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UN HOMBRE, LA LEY Y LA LETRA

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Luis Sexto

Aún lamento no haberme equivocado cuando, en 1986,  Waldo Medina me llamó por teléfono para despedirse temporalmente. Ese fue, sin embargo, el adiós definitivo de nuestra amistad. Lo conocí personalmente a fines de la década de 1970. Yo pertenecía a la redacción de Trabajadores. Algún artículo mío, que a él le debe haber gustado, pudo haber favorecido un encuentro personal. Quizás un amigo común, también oriundo de Cidra, Enrique Pichardo, intervino para que nos conociéramos de cara a cara. No recuerdo el momento preciso, aunque su nombre me resultaba cercando, porque lo leía  en el periódico El Mundo donde Waldo publicaba en los 60.

Sólo cabe un término para calificar aquella relación entre un octogenario y alguien que comenzaba a discurrir por los 30 años: amistosa, pero con intimidad, confianza mutua. Yo veía en él a un maestro, un hombre cargado de méritos ciudadanos e intelectuales; y creo que él me juzgaba como un joven aprendiz que prometía ser periodista y escritor. Lo visitaba con mucha frecuencia en la casa de 23 y Paseo, en el Vedado, La Hsbana. Incluso me obsequió libros de su biblioteca, y algunos originales de sus artículos. Le reciproqué publicando una crónica sobre él en Trabajadores y también un comentario a su libro Cosas de ayer que sirven para hoy. Varios de mis primeros cuentos, los de aprendizaje, él los leyó. Y me estimuló: elevó mi autoestima y mi vocación literaria.  Incluso, cuando entregó en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) el original de un texto revelador sobre la insularidad penitenciaria,  Waldo me pidió que le escribiera el prólogo. Aquel libro, muy valioso por cuanto decía sobre el papel de las islas como prisiones, en particular Isla de Pinos, se extravió en la UNEAC sin publicarse.

Ante personajes como él habitualmente yo hablaba poco. Por ello sé  decenas de anécdotas con Waldo como protagonista. Darían un excelente libro.  He escrito un par de ellas en un volumen, aún inédito,  que se titula El primer viaje del diablo (Historias de bolsillo).  Esta es una: cuando el cura de Alacranes se negó a enterrar  a una guajirita que se había suicidado por amor, Waldo lo metió preso una noche, además de ordenar que se sepultara a la muchacha en el camposanto, que todavía administraba la Iglesia. Fue, en eso, muy valiente. Provocó a todo el Poder: El obispo de la diócesis,  el Gobierno y hasta el Tribunal Supremo. Pero verdaderamente dio la mejor lección de civismo y de caridad cristiana.

También podría recordar el día cuando, siendo juez de Corralillo, en Las Villas, el cacique del pueblo decidió matarlo, porque el “juececito” no se plegaba a sus órdenes y caprichos. Sobrevivió inexplicablemente a la balacera, pero le convirtieron su fisonomía en un queso gruyere.

Esa conducta intransigente, evidencia su entereza;  nunca se doblegó. Podíamos decir que tenía un corazón valiente en un cuerpo frágil y mínimo. Podría hablar  de su sentido de la justicia y de su generosidad para con los pobres y desvalidos. Me parece que  fue uno de los jueces más sobresalientes y distinguidos de la república de 1902, esa que llamamos seudo república. No llegó a ocupar grandes plazas; lo impidió,  según estimo, su actitud honrada, su incorruptibilidad moral.  En los juicios donde los garroteros y los casatenientes acusaban a sus deudores, estos nunca salían con la sentencia favorable del juez.  Waldo Medina siempre beneficiaba a la víctima: al que no podía pagar los intereses de un préstamo o el alquiler de la casa.    

Mereció el título espontáneo de Juez del Pueblo.

Algún pinero viejo lo  recuerda en Nueva Gerona,  Isla de Pinos -hoy De la Juventud- donde ejerció la magistratura del juzgado. Su devoción a José Martí y a la historia, y su ancha cultura cívica lo colocaron habitualmente al lado de las causas populares y patrióticas. Allí movilizó los centavos de la comunidad para reparar la casa de El Abra, la finca del catalán  José María Sardá, donde  Martí, adolescente, recién liberado del presidio político, vivió unos meses  antes de ser deportado. Waldo cumplió su deber aplicando la justicia de los pobres, nunca la de los ricos. Cuando Fidel estaba preso en el Presidio Modelo, allí lo visitó; era todavía  juez en Nueva Gerona. Fidel le dijo: Te van a botar por venir a verme. Y, en efecto, lo botaron del poder judicial.

No pudieron expulsarlo de la prensa. Paralelamente a su labor en los tribunales, había ejercidoa el periodismo en Bohemia y en El Mundo; además de en la radio. Han pasado los años y aún me gusta leer a Waldo. Sus crónicas y sus artículos de opinión, de corte ensayístico, tienen  calidad de estilo y tanta información que puede aún leerse con provecho y placer.  Prosa  andarina, rítmica, clara.  La emoción  se trasuntaba en el enunciado periodístico.  No se me olvida cuándo me contó, muy conmovido,  que en un viaje de vacaciones, poco antes de morir, un anciano se le había acercado al oírlo hablar, porque recordó su voz, que en un tiempo ya lejano había escuchado por radio. El viejo periodista aún no había sido olvidado.

No tengo  dudas al creer que está ahora olvidado. Su vida de entrega nunca esperó premios, pero la nación, la sociedad cubana, no puede prescindir del recuerdo de sus mejores ciudadanos. ¿A dónde mirarán las nuevas generaciones si olvidamos la historia y sus personajes? Waldo Medina es uno de los más eminentes hijos de Cidra, junto con Rafael Enrique Marrero, el poeta;  el padre de Enrique Pichardo, que incluso dirigió un periódico en esa zona –La Antorcha-,  y el propio Enrique, otra memoria que me acompaña señalándome la ruta del acierto con su filosa opinión.

Haber conocido a Waldo, haber sido su amigo cuando él duplicaba mi edad; haberlo oído, haber apreciado sus virtudes humanas y cívicas, componen una de las fortunas que la vida me concedió.  Y me alegro de haber aprendido a creer, respetar y oír a esos hombres mayores  que llegaron a mi existencia cuando ya iban de  retirada.  Ellos, él, llenan el desván que  todo escritor debe llevar a sus espaldas.

Lamento todavía no haberme equivocado cuando me comunicó aquella decisión que aplazó nuestra amistad no sé para qué tiempo y qué sitio. Tanta hondura alcanzó nuestra confianza que, cuando fue a ingresar para hacerse una revisión médica de rutina, me llamó para despedirse por unos días, y le aconsejé que renunciara. Los viejos,  advertí,  se parecen a los autos muy viejos,  y a los autos muy viejos no se les abre el motor. Fatalmente, mi intuición no desvío su carga agorera: murió un par de días después.

 

 

 

 

 

11/07/2012 13:33 Luis Sexto #. Personajes



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