por servir a la gente y a la historia. Por ello, de los periodistas hay que hablar o escribir todos los días. Soy periodista, pero me inclino como acto de respeto ante el signo y el sino de mis colegas, que asumen una de las profesiones más peligros del mundo, quizá la más peligrosa.

Los peligros provienen de la propia índole del oficio. En cualquier sitio. Hay riesgos al cubrir una guerra, al develar truculencias políticas, al descubrir los canales soterrados de la droga, al caminar por geografías abruptas, al cruzar ríos crecidos, al creer en la libertad, al equivocarse, que suele ocurrir… En fin, cualquier riesgo por servir de espejo al mundo, para que el mundo se conozca entre sí y en sí.

Hoy quiero más bien hablar del libro de un periodista. Está compuesto por crónicas de todos los días. De esos textos que uno ha de concebir sin ninguna excusa para dejar de escribirlos, grabarlos o filmarlos. El espacio no puede esperar, como la novia al novio que fue a la guerra. La vocación nos exige encontrar las fórmulas, en medio de la urgencia o del desgano. Y toda esa angustia se vive en soledad y en silencio. Ahora bien, no porque sea un acto realizado de prisa y brevemente, el periodismo es eso que algunos tachan de “faena menor”. A veces -y esa es su grandeza-, a pesar de la obligación y la rapidez del cierre, los textos periodísticos no mueren con el día, como escribió Julius Fucik en su admirable Reportaje al pie de la horca, y pueden sobrevivir en un libro.

Un libro, pues, soporta las crónicas de Enrique Milanés, corresponsal del periódico Granma en Camagüey. Confieso que Milanés –apellido de prosapia poética y patriótica- ha constituido para muchos de nosotros una revelación. Los colegas de las provincias conocen a los colegas de los medios nacionales. Pero estos suelen no conocer a aquellos. Es obvia la causa: no los leemos en la capital, salvo alguien que se interese por razones muy personales. Hemos, así, descubierto a Enrique Milanés. He leído y releído su libro titulado Crónicas raras y otras redundancias, de la Editorial Ácana, y cada vez me sorprende un matiz, un acierto, una originalidad no vista antes.

Me he alegrado al “descubrir”a Enrique Milanés. Me percato que el talento no tiene lugar, ni fecha. Y a veces carece de fama y también de comprensión. Milanés escribe poniendo en guardia la creatividad, la imaginación, y dota a su estilo limpio, afilado, de un tímido humor que se transforma en ironía, una ironía tan sagaz que punza como la caricia de una pluma en los pies de un ser humano.

No sé que más decir. Tal vez, que quien merece ser “descubierto” por Milanés soy yo, inhábil periodista de la capital, que, en su prisa, se le olvida mirar hacia los lados y ver puntualmente a la gente buena y talentosa que nos acompaña en el ejercicio de este oficio tan peligroso y, a ratos, tan incomprendido.