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PATRIA Y HUMANIDAD

EL TABACO, HUMO EN LA SANGRE

 Luis Sexto

El  habano  sobrepasa la calidad natural de la hoja cubana. No busque ese don en un secreto o en una gracia de la agrotecnia. Ni pretenda hallarlo en un criptograma legado por los aborígenes que la cultivaban y degustaban sahumándose en un rito de sibaritas ingenuos.  Lo encontrará en su confección. Limpiamente artesanal. Fluido intercambio de familiaridad entre la materia prima y el obrero. Pruebe fabricarlo a máquina y el puro empezará a ser impuro, porque le faltará la poemática energía, la personalizada ternura de las manos.

Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé,  poeta del paisaje y las costumbres campesinas en el siglo  XIX y a veces cultor ingenuo de los temas aborígenes, puso en uno de sus poemas a un cacique “con un tabaco en la boca”,  hojas torcidas a mano como un candil, una antorcha,  que a los conquistadores les pareció la réplica de un dragón. 

Después, muchos cubanos han fumado el tabaco envuelto en sí mismo, sin intermediarios de papel y química aditiva, como en los cigarrillos. Algunos alternaron, y alternan, ambas formas. Pero para ciertos momentos, tal vez la lectura del periódico o para meditar, eligen el tabaco. Puede suponerse, pues, que en el fondo de ese hábito, en el acto de fumar un puro, aunque se conozca que lastima a la salud, jadea una actitud de cubanía, como en una ceremonia con la cual se busca expresar una pertenencia, o mezclar el oxígeno de la sangre con las cenizas de la tierra.

Una convicción predomina en esos fumadores. Creen que sería despojarlo de la autenticidad torcer un habano en la inconsciente faena de una maquinaria. Los adelantos de la ciencia o la técnica son a veces intermediarios que en lugar de ayudar al hombre a asumir su plenitud, lo vacían de su humanidad. Ciertos actos no toleran el distanciamiento. Como el amor. Jamás un robot podrá servir una mesa con una sonrisa caliente, ni un beso podrá humedecerse mediante el teléfono o el correo electrónico. Y el habano genuino es el resultado de un proceso amoroso desde el semillero hasta el taller.

No hay, desde luego, que exagerar. José Martí, el monumento del sentimiento patrio, no fumaba. Tampoco bebía. Extranjeros, incluso, fuman, o fumaron, habanos y no por ello Cuba les inspira, o les inspiró, afecto o interés especial.  Veamos el pasado. Wiston Churchill, por ejemplo. ¿Dónde no aparece Winnie mordiendo una aristocrática y aromática cápsula de vitalidad fabricada en Cuba?  O John F. Kennedy, que violaba las prohibiciones del bloqueo para fumar una breva de Cuba.  En  cambio, cubanos ligados a su identidad  desde la cultura, el arte, la política expelieron, en algún período del día, las señales de humo de su imbricación cubana.
Famosa es la foto de José Lezama Lima, detenida por el ojo oportuno y rápido de Chinolope, donde el poeta muestra un puro entre sus labios barrocos y místicos con el parece llamar a sus orígenes. Un poeta distinto, de otra cualidad en su estro, Raúl Ferrer, portaba como una valija esencial eso que en un poema él llamó “tabaco que elaboran dedos sabios (...) algo tan puro como el mismo verso”.
Don Juan Gualberto Gómez, el hombre de Martí en Cuba, el mulato que usaba la palabra como sable, o estilete, el independista de argumentos precursores sobre la igualdad racial, el hombre que se educó en París y comió siempre en Sabanilla, arrastraba un habano con la afilada paciencia de su patriotismo inclaudicable. Y a Carlos Enríquez pudiera pintársele con un puro como pincel. ¿No podría intuirse que esa gasa flamígera que envuelve sus cuadros es humo de tabaco, humo que algunos de cuantos lo conocieron creyeron apreciar también en su mirada?
Benny Moré, Cuba hecha ritmo en la voz y los gestos de un cubano, fumó también tabaco, y quizás alguna vez lo humedeció en el ron, fluido entrañablemente nacional. A José Luciano Franco, visceral y longevo historiador, lo sorprendí durante nuestras entrevistas con un tabaco entre sus dedos. No por azar su conciencia cubana empezó a formarse en una tabaquería. Como la de Gaspar Jorge García Galló, memorable profesor que explicaba filosofía con la misma claridad de un juego de pelota, a pesar de las nubes azulencas de su cazador.
La lista amerita mucho papel. No cierro esta especie de especulación sin evocar al Che Guevara. En qué fotos no lo vemos con un tabaco, hecho un cabo, un mocho, como queriendo introducirse a Cuba en la planta combustible que junto con la caña la ayudó a erigirse en nación.  Y dicho esto uno se pregunta, como el arqueólogo ante el volcán y la pirámide: ¿qué fue primero, el habano o la torre de un ingenio, tan similares ambos en geometría y espíritu nacional?  Al menos sabemos que las manos y el tabaco existían ambos antes de su confluencia. Pero ahora, el habano no podrá existir sin las manos del torcedor cubano. Este operario forma parte del misterio de la hoja, el humo y la sangre.

SANTIAGO DE CUBA: EL HUMO Y LA TIERRA

SANTIAGO DE CUBA: EL HUMO Y LA TIERRA


Luis Sexto 

Toda gran ciudad tiene el agua cerca. Un río. O el mar. Por lo general, el esplendor urbano  ha partido del agua. Y en  Santiago de Cuba, cabecera de la provincia homónima, se cumple esa ya casi elemental característica del desarrollo de las ciudades.  Su bahía viene siendo, con su puerto, uno de los puntos más activos de la ciudad y del país, porque se introduce  en el mar Caribe como una presencia adelantada de Cuba en su zona geográfica. Cerca de Haití, de Jamaica, de República Dominicana  y de la mayoría de las pequeñas islas que integran este “mare nostrum”,  Mediterráneo americano, encrucijada de las rutas del Nuevo Mundo.
De modo, pues, que cualquier mención al desarrollo económico de Santiago de Cuba -la segunda ciudad cubana por su población, con cerca de medio millón de habitantes, y también una de las provincias más populosas por contar con más- ha de comenzar enumerando la terminal portuaria Guillermón Moncada y su posibilidad de constante despegue comercial desde el sur oriental de Cuba, en el espacio de una bahía de bolsa amplia, segura, apropiado refugio contra los ciclones tropicales.
Pero, si para el comercio la naturaleza cedió tan espléndida bahía a la ciudad que la corona española tituló, en el siglo XVIII,  como Muy noble y muy leal,  en el aspecto agrícola fue más avara. Porque  el 70 por ciento de  suelos cultivables son  montañosos. Y de lo cual resulta que la agricultura santiaguera, para los frutos menores de su subsistencia alimenticia, tenga que trabajar suelos de provincias cercanas. Así y todo, las riquezas provenientes de la tierra componen aportes básicos a la economía de Santiago de Cuba.
Durante décadas, la caña de azúcar, el café, los árboles maderables han distinguido la actividad productiva de esta región.  Al asomarse desde un balcón, o desde el Castillo de San Pedro de la Roca –colonial guardián de la bahía-, el visitante se percata del papel de las montañas. Allí, donde termina el mar, empieza la serranía.  Casi sin transición. Y en las alturas cuyo horizonte se difumina entre la bruma azul, el café se cobija en bosques que se agrupan para sumar la principal riqueza silvicultural del país. Y los frutos del cafeto, para ser digno de ese escenario de sombras benéficas, han oscilado en su peso sobre el 40 por ciento de la producción nacional. La industria azucarera, que en la economía cubana ha ido reconvirtiéndose en los últimos años, se ha reducido estratégicamente en Santiago de Cuba.
Podríamos decir que en Santiago de Cuba la economía es agroindustrial. De antiguo se sabe que en la ciudad que fundó Diego Velásquez en 1515,  se combinó la fórmula mágica del ron más célebre y disputado del planeta: el Bacardí. Aún en esta destilería se elabora ese elixir, único aunque haya cambiado de nombre, porque únicos son los suelos donde se cultiva la caña que produce el azúcar y la melaza de donde se extrae el alcohol, y única es el agua, y también única la luz que trasvasa los toneles y facilita la combustión interna del ron santiaguero. Y humean, además,  una termoeléctrica; una  refinería de petróleo; una planta de gas; otra de refinación de aceites. Y también una fábrica de cemento; una textilera que originalmente poseía capacidad para producir 80 millones de metros cuadrados de tejido, y que ahora se adecua a cifras menores, y parte de sus instalaciones se aplican a manufactura diversas, entre ellas la del tabaco. Y una fábrica de equipos médicos, y una de cerveza, y un polígrafo en el municipio de Palma Soriano, y otras industrias menores como las de fósforos, pañuelos, medias, calzado, perfumería y jabonería, instrumentos musicales… Quizás la Feria del Caribe, cita comercial de las Antillas en Santiago de Cuba sea el momento apropiado para tener una visión exacta del desarrollo económico de Santiago.
El inventario económico, sin embargo,  no puede sustraerse de la industria turística. Es un sector dinámico que ha incentivado la economía en todo el país durante lo que en Cuba se ha denominado período especial, etapa de restricciones y austeridad con el fin de proseguir el desarrollo. Y no es posible desconocerlo. Ni negarlo. Santiago de Cuba es una ciudad y una región netamente turística por su belleza natural –playas, montañas, comunicadas por una restaurada red vial- por su riqueza histórica –la Sierra Maestra, el Cuartel Moncada, sitios capitales de la Revolución cubana; el cementerio de Santa Ifigenia donde está enterrado el Héroe Nacional José Martí, y la Ruta del esclavo- y por su cultura donde se mezclan la música –ah, Matamoros, Compay Segundo, el son, el bolero, los coros-, los museos –el Bacardí, el de arte religioso, el del carnaval-, las artes plásticas y la literatura.
Los cubanos dicen que la ciudad de Santiago es segunda y primera.. Fue en un tiempo ya remoto, la capital. Pero aunque sea ahora la segunda ciudad del país, un propósito rige a todos en Cuba, el mismo del poeta español Federico García Lorca cuando visitó a La Habana y escribió en un poema: Iré a Santiago…

UN HOMBRE DEL 98 EN CUBA

UN HOMBRE DEL 98 EN CUBA

Luis Sexto 

Una ciudad revela a veces sus secretos más interesantes tras un sepulcro perdido, o una lápida. Cuando llegué a la ciudad de Cienfuegos en 1987 con la credencial de reportero de la revista Bohemia, de La Habana, visité el cementerio de Reina. Entonces pocos sabían –quizás nadie- que en una tumba sin identificar, inundada por las aguas de la bahía, flotaba la huesa de Francisco Picasso Guardeño, abuelo materno de Pablo Ruiz Picasso, como acaba de revelar La historia secreta de Picasso, libro audaz, polémico, del cubano Jorge Garrido. Pero aquel día, hace 19 años, hallé la ilusión de una historia en el frontis de un nicho con el nombre y el apellido de uno de los escritores culminantes de la Generación del 98. No pertenece, desde luego a Ramiro de Maeztu, sino a un pariente homónimo, tal vez su abuelo, cuya familia poseyó en el siglo XIX un ingenio azucarero, el Pelayo, sito en la comarca de la llamada Perla del Sur, en la región central de la Isla.

Lo primordial de esta historia es que Ramiro de Maeztu, el agónico y desafortunado apologista de la “España tradicional”, vivió los años aprendices de su juventud en Cuba. Y aunque nació en la Península, su padre fue cubano; la madre británica. La cultura materna significó, en su obra, una especie de punto de referencia para contrastar a España: anduvo preguntándose en sus meditaciones de ensayista por qué, de acuerdo con su visión, los anglosajones eran más prósperos y superiores. Esa fue, desde luego, una de las paradojas de un espíritu que promoviendo un viraje noventayochista “Hacia  otra España”, proponía la vigencia de la  misma, la eterna.

Ramiro de Maeztu y Witney nació en Vitoria, capital de Álava en 1874. En el 91 llegó a Cuba por primera vez. Ya el ingenio Pelayo era ruina bajo la crisis española y la presencia de los trusts norteamericanos. El joven Maeztu aprendió a vivir en la cartilla del sol del Caribe, porque bajo su       trabajó para merecer la cena. Apropiado ejercicio para un futuro escritor. Qué cosa humana podría serle extraña, si fue pesador de azúcar, y pintor de chimeneas y paredes, e impulsor de carros con masa cocida, en las doce horas que discurren entre la claridad que se pierde por la tarde y la que reaparece al amanecer.

Durante 1894 regresó a Madrid y volvió a La Habana. Eran los días previos a la insurrección del 24 de febrero de 1895. Maeztu, hijo de cubano, transitaba entre los criollos, y español de nacimiento, hablaba con sus compatriotas, en un tiempo de negaciones e intolerancias de uno y otro bando. Intuyó el desastre colonial de España. Y en esos momentos que coadyuvaron a que la Generación del 98 pensara y promoviera una ruptura con el siglo XIX, Maeztu comenzó a escribir en Cuba sus cuartillas inaugurales. Retornó a la Península en 1897.

Los periódicos compusieron posteriormente el soporte habitual de su ensayística, tan polémica, peleadora y sufriente como la de Miguel de Unamuno. Tal vez Maeztu fue víctima de su sinceridad, de su lenguaje beligerante, de su apego inflexible a los giros de la derecha tradicionalista. Y la República quizás no lo comprendió, ni aceptó, y cuando estalló la Guerra Civil en 1936 lo pegaron al paredón. Un año antes había ingresado en la Academia de la Lengua. Tragedia de la cultura. Como  trágico el fusilamiento de García Lorca. Muerte por muerte. Quizás los dos signos beligerantes de una España contradictoria e inconforme, clavada entre dos fuegos, quedaron tablas. O nunca tuvieron conciencia de lo que habían hecho.

Lo que nos importa ahora, sin embargo, es que Ramiro de Maeztu mantuvo a Cuba como una referencia edénica en su memoria.  El l6 de noviembre de 1926 escribió en el Sol, de Madrid: “¡Tierra de sueños, tierra de hadas, tierra de maravillas! Si no me crié a tus pechos, de tus campos salieron las cañas que me sostuvieron en la infancia: el colegio y el pan... Cuba es el paraíso de la tierra. La belleza de Cuba es tan completa que ninguna descripción podría hacerle justicia.”

TODOS MEZCLADOS

Luis Sexto 

Dos preguntas servirán de pie de amigo para este análisis somero cuanto inevitable: ¿Existe discriminación racial en Cuba? ¿Cómo juzgar y combatir nuestros prejuicios raciales? Y ambas preguntas, más que facilitadoras de mis razones, resultan pertinentes guías del pensamiento. Porque en la actualidad cierta especie de reivindicación racial mantiene aquí una no siempre mesurada o equilibrada beligerancia en algún medio intelectual y académico. Por lo leído y oído, el análisis del ¿problema? ha partido desde  la admisión de la existencia de ideas, sentimientos y practicas racistas en nuestro país, y por lo tanto las conclusiones demandan “respeto a las diferencias”.  De pronto, así, los cubanos nos damos de cara con que Cuba es un país “multiétnico” donde cada grupo o raza necesita su espacio propio y la aceptación de su cultura y su historia propias. Porque hasta hoy tanto cultura como historia han sido “blancas”. Historiografía,  rectifico,  no historia

Tengo mis dudas. Parece que esta óptica, en esta época, tiene inconscientemente –no hay porqué apresurar otros modos- algunos visos de cierto racismo al revés. Uno sabe que  sobreviven prejuicios de índole racial en Cuba. Se enmascaran, incluso en el folclor, en la “chistología” hiriente, rebajadora del otro, que matiza el humor a nivel de conciencia cotidiana. Y es verdad también cierta renuencia de algún director de TV a utilizar actores negros. Verdad que a veces  un agente del orden se excede en las sospechas y el cacheo cuando se trata de  ciudadanos negros. Y verdad que hay revolucionarios, comunistas, cuya capacidad dialéctica se tuerce cuando la hija se enamora de un negro. Es decir, el prejuicio racial persevera como restos del pasado colonial y seudo republicano. Sobra aquí echar mano de la socorrida ley dialéctica del retraso de la conciencia social con respecto del ser social.

Pero el racismo – el odio de razas- no existe en Cuba como política, ni como sentimiento, ni práctica popular. Tampoco la discriminación racial. La Revolución, con su política y sus leyes igualitarias, imprimió un acelerón al proceso de integración nacional que venía operándose en nuestra sociedad desde mediado el siglo XIX. La misma guerra de los 10 años contra la metrópoli española sirvió como caldero donde el embrión de la nacionalidad comenzó a mezclarse, a convertirse en mixtura patria. ¿Habrá que recordar que los blancos se subordinaban a jefes negros o mulatos, y que estos, en ciertos casos, se erigían en líderes más que en comandantes. Es el caso de los Maceo, de Guillermón Moncada, Flor Crombet,  Masó. No niego la vigencia entonces de convenciones discriminatorias. Hay que recordar que algunos de esos mismos jefes –casi dioses para sus hombres- no admitían que, siendo mulatos, se les llamara negros. Pero el proceso de integración de la identidad y la cultura nacionales estaba  evidenciándose en que los jefes negros o mestizos no ocupaban sus jefaturas como resultado de una “política’ de equilibrio –composición étnica diríamos absurdamente hoy-, sino como el predominio del mérito y el talento en un plano de igualdad.

Después de que ese proceso comenzó en las filas del Ejército Libertador, ya será más fácil la unidad política para la guerra de independencia. Todavía, sin embargo, durante la llamada Tregua Fecunda –el espacio entre las guerras de 1868 y 1895- los ideólogos revolucionarios tuvieron que batallar para anular los conceptos racistas que regían en la sociedad colonial cubana. Hasta 1886, el negro fue esclavo, salvo el que alcanzó su emancipación en la guerra, y muchos de nuestros patricios, nuestros intelectuales y nuestras instituciones pagaron tributo al racismo predominante. ¿Qué otra cosa podían hacer José de la  Luz y Caballero, José Antonio Saco, Anselmo Suárez y Romero si poseían o alguna vez poseyeron esclavos? Claramente, la suya fue una posición de clase, aunque moralmente condenaban la esclavitud y el racismo. Por esas limitaciones clasistas no fueron más allá en su evolución hacia la conciencia cubana. Y, a pesar de todo eso, su papel no es despreciable en nuestra historia. Saco escribió las palabras más bellas que contra el anexionismo se han escrito en Cuba.  Del colegio de Luz  y Caballero surgieron cuadros para  la Revolución de 1868. Y Suárez y Romero escribió la más conmovedora de las novelas antiesclavistas de aquel tiempo: Francisco.

Tampoco puede reputarse de inferior o rebajadora la influencia del Seminario de San Carlos y San Ambrosio en la consolidación de la cultura y la identidad cubanas, por que en su reglamento proscribió la matrícula de negros. En esas aulas -racialmente discriminadoras por imperativos de las circunstancias coloniales-, estudió y ejerció como profesor el Padre Félix Varela, hoy Siervo de Dios de la Iglesia Católica Romana,  pionero de la abolición de la esclavitud en Cuba al presentar en las Cortes de Madrid un proyecto abolicionista, y fue también  un enemigo de la anexión de la isla a los Estados Unidos.

Juan Gualberto Gómez, el representante de José Martí en la isla, intentó demostrar que el negro no era inferior al blanco. Él mismo –afilado talento, educación exquisita a la europea- fue una pieza que se erguía negando con su persona los conceptos racistas que provenían del Marqués de Gobineau. Su vida, su condición de intelectual y patricio negro ilustraban que el negro, en las mismas condiciones, en ninguna capacidad humana o intelectual cedía ante el blanco. Pero Juan Gualberto no estaba peleando por el “respeto a las diferencias raciales”. Juan Gualberto afincaba los méritos del negro, pero bajo un criterio: la igualdad. O la integración nacional. Por ello, don Juan se negó a la segregación cuando el interventor norteamericano Leonardo Wood, luego del fin de la guerra hispano-cubano-americana, le propuso separar a los niños negros en las aulas, con el pretexto de  emparejarlos al nivel escolar de los blancos.

Todos sabemos que el problema racial en la historia es artificial. Aparecieron teorías sobre la supuesta inferioridad del negro cuando países, clases y grupos económicos dominantes, en expansión, necesitaron justificar la esclavitud que los haría ricos. Ya no esclavizaban prisioneros en las guerras de conquista. Y por tanto necesitaron esclavizar el color. Y de ahí surge  esa biología de la esclavitud, que el sabio cubano don Fernando Ortiz tildó de engañosa, de espuria prosapia. El negro, en suma, tenía que ser, forzosamente, “un  ser inferior”. Los poderosos, blancos,  europeos, no podía aducir  otra coartada.

Eso es historia vencida. Y por tanto parece ingenuo plantear la lucha contra los prejuicios subsistentes entre los cubanos como si fuera una puja por el equilibrio o la armonía racial. ¿Quién puede en Cuba hablar de razas? ¿Quién puede en Cuba, salvo refiriéndose al folclor, que es lo muerto, hablar de cultura negra o de historia negra? ¿O de cultura blanca o historia blanca? Es, a mi parecer, una reivindicación extemporánea, cuando no oportunista. Y sobre todo peligrosa. Porque los centros de la guerra “fría”contra Cuba en los Estados Unidos intentan azuzar el inexistente “problema racial”.  

Prefiero ver el asunto desde la integración. Ya no hay cultura africana en Cuba, pues ha venido integrándose con la blanca o europea en eso que llamamos cultura cubana. Como tampoco tenemos cultura blanca ¿Dónde está la música negra? En la música cubana –el son, el mambo, el bolero, hasta en el sinfonismo-, convertida en célula musical cubana, aliada, mezclada con la blanca. ¿Dónde la música blanca? Fundida con la negra. Esa es la integración nacional –proceso aún vigente-. Y por lo cual la pigmentación de la piel ha venido derivando hacia el color cubano. Color que no es sólo matiz cromático exterior. Es, admitamos la palabra, el mestizaje interno. Yo mismo, español por mis cuatro abuelos, sin mixtura: ojos verdes y piel muy blanca, me siento, sin embargo, mestizo por dentro. Quisiera que mis inhibiciones de carácter me liberaran cuando oigo el tambor que llama. Llama. Y yo respondo con mis retorcimientos internos, o mis pies que, tímidamente, marcan el compás vertiginoso de eso que fue primigeniamente africanía sonora y hoy es –desde hace rato- sonoridad cubana.

Adónde vamos a llegar con ese ritornelo arcaico que  estable aparentes diferencias raciales y reclama coexistencia entre ambos colores. No pueden existir diferencias en la fusión. Ni diferencias en la misma esencia. Probemos. Leamos  a un poeta al que no le conozcamos la piel. Leamos, sí. Y adivinemos su color. Su origen étnico. ¿Negro o blanco o mulato? ¿O chino, o jabado? Eliseo Diego y Gastón Baquero no se diferencian. Ni Domingo Alfonso, ni Fernández Retamar. O Nancy Morejón y Fina García Marruz; Soleida Ríos y Carilda Oliver Labra. Solo hallamos diferencias de estilo, temas, cosmovisiones, influencias. Lo demás, lo cubano, como poetizó Nicolás Guillén, está todo mezclado. Pero sigamos. Enmascaremos a un bailarín de guaguancó. Y tras concluir la danza, descubrámoslo. Y tendremos una sorpresa. Quizás un rubio, de piel rosada, nos haya seducido con ese descoyuntamiento rítmico que creemos propio de los negros y que comparten los llamados blancos. ¿Y la religión? Nadie podrá negar que parejamente negros y blancos compartan la santería y todo lo demás que se incluye en los ritos de origen africano, en síntesis con doctrinas y cultos europeos. Es cierto -atajo la objeción- que los dioses de los lares africanos, para sobrevivir entre cadenas, se camuflaron con el Dios y los santos del amo blanco. Pero hoy ya no sobreviven enmascarados. No lo necesitan. Perduran en sincrética alianza.

Convengamos, además, en que el prejuicio racial  es de doble dirección. Y subsiste en manifestaciones de ida y vuelta, porque aún el negro no ha trascendido totalmente sus tradicionales condiciones de vida. Subsisten el solar, la cuartería, promiscuas habitaciones  urbanas, y la ciudadela, también expresión del hacinamiento heredado del capitalismo dependiente, Y con ellos pervive una cultura del deterioro y la precariedad. Incluso una subcultura de la inferioridad que tiende a aglomerarse y defenderse. Una anécdota me sirve para ilustrarlo. Dos estudiantes en la universidad –blanco y negro- compartían el primer lugar en el rendimiento académico. También la amistad. En un examen cometieron un único y mismo error. Y, sin embargo, las notas se diferenciaron. El profesor, negro,  le dio al negro más nota que al blanco, porque “los negritos tenemos que defendernos”, explicó al alumno beneficiado y, por ende, asombrado. La veracidad del episodio no admite dudas: uno de los estudiantes es mi hijo.

Por el contrario al prejuicio subsistente, el racismo diferenciador y separatista no halla techo entre nosotros. La integración, al convertir lo diverso en uno, a pesar de los accidentes epidérmicos, lo deglutió. Como ha de deglutir también “la costra tenaz del coloniaje” que señalaba en un poema Rubén Martínez Villena, uno de los primeros comunistas en Cuba, hacia 1920; costra, herencia, que aún respira en nuestros prejuicios. El debate –y excúsenme lo normativo, pero lo político se hace norma- ha de corretear en ese cuadrilátero: unidos contra lo que divide y amengua a la nación y a las sociedad cubana. Y sobre todo, ha de incluir a José Martí. Porque uno nota que en esta disputa intelectual, presuntamente  académica, a veces injusta y sin sentido, el Maestro no ha sido invitado. Quizás porque quienes defienden la igualdad desde posiciones “negristas” o “blanquistas” saben que Martí les enrostraría su equívoco, cuando no su torcida intención, con la negativa martiana a admitir que exista odio de razas, porque para el Apóstol cubano de la independencia y el antiimperialismo “no existen razas”.

Hace un siglo,  Martí resolvió esa pretendida,  absurda, dicotomía racial. “Cubano –definió- es más que blanco, más que mulato, más que negro.”  A qué separar lo que la historia unió, y que, separado, solo beneficia a los enemigos de la nación cubana: el Norte perverso, brutal, que nos desprecia. Por blancos y por negros. Y por cubanos independientes y revolucionarios.

     

EL PESO DE UN POEMA EN BRONCE

EL PESO DE UN POEMA EN BRONCE

Luis Sexto 

La Unión de Periodistas de Cuba, con el apoyo de la Oficina del Historiador de la Ciudad, perpetuó, en una tarja de bronce, ese poema de Bonifacio Byrne cuya última estrofa todos los cubanos sabemos de memoria: “Si deshecha en menudos pedazos/ llega a ser mi bandera algún día.../ ¡nuestros muertos alzando los brazos/ la sabrán defender todavía...!”
Se trata de Mi bandera. Fue Camilo Cienfuegos quien, en un día de plenitud patriótica, poco antes de desaparecer, recordó al presente y al futuro que ese poema nunca podría ser olvidado. Byrne recogió en las diez estrofas de sus versos la decepción del cubano que, al mirar hacia el Castillo del Morro, veía entonces a su bandera subordinada a bandera extraña, después de 30 años de pelea inclaudicable por entregarle a nuestra insignia todo el espacio del cielo. De memoria debíamos saber, pues,  no solo la última estrofa, sino todas las demás. Recitar sin baches, por ejemplo, la quinta, que dice: “Orgullosa lució en la pelea,/sin pueril y romántico alarde:/ ¡al cubano que en ella no crea/ se le debe azotar por cobarde!”
Estamos viviendo en un mundo donde la globalización prohijada por los centros del poder financiero y geopolítico, amellan  los sentimientos patrióticos, convirtiendo en banderas universales las imágenes publicitarias de la Coca Cola y la MacDonald. Conviene, en efecto, a la unipolaridad del mundo, que el patriotismo y el sentido de la nacionalidad desaparezcan en la conciencia de los pueblos. Sólo el amor a la tierra natal y la devoción por la bandera, son las armas con que los países víctimas de la voracidad globalizada  pueden defenderse. Porque detrás del valor simbólico de una tela, late una historia de vergüenza y fidelidad a una cultura y a un modo de ser nacional.                                                                                                                                          Por ello, ¿podemos los cubanos, en medio de nuestra rebelde  insularidad, tener solo en cuenta la última estrofa del poema del matancero Bonifacio Byrne? Sí, en verdad, nuestros muertos serían capaces de alzar los brazos y defender la bandera por la que murieron. Pero, sobre todo, los muertos podrían suponer que los vivos, los cubanos de hoy, permanecemos dispuestos a defender el derecho de nuestra bandera a flotar sola, amplia, soberanamente en el cielo que los mártires le conquistaron. Nadie discute que es difícil, injusto, vivir en medio de dificultades materiales causadas, en porción decisiva, por quienes desean someter al país. Pero nadie puede dudar que es mucho más difícil vivir sin bandera. Ese es un mensaje que proviene de mucho más allá de estas letras que a algunos podrá parecer  similares a otras.
Hace unas semanas, el 24 de febrero, se cerraron 111 años de aquella explosión  insurrecta que estremeció a Baire, y a otros sitios de Oriente y Occidente en un grito de patria y libertad que fue voz de Cuba toda. Aquellos compatriotas valoraron más el sentimiento de patria que las sensaciones de comodidad, de hartazgo. Cuba no era en ellos un estómago, sino un corazón. Bonifacio Byrne nos hace recordar la tristeza absoluta de vivir sin patria,  en un poema que ahora permanece grabado en un sitio de La Habana Vieja, desde donde se ve el Morro con nuestra enseña en el palo mayor.

ESCRIBIMOS PARA QUE LA REVOLUCION PERDURE

 Texto completo de la entrevista que  el periodista Oscar Ordóñez le realizó a Luis Sexto, y que publicó el semanario La Época, de La Paz, en octubre de 2005,  en una versión reducida.
¿Sobre qué tipo de terreno ejerce su oficio el periodismo en Cuba, teniendo en cuenta el sistema político?
Cuando la Revolución triunfó en 1959 se convirtió en una causa que mayoritariamente abrazó el pueblo. La Revolución significaba dos cosas fundamentales: el rescate de la independencia, que permanecía  cautiva de los Estados Unidos, y la posibilidad de la justicia social.
Cuba era un país pobre donde la división de clases era sumamente intensa, como intensa era la pobreza, el atraso, con algunas manchas de desarrollo: la capital.
La prensa que venía del pasado desapareció, pero no porque la Revolución la hizo desaparecer, sino,  sencillamente, porque los dueños de periódicos, un año o dos años después del triunfo de la Revolución, se dieron  cuenta de que  aquel era un proceso imparable, un proceso de justicia, y abandonaron el país. Los periódicos quedaron, en algunos casos, en manos de los trabajadores: tipográficos y periodistas. Las filas del periodismo se depuraron también: quedaron en Cuba los periodistas que servían o que ya venían sirviendo a la Revolución desde la guerra, mediante la lucha clandestina contra la tiranía de Fulgencio Batista.
La prensa cubana, paulatinamente,  empezó a recomponerse sobre otras bases. Si la Revolución es un proceso justo que trata de rescatar la independencia, que trata de rescatar los valores nacionales, que trata de imponer la justicia social, la igualdad y la libertad, por supuesto todos los periodistas y el periodismo empezaron a reestructurarse sobre una plataforma de defensa de esa revolución y de las conquistas de esa revolución.
No es lo mismo hacer periodismo desde la oposición que hacer periodismo dentro del poder. Y el periodismo cubano se convirtió en una manifestación que apoya la Revolución y por tanto se reorganiza como un instrumento del poder revolucionario. Y esas fueron las reglas que empezaron a funcionar desde entonces hasta hoy. Los periodistas cubanos, de una forma o de otra, estamos identificados con el proceso de la Revolución. Podemos algunos creer que hacen falta cambios, transformaciones, mejorar las cosas, todo eso es verdad, pero siempre cualquier cosa que se opine o se critique se hace sobre la base de que la Revolución es la que debe sobrevivir,  no sobre la base de que la Revolución tiene que desaparecer. Dentro de ese ámbito se mueve el periodismo cubano; algunas veces con mucha fortuna y otras veces con menos, dependiendo de las coyunturas externas. Es decir, las relaciones con los Estados Unidos son las que hasta cierto punto han impuesto un tipo de prensa ahora y otro tipo de prensa después. Nosotros nos fundamentamos en un pensamiento de José Martí,  el héroe de la independencia de Cuba, pensador continental, hombre grande junto con Bolívar. Martí decía, y cito de memoria: “Cuando el enemigo esté al frente, la prensa calla.”  Y la prensa nacional, la prensa que está comprometida con el país, con la Nación, con la sociedad, en ciertas circunstancias atempera sus libertades, porque puede ser que lo que diga la prensa beneficie, en un momento, más al enemigo que al país. Eso es un pensamiento martiano y nosotros lo hemos tomado como divisa y nos  ha regido en los últimos 46 años. Porque en términos muy exactos podemos decir que Cuba lleva 46 años en guerra, resistiendo a la hostilidad de los Estados Unidos; hostilidad que todo el mundo conoce; hostilidad que sólo persigue un fin: recuperar la colonia que perdieron.
Hasta el año 1958 los mejores hoteles de La Habana estaban dirigidos por la mafia estadounidense.  La mafia tenía un delegado en La Habana: el segundo de Lucy Luciano: Meyer Lanky. La mafia dirigía las empresas hoteleras, los casinos. Cuba era (en esa época, en los años 40) el verdadero puente de la droga entre Europa y América.
 En el año 58 se celebró la famosa reunión de Apalachin, Nueva York, reunión de todas las familias mafiosas de los Estados Unidos, y uno de los acuerdos  fue trasladar a Las Vegas hacia La Habana. Si no llega a insurgir Fidel Castro en  1959, Cuba fuera Las Vegas del Caribe, porque los Estados Unid0s se hubiera quitado ese cáncer que ellos aún tienen en Nevada.
Pero no es todo. Los ingenios azucareros mayores y más productivos,  la compañías de electricidad, la compañía de teléfonos, las fábricas de neumáticos, la minería, las refinerías de petróleo, eran norteamericanos; algunas inglesas, pero todo lo demás era norteamericano. Los norteamericanos  explotaban el níquel. El 25 por ciento de níquel del mundo está en Cuba y lo explotaban los norteamericanos. Cualquier cosa que los americanos hagan hoy contra Cuba es precisamente para recuperar todo eso que perdieron. Además de extinguir el ejemplo de resistencia que Cuba es frente al hegemonismo del Norte. Ese es el problema.
Entonces nuestra prensa ha estado inserta dentro de esa batalla, subordinada a la Revolución. La Revolución acabó con toda esa dependencia y realizó el sueño inconcluso de José Martí. ¿Quién que sea cubano y patriota no estaría dispuesto a sumarse a esa lucha?
¿Se  puede criticar en Cuba a Fidel Castro por su actitud ejecutiva como presidente? 
No es que no podamos criticar a Fidel Castro, es que ninguno de nosotros quiere criticar a Fidel Castro.
¿Por qué?
Precisamente porque Fidel Castro para nosotros resume todo el ideal de la Nación. Para nosotros, Fidel Castro recogió toda esa obra inconclusa de los libertadores del XIX. Fidel Castro consuma la independencia de Cuba. La independencia de Cuba no se consolida con la fuga de los españoles, en 1898; se va España, pero se quedaron los Estados Unidos dentro. Estados Unidos intervino en la guerra de independencia en 1898, cuando los libertadores cubanos ya habían ganado la guerra. Intervinieron para frustrarla, para darle una independencia ficticia en 1902. Una independencia con un apéndice constitucional, la Enmienda Platt, que disponía  que Cuba no podía contraer deudas ni alianzas con ningún otro Estado del mundo, salvo con los Estados Unidos. ¿Qué tipo de independencia es ésa?  Y establecía, además, que Estados Unidos tenía el derecho a intervenir en Cuba siempre y cuando viera sus intereses en peligro. ¿Qué independencia es ésa?
Por eso, Fidel Castro encarna esa voluntad de independencia, “esa voluntad de una república cordial con todos y para el bien de todos”, como quería Martí.
No es que no podamos criticar al presidente  Fidel Castro; yo creo que nuestros conceptos de la vida y de la sociedad son distintos al de otros lugares. Fidel no es un presidente cualquiera. Fidel Castro no es un hombre que apareció en el poder, como resultado de una elección que a veces, en otros países, es fraudulenta, o por la acción de un golpe de Estado. Fidel Castro ha sido precisamente el hombre que ha guiado a la Nación al lugar  donde está ahora, para reconquistar la independencia, para conquistar la consumación  de la justicia social.
¿Por qué fueron apresados y condenados aquellos periodistas que en Cuba en el 2003, tenemos entendido, se manifestaron en contra del régimen cubano?
El problema es que en Cuba no hay una embajada de los Estados Unidos, pero hay una oficina de intereses, desde 1979, establecida durante el gobierno de Jimmy Carter. Es una oficina que trata de resolver los conflictos que se suscitan no yendo como era antes a la embajada de Suiza, que era la que representaba los intereses  de los Estados Unidos en Cuba, sino que  existe cierta relación, aunque es una figura diplomática muy rara; es una oficina de intereses, no es embajada ni consulado. Esa oficina conspira dentro de Cuba por crear, suscitar, una especie de oposición. Eso, por supuesto,  a base de dinero. Los señores contratados, algunos de los cuales están presos, no están presos por ser periodistas, que no lo eran. Al menos la mayoría no lo era. Yo llevo 35 años de periodismo en mi país. Y te digo, que salvo dos o tres, nunca vi al resto trabajar dentro de la sala de redacción de un periódico o estudiar periodismo en la Universidad. Y he sido estudiante de la Universidad, he sido profesor de la Universidad y llevo 35 años escribiendo en los periódicos de mi país. Entonces ¿por qué están presos? No, no están presos por escribir. Están presos porque les cobraban a Estados Unidos por ese trabajo. Estados Unidos les pagaba por ese trabajo, que muchas veces no era un trabajo honrado. Muchas veces no era verdad lo que publicaban. La oficina de intereses les pagaba por ese trabajo. Están presos por una ley que prohíbe el trato con el enemigo, porque no podemos negar que los Estados Unidos le ha impuesto a Cuba una  guerra fría  y a veces caliente.
Si Estados se arroga el derecho de pagarle a alguien dentro de Cuba para que mienta o para que escriba para el extranjero mal del gobierno o de la realidad cubana, creo que el gobierno cubano tiene algún derecho a defenderse. Y hay una ley cubana que dice que si tú tratas con el enemigo eso es punible.
¿Hay periodistas extranjeros en Cuba que pueden trabajar con entera independencia?
Casi todas las agencias de noticias tienen corresponsales en La Habana: AP, EFE, ANSA, DPA, AFP, BBC, periódicos mexicanos, periódicos europeos tienen sus corresponsales en La Habana y  se mueven libremente.
Se han condenado en el mundo las dictaduras militares, como sistemas de gobierno. ¿Estará Cuba en el lado opuesto, es decir, bajo la dictadura del pueblo?
Si  es dictadura del pueblo no debe ser mala dictadura, ¿no? La Revolución cubana ha sido una revolución radical, pero nunca ha cometido excesos. La Revolución cubana no decapitó terratenientes. Cuando triunfó la Revolución, los criminales de guerra, los asesinos, los torturadores de la dictadura de Fulgencio Batista (que sí fue una dictadura, una tiranía) respondieron ante los tribunales por sus crímenes y algunos fueron fusilados. Pero fueron fusilados por crímenes de lesa humanidad. Yo era adolescente cuando el gobierno de Batista. Yo recuerdo lo que era  la policía y el ejército bajo el gobierno de Batista. A un policía no se le podía cobrar un habano en alguna cafetería cuando  iba a comprarlo. Porque podía costarte la vida o pasabas un susto si tú eras el camarero a quien un policía le pedía un habano, y le decía: son 50 centavos, señor. Campeaban por sus respetos. Golpeaban, amenazaban. Aquella era una época en que uno salía de su casa y tal vez no regresaba. Podían confundirte con un revolucionario, o si eras joven levantabas sospechas.  Yo vivía frente a una unidad policial. El 1 de enero de 1959 se abrieron las rejas de esa unidad y se encontraron allí  a torturados, a moribundos, a los que no tuvieron tiempo de asesinar y arrojar al borde una carretera. Eso sí era una tiranía. La Revolución tuvo que defenderse, porque tuvo muchos enemigos desde el principio. No decapitó terratenientes, no; sino nacionalizó las tierras de los terratenientes y las puso en manos de campesinos y trabajadores agrícolas. No decapitó a propietarios de fábricas, como hicieron otras revoluciones. La revolución cubana fue radical, pero no cometió esos excesos. Y gracias a Fidel Castro, que nunca permitió semejantes actos. Pero la Revolución ha tenido que defenderse, porque ha sido muy atacada. Por lo tanto, es lógico que para defenderse se haya tenido que readecuar algunos derechos en Cuba o algunas libertades. Eso es verdad. Y eso se debe a la obligación que tiene la nación de sobrevivir. Por ejemplo, nosotros tenemos cierto control migratorio, porque el proceso migratorio no puede ser, por ahora,  igual que en Bolivia, por ejemplo.
¿Por qué?
Por la sencilla razón de que un proceso migratorio abierto puede ser una puerta del enemigo, ése que te quiere destruir. Y evidentemente algunas restricciones de las cuales se habla responden a una necesidad de la defensa de la Nación, aunque los cubanos salimos y entramos. Y creo que la gente lo entiende. Y hay que verlo así: un país que se defiende de una hostilidad perenne, nunca desmentida, real, cierta, activa. Si Estados Unidos dice que mi país no puede recibir un préstamo del Banco Mundial ni del FMI, si Estados Unidos dice que barcos de bandera extranjera que entran en Cuba no puede entrar hasta seis meses después en puertos norteamericanos, ¿cómo llamamos a eso? Eso es agresión, eso es bloqueo. Eso es guerra económica. La guerra tiene diversas caras, diversas manifestaciones. Eso es querer ahogar, asfixiar a un país. Por ejemplo, la ley Torricelli, que trata de estrangular el comercio. Después está la ley Helm-Burton, que trata de estrangular la inversión extranjera, las relaciones económicas  de otros países y Cuba.
¿Y cómo le va a Cuba en sus relaciones internacionales con el resto de los países?
Cuba recibe colaboración de Venezuela y de China. Tiene tratados comerciales con decenas de países. Cuba vende, Cuba compra; hay inversiones extranjeras canadienses, mexicanas, españolas, italianas en Cuba que son las que predominan, y sobre todo en el desarrollo del turismo, en la industria jabonera, y otros sectores hay algunas inversiones extranjeras. El petróleo se está investigando, se está perforando con ayuda de ciertas empresas extranjeras. Es decir, hay inversiones en las que el Estado cubano, defendiendo siempre los intereses de la nación, posee la mayoría de las acciones. Claro, esas relaciones están hostigadas, limitadas por los Estados Unidos y sus leyes contra la economía cubana.
Llama la atención los balseros, ¿Por qué se escapan de Cuba?
Escapar no es el término exacto. Porque esa política de hostilidad, de agresividad económica, de bloqueo económico, ha hecho que Cuba esté viviendo siempre con grandes dificultades materiales. Mientras  existieron la Unión Soviética y el campo socialista esas necesidades se paliaban por el apoyo y las relaciones económicas que existían entre Cuba y la Unión Soviética. Pero al desaparecer el campo socialista, con la Unión Soviética a la cabeza, tú tienes que pensar que Cuba se ha quedado como el pintor que está pintando un techo a quien le quitan la escalera y se queda agarrado de la brocha. Y Cuba quedó agarrada de la brocha a partir del año 90, cuando desaparece la Unión Soviética y con ella el justo y gran comercio  que había entre Cuba y la Unión Soviética. La Unión Soviética nos proporcionaba la materia prima, nuestras inversiones industriales, las piezas de repuesto… El combustible: trece millones de toneladas de petróleo al año a cambio de dos o tres millones de toneladas de azúcar.
Había un comercio justo. Y todo eso desaparece. Y ¿de dónde sacar el combustible?, ¿de dónde sacar esto?, ¿de dónde sacar aquello, las piezas de repuesto para las fábricas? Y la economía cubana se empezó a resentir velozmente, y el PIB cayó un 35 por ciento en pocos años. Todo eso ha hecho que la gente viva (si no muy mal)  en cierta situación de pobreza. Pero  la pobreza de los cubanos es distinta al de otros países. Los cubanos somos pobres, a veces tenemos dificultades para conseguir un pantalón o un par de zapatos o una libra de carne. Pero nuestra pobreza es muy relativa, porque si mi hijo se enferma yo no tengo que preocuparme por eso, porque el Estado va a atender siempre la salud de mi hijo sin cobrarme un centavo. Y si no tengo dinero para pagar la renta de la casa no me preocupo por eso, porque en Cuba la mayoría de la gente ya es dueña de su casa. La Revolución nos hizo dueños de la casa, ya no pagamos renta. Entonces nadie va a venir a botarme de mi casa porque no puedo pagar la renta. La pobreza en Cuba es distinta a como yo la veo aquí en Bolivia.
Muchos de nuestros hijos, desde que cumplen los cinco años, tienen el derecho de educarse gratuitamente en el Sistema Nacional de Educación y no terminan hasta los 23, cuando salen graduados de la Universidad con un empleo. Actualmente existen en Cuba más de 600 mil profesionales, entre ellos mucho  más de 60 mil médicos. Ya ves, la nuestra es  una pobreza relativa, pero hay gente que quiere vivir mejor, quiere tener autos, comodidades, entonces emigran. Son emigrantes económicos.
Siempre hubo flujo migratorio en Cuba, antes de la Revolución. Es decir, que la emigración no comenzó en 1959. Por ejemplo, en 1957, el embajador norteamericano declaró a la revista Bohemia que ese año había otorgado 20 mil visas a trabajadores cubanos. Entonces había casi un millón de desempleados.  La revolución solucionó muchos problemas, pero hay gente que ha querido vivir mejor. La mayoría de los emigrantes no se han marchado por problemas políticos, sino de tipo económico. En el fondo influyen las carencias materiales.   Y existe la otra causa: la gente piensa emigrar cuando cree que puede emigrar. Porque Estados Unidos le ha dado a Cuba facilidades migratorias que no le ha dado a ningún país del mundo. Entonces esas facilidades estimulan la emigración.
La Ley de ajuste cubano, aprobada por el Congreso norteamericano, en 1966, dice que un cubano que toque suelo norteamericano, sea por la vía que fuese, tiene derecho a la residencia. ¿Qué quiere decir eso? ¿Cuál es la consecuencia de esa ley? El estímulo de la emigración, sobre todo de la emigración ilegal, que es la que le conviene a ellos, porque da la impresión de un pueblo en estampida. ¿Qué sucedería si hubiera una ley de ajuste boliviano, o mexicano, o salvadoreño? La respuesta es obvia, creo.
Si usted  tuviera que señalar tres errores  de la revolución cubana, ¿cuáles serían?
Sería demasiado presuntuoso de mi parte señalar tres errores de la Revolución cubana, a la que tanto le debo en lo personal.  Y a la que tanto le debe mi país. Pero no puedo negar que mi país afronta problemas. Cuba no es un paraíso, pero sus problemas no son sólo de su responsabilidad, también es la responsabilidad de otros. Yo creo que sí, que quienes han dirigido la Revolución han cometido errores. No son dioses. Son hombres con una misión bajo circunstancias excepcionales. A mí me parece (y eso hay que ponerlo entre comillas) que “el gran error, el gran pecado de la Revolución cubana es haber querido dar más de lo que ha podido dar”. Eso es un pecado de idealismo, querer resolver los problemas, a veces, sin tener el medio, sin tener la economía desarrollada. Siempre las políticas sociales tienen que adecuarse a la economía de un país. No puede haber una política social por encima de la economía. Ése es un error, quizás  entre comillas, pero daña.
Otro pecado, a mi juicio, es haber concebido o haber permitido una desviación: que la igualdad emparejara a todos los hombres y se convirtiera  la igualdad en igualitarismo. Vivimos en una sociedad donde la gente tiene que esforzarse muy poco para merecer las cosas. Y eso vuelve a ser un pecado de idealismo, no es un error de maldad, sino de idealismo. Convertir la igualdad en igualitarismo, todo el mundo por igual, sin establecer un distingo entre el bueno y el más bueno, entre el que más produce y el que menos produce. Eso tiene que ver con la concepción de una política social, universal, que por momentos ha estado por encima de una posibilidad, y que no le supo dar al individuo el espacio necesario para merecer las cosas. No de recibirlas gratis, sino merecerlas. Creo que por ahí andan los errores de idealismo. La economía no es un asunto de idealismo; es una fuerza material y demasiado contundente para que el idealismo la pueda dominar. Eso es un pecado. Pero se pueden cometer errores  queriendo hacer el bien. Creo que, en efecto, las mejores intenciones han guiado a los que en este caso se han podido  equivocar en decidir una política social por encima de posibilidades materiales, y una economía un tanto enfocada desde posiciones idealistas, queriendo ir más rápido de lo que se podía, que es el tercer error.  Las etapas de tránsito entre el capitalismo y el socialismo son muy largas. Quizás los cubanos hemos querido correr demasiado. Es posible. Ese es mi pensamiento. Y de esto he escrito en Cuba
¿Y hay una forma de solucionar esto, si es que este detalle constituye un problema para Cuba?
Sí, es un problema para Cuba, porque eso –hasta cierto punto– retrasa  el desarrollo de la sociedad, de la economía.
¿Qué tipo de solución le encuentra usted a este problema?
Yo creo que la solución tiene que partir de nosotros mismos, los cubanos que seguimos fieles a la Revolución y que necesitamos que la Revolución perdure para preservar la independencia y cuanta obra buena se ha levantado en los últimos 46 años. Me parece que debemos modificar ese enfoque de conceptuar la igualdad como igualitarismo. Fidel, últimamente, ha hablado con franqueza sobre este problema. Preservar la igualdad esencial entre todos los ciudadanos, el derecho  de tener todos los derechos, pero ser también objeto de distinción a la hora de remunerar, de premiar, de elegir al más esforzado, al más eficiente. Y no que la justicia ande junta y revuelta con ciertas inconsecuencias sociales.
¿Pero acaso eso no es influencia de la globalización?
Eso es influencia del socialismo soviético que intentó hacer eso. Eso heredamos del socialismo que fracasó. Y que, al decir de un viejo comunista cubano muy culto, Carlos Rafael Rodríguez, que fue vicepresidente del Consejo de Ministros hasta su deceso,  “Ahora hemos venido a saber que el socialismo en la Unión Soviética fue mal concebido y peor realizado”. Y a nosotros nos tocó un poquito de esa mala concepción y de esa mala realización, porque tuvimos una identificación muy grande con la Unión Soviética. Porque gracias a la Unión Soviética sobrevivimos a la hostilidad, a la guerra norteamericana. Y esas cosas tienden a pasar. Si tú me ayudas y yo te agradezco, indiscutiblemente de alguna manera tú vas a influir en mí, porque yo siempre voy a estar en una posición subordinada, de gratitud, porque te debo y tú puedes influir, traspasar mis ideas. Eso es lo que pasó.
Podemos enmarcar esos errores ahí, en el plano del idealismo, al enfocar la economía, al enfocar la sociedad, un idealismo que trató de correr, de apurarse, trató de resolver de un plumazo todos los grandes problemas de la sociedad, sobre todo de una sociedad subdesarrollada como la nuestra. Un país con una herencia colonial, que todavía tiene presencia en Cuba. Eso es lo que podría decir en estricta honradez y haciendo uso de la libertad que la Revolución me garantiza.
Los cambios, claro,  tienen que partir de una revisión del enfoque, pero esos cambios están condicionados por la actitud de los Estados Unidos. Porque cambios en Cuba, cambios de propiedad, apertura hacia el mercado, cosas que podrían hacerse, pueden debilitar la unidad interna. Y ese es el argumento de los líderes de la Revolución. Hoy Cuba es un Estado muy centralizado. Pero en estos momentos es necesario. Yo no creo que el exceso de centralismo sea útil y productivo, pero también ciertas circunstancias están condicionando un Estado centralizado para poder conservar la unidad monolítica frente a la agresión de una gran potencia.
Llama la atención, de acuerdo con lo que nos cuenta, ¿cómo es que Estados Unidos no invadió Cuba de manera exitosa?

Tal vez porque saben que no tendrían ni una onza de simpatía en Cuba y en el resto del mundo, y sí toparían con toneladas de fuego y resistencia.  A mi parecer,  están apostando al desgaste. Desgastar a Cuba económicamente, que se vaya consumiendo

 

 

 

 

 

 

LO CUBANO

Luis Sexto 

El color no es lo cubano.  Entre  otras cosas, es  lo cubano. Nilo Menéndez compuso su canción a “aquellos ojos verdes” y nadie dudaría de que concentró las combinaciones de su música en las pocetas traslúcidas de una mujer de nuestra tierra, porque lo cubano no implica solo la mixtura de negro y blanco en su expresión cromática.

Lo cubano es sobre todo personalidad, ademán, movimiento. Eso: ritmo.

Lo supe andando en buenos pasos que una fotografía retuvo para acusar mi experiencia. El nuestro es un ritmo vertiginoso que se trasunta al caminar, al hablar. En Cuba somos analfabetos en el “paso de tortuga”. Tuve una primera lección sobre las pisadas de una jicotea cuando los trabajadores del aeropuerto de Kingston, en reclamos salariales, obligaban a los aviones en escala a esperar varias  horas bajo el sol, mientras ellos montaban los equipajes de los nuevos pasajeros. Avanzaban, me parece, a diez centímetros por hora.

Entre nosotros los cubanos se interpone un jadeo, una ansiedad de tránsito. La cualidad primordial de nuestros deportistas actúa en la velocidad. Lo aseguran los especialistas. Si hablamos, la lengua se desprende en ráfagas. Y podríamos tal vez preguntarnos si el cubano copia el viento de los ciclones o, en cambio, los huracanes soplan sus palmetazos calcando la velocidad de nuestro andar, de nuestra habla que se come las eses, las primeras sílabas o recorta las últimas, en una prisa que atropella, gesticula y grita hasta en la ternura.

También, por supuesto, el cubano piensa muy rápidamente. Alguien quiso probar la agilidad mental de uno de nosotros, y en los vestidores de un balneario le exigió que improvisara un chiste. Sin manosearlo mucho. El desafiado se inclinó para alzar el guante. Y en el vuelo de unos segundos puso la mano sobre una de las taquillas y dijo: ¿Un chiste? Pues “ta–qui-llá.” Para comprenderlo también se requiere pensar en el espacio de un ultrasonido.

Nuestro ritmo se estiliza en la música. Aun el bolero –lento, denso, hecho para sentir el goteo de los sentimientos- se mueve, se agiliza como si respondiera a una palmada de los bailadores. Han de ser pocos los cubanos que rehúyan el baile. Mas, si lo hicieran por alguna limitación física o psíquica, se moverían por dentro en un balanceo desaforado de su intimidad. Cuba baila desde los aborígenes. Y tanto bailaban nuestros ancestros indígenas que suscitaron la cólera del gobernador Gonzalo de Guzmán. Según el sucesor de Diego Velásquez –no sabemos si cínico o bobo-, la fogosa frecuencia de los areítos causaba la muerte en masa de los indios.

Un viajero colombiano del XIX, Nicolás Tanco, observó que el baile se apoderaba igualmente de palacios de blancos que de bohíos de negros. Y el costumbrista Luis Victoriano Betancourt fijó en la misma época la afición predominante con esta frase inexcusable: “...Baile porque llueve y baile porque no llueve (...) y baile siempre, porque nunca faltan pretestos (sic) para bailar.”

Una conga en Trocha o cualquier otra calle de Santiago de Cuba es la apoteosis del ritmo cubano. Lo sé, como ya dije al principio, por movimientos propios, personal aventura. Estábamos Juan Emilio Friguls, Ilse Bulit y yo reportando un festival de la cultura del Caribe, típico evento santiaguero. Una tarde nos ubicamos en la acera de la calle Heredia a presenciar la comparsa de La muerte en cueros. Y espontánea, impensadamente, a pesar de nuestra seriedad, Friguls –estampa de Quijote, serio, devoto- y yo –parecido a Sancho e igual que su señor, de talante seco- nos zambullimos en aquel bullicio bamboleante. Alguien, con fines de coleccionar una rareza, nos engavetó en su cámara. Friguls, creo, ha de conservar la foto.

Yo, al menos, conservo el recuerdo. Embutido en aquel percutir de cinturas, comprendí que para lo único que un cubano no tiene prisa es para morir. Porque, para morirse, sobra el tiempo.

El Cabo de las mil visiones, último libro cubano sobre Guanahacabibes

El Cabo de las mil visiones, último libro cubano sobre Guanahacabibes

Texto y foto Ronald Suárez Rivas

Para el comandante Julio Camacho Aguilera, quien ha estado durante décadas muy vinculado a la península de Guanahacabibes, El Cabo de las mil visiones, el último libro del periodista Luis Sexto, presentado recientemente en Sandino, “posiblemente cierre el ciclo de aquellos que se puedan escribir basados en las narraciones de los habitantes del Cabo de San Antonio”.
“Esos hombres están desapareciendo, unos físicamente y otros se han trasladado fuera del territorio, lo que nos priva de la tradición oral que había conservado el lugar, y sus leyendas sobre los supuestos tesoros ocultos en las entrañas inaccesibles de la península”.
Luis Sexto, consagrado periodista y profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, considera que sería magnífico que un autor pudiera conversar con todo el que lo lee, pues “así escribiría mejores libros”. Tal vez por esa razón, haya decidido presentar su último texto en Sandino, próximo a la península cuyos habitantes e historias le sirvieron de inspiración.
La idea de escribir este libro, publicado por primera vez en Brasil hace tres años, y que Sexto clasifica como un “reportaje mechado de testimonio”, surgió en 1990, cuando en busca de temas para la revista Bohemia, su autor llegó hasta la península de Guanahacabibes, encontró al campesino Fisco Varela y lo entrevistó.
“Enseguida supe que me había revelado un mundo y me había dado una voz narrativa. Durante tres años estuve yendo con cierta frecuencia al Cabo de San Antonio, buscando con quien hablar y oír esas historias antiguas. Algo curioso: después que entrevistaba a aquellos viejos octogenarios se iban muriendo, como si, al descargarse de toda esa memoria, quedaran vacíos”.
En el libro no aparece la totalidad de esas personas, pero sí, afirma el autor, cuanto dijeron.
“Quise evadir el periodismo más simple, y sinteticé todas las biografías en un personaje ficticio, pero objetivo, a quien llamo ÉL. La voz es la de Fisco. Las vivencias, las de todos.
“Topé en El Cabo con un mundo que pedía ser nombrado, construido o reconstruido mediante la literatura, y a ese fin dediqué varios años: oír, ver, leer, valorar. Y luego narrar.
“Me introduje en la presencia discreta de un reportero o un entrevistador que solo provoca a su entrevistado, y luego reordena lo oído sin distorsionarlo”.
El Cabo de las mil visiones es un libro breve, pero con la virtud de que puede nutrirse de nuevos hallazgos. Recoge la tradición oral, y algo de la historia local, de un paraje casi desconocido por la generalidad de los cubanos.
Desde el punto de vista socioliterario, su autor pretendió haber testificado la existencia de una cultura popular, o de cierto folclor en el Cabo, además de haber recreado un modo de decir típico, casi poético, de los caberos, sin haber reproducido el habla de todos los días, aunque sí ciertas palabras propias de ese medio.



“Disfruté mucho mientras lo escribía, -afirma Sexto-, a pesar de que lo hice junto al lecho de mi hijo menor mortalmente enfermo. Me ayudó mucho hacerlo. Y ya uno va aprendiendo que la literatura, el oficio de escribir, es algo más que una profesión, o una pose, un medio de vida. Es a veces un drama”.