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PATRIA Y HUMANIDAD

ÉCHATELO TODO A LA ESPALDA

Diccionario de frases célebres

Por Luis Sexto

Esta frase sería perfectamente hábil si no opusiese al entendimiento, desde el primer asalto, un equívoco, un desliz semántico. Generaliza demasiado. Y tendríamos que suponer a la espalda como una mochila imponderable, una especie de cuerno de la abundancia al revés, y cuernos- diría cualquier gente no astada-, ni para guardar la pólvora.
¿Acaso echarlo todo a la espalda es posible? ¿Y qué es todo? ¿También lo bueno?
Ciertos personajes suelen echarse lo bueno a la boca o al bolsillo, que son los dos sentidos principales de la voracidad. De modo que lo bueno, al menos lo bueno que me conviene, que me es útil, mi negocio, lo para mí, no se trasiega al vertedero.
A la espalda va, en consecuencia, lo bueno para otro. Lo que toca allí, al lado, al frente. Y vamos entendiendo entonces que todo puede definirse como lo que me molesta o me estorba, lo que me ordena o me exige. Hace poco me escenificaron la mejor versión práctica de esa filosofía. Necesité un servicio en un centro que los presta. Hombre práctico en suma, preparé la víspera el andamiaje para el día siguiente. Pero fueron inútiles el dinero y el tiempo previsor: amanecí en el mismo estado; el trabajo no sirvió. Y regresé al punto del entuerto. Iba a explicar y el compañero de turno me advirtió: Estoy terminando, no se haga ilusiones. Permítame... Y luego de un silencio propio del que manda y quiere hacerlo saber, sentenció:
-Usted no pretenderá que yo tenga que ver con ese problema.
-Usted no, directamente; pero su centro de trabajo sí. O lo que es igual, usted también, indirectamente.
-Yo no creo en la solidaridad, en la colectividad; yo soy yo, solo.
-Pues debía creer, porque según estimen a su centro lo estimarán a usted, y así actúe usted, así calificarán a su centro. Esa es la ley de la correspondencia transferible- rematé con un voquible original e incontestable.
El que inventó la frase quizás ignora que modificó la fisiología. Echarlo todo a la espalda equivale a no querer ver. Es decir, todo cae en un pozo ciego. O tras unas gafas exuberantemente oscuras.  La espalda se convierte  en el estuche invertido de los ojos. Más bien la frase es eso mismo: un andar hacia atrás. Un portazo delantero desde dentro para salir por la cocina. Y expertos aseguran que el uso prolongado puede crear inclinación hacia las sombras, los rincones. Y, un día, uno se despierta escribiendo, como Kafka, la Metamorfosis.
Convengamos  racionalmente que la frase es aplicable con cierta restricción. Porque nada hay completamente inservible. Cuando alguien te recomienda: no seas cretino, no hagas favores; cobra; o: distánciate, no te comprometas; o: haz como cualquiera, trabaja menos,  échatelo a la espalda.  No lo obedezcas. Y a la espalda, también,  mis amarguras y rencores. Y ese compañero, esa persona, ese amigo, échatelo también a la espalda. Pero para cargarlo, sobrellevarlo.


LO QUE ES Y NO ES LA CLARIDAD EN EL ESTILO PERIODÍSTICO

 Por Luis Sexto

Fragmentos del libro "Literatura y Periodismo, el arte de las alianzas", publicado por la Editorial Pablo de la Torriente, La Habana.

La claridad se empina como el requisito insignia en el estilo del periodismo. Escribimos los periodistas para ser comprendidos inmediatamente la mayoría de las veces. La evolución técnica y tecnológica de nuestra profesión ha procurado, incluso, que lectores u oyentes se sintonicen más aceleradamente con el mensaje de los medios. El lead con sus cuatro preguntas básicas –rescatado de la antigüedad clásica, según sostiene Raúl Peñaranda- se propuso conquistar al lector que la modernidad capitalista iba generando. Un lector espoleado por el trabajo urgente de las industrias que solo podría leer en un tiempo siempre precario, tenso. Todo, pues, breve y, sobre todo, claro. Influía también en ese afán un hecho económico: la actividad editorial dejaba de fundamentarse en la divulgación de las ideas, en el careo de partidos y grupos políticos, para asumir la práctica de una empresa informativa. Mark Twain, en Un yanqui de Conneticut en la corte del rey Arturo, habla de fundar en Londres un periódico, porque no se concibe una sociedad sin él. Por supuesto, un diario informativo de acuerdo con la dinámica concepción capitalista de la sociedad estadounidense.

La claridad, por supuesto, no es un hallazgo del periodismo. Horacio, desde la antigüedad latina, advierte que “el entender es el principio y la fuente del bien escribir”. Y en qué consiste la claridad. Habitualmente los profesores recomiendan emplear palabras comunes, y trasmiten, así, el síndrome de la palabra rebuscada que es, según ese criterio, el vocablo raro, inusual. Por encima del techo de la comprensión general. Es una tendencia propia de muchos aprendices inquietos por la voluntad de estilo. No me niego a reproducir un fragmento de una entrevista de James Irby con  Jorge Luis Borges.  “Yo antes escribía de una manera barroca, muy artificiosa. Me pasaba lo que le pasa a muchos escritores jóvenes, creo. Por timidez creía que si hablaba sencillamente la gente creería que no sabía escribir. Sentía la necesidad de demostrar que sabía muchas palabras raras y que sabía combinarlas de un modo sorprendente.”

En lo que respecta a ese asunto, me parece que no hay palabras rebuscadas, sino fuera de lugar. Quizás sea lo mismo. Pero, a mi modo de ver, la palabra disuena, suena rebuscadamente, cuando no encaja en el nivel del lenguaje de un autor. ¿Podríamos acaso acusar de rebuscado a Lezama Lima? Cada término allegado por el creador de La cantidad
hechizada se inserta cumplidamente dentro de los límites culturales de su expresión. En Lezama la palabra más llana pecaría de rebuscamiento si no participara en la altura del resto de su lenguaje. En él, quizás, la palabra irregular debería sustituirse por heteróclito. El rebuscamiento proviene, por lo general, de la impericia o  la incultura. Quien no sabe escribir hurga en los breviarios de sinónimos, y como la imprecisión lo guía, cuando elige, selecciona el término que produce una ruptura del lenguaje. Como un crujido que denota la quiebra de la naturalidad.

El miedo al rebuscamiento, pues, aqueja a muchos periodistas y editores. Y condiciona actitudes honradas. Pero  puede por momentos emparentarse con un concepto reaccionario.  El poeta y narrador Félix Pita Rodríguez me contaba que, siendo el autor dramático más oído en la cadena CMQ, hacia los 1950, uno de sus propietarios –Goar o Abel Mestre- le recomendó muy severamente que “bajara el nivel, pues él escribía para un pueblo con una edad mental de siete años.” El autor de Corcel de Fuego, revolucionario en letra y espíritu, le respondió que por ello mismo no lo bajaba. “Yo quiero, señor, que algún día el pueblo tenga 28 años de edad.” Se colige de la anécdota que escribir para el pueblo es ascender, y las palabras, que componen la escalera, tienden lógicamente a subir. Mas, apartémonos de esa discusión, porque no es su momento, y clasifica  además como demasiado peliaguda. 

Digamos, así, que la claridad depende, en cierta medida, de las palabras,  pero el factor lexicográfico no implica el mayor riesgo. Existe una oscuridad textual que no puede achacársele a la dicción. Corresponde al pensamiento. De este tipo fueron las que enloquecieron a don Alonso Quijano. Por descifrarlas pasaba las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio sin que brotara la luz de esfuerzo tan empecinado.  Por ejemplo:

Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican y os hacen merecedoras del merecimiento que merece la vuestra grandeza. 

Leía esta frase el hidalgo manchego en un libro de caballería. No la comprendía. ¿Y por qué parece oscura?  Simplemente, porque solo puede hacerse claro lo que es, y en este período falta un ingrediente básico: el pensamiento. Predomina la vacuidad, y el vacío es ininteligible. O, por lo mínimo, suscita la confusión que lo hace inaprensible. Escribe claro quien piensa claro, nos recordó Miguel de Unamuno.

Voy ahora a citar un párrafo de cierta nota informativa donde no aparece una palabra fuera de la normalidad. Sin embargo, sobresale por las sombras. Comprenderlo supone una fatiga, si llegamos a leerlo hasta el final.

Más allá de los números (este año terminarán unas 3 000 viviendas y rehabilitarán otras 2 000 y tienen 7 000 en diferentes fases de construcción; han producido millón y medio de tejas criollas; emplean marabú en la fabricación de puerta, ventanas y algunos muebles), del ahorro de cemento que implica el mampuesto (más de una tonelada menos comparado con las tradicionales de bajo costo) y de algunas reglas propias para elevar la cultura habitacional, como la prohibición de construir casas de madera y techo de guano o el uso de celosías a modo de ventanales, o para incentivar la celeridad constructiva –no hay escalafón para entregar materiales sino que prima que “al que más avanza es al que más se ayuda”-, Peña insistió en que la participación de la gente, de la familia en la construcción de su vivienda, es lo que da valor a este movimiento popular y rinde más frutos.

Como se ve, el periodista no empleó ninguna palabra extraña, ajena a la compresión unánime. Sin embargo, qué ha pretendido informar, pregunta uno, porque el párrafo logra una oscuridad que proviene de su enrevesada  composición. El abigarramiento de datos  en incidentales dentro de incidentales, y la separación entre el sujeto y el verbo y uno de los complementos fundamentales del predicado (más allá de las cifras) convierten el enunciado en una carretera de montaña: en plenitud de curvas; no se divisa el horizonte. Si un lector se interesara, tendría que invertir un tiempo superior al que merece un texto de esa índole, para organizar de modo coherente un cúmulo de información sin jerarquizar.

La claridad, más bien, depende de la sintaxis, del orden y la longitud de las frases. Un término fuera de norma podrá comprenderse mediante la influencia del contexto. O el juicio del diccionario. Pero párrafos ordenados de modo tan estrecho e inarmónico entorpecen la lectura de modo que, al primer extravío, el lector desiste.  El párrafo del ejemplo, publicado en un diario, se clasifica dentro del estilo sintético que algunos llaman envolvente y yo, modestamente, de bolsa. Esto es, una cosa dentro de la otra. A partir de ahora puede arreciarse la polémica. No pretendo imponer una regla. Mas, si como definió Azorín, escribir es poner una cosa al lado de la otra, el estilo que encaja, sobre todo en el periodismo, es el cortado, en su nombre más popular, y analítico en el más teórico. Y consiste en la mezcla de frases breves y frases un tanto más largas, y, según señaló Juan Rulfo, con  el sujeto, el verbo y los complementos como puntos de apoyo,  y, con el punto y seguido -añado yo- de piedra sillar sobre la cual se asiente la estructura del párrafo.

Deseo, no obstante el ejemplo propuesto,  abundar. Seguidamente cito otro momento de tinieblas en un texto publicado en una revista.

Una de mis más gratas satisfacciones al iniciar estas notas es la de presentarles una anécdota de nuestro inmortal Finlay totalmente desconocida hasta este momento, al haberla pasado por alto sus historiadores en la seguridad de que este hombre extraordinario era tan moralmente excelso que una expresión adicional, de carácter íntimo, en familia, no podría aumentar jamás el plano cimero que sus merecimientos ya le habían conquistado, pero, para mi padre, que se encontraba en la casa del sabio cuando se le notificó que no recibiría el Premio Nobel –debido a las razones que no es necesario apuntar para no ver la pequeñez de los hombres una vez más- constituyó un axioma filosófico de tal envergadura que siempre lo recordó, es más, grabó aquellas palabras de respuesta del sabio con tanta firmeza en mi consciente, para guía y norma, para confrontar vicisitudes, defraudaciones, incomprensiones o reacciones de mala fe del ambiente en que me moviera, que llegaron a convertirse quizá si en máxima de base al desarrollo de mi carácter...

Es, a simple vista, una demostración infeliz del estilo envolvente: una oración sobre otra, o dentro de otra. Ni un punto. Resulta, pues, una evidente falta de claridad;  necesitamos más de una lectura. Y oímos la desarmonía general del párrafo. Póngalo usted en estilo periodístico. Verá cómo mejora.

El estilo cortado no es un invento contemporáneo. El propio Azorín, uno de sus artífices en nuestra lengua, recuerda que en el siglo XVIII, en un pueblito nombrado Río Frío, el cura don Jacinto Bajarano compuso un libro sobre el arte de escribir en el cual recomendaba la frase breve como clave de un estilo dúctil y claro. Y entre el siglo XIX y XX, William Randolph Hearst, a quien podemos reprocharle diversas insuficiencias éticas, pero reconocerle capacidad  y eficacia periodísticas, exigía a los redactores de sus numerosos periódicos que no lo dijeran todo en una sola oración. Decía Hearst: “He pedido muchas veces que los reporteros y corresponsales de nuestros diarios escriban con párrafos cortos. En la mayor parte de lo que se escribe en los diarios se incurre en el error de que el cronista trata de decir todo lo que sabe en una sola oración. Esto recarga la lectura y a veces cuesta trabajo entender lo que se dice. Es fácil fraccionar los temas en frases cortas y hacer más párrafos, de manera que este resulte más legible y comprensible.”

La tradición, que opera también en la perdurabilidad y funcionamiento de los estilos, estableció en Cuba el uso del procedimiento analítico. Una cosa al lado de la otra. Muchas de las mejores prosas del siglo XX, se caracterizan por el predominio de la frase breve. Martí, inmerso en los preliminares del 1900, es, desde luego, un caso estilístico único. Él sabía salir airosamente de los encaracolamientos del estilo envolvente y conseguir una expresión que conmoviera  y desgarrara. Imitarlo implica el riesgo de que se nos vea el índice del maestro. Sin embargo, en su Diario: de Cabo Haitiano a Dos Ríos, Martí logra anticipar la prosa nerviosa, rápida, ágil que distinguirá, al menos en lo periodístico,  a numerosos autores.

Ejemplifiquemos.

JORGE MAÑACH
 
            Una cosa es, en efecto, el problema histórico de un pueblo y otra su problema  político. Acaso esta diferencia se aclare, por analogía, comparándola con la que se produce en la formación individual. Es viejo el debate entre el determinismo y el libre albedrío. El hombre nace, en gran medida, determinado por antecedentes y circunstancias ajenas a su voluntad moral.
          

RAÚL ROA

   No soy de los que ponen  en cuarentena las virtudes del pueblo cubano. Conozco su historia. Y eso me basta para mantenerme perennemente encendida la fe en sus destinos. Ningún relato más reconfortante y aleccionador que el de sus sacrificios, abnegaciones y bizarrías. De sus lágrimas, sudores, bravuras y afanes brotó la nación. 
ONELIO JORGE CARDOSO  

   Llueve que parece que nunca va a acabar. De la falda de la montaña baja el agua siguiendo los trillos en turbios arroyuelos cargados de hojas y palos secos. Los arroyuelos se juntan a las cañadas y luego las cañadas hechas verdaderos ríos van al San Cristóbal cuyo sonido fuerte se confunde con el aguacero. Una abuela con sus nietos ha estado esperando  sin hablar y mirando al cielo, pero al fin se levanta y le habla a los suyos: hay que irse como sea. Ellos viven del otro lado del río y con media hora más de espera, el San Cristóbal no dejará pasar a nadie durante un día o dos. Entonces se van. Ella no lleva nada que le cubra ni siquiera la cabeza.

 

ALEJO CARPENTIER
         

 En los últimos años de su vida, Emilio Salgari se tornó de un humor sombrío; tenía manías persecutorias y se creía hostilizado por enemigos imaginarios. A fines de abril de 1911, se suicidó, arrojándose –según creo- de lo más alto de una torre, en Turín. Estaba a punto de cumplir cuarenta y nueve años y dejaba tras de si, un centenar de novelas.

FERNANDO G. CAMPOAMOR

A La Habana hay que vivirla por dentro, al decir clásico, luego de amarla a primera vista. La Habana del cielo y el mar endrinos a la luz nocturna. Es ciudad que derrama la gracia cordial como un brebaje de salud fraterna. En los techos de barro y en las persianas, en las ventanas de hierro y en los vitrales, el viento marinero la guarda en salmuera para que jamás pierda su palpitación cardiaca, su levadura en fermentación. Bien conocida, querida a fondo, hay que plagiar la frase que Michelet le dejó como una flor a París: “Esta ciudad fue todo para mí.”

 

Imponer una prosa tan ágil, sencilla, en los periódicos ha sido una labor espinosa. El propio Félix Pita Rodríguez me participaba que en el diario Noticias de Hoy, durante la década de los 1940, él predicaba la vigencia de la frase corta. Mucho punto y seguido, compañeros, aconsejaba, porque lo usual era el abigarramiento de las oraciones. Veinte años antes, Miguel Ángel de la Torre, uno de los cronistas ejemplares del momento, hablaba del espíritu de cobrador de cuentas que se había colado en el ejercicio del periodismo, y con el que se armaba una prensa plomiza y farragosa, renuente a  los rigores estilísticos que  ordenan los enunciados de la prensa.

Ahora bien, el llamado estilo cortado esconde sus trampas. Hemos de juzgarlo desde sus resultados negativos, aquellos que provocan una ruptura de la armonía mediante el monótono martilleo de frases cortas sin articulación. Si tradujéramos a un gráfico el efecto de estos enunciados veríamos  una línea recta.

Imaginemos un libro o una crónica o un reportaje escrito a bases de frases breves desvertebradas. La impresión de monotonía, aburrimiento, rigidez oprimirían al lector. Cuando uno recomienda el estilo analítico, es decir, una palabra puesta junto a la otra, una cosa dicha a la vez, no está abogando por el “estilo telegráfico” que los tratadistas condenan.

Era su cuarto y último viaje aquel año de 1502. Un viaje pobremente armado. Carabelas maltrechas y escasas vituallas. Un viaje en derrota y de ilusiones perdidas. Acosado por las intrigas, y ya antes puesto en cadenas, Colón era un viejo achacoso. Apenas sobrepasados los 50 años. Atacado por el mal de la gota y el reumatismo.

El párrafo, apropiadamente redactado en sus orígenes, supera a la versión reproducida arriba:

Era su cuarto y último viaje aquel año de 1502, un viaje pobremente armado, con carabelas maltrechas y escasas vituallas, un viaje en derrota y de ilusiones perdidas. Acosado por las intrigas, y ya antes puesto en cadenas, Colón era un viejo achacoso, apenas sobrepasados los 50 años, atacado por el mal de la gota y el reumatismo.

En Cuba, Eladio Secades condujo el estilo cortado al extremo en Estampas de la época. El libro por momentos marea, a pesar del ingenio del escritor.

Me parece una aventura ensayar una semblanza del guapo criollo. El guapo es uno de los tipos más frecuentes en las corrientes de nuestra vida. Todos nosotros tenemos algo de valientes y algo de tenorios. Nuestro censo está dividido en cubanos que se fajan y en cubanos que no se fajan. El valor es un estado mental. Para ser valiente, o para ser cobarde, no hay más que empezar.

Advirtamos, no obstante, que por momentos es dable utilizar la fragmentación para conseguir efectos rítmicos y aligerar el enunciado, o enfatizar en ciertos rasgos, ciertos lugares, ciertos datos. Así la emplea Eugenio D’ors en un fragmento de La Bien Plantada, que podrá ofrecerse como un modelo para los periodistas, aunque sea  una novela de ficción.

Hemos dicho que existía en el cuerpo de la Bien Plantada una central falta de canon; es demasiado alta su cintura; en compensación, el resto se ajusta   a una proporción perfecta. Y también su movimiento se ajusta a una proporción perfecta. Y su manera de mirar. Y su voz. Y sus palabras. Y su manera de tender la mano. Y su manera de decirnos adiós. Y su manera de vivir. Y su manera de tratos y maneras. Y su manera de ser amiga. Y, no hay que decirlo, su manera de bailar. Así –y no de otro modo que una gota de aceite en una extensión de ondas agitadas- la presencia de la Bien Plantada lo aquieta, serena y ordena todo en muchos, en muchos pasos a la redonda y en muchas, muchas almas de la cercanía

Lo racional supone combinar, establecer un contrapunto entre frases cortas y otras largas o más largas. Y entonces el gráfico que pudiera obtenerse de su representación estaría regido por la variedad: entrantes y salientes  mezclados con períodos planos. Así:

En compañía del fotógrafo Héctor García recorro la ciudad de México. De pronto, andamos ya por el barrio de Tepito. Viernes Santo. Héctor se detiene ante un puesto, para comerse dos empanadas de bacalao.

O así:

Es tiempo de abrir tu regalo. Los de latón y de vidrio se gastan en un día y desaparecen. Tengo uno mejor para ti: un anillo. Centellea con luz especial y nadie puede quitártelo; ni destruirlo. Eres la única que puede verlo, tal como yo fui el único que pude verlo cuando era mío. Te otorga un nuevo poder. Usándolo te elevas en las alas de todas las aves...  ves a través de sus ojos, tocas el viento que sopla entre sus alas, conoces el júbilo de llegar muy alto y todas sus preocupaciones. Puedes permanecer en el cielo, después de la noche o con la salida del sol. Cuando bajes tus preguntas tendrán respuestas y tus angustias habrán desaparecido.

Modifiquemos respetuosamente la entrada de “El guapo criollo”, de Secades, citado más  arriba:

Me parece una aventura ensayar una semblanza del guapo criollo, porque   el guapo es uno de los tipos más frecuentes en las corrientes de nuestra vida. Casi todos nosotros tenemos algo de valientes y algo de tenorios. Y así nuestro censo está dividido en cubanos que se fajan y en cubanos que no se fajan. El valor es un estado mental. Por ello, para ser valiente, o para ser cobarde, no hay más que empezar.

El punto y seguido es en este estilo el foco alrededor del cual gira la expresión; sin embargo, no se precisa que lo dejen solo, independiente. Requiere de la articulación con elementos oracionales: conjunciones, preposiciones y elementos retrospectivos o prospectivos que le presten al enunciado soltura y movimiento.  Y, sobre todo, lo abastezcan de armonía, “la cualidad esencial del arte de escribir”, de acuerdo con un criterio que, luego de todo lo expuesto en estas páginas, parece razonable.

EL DOBLE FILO DEL ADJETIVO

Por  Luis Sexto

Cierta noche  miraba el Noticiero Nacional de Televisión -que así se llama desde hace 40 años lo que en puridad es un noticiario- cuando escuché a un reportero referirse a “un fructífero proceso” de no importa ahora  qué cosa.  Y de improviso tuve la revelación gráfica, audible, en fin, real, de cuanto uno oye o lee en cátedras académicas o bibliográficas sobre el adjetivo y su papel técnico  estilístico.

Recibí, pues, la inspiración de incoar una causa sumaria al por momentos estéril,  redundante o adulterador adjetivo. Ideas y principios gramaticales sobran, de modo que nada sorprendente podré yo allegar. Por tanto, mi análisis no se concentrará en la gramática, más bien en la técnica y el estilo.  El adjetivo, lo sabemos, es una parte de la oración. Existe en nuestra  y en otras lenguas con una función muy específica: califica o determina al sustantivo mediante una subordinación de índole descriptiva, numérica, ordinal, extensiva.  Por ello, no hay que huirle, temerle a ultranza, como al gerundio cuya mala fama ya sugiere que es una forma verbal bastarda en el castellano. ¡Tanto  lo esquivamos! Pero hay que advertir que lo que se ha de evitar es el gerundio mal usado, porque el correcto es propio y necesario en el esquema de la expresión Y, por analogía, se ha de sortear el adjetivo inoportuno, gratuito, convertido en epíteto, esto es, innecesario, exangüe, sin vigor.

 Los tratadistas del estilo y también estilistas reconocidos –Azorín entre otros- recomiendan emplear con sobriedad el adjetivo: donde hay uno no hacen falta dos. Está bien. Pero a mi parecer,  sobran e implican un riesgo estilístico, sobre todo, los adjetivos que componen fórmulas desgastadas como  hierba verde,  cielo azul,  gran escritor,  fiel guardián,  amigo leal, y otros del mismo corte que acompañan redundantemente a un sustantivo cuya naturaleza semántica porta la cualidad que le quieren adjuntar. La hierba es habitualmente verde y  parece lógico que solo se le adjunte el matiz cromático cuando no sea verde. El litigio no es con el adjetivo. Decididamente con su pobreza, su presencia artificiosa, su uso automático. Conozco escritores que lo mejor de su estilo radica en el uso de cadenas de adjetivos, deslumbrantes por singulares y útiles. La tendencia al énfasis produce enunciados tan conocidos por su tremendismo como este: El reo se subió tembloroso al aterrador patíbulo donde pagará su horrendo crimen.  Y la retórica tiende a estos giros: En el pináculo de la Historia, sobre  los picachos excelsos de los Andes y entre el vuelo de las águilas, Simón Bolívar relumbra con los destellos aurorales de la gloria, inmerss en los florilegios concebidos por la mano sacrosanta del sacrificio. De ambos horrendos “estilos” hemos de huir temblando de pavor. ¿No?

Ahora bien, el periodismo mantiene aprensiones contra el adjetivo también por razones técnicas. La nota informativa, por su esencia objetiva, impersonal, exige la ausencia de ciertos adjetivos, en particular aquellos que implican una opinión atribuible al periodista. Ese es el problema de la información mencionada al principio de esta página. ¿Cómo puede el reportero calificar de fructífero un proceso: lo conoce tan profundamente para ello;  resulta además imprescindible calificarlo?  Podrá ser fructífero, no lo dudo. Pero  a la nota informativa  más que calificar le corresponde informar. Habrá que valorar al comentar lo que pasa, no al contar lo que pasa, según los términos del recurrente y útil del Curso de redacción de Martín Vivaldi. De cualquier forma, si fuera imprescindible el calificativo, lo técnicamente procedente sería reproducirlo en palabras de una fuente, de una voz autorizada por su dominio o sus vínculos del universo interior de la información, para  salvar al reportero de una inclusión perturbadora.  Lo que al periodista compete, en este ejemplo, es demostrar con los datos  “lo fructífero del proceso”. La acumulación y jerarquización de hechos, cifras y opiniones ajenas  logran la credibilidad del enunciado.

En medio de una evolución técnica que tiende mundialmente a mezclar los géneros,  a los periodistas nos corresponde mezclar solo lo mezclable. Pero la nota informativa, esto es, la noticia, ha de permanecer pura, incontaminada., sobre todo de opinión. Algún colega argüirá que en un periódico, un medio cualquiera, todo es opinión. Y es cierto, pero no toda opinión se expresa de igual forma, ni con los mismos ingredientes.  Desde su ubicación en la plana, su extensión, hasta los verbos y adverbios y adjetivos puede opinarse en la nota informativa, pero sabia, subliminalmente. Como indica Alex Grijelmo en su Estilo del periodista, un discurso, por ejemplo, se valora en la nota informativa utilizando verbos que maticen la expresión. No solo el personaje “aseguró, aseveró, dijo, añadió, declaró, apuntó”, sino “espetó, resaltó, anticipó, lamentó, bromeó, ironizó, precisó, enfatizó.”  Con estas fórmulas sustituimos valoraciones explicitas como  fue “un discurso ingenioso, atrevido, chistoso”, que implican el ejercicio crítico de un reportero que solo reporta, informa de un hecho.  Los adverbios, adjetivos del verbo, sea dicho de paso, traicionan también al reportero apremiado por el tiempo u olvidado de su  función.  Proscrita ha de ser la tendencia a decir que “el ministro habló largamente y machaconamente”. Lo cual equivaldría a “largo y machacón discurso”.  Quizás, como aconsejaría el dominio de la técnica y el estilo periodísticos, ese enunciado se expresaría de manera más visiblemente objetiva con recursos que calificaran sin calificar.  Digamos: “Durante su discurso de más de una hora, el ministro repitió varias veces que el comercio bilateral con Canadá se desarrolla fructíferamente”.

En resumen, adjetivos en operación descriptiva pueden resultar atinado: “La carretera, recta y plana en la mayor parte de su longitud,  necesitó la inversión de 20 millones de dólares.” Pero hemos, en apego a las exigencias de la nota informativa, suprimir los que valoran a un personaje, un fenómeno o un hecho. Porque la noticia no es palabrería. Y el abuso del adjetivo calificando todo de histórico, trascendental, único, o de sus opuestos,  invalida la eficacia de la información.

Un dato vale por mil adjetivos.

LA CASA DE GÓMEZ EN MONTE CRISTI

LA CASA DE GÓMEZ EN MONTE CRISTI

Por Luis Sexto
 

En 1996 realicé mi primer viaje a República Dominicana. Entonces integraba la Redacción de la revista Bohemia, y además de saludar a dominicanos entrañables como Monseñor Fabio Mamerto Rivas, obispo de Barahona,  y su vicario el Padre Teófilo Castillo -salesianos que  educaron mi adolescencia, siendo ellos muy jóvenes- me proponía recorrer las estaciones de nuestra independencia. República Dominicana es la prolongación histórica de Cuba.  En su suelo vivieron patriotas en un exilio insurgente y se escribieron o firmaron documentos sustantivos de la guerra de 1895. No resulta difícil, para cualquier cubano, considerarla  como una especie de “tierra santa”.
Ese mes el tiempo me alcanzó para visitar a Baní, el pueblo natal de Máximo Gómez,  general en Jefe de Ejército Libertador, y Santiago de los Caballeros, el Santo Cerro, Barahona y Santo Domingo, sitios que conservan el paso apostólico de José Martí. De esas emociones di cuenta en las páginas de Bohemia, quizás haya sido el primer periodista cubano en entrevistar a un biznieto de Máximo Gómez, residente en Baní. Y describir y fotografiar la casa que, en Barahona, albergó a Martí durante las pocas horas que permaneció en ese puerto antes de proseguir a caballo hacia Haití.
En los primeres días de enero pasado, gracias también a mis antiguos amigos y maestros, viajé a San Fernando de Monte Cristi, capital de la provincia del mismo nombre, ubicada en el noroeste, cerca de la frontera haitiana. La primera referencia del pueblo apareció en los anales de la Española en 1506, cuando Nicolás de Ovando le dio vida en papeles y en algunas chozas. Geográficamente, la ciudad se distingue por una altura llamada El Morro, pegada al océano Atlántico, a la que un poeta evocó como “reloj de piedras sin esferas/ que marca los siglos de mi tierra.” Desde la perspectiva urbana, resalta la torre que ya se erguía, como un símbolo de la ciudad, en 1895. Fue el primer lugar que visité. El parque estaba cerrado: una cerca lo protegía. Y desde afuera mi devoción concibió un pensamiento para aquella torre metálica cuyo reloj  había medido algunas horas de la vida del Apóstol y junto al cual Martí había dicho que “muy pronto marcará la hora de la libertad de Cuba”. Tantas veces lo había visto en fotografías que, como suele ocurrir, observarlo desde tan cerca parecía un acto irreal, fantasioso.
Después, pedí a mis amigos me condujeran a la casa de Gómez…
Esa mañana habíamos salido temprano de Moca, la activa ciudad del Cibao, en el valle de la Vega Real, al que Colón le regaló el nombre seducido ante su honda belleza de tierra fértil y verde enlazada por las montañas. Pasamos a Santiago de los Caballeros y enrumbamos hacia el oeste por la carretera nombrada La Línea. Lo confieso: me gusta Quisqueya. Su naturaleza es como la cubana: apta para ambientar el Paraíso. Entre los detalles del viaje recuerdo a Laguna Verde, pueblito donde nació y tiró sus primeras pelotas Juan Marichal, el afamado lanzador de las Grandes ligas norteamericanas. El Monstruo de Laguna Verde, así lo llamaban, me dijo el Padre Teófilo; Tofo para cuantos lo quieren en confianza, que son multitudes.
Paramos en un restaurante rústico, y Luis, el conductor -hijo de “Bolívar”, un alegre y vital productor de huevos en Moca- convino con la dueña que nos guardara carne de chivo para la vuelta, un tiempo más allá de la habitual hora de almuerzo. El  chivo abunda por estas tierras. Como el algodón y el arroz, cultivos de regadío. Después, Monte Cristi, ciudad parecida a  muchas ciudades cubanas: entre lo moderno y lo antiguo, con atmósfera rural. Y ahora, aquí, en la casa de Máximo Gómez,  en la calle Ramón Matías Mella, 29. Antes, José Núñez de Cáceres, con el mismo número.
Quedo en silencio. Qué he de escribir que parezca verosímil, lógico, sin afectación. Estaba emocionado. Me ahogó la conciencia de mi privilegio. Haber visto esta casita desde la infancia en las ilustraciones de los textos de Historia. Y recorrer ahora, 50 años más tarde, el mínimo y humilde espacio que amparó a dos de nuestros libertadores primordiales, tiene que significar algo en el corazón de un cubano. Caminé. Vi. Toqué. Nos guiaba Ramón Amado Gutiérrez García, el conservador del museo, que se confiesa bisnieto del General Calixto García Iñiguez   
Un pasillo central, que separa las habitaciones a la derecha y a la izquierda, permite la entrada alargándose hasta el comedor, amplio, extendido horizontalmente, de un extremo al otro, de la vivienda cuya propiedad Gómez adquirió en 1888. Paredes de madera; techo de dos aguas, aún con el cinc alemán original, y pintada de azul grisáceo con ventanas y puertas –de estas, tres en la fachada- con marcos de blanco. Al recorrerla uno nota la presencia de Cuba en su bandera, puesta en sitio relevante, en los retratos de sus próceres y en libros de autores y editoriales cubanos.  En una escueta habitación, del lado derecho según se viene de la calle, encajada  entre uno de los cuartos y el comedor –hoy biblioteca-  Martí escribió el Manifiesto de Monte Cristi.
No hay mucho más que contar. En el patio, un árbol de mamoncillo, superviviente de aquella época. Miro desde fuera. Tomamos unas fotos. Podría describir sensaciones que, quizás, suenen vaciadas en retórica. Ciertos sentimientos han de quedar ocultos en la sinceridad de lo  recoleto, pequeño, humilde. Como esta casa.

 

ESPLENDOR Y FANTASÍA

ESPLENDOR Y FANTASÍA

Por  Luis Sexto

El reverendo norteamericano Abiel Abbot  fue testigo y notario de la ruina. Sus cartas, publicadas en un libro con ese título –Cartas-, lo impusieron como testimoniante minucioso de aquel esplendor y registró en su correspondencia varios detalles visuales  sobre el viento y la lluvia que iban lamiendo el suelo. En 1828, año de su recorrido turístico cultural por las lomas del Cusco y de San Salvador, anotó que ya  “había lugares tan desprovistos de capa vegetal” que ni los árboles podían prosperar.

Hoy, en cambio, la comunidad ofrece espacio para los ojos del presente y los oídos de la historia. Usted llega allí, y ve emerger el pueblo del Valle de la Moka, sobre las terrazas que le dan el nombre y le permiten ejecutar una tierna acrobacia sobre lo abrupto del terreno. La visión es un pincelazo de paz espléndida. Y fantástica, como los sonidos de tambores y cadenas que algunos confiesan oír, en ciertas noches,  provenientes del pasado remoto.

En esa zona declarada patrimonio mundial de la biosfera por la UNESCO, existe una relación, una simbiosis, entre la contemporaneidad y la historia. A fines del siglo XVIII comenzó a salpicarse de cafetales fomentados por colonos franceses que huían de la revolución en Haití. Le content, Santa Susana, La Moka, Santa Teresa, nombres que se impusieron en la región del Cusco, en la parte oriental de la Sierra del Rosario, al noroeste de La Habana. Los investigadores han determinado la presencia de más de 77 plantaciones dispersas por la cordillera.

Los caficultores aprovechaban los suelos próximos a senderos de comunicación natural  y a las corrientes de agua que en esas depresiones se arremansaban, luego de anunciarse con un murmullo precipitado. Y plantaban sus cafetos en valles y hasta en las cimas de las montañas, que aquí no sobrepasan los 500 metros de altitud. El grano llegó a Cuba en un complicado recorrido. Y empieza hacia 1714, cuando el alcalde de Amsterdan regaló al rey Luis XIV una postura. Lo colocaron en los invernaderos reales, donde vegetó como una rareza, porque solo en Abisinia y Arabia se cultivaba y desde hacía muy poco tiempo en Java y Sumatra. Pero de Martinica retornó a París con licencia un oficial, Gabriel Desclioux, quien creía que el café podía aclimatarse en esa isla del Caribe. Y se agenció un gajo de la planta real. Creció saludablemente. Y más tarde saltó a santo Domingo. De ahí, en 1748, lo introdujo en Cuba José Gelabert, funcionario colonial de finanzas, en cuya finca del Wajay, al sur de La Habana, creció el primer cafetal cubano.

Los inmigrantes franceses, que traían consigo una cultura  ilustrada,  refinamientos del vivir y agrotecnia adelantada,  levantaron sus cafetales para que perduraran, de modo que sus casonas de paredes pétreas parecían reírse de la eternidad, como parecían desafiar  la montaña sus techos agudos semejantes a sombreros de pico de cuatro aguas, sellados con tejas planas o de cola de castor inventadas en Europa Central contra la nieve.

El tiempo, sin embargo, se erigió en señor de las ruinas. Y hoy solo se aferran al pasado fragmentos húmedos, mohosos, ante los cuales puede intuirse aquella vida plácida, cómoda sólida, adulterada por la persistencia de algún pedazo de barracón donde los esclavos dormían sus quejidos y nostalgias. Hacia 1830, la erosión, el desarrollo de la industria azucarera y coyunturas económicas internacionales, terminaron con los cafetales.  Por décadas, el área permaneció pelada, carente de árboles, porque bajo el filo de la erosión también rodaron cuesta abajo ácanas, jocumas, ocujes, yayas, caobas, cedros. El reverendo Abbot  se fijó en esa tendencia a la ruina, contrastándola con la fugaz riqueza de algunos cafetales, como el Buena Vista. Sic transit gloria mundi, habría dicho el religioso ante la previsible decadencia del esplendor.

Hace unos 30 años se obró la resurrección. Donde feneció la vida, la vida regresó. Una epopeya ecológica rescató la naturaleza y reorientó la existencia de cuantos  malvivían allí fabricando carbón y criando cerdos. Trabajadores de diversos puntos del país, trazaron más de 1 200 kilómetros de terrazas para que la floresta se enraizara, y construyeron carreteras, puentes, casas que se basaron en las lomas sin dañar la tierra. El pasado, el modo de vida y de producción de las antiguas plantaciones, también ofrecieron interés a los planes turísticos. Un hotel, el Moka, se edificó dentro del bosque sin que  la flora perdiera un árbol o una rama. Y por ello, en el vestíbulo, el ancho tronco de una ceiba que sube al cielo se convierte en parte del bosque dentro del albergue, propiciando el descanso intelectual y la convivencia con la naturaleza.

Las ruinas –los escombros, como las llaman los pobladores de la zona-  integran ahora un complejo turístico cultural. Persisten los desechos de El Ermita, el San Marcos, el Santa Catalina, el San Pedro. El Buena Vista, cafetal que conservó la mayoría de sus objetos y propiedades, fue reconstruido lealmente, e ilustra las diversas soluciones que la arquitectura de los colonos franceses opuso a la abrupta topografía.  Terrazas, escaleras, rampas, plataformas se aprecian en el batey, convertido en un museo al aire libre que, enclavado sobre una cima,  es un mirador desde donde los ojos se clarean en el mural del lomerío y más al fondo, al norte, en el mar de El Mariel.

Paisaje e historia, naturaleza y pasado, ofrecen la posibilidad de un descanso, un paseo, donde el solaz y el conocimiento deshacen cualquier contradicción. Mas, los seres humanos entregan la mejor visión.  La comunidad está insertada en una estrategia turística cuyo centro es el poblado de Las Terrazas.  Podrá comer el visitante en un restaurante. Pero podrá hacerlo también en alguna casa. O beber  un café doméstico, colado a la cubana. O podrá adentrarse en el hogar de pintores que residen allí  recogiendo en sus obras la vida del pueblo. Está  también la tumba de Polo Montañés, el trovador, oriundo de este lugar, que en un año reciente surgió meteóricamente a la fama del mundo;  vertiginosamente la escaló, la gozó unos instantes y hace tres años murió en un accidente de tránsito.  Sus coterráneos aún lo lloran.

Al entrar en el valle, la impresión deslumbra. Un  golpe de vista junta, en una postal, el pueblito moderno, blanco y azul, colgado de las lomas, la exuberancia de la vegetación y la huella de franceses y de esclavos africanos, cuyos tambores y cadenas algunos confiesan oír en ciertas noches.

Basta. No más detalles. Cualquier otra palabra espantaría el duende de una imagen que ya no admite más definición que el sueño.

DIVINO TESORO

Por Luis Sexto
La juventud es un defecto, según alegó en su defensa cierto célebre mexicano que, seguidamente aclaró: un defecto del cual uno se va corrigiendo con los años, al irse colmando de experiencias y sabiduría. Era, en fin, una especie de broma para responder a cuantos le achacaban su poca edad para un cargo extraordinario.
Lo más común es referirse elogiosamente a la edad juvenil. Cuando el poeta Rubén Darío escribió en un verso ya clásico que la Juventud era un divino tesoro, sólo repetía lo que la especie humana sabía desde tiempos lejanos. No podemos olvidar que en una época hubo magos o químicos que intentaron fabricar el elixir de la juventud eterna. Y también hubo descubridores o conquistadores que intentaron llegar a la fuente de la eterna juventud.
¿Por qué tanta obsesión?-pregunto un tanto ociosamente. Está claro, ¿a quién no le gusta permanecer vigoroso, alegre, con el tiempo por delante, como una llanura que pareciera interminable?
La juventud es la edad en la que no existe el cálculo, la edad en la que estamos dispuestos a entregar hasta la vida, sin que el titubeo nos recuerde ciertos egoístas argumentos: tengo familia, aún no he logrado lo que me propuse, en fín, ya sabemos... Es muy difícil encontrar a un héroe o a un mártir que no transite por la etapa juvenil. La Revolución cubana la prepararon fundamentalmente los jóvenes. Veintisiete años tenía Fidel cuando encabezó el ataque al Moncada. Treinta cuando desembarcó del Granma,  y 32 cuando entró en La Habana triunfalmente. La mayoría de los asaltantes de los cuarteles de Bayamo y Santiago de Cuba, la mayor parte de los expedicionarios del Granma y el grueso del Ejército Rebelde eran jóvenes, incluso adolescentes. 
Hubo, desde luego, hombres y mujeres mayores que se sumaron confiando en que,  bajo el mando de los jóvenes, no habría cansancio, arrepentimiento, ni cobardía, y que la acción sería conducida hasta conquistar sus propósitos esenciales. La vanguardia de la Revolución creció después en un frente donde todas las generaciones se mezclaron en el único privilegio de servir al país en su transformación. Pero la juventud fue siempre una edad apta para acometer tareas de suma abnegación y urgencia. Jóvenes, casi niños, fueron artilleros en la batalla de Playa Girón, en 1961. Jóvenes, adolescentes se diría, los alfabetizadores que se dispersaron por la Isla con una cartilla... Escribo de referencias que acompañan a los cubanos, aunque no quieran. Muchos de nosotros podemos suscribir, con la memoria de nuestras vivencias, que la juventud  ha sido, la abanderada de nuestra historia.
Pero la juventud, como ya cité, es un defecto. Lo es porque compone también el estado más fugaz del ser humano. Con ello quiero decir que hay que aprovechar la juventud en todo cuanto le asiste de renovador y constructivo. Me alegraría que mi hijo opusiera a mi punto de vista uno suyo, más audaz y menos conformista, o se negara a que yo le facilite, le regale, la solución de sus problemas, que no fueron los míos a su edad. Así, me parece, iría acercándose, junto con sus coetáneos, a integrar el nunca desmentido divino tesoro de la nación.  

COMPAY SEGUNDO: JINETE EN UNA CUERDA MÁGICA

COMPAY SEGUNDO: JINETE EN UNA CUERDA MÁGICA

Por  Luis Sexto

La vida para Máximo Francisco Repilado Muñoz, Compay Segundo, consistió en el largo oficio de empezar. Nacido en Santiago de Cuba en 1907, nunca miró hacia atrás, y aun unos días antes de morir el 14 de julio de 2003, al preguntarle un amigo cómo estaba, respondió en una frase profundamente cubana: “Aquí, luchando.”  Es decir, tratando de no terminar.

 El resumen de sus 96 años, merecen un doble análisis. El del hombre vital, poseído por  los sueños, y el del músico signado por la vocación de pervivir como jinete sobre un acorde mágico. Abel Prieto, ministro cubano de Cultura, lo caracterizó al decir que “se hizo querer por su mezcla muy particular de autenticidad, de sentido del optimismo, de fe en la vida”.

Nació en el lugar exacto. Entonces la segunda ciudad más importante de Cuba, que reclamaba, con razón, la paternidad del son y el bolero,  sobresalía en el Caribe por la cantidad y autoctonía de sus sonidos. Junto con el canto llano e imaginativo de los pregoneros callejeros, la música de Santiago de Cuba se depuraba en la tradición del son fundacional de La Ma Teodora, que desde hacía cuatro siglos rajando la leña estaba en el ritmático percutir de la madera, a la vez que le aportaba sus rúbricas más distintivas.  Tríos, dúos, sextetos, septetos, pululaban autentificando un cancionero típico, una trova popular, que se dispersaba por el país,  entraba en la capital y la seducía. Era posible asegurar entonces que los músicos no llegaban a Santiago, sino salían de Santiago, o de la región oriental que esta ciudad representaba.

Educado por el ritmo y la sonoridad de su tierra familiar, además de por una academia donde aprendió solfeo y clarinete, Compay Segundo nunca pudo dejar de ser un músico natural.  Un músico a quien la música le podía  significar el modo de vivir, el yantar precario, pero sobre todo el gozo de vivir. Quizás entre comer y hacer música, la opción se echaba del lado de esta, en una como forma de ser o sentirse un hijo o un miembro de Cuba. Temprano integró la banda municipal, y con ella tocó en La Habana durante la inauguración del Capitolio Nacional, esa mole que, si no en la forma, intentó copiar al de Washington en el espíritu fastuoso.

En 1938 junto con Lorenzo Hierrezuelo y dos colegas más componen el cuarteto Hatuey. Y se aposentó también en el ámbito de Miguel Matamoros cuyas canciones  revoloteaban alrededor del mundo en un apogeo del son. En 1949 fundó con Hierrezuelo el dúo Los Compadres. Hacía de voz segunda, esa fantasía que discretamente se oculta tras la cortina de la prima, poniendo una apariencia polifónica. Y de esa función, que duró hasta 1955, le surgió el seudónimo artístico de Compay Segundo, apócope de compadre en el primer término, y nombre de  la voz, en el segundo.

Los músicos a veces pasan de moda, porque de moda pasa la música que cultivan.  Todos podemos preguntar ahora si alguna vez Compay Segundo, dejó de estar vigente.  Aún  con 75 años  soñaba con seguir empezando., porque la gente, decía, se cansará de la estridencia y buscará el alivio de lo que está por encima de los tiempos. El son y la canción trovadoresca eran para él inmortales. 

Su encuentro con Eliades Ochoa y su cuarteto ha sido calificado de providencial.  Ocurrió a fines de la década de los 80. Visitó entonces hasta en la capital de los Estados Unidos.  En los 90, el premio Grammy  al disco Buenavista Social Club propició una explosión mundial de discos empolvados, mas no rayados,  de voces viejas, pero no cansadas. Y el timbre grave, redondo, fresco de Compay Segundo volvió a empezar sobre los infatigables acordes de su armónico, guitarra de siete cuerdas que él, jerarca invencible en la sonoridad más típica de Cuba, inventó en un  toque malicioso de su originalidad que continuará discurriendo en el Chan Chan que removió a París. 

He terminado. Y nada distinto he dicho de cuanto se dijo sobre Compay Segundo. Pero estas cosas las escribí a raíz de su muerte,

DIATRIBA CONTRA LOS LUGARES COMUNES

 Luis Sexto

Encarecida y exigida por el ejercicio del periodismo, la claridad deriva hacia las oscuridades sintomáticas del vacío. Se ha extraviado entre los remos de los lugares comunes. Y a su transparencia estilística –requisito insoslayable de los textos informativos- le ocurre lo que a ese cuadro que, según una anécdota a mi parecer apócrifa, colgó el gran Leonardo en una plaza de Florencia con este letrero: “Todo el que le encuentre un defecto que lo corrija.”  Al atardecer, no había cuadro: solo una mancha de pintura.

Pongamos las cosas más en claro. El lugar común compone un recurso millonariamente visitado con el cual se resuelven todas las urgencias de la redacción. Equivale a las “letras de caja” que, cuando la tipografía se “paraba” en plomo y se imprimía directamente, resolvían las urgencias del cierre en el taller. Con ellas, habitualmente, los cajistas componían los titulares. Todo se reducía a abrir una o varias gavetas y seleccionar los tipos prefabricados.  

Hoy, a pesar de la digitalización y el consiguiente desmedro de la máquina de escribir, el bolígrafo y el papel, uno no redacta mejor. Tal vez más rápidamente. Pero el oficio periodístico, el solitario acto de escribir una cuartilla clara, concisa e interesante, con cuatro o cinco datos básicos, consiste para ciertos profesionales en hilvanar frases de caja. Como si la claridad y la originalidad se repudiaran.

La guerra contra los lugares comunes no es reciente. Los tratadistas del estilo periodístico siempre han condenado el abuso del cliché. Contemporáneamente, Umberto Eco ha puesto su lucidez a meditar sobre la prensa. Y en Cinco escritos morales (Ed. Lumen, 2000) descubre que la prensa italiana ha evolucionado hacia un lenguaje críptico pretendiendo hacerse entender por la gente. El semiólogo italiano encargó a sus alumnos una encuesta para comprobarlo. Y “en un solo artículo del Corriere del 11 de enero de 1995”, la indagatoria contabilizó “la siguiente lista de frases hechas: ‘La esperanza es lo último que se pierde’, ‘Estamos en un callejón sin salida’, ‘Dini anuncia sangre, sudor y lágrimas’, ‘El presidente está en pie de guerra’, ‘Lo han hecho tarde, mal y nunca’, ‘Pannela pone el dedo en la llaga’, ‘El tiempo aprieta, ya no pueden doler prendas’, ‘Habremos perdido nuestra batalla’, ‘Estamos con el agua al cuello’.”

De acuerdo con Eco, en la Repubblica del 28 de diciembre de 1998 aparecieron otras: ‘”Hay que nadar y guardar la ropa”, “Quien mucho abarca poco aprieta”, “De los amigos me salve Dios”, “Lo hecho, hecho está”, “Mala hierba nunca muere”, “Volvamos al buen camino”, El índice de audiencia se ha desplomado”, “Perder el hilo del discurso”, “Abrir los ojos”, “Sale malparado”…  “No se trata de un periódico –apostilla el autor de El nombre de la rosa-, se trata de un refranero.”

Uno, recordando sus lecturas en periódicos cubanos, podría enriquecer la lista. Y así anotaría: “Se fundieron en un abrazo”, “Rendirán merecido homenaje”, “Las jornadas a pie de obra”, “Los parámetros de eficiencia”, “Ha demostrado con creces”, “Tocó a su puerta”,  “La calidad requerida”, “Los retos que hay que enfrentar”, “El futuro luminoso”, ”Un pasado que no volverá”,  “Revolviéndose en su tumba”, “Una ventana al mundo”, “La dulce gramínea”, “El ultramarino pueblo de Regla”, “El más joven relevo”… Y mil más con parejo cansancio.

La claridad y la frase hecha sí suelen repelerse. El  estereotipo, en primer término, acusa la carencia de originalidad y una sobredosis de facilismo, además de manifestar un menosprecio a las posibilidades estilísticas del enunciado periodístico. Desde el punto de vista de la claridad –condición dominante de lo periodístico- los lugares comunes tienden a diluir el significado de las palabras de modo que,  en lo que intentaba ser claro, anochece. Existe una óptica vivencial, práctica, que establece que lo excesivamente exterior no se ve, es decir, lo más oculto es aquello que, estando a la vista, se confunde en el orden de  la rutina visual. Y por ello la frase hecha, que presume de ser clara y comprensible para todos, tiende a perder expresividad, capacidad de sugerencia, hasta  nulificarse en un código ocultista.

Veamos esto:

Los trabajadores de la Brigada 25 del Sindicato de Comercio y Gastronomía materializaron ayer un sueño largamente acariciado, cuando completaron en menos de quince días el millón de arrobas de la dulce gramínea, base de la economía cubana, y cuyos tallos serán convertido en azúcar con la calidad requerida, mediante el espíritu de vanguardia que hace a los azucareros del CAI Melanio Hernández enfrentar los retos de un futuro luminoso, como insomnes centinelas del bienestar del pueblo. Esta histórica victoria en la actual contienda repercutirá en los parámetros de eficiencia que tienen que distinguir a nuestra primera industria. Tras del arribo al millón, los trabajadores, agrupados, cantaron las notas de nuestro Himno Nacional y luego todos se fundieron en un abrazo.

¿Qué dice? Todo y nada. Mucho y poco. El exceso de estereotipos, de automatismos estilísticos, lo convierte en un párrafo comprensiblemente vacuo. Pretende decir algo, pero el encapsulamiento de las ideas en patrones archiutilizados deja un regusto de insustancialidad informativa. Ocultos permanecen, entre tanta evidencia inexpresiva, los valores más significativos de la noticia.

Dicho con rotundez: Así uno escribirá fácilmente.  Pero mal.

Habrá que recordar, pues, que el periodismo es una formación abierta. Pluriestilística.  Y su función de informar y comentar la actualidad, lo enyuga a la necesidad de solicitar empréstitos léxicos y tropológicos de otras estilos con el propósito de encontrar un lenguaje estándar, generalmente comprensible. Pero sus límites no implican limitaciones. Todo lo contrario. Su compromiso de construir enunciados, además de claros, interesantes, lo impele a pedir prestado  a la función estética de la literatura. ¿Quién podrá defender que en la prensa solo importa lo qué se dice y no el cómo se dice? Prensa aburrida, sin creatividad, poco influirá en los receptores. El equilibrio entre lo significativo y lo expresivo asegura, en cambio, la atención.

Permítanme resumir. Lo desmesuradamente claro, lo absolutamente comprensible, directo, a veces resulta empobrecedor. Uno ha de tener en cuenta que el pensamiento y su expresión lingüística –en particular la expresión periodística- parten de la acumulación histórica de la cultura, y una de cuyas premisas, según el decir de Horacio, es la claridad (hablamos y escribimos para ser entendidos).  Pero también es primordial el enriquecimiento sensible de lo enunciado. Hablar o escribir con cincuenta palabras o cincuenta imágenes que todos comprendan, equivaldría a proscribir, con el tiempo, el pensamiento y la lengua.  Y, sobre todo,  la claridad.

Al final solo se oirá o se leerá una mancha de pintura.