Facebook Twitter Google +1     Admin

TRADICIÓN Y NOVEDAD

20100124143750-cuba.jpg

Por Luis Sexto

El discurso oficial cubano ha encontrado el término más apropiado para nombrar el proceso renovador que, entre dudas mayoritarias, anda lentamente por las estructuras socio económicas del archipiélago. Sé que al escribirlo, mi artículo tendrá que asumir el riesgo de parecer un atolondrado manipulador del diccionario, o que se le acuse de escamotear de la realidad. Sin embargo, no vaciló en creer que el presidente Raúl Castro usó la palabra que podría generar en Cuba más adhesión que otros vocablos hasta hoy recurrentes como cambios, modificaciones, reformas.  Ahora, en su discurso del 20 de diciembre de 2009, utilizó el sustantivo actualización para referirse al proceso de transformaciones aun en etapa de estudio y reflexión, aunque con ciertas fórmulas ya en práctica.

A juicio de este comentarista, actualización -acción y efecto de actualizar, como establece el diccionario- es un término que tiene la virtud de tranquilizar los resquemores de cierto sector de la burocracia, resistente pasivo a cualquier cambio que pueda amenguar su capital como usufructuario político de la plusvalía social. Con este término ya podrán reducirse las polémicas acerca  de que si los “cambios”implican un retorno al capitalismo. Y resulta comprensible la suspicacia ante el término cambio, pues parece estar un tanto desacreditado ante la óptica de la izquierda desde que los “cambios”en la Europa socialista y la Unión Soviética condujeron a virajes hacia la derecha con todas sus secuelas económicas y sociales aparentemente  irreversibles. En verdad, podemos juzgar la reticencia  como un detalle baladí, sin importancia, más bien una minucia léxico semántica. Pero en Cuba, cualquier opinión que intente acercarse al fondo tendrá que tenerlo en cuenta.

Actualizar, pues, viene a sugerir lo que en realidad significa. De modo, pues,  que el asunto se reduciría a su aspecto fonético, como palabra de más simpático, menos hostil sonido: actualizar, sí, es decir, poner al día lo que ya envejeció, readecuarse a los tiempos, a las urgencias de impedir el estancamiento;  promover el antídoto del óxido que carcome los hierros de la producción material y esclerosa los servicios hasta el punto de que entre ambos incrementan la decadencia de la productividad. Actualizar, esto es, remotorizar la técnica  y los circuitos de la propiedad estatal con bujías, carburadores y poleas y un código de tránsito que faculten a los trabajadores experimentar, en carne y espíritu, el hasta ahora no concretado principio de ser “propietarios de los medios de producción”.

El mes pasado, en Progreso Semanal, me refería la inquietud por las vueltas del reloj: el persistente agotamiento de la cuenta regresiva con respecto al punto crítico -la oportunidad para trascender la fiebre o ser su víctima- de la sociedad cubana. Uno ve, decía, que algo se está haciendo, pero no afloran las soluciones. Al menos, todas las soluciones. Hoy no habré de volver al tema. Ya sabemos que la actualización es una lucha contra el tiempo en el tiempo, en un tiempo complicado, sobre todo en lo externo, por la crisis triple que ha sorprendido al planeta, o a una parte de este, por actuar como los antiguos romanos: comer y beber hasta la explosión y luego vomitar para seguir comiendo. Pues bien, la crisis, a mi juicio, es económica, ecológica y moral.  Y Cuba,  con su testarudo proyecto de sociedad nueva en mundo viejo, también se queja con más o menos intensidad de esta crisis tripartida, que la restringe e inquieta al añadir limitantes materiales y financieras  a las limitaciones de diversa índole del modelo económico cubano.

En honrada objetividad, uno se siente dispuesto a admitir que la herencia de la revolución de 1959 ha sobrevivido en los últimos veinte años como acción portentosa de la voluntad colectiva. Las interpretaciones foráneas –particularmente en Miami- suelen abroquelarse en la retórica de la tiranía, la opresión, hasta el definir la supervivencia del gobierno revolucionario como el efecto de seis millones de policías vigilando y aterrorizando  a seis millones de personas, la otra mitad de la población. Quizás ello explique que habitualmente ese “exilio sacrificado y glorioso”, simple fábula, jamás hayan acertado a tocar la flauta. Ni por casualidad, aunque se me figura que el agosto de esas guerritas prospera según sus operaciones se frustran.  

Aquí, dentro del archipiélago, unos estiman que las soluciones válidas son las que por lo general se aplicaron ante cada episodio de nuestras crisis más o menos presente en medio siglo. Hace poco, un lector me escribió a Juventud Rebelde proponiendo  que para resolver las deficiencias de la agricultura lo más apropiado consistiría en cerrar las fábricas y enviar a sus trabajadores al campo. Le respondí con varias preguntas: ¿Qué hicimos en los primeros años de los 1990?  ¿Acaso  usted y yo no nos vimos en las áreas agrícolas de la provincia de La Habana? ¿Y que sucedió? ¿Comimos más?  ¿Resolvimos las insuficiencias alimentarias? ¿Incrementó la agricultura su eficiencia y su efectividad?

En fin, le dije, las cosas empezaron a mejorar cuando una resolución del Buró Político del Partido Comunista decidió cooperativizar las ineficientes tierras explotadas por el Estado. Fue una respuesta de fondo; un querer actualizar la propiedad agropecuaria. Si no resultó como podía preverse fue, a mi criterio, por la intromisión de los burócratas, que constriñeron la autonomía de las unidades básicas de producción cooperativa. En un aparente espacio de autogestión, los trabajadores asumían las deudas y la quiebra, y las empresas –que habían quedado como entidades metodológicas- continuaron determinando qué hacer y cuándo y cómo hacer. En 1994, este comentarista escribió un artículo en Bohemia, fundamentado en una indagación personal en varias provincias. El tema, la realidad shakespereana: ser o ser… autónomas, esa es la cuestión.

Desde luego, la actualización no habrá de discurrir por las fórmulas fracasadas. ¿De esa forma qué se conseguiría si no actualizar el estancamiento? Porque si la mentalidad conservadora que ha estropeado iniciativas muy progresistas en Cuba, intentara imponer propuestas ya repetidamente fallidas, estaríamos los cubanos jugando al perro que se muerde la cola, trazando un círculo vicioso. Desde mi punto de vista,  cuantos conciben y analizan  y sobre todo deciden las soluciones tendrán que evaluar y controlar, en términos políticos, esa  mentalidad inmovilista -salpimentada por cierto oportunismo- que como el marabú se resiste a ser erradicada. He oído decir: Hace falta mucho tiempo y mucha paciencia para romperla mediante la persuasión y el reacomodo actualizador de la economía.

Parece, pues,  que la ecuación correcta es la interdependencia de la tradición y la novedad. Es decir, lo salvable del esquema desautorizado por las circunstancias, más lo nuevo que debe potenciarlo y  a la vez sustituir lo caduco. Pero el método, según se aprecia, es la cautela, que se justifica, entre otras, por esta razón: qué sociedad socialista del siglo XX, con las excepciones de Viet Nam y China, ha sobrevivido a su estrategia de renovación. (Tomado de Progreso Semanal)

 

 

24/01/2010 09:37 Luis Sexto #. Política



Powered by Blogia

Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris