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EL CARDENAL NO TIENE FICHAS PARA ESE JUEGO

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Luis Sexto

A propósito de la última prueba de que el exilio no es la emigración

Tras tildar recientemente de “cipayo” y “canalla” al Cardenal Jaime Ortega, entre otros calificativos denigrantes,   Radio Martí, emisora perteneciente a una agencia del gobierno de los Estados, y por tanto  clasifica como medio oficial, confirma que un posible proceso de “reconciliación” con la  mal llamada diáspora, no es posible sin saber elegir puntualmente a los interlocutores. La semana pasada publiqué  en Progreso Semanal un artículo intentando establecer diferencias semánticas, políticas e ideológicas entre exilio y emigración.  Y aunque me ahorre exponerlas ahora, debo repetir que exilio y emigración no significan lo mismo, sobre todo, desde el punto de vista de su pensar y accionar políticos. 

Del exilio forman parte todos los cubanos, o cubanoamericanos, que aspiran a derrocar al actual gobierno cubano y regresar al poder que perdieron algunos de ellos, o sus abuelos o sus padres, o beneficiarse de algúna posición como aliados de última hora. Evidentemente, esa gente no quiere reconciliación con los cubanos que en Cuba tratamos de construir un país mejor sin renunciar a conquistas revolucionarias, como la justicia social, y la independencia política, en particular de los Estados Unidos.  Y tanto es el odio  del exilio que sus adeptos no vacilan en maltratar a un eclesiástico de la jerarquía de su Eminencia el Cardenal Ortega.

¿Cuál es la razón por la cual el director de Radio Martí –ah, si Martí supiera para qué cochinadas utilizan su nombre-, miembro encumbrado del  exilio y también del gobierno federal,  ofenda públicamente la dignidad humana y religiosa del arzobispo de  La Habana*? Aparte de las opiniones emitidas en Hervard por el arzobispo de La Habana, la razón es muy  simple, simple como suelen ser los argumentos políticos del exilio, ya sea histórico o histérico, según el agudo decir de Carlos Saladrigas.  Su eminencia Jaime Ortega vive en Cuba y su percepción de la realidad no coincide con la de los enemigos de la revolución, ni su misión episcopal se apega a los métodos y propósitos de los “llamados –y bien pagados- luchadores por la libertad”- en Miami, Washington y Madrid.  Ortega intenta coadyuvar al bien de Cuba mediante su influencia pastoral, y no está interesado en derrocar al Gobierno cubano, ni propiciar con sus acciones la división interna y mucho menos poner los problemas de Cuba al arbitrio de los Estados Unidos. Aún recuerdo cuando, ante la grave enfermedad de Fidel  Castro en 2006, y mientras W. Bush se frotaba las manos ante un plato fácil y suculento, el arzobispo de La Habana declaró a la prensa internacional que la Iglesia Católica cubana no estaría de acuerdo con la intervención extranjera en Cuba.

Tal vez lo que ha sucedido con Ortega en Miami avive el seso, al decir de Jorge Manrique, de cuantos, con cierto hábito, construyen desde Cuba sermones laicos sobre la necesidad de la reconciliación y el diálogo, en un lenguaje tan ambiguo que parece que el culpable de los sufrimientos de los cubanos de dentro y de fuera, es el gobierno de La Habana. Esas exhortaciones, que acusan ingenuidad u oportunismo –depende del buen corazón de quién los lee o juzga- se fundamentan en lo abstracto. Para algunos de ellos, no existen los Estados Unidos, ni su guerra cincuentenaria contra el gobierno revolucionario; ni existe el bloqueo económico y financiero que prohíbe comprar hasta medicinas que usen ingredientes norteamericanos, y prohíbe que el FMI y el Banco Mundial otorguen créditos a Cuba; ni Obama aprobó 20 millones dólares para promover la subversión dentro de Cuba, ni mantiene activa la ley de ajuste cubano, que estimula la emigración ilegal… El propio cargo de Carlos García Pérez, autor del editorial contra Ortega, es una confirmación cósmica de la injerencia norteamericana en los asuntos internos de Cuba: director de la Oficina de Transmisiones a Cuba

Estos “defensores de la paz,  la unidad nacional y la caridad”, escriben sus dulzones textos soslayando culposamente que Cuba ha sido un país habitualmente atacado y que incluso parte de los errores de nuestro lado pertenecen a un modo de encarar   la defensa. No resulta una manifestación de superinteligencia comprender que, más que proponer ideas constructivas y justas, estos artículos se proponen respaldar con sus fichas la data común de la Casa Blanca y el llamado exilio.

Pero Su Eminencia el Cardenal Jaime Ortega toca la mesa y se pasa. No tiene fichas para ese dominó tan macabro, en cuyos extremos se sientan gente que si dicen creer en Dios, no vacilan en condenar a sus representantes si no comulgan con los intereses que le dan sentido a la existencia  que ellos mantienen plácidamente en tierra extraña y que ya consideran propia. Cuba, si la recuperan, sería una… colonia para inversiones y fines de semana en algún casino de los que reaparecerán como antes, en aquellos tiempos de Meyer Lanksi y el embajador Gardner, el general Batista y la United Fruit Company, y periódicos que anunciaban el arribo a puerto de cocaína de la buena y marca Merckx. 

 *Carlos García considera “una canallada” que el Cardenal Ortega dijera la verdad a su auditorio en Harvard; que entre aquellos que invadieron el Santuario Diocesano y Basílica Menor de Nuestra Señora de la Caridad en La Habana el 13 de marzo habían delincuentes, un extraditado desde una prisión en los Estados Unidos y un sancionado por exhibicionismo; invasores que salieron sin que se usara la fuerza, como declaró la propia Iglesia el día 15 de marzo. También le disgustó a Carlos García que el Cardenal Ortega haya revelado que el recién fallecido Mons. Agustín Román le dijera durante una visita a Miami que no mencionara aquí la palabra “reconciliación”.

08/05/2012 16:17 Luis Sexto #. Política



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