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UN ALMUERZO CON SOLER

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Por Luis Sexto

La única vez en que José Soler Puig me visitó fue suficiente para agregarle a la casa donde resido en el Vedado, hace casi 45 años, un valor literario o artístico más. Porque en este edificio fui vecino del violinista Diego Bonilla, uno de los miembros del Grupo Minorista, y antes vivió el escritor venezolano Andrés Eloy Blanco y hasta su muerte reciente la profesora Delfina García Pers, dilecta discípula de la investigadora Carolina Poncet. En frente se ubica la casa del que fue políticamente controvertido, pero periodística y estilísticamente acatado y disfrutado, Ramón Vasconcelos, y una cuadra más abajo, aquella donde Enrique de la Osa enhebraba su Sección en Cuba para Bohemia. 

Aquel día Soler almorzó en mi casa un pollo cuyo desdén por las masas tratamos de pasar por alto mediante una charla, durante la cual la voz abaritonada y despaciosa del novelista movió la batuta. Luego, en una sobremesa de casi toda la tarde, efectuamos el careo de preguntas y respuestas que semanas atrás habíamos concertado en Santiago de Cuba. Yo pude alguna vez haber leído las novelas de Soler, y haber muerto de angustia en Bertillón 166, y caído con El derrumbe, y soñado en El pan dormido, y haber mirado por las rendijas de El caserón, pero recuerdo sobre todo el resplandor humano, la antigua humildad filosófica del escritor. Humildad complicada. Artista consciente de cuanto sabía y realizaba, pero con un núcleo cálido de hombre a quien el vivir lo superaba haciéndolo más raso, despojándolo de las lentejuelas de un oficio que vive del aplauso. 

Quizás por ello confundía a primera vista. Algunos se espantan ante la humildad y la tildan de torpeza, porque para ellos el almidón y el cepillo de la vanidad han de ser el destello del talento.  Le ocurrió a aquel periodista de esmerada presencia -extranjero o cubano, no se sabe- que Soler vio acercarse a una vecina y preguntarle algo. El novelista estaba sentado en el piso del portal de su casa, en el reparto Sueño, con los pantalones un tanto recogidos y con los pies en chancletas o cutaras. Parecía un jugador de dominó vespertino esperando las fichas y la mesa. La señora respondió señalando al escritor. Y el extraño apuntó hacia Soler, como diciendo: ¿¡Ese?! Y se marchó mirando hacia atrás. Tal vez asustado. 

Sin proponérmelo, aquella entrevista, realizada en 1988 y aún parcialmente inédita, sirvió para que José Soler Puig se colocara ante un espejo y con el paño de la verdad borrara colorines, desfiguraciones de su vida. Se decía entonces que el novelista había aprendido a escribir copiando a lápiz Los miserables. No lo negó. Él, dijo, no creía en el talento. Solo en el trabajo. Su mérito consistía en ser un obrero. Y si lo hubiera sido en la actualidad, habría sido ejemplar. Le gustaba trabajar. Y por ello prácticamente pasaba el día con su obra en las manos o en la cabeza. Hasta soñaba con la solución de los problemas que le iba planteando la novela en creación. Si logró algo fue por su capacidad de trabajar y meditar. Porque, cuando comenzó su fervor literario, escribía muy mal. Y "me pasé años, veinte, veinticinco años copiando", reproduciendo otros textos para aprender la técnica. Pero no copió enteramente Los miserables. Solo fragmentos. Porque, si no, habría estado aún pasando a papel la fatigosa novela, con una ampolla en el índice del tamaño de un huevo. 

Más o menos en 1935, con unos veinte años de edad, la idea de ser escritor lo intranquilizaba tanto que, además de copiar páginas ajenas como método de aprendizaje, escribía un cuento diariamente. El que le parecía aceptable lo remitía a la revista Carteles, que publicó algunos. Leía, además, cinco o seis horas diarias. Y trabajaba. Desde los nueve años se acercó al trabajo, y aprendió a respetarlo entre los panaderos. Su padre poseía una panadería. Y el niño desenraizó sus amaneramientos pequeño-burgueses entre los operarios, y comprendió temprano cuánta injusticia campeaba impune cuando unos sudaban y otros, por ser tan solo dueños de los medios de trabajo, recibían el mayor beneficio. Ya su padre  -desde la igualdad de la muerte- debe de haberle perdonado que siendo tan pequeño aprendiera a repudiar a la clase en cuyo ámbito material e ideológico había nacido. 

Entre esos cuentos de ejercicio tozudo y reglado, Soler envió uno a Cúspide, empeño editorial que, en el central Merceditas, en Melena del Sur, dirigió José Cabrera Díaz, entre 1937 y 1939. La revista publicaba poesía, cuentos, ensayos, asuntos de historia, de cultura. Y entre sus firmas aparecían Fernando Ortiz, Mirta Aguirre, Enrique Serpa, Ángel Augier, Dora Alonso, Fina García Marruz.  El de Soler, según su autor, fue el primer cuento de ciencia-ficción escrito en Cuba. Se llamó “Sueño infernal”. "Fíjate qué enredo. Al amante de cierta mujer le injertan, por error, el cerebro del marido engañado. En aquellos momentos la operación era, al menos, legalmente irrealizable. Me muero de la risa cuando lo releo." Pero, al verlo publicado, continuó escribiendo. 

Soler, como de Matanzas Carilda Oliver, nunca pudo escribir fuera de Santiago, ni sobre otra mesa que no fuese la habitual, y con lápiz porque el bolígrafo le inhabilitaba la imaginación. Vivió en cuatro ciudades de Cuba. Y en ninguna -tal vez un poco mejor en Guantánamo- se acomodó como en Santiago. Por ello, hasta el día de la entrevista, creí que el novelista era la voz, la encarnación de su ciudad natal. Santiago de Cuba, confluencia de contrastes. Moderna y antigua. Marina y serrana. Segunda y primera...  Exactamente la segunda por población y tamaño después de La Habana. Pero no me  atrevería a regatearle la corona de la capital histórica de Cuba. El transeúnte pasa de una calle a otra, y en cualquier fachada lee una tarja donde se habla de que allí nació o murió o vivió alguien a quien la patria agradece una obra o la donación de su vida. Ciudad de las cunas y las tumbas trascendentales. Por Santiago comenzó la historia de Cuba en sus perfiles generales. Porque siendo Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa la ciudad primada, a tiro de arcabuz de La Española, le cedió en 1522 la prelacía del obispado y catedral de Cuba a Santiago, la última de las siete primeras villas, fundada en 1515. Y cedió a desgano los más encopetados pobladores, que poco más tarde partieron hacia la conquista de México, con la que ofrecieron al Reino un cuerno mitológico de riquezas. 

Todo eso es Santiago. Y Soler no lo ignoraba. Pero escribía solo sobre lo "más grande de Santiago" y que él conocía como a su propia alma: los santiagueros, a cuyos gestos, a cuyas réplicas a veces se adelantaba. En Santiago se estaba bien. En La Habana no podía meditar. Ruido. Actividad. Recreo. Seducciones. "Todo te lo dan de golpe. En Santiago, aunque ahora la aturde el ajetreo de gran ciudad, todavía se puede meditar horas sin que alteren tu ritmo." En Santiago ocurren situaciones curiosas que a Soler Puig le gustaban. Por sus calles anduvo, sobre un carretón, vendiendo pan, y trabajó en una fábrica de tubos y en otra de aceite de coco, y vendió seguros y solares, y se metió a soldado. Oía. Aprendía. "Ahí está la plaza de Marte. Hace muchos años los santiagueros decían de Marta, y los cultos comentaban: qué ignorancia. Pero razón tenía el pueblo. Era de Marta. Porque así se llamaba la señora que la costeó." ¿Quién le cambió el nombre, quién trajo a Santiago el dios romano de la guerra: los cultos o los incultos? Nunca lo averiguó. Su empeño consistía en alcanzar la magnitud de los santiagueros, cuyas virtudes principales, para Soler, eran sentir la cubanía apasionadamente, simbolizar la rebeldía del pueblo, ser sumamente fraternos, tan cuadrados ante la doblez que cuando dicen: qué le pasa, compay, calorizan sinceramente el dicho.

Los santiagueros lo trataron con veneración, con tanta, que pensó no merecerla. Lo agobiaba la duda de que no hubiese captado el carácter de ese ser que él creía conocer hasta el punto de tocar cada amor, cada odio, cada acción con el pensamiento. Era también santiaguero. Puro santiaguero. Y cuando fue a mi casa, a dejarse entrevistar y a compartir un pollo enhuesado, lo estaba confirmando en la plenitud de su humildad. 

 





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