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PATRIA Y HUMANIDAD

Literatura

LA PACIENCIA DEL PAPEL

LA PACIENCIA DEL PAPEL

Por Luis Sexto
Recuerdo haber comprado el Diario de Ana Frank hacia 1964 o 65, cuando los precios de La moderna poesía, en Obispo y Bernaza, pesaban menos. Entonces, como hoy, el mundo exaltaba a la muchacha por su Diario, publicado en 1947 con 1 500 copias y cuya cuenta actual atesora 60 traducciones y 30 millones de ejemplares vendidos.
El sueño de Ana Frank -que confesó que su mayor ciencia consistía en conocerse a sí misma- era ser periodista, escritora, novelista, mujer célebre. Y lo cumplió sin vivir más de 16 años y solo con 324 cuartillas, escondidas antes de que la GESTAPO revolviera la casa clandestina de su familia alemana y judía, en Ámsterdam. Solo un libro y una multitudinaria fama que ha solidificado el nombre de la autora –según una selección de la revista Times- entre las cien personas más influyentes del siglo XX.
Cualquier escritor se desanimaría al compararse con Ana, juzgando abultado el propio currículo editorial y sabiéndose casi desconocido, u olvidado. Pero ciertos únicos libros dependen de autores únicos o de circunstancias únicas, o de ambos a la vez. Porque si Ana Frank no hubiera muerto de tifus en el campo de concentración de Bergen Belsen dos meses antes del aguillotinamiento del nazismo, no sabríamos de su Diario: ella misma aseguró que nunca lo mostraría a nadie, salvo al amigo o la amiga que no tenía. O si lo leyéramos con la autora viva y madura, nos parecería quizás el anticipo adolescente de un estilo.
Leí el Diario de Ana Frank en la sexta edición de la editorial argentina Hemisferio. Posiblemente en aquellos tiempos de los 60, mi edad, próxima a la de la autora adolescente, estorbó que la asumiera dotada precozmente de los escalones de la ascensión. Tuvo que hacérmelo ver el prólogo del francés Daniel Rops, durante el momento en que el prólogo, para mí, se trastoca en epílogo. Porque los leo como si fueran la poslectura, las últimas palabras del libro. Acudo a su presentación después de haber formado mi criterio sobre la obra. Leer es un descubrimiento, a más de un deslumbramiento. Y descubrir es una vivencia original, exclusiva, personal, de esfuerzo propio. Al final, el dedo del especialista podrá rectificarnos. Completarnos. Darnos la razón. O aventar la neblina.
Y la crónica de Rops aún me zumba en los oídos. El traductor trasladó el ritmo enfático, incisivo, de siete leguas, del prologuista. Y yo me rendí ante aquella furia que grababa a dentelladas en mi memoria la personalidad de Ana Frank. “Acabo de doblar la última página de este libro, y no puedo contener mi emoción. ¿A qué habría llegado la maravillosa niña que, sin saberlo, ha escrito esta especie de obra maestra?” Releo a Rops. Y he vuelto a releer a Ana. Me he dejado conducir por el tono conversacional de su Diario, mudo interlocutor al que ella nombró Kitty, la amiga o el amigo del que Ana Frank carecía aquel 12 de junio de 1942 cuando su familia le regaló, por su cumpleaños 13, una libreta para que anotara sus pensamientos y sentimientos infantiles. Luego, al tener que esconderse en una apartamento simulado –el anexo en español, o la casa de atrás en alemán- derivó hacia un testimonio que ha sido y será el balido de la oveja en la conciencia del lobo. Insufrible reproche.
Otto Frank, el único sobreviviente de la familia, fue el primero en comprender que el diario de su hija no era el acta de caprichitos, enamoramientos furtivos y fugaces, quejas sobre papá o mamá que él podía suponer según el manual desactualizado de la educación filial. Los padres solemos conocer fuera de hora a nuestros hijos. Y los lectores admitimos también tardíamente la influencia de un libro en nuestra vida. Porque uno o dos años después, empecé a escribir un diario. Quizás Ana Frank me había trasvasado la necesidad de hablar con el papel, de mirarme en las letras más recónditas y sin aspiraciones de gloria para aprender a conocerme. Porque, como ella se dijo citando un refrán, “el papel es más paciente que los hombres”.
Y ciertos hombres menos humanos que un libro.

TODO A CAMBIO DE LA PALABRA

TODO A CAMBIO DE LA PALABRA

 Por Luis Sexto

En la escueta soledad de una celda, el poeta y dramaturgo uruguayo Mauricio Rosencof confirmó la perdurabilidad del único dogma literario que ha resistido el tiempo: la poesía no puede ser encarcelada.

Libre desde hace más de 25 años, Rosencof continúa escribiendo y de vez en cuando recordando cuando, en 1972, junto con Raúl Sendic y otros siete miembros del movimiento Tupamaros,  fueron confinados a una celda de dos metros de ancho por un metro de largo. Allí permaneció trece años, hasta 1985, acompañado tan solo de un camastro y un tosco recipiente donde oficiaba sus más apremiantes urgencias fisiológicas. Si sobrevivió al aislamiento y la tortura fue gracias a que la imaginación –como el Hada Madrina viste de seda a Cenicienta- convirtió en poesía la opresiva circunstancia que lo acosó con la lentitud de lo que parecía nunca terminar.

Cada mañana se levantaba conversando con sus camaradas, insultando a sus verdugos y luego paseaba con su mujer por el malecón: así logró permanecer vivo, porque “los sueños son el motor de los revolucionarios”. Diría yo, sin embargo, que los sueños son el impulso de todo el que vive trasegando lo verosímil intocable  por sobre lo real ultrajado.

Lo conocí en La Habana, recién liberado. Su pelo, blanco; rostro avejentado, que paradójicamente conservaba cierto fulgor de adolescente. Mientras bebía mate en una bombilla que había traído de Montevideo, me contó detalles de su prisión. En su celda escribió poemas y obras de teatro. Objetivamente no podía hacerlo. Sus carceleros se lo tenía vedado, y varias obras viajaron a las cenizas. Pero algunos de sus textos pudieron esquivar el destino del fuego, burlando la vigilancia en los dobladillos de la ropa usada. Así escaparon indemnes las estrofas que integran sus libros Conversaciones con la alpargata y Canciones para alegrar a una niña.

La poesía no puede ser encarcelada. Los poetas, sí, en apariencias. Porque hallan su libertad dentro, aún más adentro de su celda: en la sensibilidad que deglute la opresión y el dolor y los devuelve metabolizados en un desahogo que fortalece el ánimo afligido y justifica el tiempo cercenado. Es la resurrección mediante la imagen eterna de instantes que habrán de ser perecederos. La poesía es el arte de permanecer buscando, registrando la raíz del deseo más allá de lo posible. ¿Podrá la poesía ser ingenua, podrá descubrir que la engañan? Sabe que la pueden engañar, pero persiste, porque su justificación radica en perseverar humeando sobre el instante soñado. Hemos de permanecer, pues, difuminados por la ilusión de la luz, incluso por la ilusión del cuerpo ajeno que uno presiente como soldado a nosotros invisiblemente.

La poesía va más allá de la razón. El poeta es un referente del Homo Demens, del hombre imaginativo, féerico cristal que refleja un modo más sutil de explicar, superar o de entender su circunstancia. Al raciocinio seco, objetivo, lógico, le resultará trabajoso trascender las paredes limitadoras de una cárcel. Para el poeta la libertad se cristaliza, sobre todo, en su facultad de encapsularse en un verso, en el hondo removerse hacia lo más interno, como si los caminos de la salida viajaran al centro del universo. ¿Podrá palparse mayor paz que las del poeta que acaba de componer los versos que, para él, son la suprema forma de la concreción humana? Quizás  el acto poético sea la contemplación, o auto contemplación, del individuo, como sugería Francois Mouriac al valorar la función de los diarios íntimos, refiriéndose al de Amiel.

La poesía, según un poema del dominicano Manuel del Cabral -que Paul Eluard reconoció como la mejor definición de poesía que había leído-, es agua tan pura, limpia, “casi nada”, “que da trabajo mirarla”. Del otro lado, el mundo. Pero –deduzco- el mundo pulimentado por la materia  iluminada del poema: agua intuitivamente lúcida, dolorosa, que fluye durante esa “conversación en la penumbra”que dijo Eliseo Diego que es un poema: coloquio con la sombra, levedad de la palabra, que salta y huye entre los pliegues de una libertad irreprimible. El abate Bremond preguntó, sin responder definitivamente ante los académicos franceses, qué era en fin la poesía. Juan Ramón Jiménez prefería sentirla que definirla. A fin de cuentas, qué es la poesía. El poeta ecuatoriano Miguel Sánchez Astudillo, terminó un ensayo sobre esa incógnita aceptando que quizás era lo más humano del Hombre.

De un viaje reciente a lo que fue un ingenio azucarero, fábrica de azúcar ya apagada, traje unos versos de un hombre madurado en el aprendizaje y el ejercicio del trabajo. Sabe de caña: la ha sembrado, cortado, regado. También de nubes: es observador meteorológico. Y sabe de lecturas y finezas del espíritu. Por ellas persevera en el campo sin que lo inquieten venenos migratorios. El poema sintetiza despojadamente los días, y la pasión con que los vive el poeta: “Doy todo/ a cambio/ de la palabra. / Que no me falte. / Doy hasta la voz. / Doy hasta el silencio. / Doy hasta el ocaso.” La palabra para él es eso: la salvación. Y es capaz de comerciarla, incluso por cuanto es y cuanto lo rodea. Porque sin la palabra, base y medio de la cultura y de la poesía, nada, ni su persona, tendría sentido. Ni cimiento. Qué dialéctica la de este poeta alejado de las ínfulas de gran revista. Vacunado paciente contra la vanidad. Anónimo residente del ritmo interior de la plenitud.

La teoría puede disponer de ese episodio, detalle práctico, para ilustrar la finalidad convivente de la cultura, y en particular la expresión poética, como basamento del ser, sentido de la existencia para quien convive con el semejante o con la estrechez de su miseria. Ante la obra de transformación que la cultura enladrilla basándose en la sensibilidad, uno admite que sin su intervención la vida se vuelve solo acción respiratoria, metabolismo irracional. Lo intuí desde muy joven. En mis meses de becario -aquellas jornadas monótonas, rutinarias, en una escuela donde cabía mi juventud de entonces- tuve necesidad de la utopía. La utopía, impulso ducho de la cultura, vale como esperanza: nos inspira ir más allá de este paso. Ea, otro paso. Otro. Y al acostarme, las noches claras me permitían desde mi litera arrobarme ante el paisaje literario de dos mangos silueteados sobre el fondo de la oscuridad. Atmósfera de Poe. De Baroja, quizás. Ilusión romántica, tal vez. Pero el goce de aquella vista, trascendida por la imaginación, empezó a modificar el valor de  mis días: simple tramo para la cita con aquel pedazo de paisaje.

No existe, pues, espacio hermético, mazmorra limitadora para la libertad interior del poeta, del hombre o la mujer con la conciencia fermentada en la cultura. Habitualmente, la prisión hala al recluso hacia atrás, lo impele a caminar de espaldas en un retroceso hacia la perversión de las costumbres. La conciencia moral se le embota; solo, el preso, como hábito, se transforma en una bestia de presa: si quiere sobrevivir ha de aparentar ser el más fuerte de la jauría. La conciencia se le exilia si la cultura o la poesía en lo particular no lo sostienen. Ambas poseen el mismo valor que la fe religiosa. Dimana de sus instrumentos de percepción y expresión, el soplo sutilmente fecundante que genera la vida verdadera del espíritu sobre la elemental circunstancia de la cárcel. He lamentado no saber cómo Fray Luis de León vivió cuatro años en las mazmorras de la Inquisición española. De fuente buena se afirma que la mitad de las páginas de Los nombres de Cristo le cuajaron entre los muros carcelarios. Habrá tenido el lírico ocasión de replegarse tanto en su interior que por ello, al salir inocente, regresó a su cátedra universitaria en Salamanca y pudo decir, como dicen que dijo con el natural tono del que nunca se ha ausentado: Decíamos ayer…

En la palabra, pues, en el Logos constructivo e inmarcesible de la sensibilidad, el Homo Demens reencuentra aquello que no tiene y que paradójicamente no ha perdido. Porque la poesía, al no poder ser jamás encarcelada, preestablece una actitud de digno erguimiento: como la oración del creyente, palabra, pura palabra filtrada, agua de angustia decantada por el dolor, que al humillarse ante la propia impotencia, fortalece la entereza para trascenderla. Y sale al sol por las compuertas del sótano.

 

 

POESÍA Y POLITICA

POESÍA Y POLITICA

Por Luis Sexto

Inmiscuyámonos hoy en los asuntos propios de un poeta. No es la primera vez que esta columna se aparta de sus asuntos más recurrentes, para transitar por las páginas de un libro. Y me parece justo dedicarla a la obra de a un actor y dirigente político fallecido en 2008, que fue –es- poeta. Varios de mis lectores quizá se sorprendan: ¿Poeta el héroe de la popular serie de TV En silencio ha tenido que ser, el pesimista medio cínico de Memorias del Subdesarrollo, filme de Tomás Gutiérrez Alea? ¿Poeta el presidente del Instrituto Cubano de Amistad con los Pueblos? Si, Sergio Corrieri poeta. Y con plenitud de derecho y por tanto de reconocimiento.

Destinado en primer término a ser presentado en la Feria del Libro de 2010, el poemario titulado Asuntos propios acaba de salir de la imprenta como un libro póstumo. Es decir, cobra editorialidad –válgame el término- un año después del fallecimiento del autor, que había nacido en 1939. Pero no es póstumo en cuanto a que deba asumirse como un homenaje necrológico. Por el contrario, se nos aparece como el “cuéntame tu vida” de un hombre que se vuelve hacia sí mismo, hacia su más lacerado interior, y se descubre partiendo de las orillas, luego transita por la superficie y toca el fondo. Y si algo extra pudiera atribuirse a este libro relacionándolo con la muerte del poeta, Asuntos propios vendría a componer el testamento literario y político de un hombre que en todos estos versos solo atestigua el haber vivido.

No es su primer poemario. En 2002, también publicó Los Noventa, y un año más tarde Del mar y los peces. ¿En cuál tendencia poética insertar a Corrieri? ¿Es necesario que se guarezca bajo una escuela, una tendencia?  Lo valoro como un poeta vital que se examina y se juzga sobre la hoja clínica de su vivencia. Si los aciertos epigramáticos y principalmente un sutil fluido irónico presentan los poemas de Los noventa como un hecho ejemplar en la poética de la resistencia, en Asuntos propios el autor continúa distinguiéndose por la eficacia de la síntesis encapsulada en un tono coloquial, que no coloquialista. Pero la actitud del conversador –actitud del que comparte, simpatiza, cuenta con el otro- deriva en este libro hacia lo lírico sin renunciar a su mirada crítica, cáustica por sugerente y filosa. Porque Corrieri, habitualmente, maceraba su verso en una filosofía en que la estética y la política se juntan sin lastimarse.

Entre los textos de Los noventa, “Anuncio” sirve para demostrar cuanto he dicho: “Se permuta/ casa vacía de ilusiones/ sala enorme de soledad/ corredor sin aromas/ cocina inmaculada/ pasillo fantasmal/ dos cuartos completos de negociaciones/ medio cuarto (de desahogo)/ por un pequeño espacio/ con esperanzas.” Ahora,  en Asuntos propios, el titulado “Desde el fondo” me parece el más apropiado para convenir en esa alianza de poesía y política sin pérdidas de uno u otro lados: “¿Nunca has tenido el corazón/ cansado como un perro/ que apenas mueve la cola/ cuando lo llama su dueño?/ ¿Nunca has tenido el amor/ dormido/ de un sueño de desvelos/ con unas ganas profundas/ de no ser?/ ¿Nunca has atentado contra ti?/ ¿Nunca te has llevado a la pared/ y sin venda en los ojos/ tu voz ha ordenado fuego?/ ¿No?/ Jamás podrás entender.” 

A mi modo de leerla y de interiorizarla, la poesía de Sergio Corrieri nos acompañará como un documento cercano, una visión sosegada y a la vez aguda de un tiempo donde se mezclan las ruinas, los sueños, los bandazos y los impulsos creadores. Una voz y una visión  sinceras  y desgarradas, que asumen el oficio de la farola que alumbra a la vez, sin manipulaciones malévolas o inocentes, la línea blanca recién pintada y el bache de la calle.

Ese hombre múltiple que fue Corrieri nos recuerda, pues,  que la poesía no puede dejar de ser un acto de libertad y de servicio.(Publicado en Juventud Rebelde)  

LAS MEMORIAS DEL PASTOR

LAS MEMORIAS DEL PASTOR

 Por Luis Sexto

Libros publicados en Cuba

El reverendo Raúl Suárez Ramos tiene sus memorias en las librerías cubanas. Curiosamente, otras figuras de la política, la literatura, el arte -Raúl Valdés Vivó, Daniel Chavarría, Lionel Soto, Raúl Martínez- también han sacado al aire los recuerdos de los últimos 50 años y un poco más atrás. Al parecer, se impone en Cuba la tendencia a no dejar los hechos en los libros de Historia, distantes y estériles, sino echarlos al aire contaminados con la subjetividad de cuantos se sumaron a esta época contradictoria y a veces incierta de la Revolución.

Las memorias tal vez respondan a un propósito de decir: he vivido, que afirma y confirma a quien recuerda y cuenta. Pocos podrían discutir hoy  que las memorias o los epistolarios azuzan la curiosidad, esa apenas consciente actitud de los lectores de conocer cómo este o aquel conciudadano resolvió o afrontó sus conflictos, cómo vio a su tiempo y la gente que lo rodeaba. Hemos de aceptar que componen una literatura atractiva. Nada –ha dicho algún pensador- es más interesante para un hombre que otro hombre, es decir, su semejante en la especie humana.

Los recuerdos del Reverendo Suárez Ramos nos tientan con un título de resonancia bíblica: Cuando pasares por las aguas, y un subtítulo: Memorias de un pastor en revolución, publicado por la Editorial Caminos. Y si por algo hay que encarecer este volumen de 400 páginas es porque uno se percata que habla un hombre de fe, un eclesiástico que ha sabido combinar, sin contradicciones insalvables, la religiosidad más acendrada con la práctica revolucionaria comprometida.

Suárez Ramos ha desempeñado un papel de equilibrio ente los bautistas cubanos, por su capacidad teológica, por su empeño de vivir el Evangelio cristiano de forma contextualizada y en actitud de renovar renovándose. Y por ello, Cuando pasares por las aguas, no clasifica solo como las memorias de un pastor, sino como las de un patriota cuya fe supo asumir el concepto de caridad más allá de la limosna al imbricarse con la causa política de los pobres y convertir las buenas obras  en solidaridad.

Pero no creamos que las memorias del pastor Raúl Suárez Ramos juntan un rosario de recuerdos dulces y cómodos. Su infancia creció entre la pobreza y casi desamparada, en el capitalismo dependiente de la neocolonia norteamericana antes de 1959. En su juventud y luego en su madurez de creyente se mezcló en las luchas populares contra la dictadura de Batista y por la justicia social. Y a pesar de las recomendaciones de su conducta de servicio, tuvo que pasar por las aguas del prejuicio, las dudas, los equívocos de una etapa confusa, a veces cruenta, por momentos fanatizada. Suárez Ramos, el pastor, conoció en carne y presencia el reclutamiento para los campamentos de la UMAP, sigla que apenas necesita explicación: unidades militares productivas que pretendían, mediante el trabajo, hacer hombres nuevos de hombres desviados por el vicio o la fe religiosa.

Esa experiencia lamentable aparece en las memorias de Suárez Ramos. Pero el odio no las arruga. Comprende. Y aunque la decepción pudiera haber dejado su nombre en la conciencia del reverendo, el cristiano emerge a la luz decidido a seguir en su patria, a continuar sirviendo a su país, dentro de revolución que, a pesar de errores de alguno de sus representantes, pretende cambiar la Historia de Cuba y poner en lo más alto la justicia. Y cierto día, en una marcha popular, confundido como un grano de maíz en el granero del pueblo, exclamó como en una oración: “Señor, con este pueblo yo me quedo.” Entre tanto, varios de sus correligionarios emigraron y algunos recibieron dinero de los servicios secretos de los Estados Unidos para conspirar y combatir la causa de la revolución.

A pesar de que  aceptamos  que  los memorialistas no poseen una patente de impunidad para cuánto vieron u oyeron. Y que por tanto en cuantos recuerdan resulta también prueba de sensatez el cribar el pasado y elegir entre lo conveniente y lo inconveniente, el lector podrá inclinarse a creer en este libro colmado de peripecias, de vacilaciones, de debates. Porque es un mensaje de ética salvadora. No solo los seres humanos han de salvarse para la inmortalidad del Paraíso, según la fe del cristiano, también han de hacerlo en este mundo para ser dignos  de su tiempo, su patria y sus compatriotas.  Raúl Suárez Ramos, pastor y diputado, hombre de fe y política, nos señala que el diálogo y el respeto, el compartir el destino de los más en plenitud de honradez es quizás el único modo de recordar el pasado sin avergonzarse.

 

 

 

 

 

UN HUECO EN LA PARED

UN HUECO EN LA PARED

Por Luis Sexto

Escribir libera, justifica. O ¿acaso no he procurado yo, anónimo escribidor, en tantas notas, cartas, diarios, crónicas personales, en tantas referencias a mi itinerario existencial, el modo de descargar la pasión que ningún evangelista ha narrado?

 He sido un “Cristo” que se ha erigido a sí mismo como su hagiógrafo. Hasta un epitafio sobre mi sepulcro podrá salvarme del anonimato.

A los 20 años empecé a escribir un diario íntimo que tres meses más tarde interrumpí en una resolución sumarísima. Un amigo me atizó la duda al decirme que uno comenzaba escribiendo las cosas que le sucedían y terminaba inventando las cosas que escribía. Como en un tránsito estupefacto hacia la novela de sí mismo: la autoficción.

 Aquella noche deduje que el hombre que habla con el hombre que consigo va, como en el verso de Antonio Machado, no podía perecer por la baba de una ingobernable tendencia al mito. Yo solo pretendía entonces estampar en la libreta la verdad de mi circunstancia interior. Y para no contaminarla de artificios trunqué mis notas en una fecha que puedo confirmar: 11 de octubre de 1966.

Admito que exageré. Y acepto también que el impulso mixtificador de cuantos escribieron o escriben un diario, quizás provenga de la intención o se contenga con ella. Si  uno lo escribe con un afán profesional, para publicarlo alguna vez, o calculando que al futuro le interesará, puede vaciarse cautelosamente, restando o sumando en letras finas lo conveniente o lo inconveniente, lo útil o lo bello; o si los emborrona para pulir el espejo de la propia conciencia, lo único que le importa es la indivisible verdad personal; o, simplemente, si lo lleva como un jugador sus cuentas, tratando de justificar el tiempo perdido, tal vez sea pueril, intrascendente, o imaginativo. Pero las intenciones, múltiples y confusas, suelen escurrirse ante el yugo del análisis. ¿Cuál habrá sido el móvil de Ana Frank, la adolescente que compuso un documento donde el candor y la madurez compiten en un testimonio insobornable sobre la maldad del nazismo? 

A pesar de las aprensiones, me seduce leer la prosa lírica de los diarios íntimos, verla develar las tarjas secretas de la personalidad, o desenmascarar las opiniones más recónditas sobre los acontecimientos o las personas y personajes que te cercan e influyen. El Diario íntimo del Amiel me encaló la conciencia con un blanco nebuloso, reconcentrado, sintético, propiciador de excavaciones en los sótanos del espíritu. El de Thomas Merton, el monje escritor, me trasmitió la nostalgia por el fervor del silencio y la meditación, convenciéndome que existen valores éticos más humanos que el placer o el acomodamiento. Y el Diario de León Bloy, uno de los raros escritores franceses que Rubén Darío describió en su libro llamado así: Los raros, me mostró cómo resistir las cornadas de los prejuicios, el abatimiento, la mentira y, sobre todo, cómo defender el propio criterio con honradez, aunque uno quede sin zapatos y sin estómago.

Las páginas de mi diario, sin embargo, me abochornan. Después de tantos años de haber aprendido a discernir la distancia entre escribir un diario y escribir para un diario, me aterra repasarlo. Lo redescubro en una posición demasiado tartamudeante, planchada, acusando la vocación de un aprendiz de escritor que no precisa de qué lado sopla el silbido de los sueños. Recuerdo, en mi descargo, que necesité llevar el diario como un purgante. Atravesaba el desierto familiar –casi todos se habían ido al extranjero- y el amor primerizo y puro –puro por primerizo- también emigraba dejándome intactos los ahorros de la boda. Ahora, al reencontrarme en esas páginas, sonrío un tanto contra mí mismo. Todo pasa, menos las cicatrices que identifican lo vivido.

Saliendo de mi órbita, puedo aceptar que las prosas íntimas, plagadas de recuerdos personales, de vivenciales episodios suelen suscitar el interés mayoritario de los lectores. La idea quizás no sea mía, pero la sostengo porque parece convencernos: nada interesa tanto  a un ser humano como otro ser humano. Lo anónimo, lo excesivamente objetivo, no suele atraer tanto como las páginas donde haya lirismo, descarnada primera persona en el salto mortal de una a otra peripecia.  El secreto de los libros perdurables radica en la mayor carga de participación vital del autor, aunque trate de personajes que no se le parezcan, ni con él se relacionan. Interesa sobre todo la desgarradura humana recortada sobre la época que, esbozada con la connivencia emotiva del escritor, cobra una atmósfera de veracidad de la que suelen carecer las cronologías. 

Los libros de memorias, en su acepción más general, tal vez obedezcan a una voluntad de dar testimonio, a un propósito un tanto obsesivo de enfatizar el “he vivido” que toda criatura proclama en su misma existencia. Quizás también se escriban memorias con el ánimo solidario de advertir, enseñar la ruta a cuantos vienen detrás. O como confesión pública para explicar y justificar porqué, el que evoca sus actos, procedió de esta manera o de otra, de modo que el recuento ejerce de justificación y lavado de la conducta. Quién puede, en definitiva, precisarlo. Se escriben y se publican memorias, y lo indubitable parecer ser el hecho de que componen, hoy como ayer, un género de moda.

Todo el que escribe sus memorias o su diario, está seguro de que pueden interesar. Y aunque el memorialista, como el auto de diarios íntimos, escribe sentado sobre la roca solitaria, y a veces desolada, de la autocontemplación, intuye que el método breve y tajante que recomendaba Virgina Wolf –conocer para quién se escribe para saber de qué se escribe- prefigura la fórmula mágica de transformarse en Capitán Maravillas o tocarse con el turbante del genio de la lámpara.

Acabo de leer las memorias de María Teresa León, muchos años después de haber leído La arboleda perdida, de Rafael Albertí, el enamorado compañero de María Teresa. Y me-cómo decirlo sin que elija un lugar común del diccionario-, me ha… ¿cautivado, seducido acaso? Cualquier situación da lo mismo: indica la del lector prisionero de la atmósfera y el estilo con que la escritora recuerda la Memoria de la melancolía y reconoce que los años pasados en la guerra, en la república española de los 30, fueron sus años felices, los más plenos de plenitud juvenil, sin que ese explícito reconocimiento suponga darle la razón a Jorge Manrique y su clásico y popular verso de “todo tiempo pasado fue mejor”, aunque en la forma lo confirma con esa prosa minuciosamente compuesta dedo a dedo, hilo a hilo dorado. ¿Por qué será que el bien perdido y nunca recobrado es el más exaltado, añorado?  ¿O será caso verdad que solo lo que perdemos comienza a ser verdaderamente nuestro, como dijo Borges aludiendo a algún filósofo oriental? ¿O tendrá razón Giovanni Papini al decir que la poesía se salva por la pérdida y la ausencia? En esa relación de vaciedad halla su gruta lo más humano de esas evocaciones melancólicas.

Del Quijote, según este modo de ver, nos seduce superlativamente la angustia del viejo don Alonso Quijano que pretende trascender mediante la locura de los libros la poquedad de su aburrida existencia. En ese conflicto –tan parecido a los nuestros- se tornasola la savia que atiza la perdurabilidad en la historia del ingenioso hidalgo. Esa es la hechura de humana carne, la réplica, la catarsis de Cervantes, cautivo y lastimado soldado del rey en guerras contra moros, hambreado recaudador de impuestos, mohíno aspirante a viajar como burócrata al Nuevo Mundo. Pobre, pobre genio que inventó su modo de hacerse compensar cada una de sus frustraciones, convirtiendo los caminos de España en un manicomio. El loco es solo la versión tragicómica de un hombre obsedido por la imaginación trascendente. Al menos mi simpatía se entretiene en torno a la cama del anciano lector enfebrecido por apurar los trancos castellanos de la inmortalidad mediante la aventura demente y bienhechora.

¿O qué podríamos decir sobre Teresa de Jesús, en lo civil Teresa de Cepeda y Ahumada? Quizás lo mismo. El libro de su vida,  su “castillo interior”, “sus moradas”, esa desenfada crónica íntima de una mística, hace por la edificación de los lectores más que mil sermones. La monja carmelita alude a sí misma con la naturalidad de quien asume una vida superior sin quitarse el delantal de la cocina o los arreos de la labranza. Exagera –lo sabemos- cuando se confiesa autora de perversos actos, “pues ya andaba mi alma cansada y, aunque quería, no la dejaban descansar las ruines costumbres que tenía”. Y no podemos reprochárselo. Escribe de sí misma, porque ella compone, arriba y abajo, afuera y adentro,  la ciencia que más conoce y por tanto puede halar a la superficie su poquedad humana a través de la lente de su humilde autocrítica. Es de sí misma de la que más necesita hablar. En ese impulso puja también, junto con la perfección cristiana, la vocación de la ensayista que desbroza los fundacionales canales del ensayismo hispánico convirtiéndose en sujeto y objeto de su literatura.  Por ello la vemos tan cercana, tan vecinal mujer parladora que a tantos convoca y convence con  sus coloquiales  confesiones autobiográficas.

Desde mediados del siglo XX,  una tocaya de la española, la albanesa Madre Teresa de Calcuta escribe cartas para hallar, en la confidencial conversación del correo, cuanto cree que le falta. Y comenzando el XXI nos sorprende después de su deceso con sus secretos más íntimos, tan asombrosos como sus 50 años dedicados a servir a los más pobres entre los marginados. Mother Teresa: Come Be My Light (Madre Teresa: ven y sé mi luz), de la editorial Doubleday, se fundamenta primordialmente en cartas que la monja dirigió a  sus directores espirituales, quejándose de la aridez y la soledad de su espíritu y de las dudas contra su fe.  No me parece que la monja más popular del último siglo venga a dar la razón  a los que no creen o a los que intentan convertir su vida en una plataforma de saltos para el placer y la indiferencia, al contar, por obra de uno de los postuladores de su causa de beatificación, según la revista Times, su apagada y a la vez turbulenta vida interior. ’’El silencio y el vacío son tan grandes que miro pero no veo, escucho pero no oigo, la lengua se mueve pero no habla’’, confesó en una carta a su entonces asesor espiritual, el reverendo Michael van der Peet, a principios de 1980. Solo tuvo paz desde 1948, cuado inició su faena de caridad, unas cinco semanas en 1959, admite sor Teresa. Al leer el libro muchos nos percataremos de la hondura de los misterios del alma humana y nos asombrará cómo la abnegada religiosa aceptó su destino con disposición  a “sufrir (...) toda la eternidad, si eso es posible”. Tampoco nos extrañará que la eficiente dispensadora de caridad evangélica ceda relevancia a la mística que, en contra de la tradición más usual, no derramará deliquios del amor ágape, sino quejas y sequedad de hija abandonada.

De Agustín, el obispo de Hipona, nos atrae por sobre toda su obra de teólogo y polemista, Padre de la Iglesia, un título muy personal: Confesiones. Quién que sea culto, aunque no creyente, ha pasado sin detenerse a repasar ese libro –que alguien sustrajo de mi casa y porque supo elegir el objeto de su hurto lo respeto y excuso. Libro donde  un hombre enumera sus miserias en actitud de grandeza, porque las cuenta desde la humildad, la sinceridad y el buen humor. No retuve una sonrisa cuando ingenuamente el pecador Agustín quiere soltar los viejos vestidos de una moral sin reglas y pide: “Concédeme Señor, castidad y continencia, pero no ahora mismo.” Y al admitir que reclamaba un plazo mayor para seguir, desde luego, en aquello tan humano que tanto le agradaba, el teólogo se nos aproxima enteramente poniéndose al par de nosotros mientras se desnuda.

Existen confesiones que superan la obra por precisa y preciosa que resulte. No me inclino hacia una preponderancia de lo religioso, pero es en este terreno donde uno topa con los hechos más reveladores e insólitos. Conmueve la vida de Cristo del poeta y sacerdote español José Luis Martín Descalzo. Culta, contemporánea y convencida visión de Jesús de Galilea. Pero más me conmueve, más me gusta ese prólogo donde el autor cuenta cómo su escritor predilecto, su maestro Georges Bernanos, se propuso, bajo un rapto de fe durante una enfermedad en 1948, abandonar todo otro proyecto y escribir su vida de Cristo. Murió, sin embargo, pocos días después. Y el joven Martín Descalzo, inspirado, decidió  aplazar toda obra cuando cumpliera 60 años y aplicarse a componer  “su vida de Cristo”. Pero con el tiempo comprendió que tal vez él no alcanzaría a vivir 60 años, y se empeñó en el libro soñado, no fuera a pasarle igual que al autor del Diario de un cura rural. La escribió en tres tomos. Y lo que siguió Martín Descalzo no lo cuenta –no puede-; lo decimos los lectores: murió, en efecto, luego de concluir su cristiana biografía: a los 60. Con ese dato el libro irradia un valor personal más auténtico que si el autor permaneciera entre los vivos. En el prólogo estaba la fractura humana que para siempre nos hace participar, solidariamente, de la obra.

Quizás halle desacuerdo en esta opinión; no obstante,  es solo una opinión. Y me atrevo a creer que cualquier literatura  donde los diarios íntimos, las autobiografías, las memorias, las crónicas de remembranzas sean escasos o poco plausibles o reprobables, carecerá del sustrato sensible que estimule los canales de las experiencias más acendradas, y en su lugar discurrirá  el predominio de la banalidad. Lo menos humano del Hombre. O tal vez esas páginas interiores no abunden porque cuanto tengan que confesar los escritores sea… inconfesable.

Habrá quien suponga que la literatura intimista rehúye el compromiso social del escritor. Tal vez, a mi parecer, afinque el compromiso humano de lo escrito desde el más  soterrado de la conciencia. Los libros y los textos personales son como un hueco en la pared, o la cerradura antigua que nos permite, a través de su ojo, entrar en habitaciones ajenas. Quien escribe de sí y de sus cosas, se purifica, se limpia, descarga el peso de una existencia que no se resigna a la nulidad.  Y derivando en una campaña de redención, se explaya hacia fuera, contagiando, llamando, ejemplarizando la aventura  única y plural, vieja y nueva, de la mayor conquista humana: “lo interior”. Lo empuja un fervor artístico, tan próximo a lo divino: reparte la vida. Y en estas operaciones íntimas de la expresión literaria, la vanidad no interviene. Porque si diarios, cartas, memorias, crónicas y autobiografías fueran bacinillas de egocéntricas micciones nocturnas, qué seríamos nosotros sino visualistas empedernidos, noctámbulos rondadores de cualquier rendija ajena. Y qué es peor, como diría otra monja,  Juana de Asbaje: pagar por pecar o pecar por la paga.

 

 

DE CÓMO LA CAÑONA GANÓ SU PRIMERA BATALLA

DE CÓMO LA CAÑONA GANÓ SU PRIMERA BATALLA

Por Luis Sexto

El rechinar del cordaje y los palos se ampliaba como el único sonido bajo la comba  de  aquellos parajes nunca oídos, ni vistos por europeos. Tres carabelas se mecían lánguidamente sobre las aguas calientes de la ensenada que bautizarán luego de Cortés. A pesar de que las faenas menos urgentes de abordo habían recesado, la marinería sudaba. Y desde la baranda de estribor, algunos hombres deseosos de sombra y aire fresco observaban por sobre el azul, que hería como un espejo, la línea verde y suculenta de la costa. No hablaban tratando de oír algo más que no fuese el ruido metálico que saltaba como un insecto unánime del monte desconocido que enfrente los tentaba. ¿Será una ísola? A qué habrán llegado hasta estas tierras tan emparentadas con el averno por sus calores, si el Almirante ha decido orzar y enrumbar hacia el sur franco donde sólo Dios sabe qué habrían de hallar.

Los comentarios quedaban en la oscuridad de las bodegas secretas de la marinería, recatándose de  los vapores del mundo viejo que trajo a estos países las máculas del pecado original. El notario real iba registrando, de boca en boca, una declaración cuyos términos se repetían exactamente: Cuba no es una isla. Porque jamás nuestros oídos se han enterado de que halla en este mundo un ísola con tanta longitud de más de 335 leguas de oriente a occidente...

El almirante, en la nao capitana, sonreía guardando los dientes. Había decidido no continuar costeando el litoral del sur. Ignoraba exactamente que unas 20 leguas hacia occidente toparía con el punto final de esta tierra que huele tan dulcemente. Pero ya sabía que no era una península asiática y que después de Cuba no aparecerá la India. Le interesaba, sin embargo, por razones de alto mando -que  ahora el cronista no se entretendrá en enumerar- hacer creer que la geografía no es la que es, sino la que el Descubridor, en su segundo viaje, quería que fuese. En todo su tiempo, él había visto y puesto estudio en todas las escrituras, cosmografías, historias, crónicas y filosofía y de otras artes. Y por ende la misión que  Dios le había mandado no podía reparar en torceduras de la verdad y en melindres de conciencia, si deseaba rescatar almas y hallar oro con que comprar hasta el Paraíso. Hijos somos de lo feble; nadie calla, si no se les asoma la necesidad de conservar  en cofres lo sabido….

Casi dos años antes, cuando el navegar se hacía largo, casi sin fin,  y la fe en el Almirante se perdía en aquel primer viaje, la tripulación le eran adversa, y un Colón manso, aparentemente sometido, congregó a sus oficiales y los nombró responsables de la decisión de seguir con la proa puesta hacia el occidente o hacer girar la flota casi media esfera. Solo restaban seis días para avistar tierra aquel  6 de octubre del año del Señor de 1492.

-¿Capitanes, qué haremos que mi gente mal me aqueja? ¿Qué vos parece, señores, que fagamos?

Vicente Yáñez habló:

-Andemos, señor, hasta dos mil leguas, e si aquí no hallaremos lo que vamos a buscar, de allí podremos dar vuelta.

Hoy, 12 de junio de 1494, la tripulación aceptó admitir cuanto Colón exigía. Saber, en verdad, los marineros y otros tripulantes no sabían, intuían tal vez, aunque Juan de la Cosa, el cartógrafo, asintió en la maroma del que calla, y promete, para sí mismo, soltarlo algún día cuando Dios provea el momento.

Todos por ahora mantendrán calladas sus dudas, o sus ciencias, porque el capitán mandaba y la marinería obedecía por real pragmática, y si no fuese así, el bellaco que se atreviere a negarlo luego de haber firmado el acta, será sometido a una multa de diez maravedíes y, sobre todo, a nunca más hablar palabra de cristiano, pues la lengua, ese  instrumento de tantas tentaciones malignas, le sería cortada…

(Del libro en preparación Historias de bolsillo (anécdotas cubanas)


LIBROS PUBLICADOS EN CUBA (6)

LIBROS PUBLICADOS EN CUBA (6)

Por Luis Sexto

La Avellaneda vive una resurrección. Contrariamente a Stendal, que apostó a los 100 años siguientes para ser reconocido, la camagüeyana tuvo que esperar mucho más para que se le empezara a hacer justicia como escritora. Quizás, haber sido una mujer y una escritora muy discutida en su tiempo y en los tiempos que sobrevinieron,  compone la prueba más incontrovertible de sus méritos. Muchos autores y críticos de valor, a veces de extraordinario valor, como Cintio Vitier, han dudado de los méritos de la poetisa camagüeyana. 

            

En los últimos años han aparecido libros que asumen su defensa, una defensa legitimada por la pasión y el análisis lúcido. Cuando un libro es apasionado, no estoy diciendo que es un libro ciego,  u obnubilado. Más bien digo que la pasión es como otra lucidez que avala cualquier intento de rescatar la justicia y la razón.

             

Contra Tula, contra La Peregrina, sobrenombres de  Gertrudis Gómez de Avellaneda, habitualmente se tuvo alguna prevención. ¿Es cubana o española? ¿Es poetisa o solo diestra componedora de versos? ¿ Es mujer con ínfulas de varón? Ya ustedes ven los riesgos que asumen ciertos escritores o escritoras  cuando van más allá de su tiempo, cuando incluso quieren ir más allá de su sexo. A veces el excesivo talento, la excesiva audacia espanta a cuanto miran o juzgan.

Ahora, pues, el poeta Roberto Méndez ha salido a defender a su conterránea, y parejamente el novelista Antón Arrufat ha publicado otro volumen proponiendo una revaloración de la denostada y negada autora de ese soneto que los cubanos conocemos desde niños: Al partir. Méndez titula su libro Otra mirada a la peregrina, editado por Letras Cubanas,  y Arrufat al suyo: Las máscaras de Talía, (Para una lectura de la Avellaneda), publicado por Ediciones Matanzas, que tanto libro interesante viene entregando a los lectores. Tengo que admitir que si un autor es capaz de levantar tanta polémica y atraer a tan competentes defensores, es porque como diría Martí, se lleva luz adentro.

CÓMO ESCRIBÍ “EL CABO DE LAS MIL VISIONES”

CÓMO ESCRIBÍ “EL CABO DE LAS MIL VISIONES”

Por Luis Sexto

La idea de escribir El Cabo de las mil visiones surgió en 1990 cuando, tanteando la geografía humana y social de Cuba con el interés de encontrar historias para la revista Bohemia, llegué hasta la península de Guanahacabibes y entrevisté a Fisco Varela. Enseguida supe que aquel hombre, próximo a la vejez, nacido en el Cabo de San Antonio y experto en la ciencia del vivir en la soledad y a veces en la desolación, me había descrito un mundo urgido de ser contado y a la vez me había propuesto una voz narrativa. El Cabo de las mil visiones es, en síntesis, un libro breve, pero con la facultad de poder nutrirse de nuevos hallazgos. Recoge la memoria colectiva y algo de la historia local de un paraje casi desconocido por la generalidad de los cubanos.

Topé en El Cabo, pues, con una memoria que pedía ser nombrada, construida o reconstruida mediante la literatura, y a ese fin dediqué más de ocho años a oír, ver, leer, valorar, aprenderme literalmente, como el Himno Nacional, los 14 casetes recogidos durante mis indagaciones. Específicamente, durante tres años visité con cierta frecuencia al Cabo de San Antonio, hablando con sus pobladores y revisando sus parajes más renombrados, para conocer vivencialmente el escenario de aquellas historias  tan antiguas. Me introduje con el hábito discreto de un reportero o un entrevistador que solo provoca a su entrevistado, y luego reordena y reconstruye lo oído sin distorsionarlo.

Quise evadir el periodismo más simple, y sinteticé todos los testimonios en un personaje ficticio, pero objetivo, a quien llamé ÉL. La voz de la primera persona que ocupa el espacio narrativo, turnándose y confundiéndose con la tercera del autor, es la de Fisco Varela. Las vivencias, los pormenores de las peripecias, pertenecen a todos los entrevistados. En el libro no aparecen todos los que me abastecieron de datos, anécdotas, leyendas, pero sí cuanto dijeron.

Algo curioso sucedió: después que conversaba con aquellos viejos octogenarios, se iban muriendo, como si, al descargarse de todo el pasado conocido personalmente o recibido de sus padres y abuelos, una maldición les exigiera la existencia.

Según el Comandante Julio Camacho Aguilera, director del desarrollo integral de la península de Guanacahabibes, esta obra “posiblemente cierre el ciclo de las que se puedan escribir basadas en las narraciones de los habitantes del Cabo; porque estos hombres están desapareciendo, unos físicamente y otros se han trasladado fuera del territorio, lo que nos priva de la tradición oral que había conservado el lugar, y sus leyendas sobre los supuestos tesoros ocultos en las entrañas inaccesibles de la península”.

En mi faena periodística de casi 40 años he seguido un principio: cuando me detengo ante unas ruinas o un recuerdo, intento adivinar qué hombres amaron y sufrieron en esos que ahora son despojos o sombras.  Y a ello fui al extremo occidental de Cuba: a develar cómo aquellos hombres y mujeres afrontaron la explotación, el aislamiento, la soledad, el odio, la incultura. La imaginación humana es el mejor instrumento del vivir. La fantasía sostiene la vida con eso que alguien ha llamado la materia de los sueños.

Un periodista joven y muy agudo, Ronald Suárez –homónimo de su padre, también periodista- advirtió que para cualquier escritor resultaría complicado acercarse a personajes en cuyos testimonios se mezclan los hechos reales con la fantasía y me preguntó: ¿Cómo resuelve este conflicto?

Yo sabía que cuanto evocaran mis testimoniantes nunca sería una verdad objetiva, científica, pero sí su verdad, su interpretación del medio y de los fenómenos sociales y naturales. Recogí esa verdad fantástica, poética, y yo, como autor, me encargué  de explicar, en términos narrativos, las condiciones sociales y materiales que propiciaron el origen de toda esa mitología que, fuera de allí, parece inverosímil o increíble, y que, sin embargo, es parte de la riqueza espiritual de El Cabo.

Disfruté mucho mientras lo escribía,  a pesar de que lo hice junto al lecho de mi hijo menor mortalmente enfermo. Pudo asegurar que esos personajes y sus peripecias me asistieron en mi inevitable e innombrable  agonía. En el universo del Cabo el dolor fue también una presencia en cualquier sendero, playa o encrucijada y, en particular, en el mínimo cementerio donde enterraban casi únicamente a los niños. En la creación de este libro, de tan mala suerte como obra publicable, aprendí que la literatura, el oficio de escribir, es algo más que una profesión, o una pose, un medio de vida. Es a veces un drama. Ahora bien, no sé si cuantos deciden sobre un libro en las editoriales, lo han aprendido.