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AH, SIEMPRE LA ESPERANZA

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Por Luis Sexto

En un soneto lo suficientemente agraciado como para no olvidarlo, Jorge Luis Borges le pide al Señor -un vocativo que para él es solo una fórmula- que no lo defienda "de la espada o de la roja lanza, sino de la esperanza". Y es aquí donde el acatado escritor argentino logra, al menos de mi parte, la conmiseración. ¿Proscribir la esperanza, anularla, ignorarla?  Más que por su ceguera, Borges merece la compasión por rechazar esta virtud teologal. Pero cualquier  poeta es a veces víctima de sus ficciones y sus consonantes. Y no creo cuerdo asegurar que Dios haya oído el ruego del autor de La historia universal de la infamia.

De qué difunto podríamos certificar que muriera sin esperanza, o dudar de que en el último parpadeo le haya sido revelada la visión de lo ignorado. Porque la presunción resulta habitualmente un método inexacto, no parece  pertinente destinar el 2 de noviembre a ejercer de recordatorio exclusivo para los "fieles difuntos", es decir los  cristianos. En este planeta, donde el perro caliente se ha vuelto un alimento global, me parece injusto, vacío de caridad, que solo roguemos por los que murieron en la fe de Cristo. ¿Y dónde esconderemos  la parábola del buen samaritano? Porque pienso que al tener solo en cuenta nuestros hermanos fallecidos en la fe, actuamos cómo los judíos que dieron un rodeo para no tener que topar con el peregrino herido y atenderlo con la demora y la molestia que la solidaridad exigía.

En mis ratos de reflexión, he tratado de anudar los hilos invisibles que unen a la fe, la esperanza y la caridad. Y me he percatado de que están tan ceñidamente amarradas que sin una de las tres, las demás pierden sentido. Que me perdonen, pues, los teólogos: soy periodista, la audacia es inherente a este oficio y me atrevo a escribir, por tanto, que si la fe nos prefigura a Dios y el amor nos lo acerca, la esperanza nos lo mantiene vivo y actuante. Incluso, la política necesita de la esperanza: esperar, esperar lo prometido, o lo propuesto, o esperar el resultado del trabajar sometido a las jorobas de la abnegación.

 

Resulta claro: sin la esperanza todo puede asumirse como un agujero negro en el Cosmos. Pero el problema se presenta cuando efectuamos la disección de nuestra esperanza. ¿Esperanza de qué: de ganar riquezas, fama, sorteos? Podría ser socialmente legítima esa esperanza, pero ya dejaría de ser virtud, para ser cálculo; perdería la certeza  para derivar hacia la probabilidad. Y quizás esta sea la esperanza de la que Borges le rogaba a Dios lo defendiera: la esperanza incierta, insegura, solo como un augurio de cartomántica o invocación onírica  a las energías positivas. Como sabemos, ciertos especialistas en juzgar la fe ajena suelen criticar que los creyentes  vivan esperando una mejor vida luego de la muerte. Y se detienen a lamentar que algunos renuncien a las ventajas de esta existencia, para merecer la próxima. Bueno, el equívoco es como para no alardear de teóricos o sabios. El creyente empieza a construir el Reino de Dios -dimensión insuperable de la vida-  desde  este respirar terreno. Busco un ejemplo, y pienso en el Padre Damián. El apóstol de los leprosos en la isla de de Molakai, en medio del Pacífico, no compartía sus días con los excluidos para anunciarles solo el fin de sus sufrimientos; había embarcado en esa travesía sin retorno, también para aliviarles, mejorarles esta vida que parece que concluye cuando se agotan los pulmones y el corazón.  Y dialécticamente - método válido también para los cristianos- el Padre Damián  se mejoraba como persona con su entrega sacrificial.

Vemos, así, una continuidad, una dependencia mutua entre la esperanza, la fe y la caridad. La matemática de Dios. Y por ello no se trata de demostrar  que Dios no existe o es una ficción engendrada por la pobreza, el desamparo, o si Cristo es un personaje histórico o una leyenda. Tal vez, lo más cuerdo, lo más provechoso resulta practicar lo que dicen que dijo: Amaos los unos a los otros. Por ese sugestivo mandamiento, comienza la esperanza. Y ya es algo…

 

 

24/12/2009 20:39 Luis Sexto #. Ética



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