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UNA TARDE CON DULCE MARÍA LOYNAZ

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Por Luis Sexto

Me acerqué a Dulce María Loynaz cuando la poetisa pensaba estar consumiendo sus últimos días, como aquella casa de su niñez que albañiles sin rostro demolieron y que ella reconstruyó en un poema donde techos y paredes se quejaban  por estar perdiendo lo vivido y lamentaban cuanto no habrían de vivir. Ya no escribía versos; más bien los releía convirtiéndolos en la médula de su fe en el pasado, o en el acta de la añoranza.

Transcurría  la tarde del 9 de octubre de 1981. Y  fue esa la única ocasión en la que vi y hablé con la poetisa. Ella habitaba entonces en una especie de voluntario retiro interior, y a la vez estaba negligentemente apartada de los medios culturales. Más adelante, de vuelta a la fama sonora y la publicidad machacona, asediada por la admiración y también por el cálculo, mi presencia quizás hubiera estorbado. Y permanecí distante, releyendo,  degustando, la anchurosa resignación  de sus Poemas sin nombre.

Tuve un pretexto para justificar mi visita ante una posible  resistencia  a las pretensiones de un periodista: devolverle dos cartas que me había dejado como herencia literaria Chon Tejera, la hija mayor de Diego Vicente, el cantor de “La hamaca”. Son dos tarjetas de cartón, de 13 por ocho centímetros que a pesar de su brevedad favorecen franquear la cancela íntima de la autora de Los últimos días de una casa.

Me marché conmovido. Y aún en el alma la voz lenta, como meditada, de la poetisa, escribí una urgente impresión que supuse sería en el futuro la introducción de un artículo sobre Dulce María y su obra, que fui aplazando. El poeta –escribía yo entonces- siempre es. Dulce María Loynaz regresa de una vida larga por el mismo camino de la poesía. Por muchos que sean los años que la separan de sus últimos versos, vuelve a ellos conducida por una vocación que se resiste al desencanto. La conocí encerrada en sí misma. Pero las fronteras de su yo son tan vastas como las del agua, y de vez en cuando se escapa a navegar tejiendo una poesía invisible en los círculos cortantes del recuerdo. Ya no escribe versos; los vive.

Desde 1938 los poemas de Dulce María Loynaz andan en el tacto de los lectores. Ese es el año de su primer libro –titulado Versos-,  que contiene piezas escritas desde 1920 cuando la autora decursaba por esa etapa que nos da la impresión de ser eterna: los 18 años. Lo releí. Luego repasé Juegos del agua, y Poemas sin nombre, y Carta de amor a Tut-Ank-Amen, y Últimos días de una casa. Y he vuelto a encontrar los oscuros ojos de tormenta donde se agita la violencia sofrenada, en una sensibilidad marcada al hierro por una condición humana que admite el exabrupto y la ternura, la desilusión y la quimera, el tumulto y la soledad. “Has perdido –jugando- el resplandor/ de una estrella: ¡Has perdido hasta una estrella!/ Y hasta una estrella he de encontrarte yo…/ Tanto puedo por ti, tanto… Voy a seguir la huella/ sobre el mar de una estrella/ que se perdió…”

Los poemas de Dulce María Loynaz trascienden la justificación de un momento. Y por ello no concibo que algún crítico de lupa y cátedra la engavete en una escuela o tendencia literaria. Es cierto que saltan líneas con acentos de Darío en, por ejemplo, las estrofas dedicadas a Cheché (muchacha que hace flores artificiales): Cheché “es delgada y ágil, Va entrada en el otoño. / Tiene los ojos mansos y la boca sin besos…/ Yo la he conocido en la paz de una tarde/ como el Hada –ya mustia- de un libro de cuentos.”

Pero aparte de influencias momentáneas, la poesía de la Loynaz está escrita para ayer y hoy. Poesía límpida que se sumerge en el agua –quizás el vocablo más utilizado por la poetisa-, buscando simbólicamente la limpieza, la clarividencia, un permanente estado de gracia mediante el liquido primordial del bautismo. Poesía exenta de las escandalosas metáforas vanguardista y desvinculada de la hermética imaginería de algunos que, con ímpetu de renovadores, sucedieron a la vanguardia poética. Si Ortega y Gasset tuviese razón en su aserto de que la poesía se despoja de naturalidad para erigirse en voluntad de amaneramiento, Dulce María Loynaz  tuerce sus gestos con una delicadeza, con una clásica transparencia que hechiza al gusto y lo transforma en una heredad visible para el pasado y el presente. Porque cuando la poesía no es pirueta del cerebro, sino vitalidad del pecho, la voz alcanza a devorarse a sí misma y resurgir nueva en el futuro. La sinceridad y el calor de vivir son la sustancia de la resurrección frecuente de esa poesía que, concebida en un momento, renace entre cenizas. La que estalla en la pirotecnia fantasmagórica de lo imitativo o libresco, se trasmuta en humo y podrá merecer el aplauso del instante,  tal vez jamás el de la posteridad.

¿No posee el olor y la textura del pan fresco La carta de amor a Tut –Ank- Amen? ¿Acaso ante el sarcófago del rey adolescente, cualquier muchacha sensitiva de hoy, no escribiría con las mismas palabras  este “delirio juvenil”que le disputa un novio a la inmovilidad de los siglos y la muerte? “Déjame decirte estas locuras que acaso nunca te dijo nadie, déjame decírtelas en esta soledad de mi cuarto de hotel, en esta frialdad de las paredes compartidas con extraños, más frías que las paredes de la tumba que no quisiste compartir con nadie.”

Esta “carta”fue escrita en prosa; integró un diario de viaje en 1929. Y en la prosa poemática, cuando el verso se desprende de la euritmia del maquillaje métrico y de la música exterior de la rima consonante, es donde  Dulce María Loynaz  logra una hondura agónica. No me refiero a su prosa novelística, en la cual ejerce también la poetisa; es la prosa -¿prosa?- en que cuajan las ideas poéticas con calidad y libertad irrepetibles.

Al llegar a su casa, me recibió en el portal donde la esperé unos minutos observando los patios, las estatuas, la sombra de aquella casona en El Vedado, que trasuntaba quietud, desasimiento, soledad. Llegó encorvada, como reducida en su estatura por la edad, pero cuidadosamente peinada, el rostro espolvoreado; fina, lúcida. Admito compungidamente que desaproveché aquel momento para entrevistarla. Pero me había despojado de mi curiosidad periodística. Y permanecí casi en contemplativo silencio ante aquel tótem de recoleta profundidad, de tristeza enraizada.

Me regaló sus libros de poesía, menos uno: Poemas sin nombre, que yo poseía porque también Chon Tejera me lo había legado, y que llevé esa tarde para que me lo autografiara. Escribió: “A Luis Sexto, que quiso conocer a la poetisa olvidada. ¿La recordará él algún día?” Pretendí decirle que ese título componía su poemario perdurable; inmunizado contra modas y épocas, libro en que se marca su voluntad de estilo, sufriente puja: “Esta palabra mía sufre de que la escriban, de que le ciñan cuerpo y servidumbre. He de luchar con ella siempre, como Jacob con su arcángel; y algunas veces la doblego, pero otras muchas es ella quien me derriba de un alazo”. Que en esas páginas –intenté decirle-  pervivía ella doblada sobre los recuerdos “como la mujer que vi esta tarde lavando en el río”. Y en las que uno develaba, con inéditos matices en cada relectura, las líneas de su poesía: lo religioso, lo bíblico, lo epigramático, lo erótico, lo femenino. Lo humano sin pose, ni técnica. El olvido borrando el olvido desde el olvido, como el alba a las estrellas... Nada, en fin, pude decirle. El elogio y la admiración también exigen sus pudores.

Había tomado las cartas que hacía tantos años había escrito. Las retuvo. Y luego me las devolvió como entregándome un pasado enmudecido para ella.

-A usted le serán más útiles.

Me preguntó si yo poseía Jardín. Y en ese momento debí continuar callado, o responder con el sí o el no de los que se protegen de cualquier intromisión del disparate. Porque, sin meditar, le respondí:

-¿Jardín? No tengo; vivo en altos.

 

 

 

 

 

 




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