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PATRIA Y HUMANIDAD

Política

LA EDAD DE LA ROBÓTICA

LA EDAD DE LA ROBÓTICA Por Luis Sexto

La humildad  merece el signo de la señal de tránsito que advierte: por aquí no se pasa. Tanto se le teme que muy pocos hoy aceptan  asumir el crédito bochornoso de ser humildes, salvo en las autobiografías que nos exigen para aspirar a un carné en ciertos partidos u organizaciones de izquierda, o para optar por un premio: “Nací en el seno de un hogar humilde”… Nos enaltece haber nacido humilde, en casa pobre y honrada, pero no ser humilde, porque entonces la relación es diversa, casi opuesta. El diccionario carga con un volumen de responsabilidad en esa fobia. Entre las tres o cuatro acepciones de humildad, la mayoría nos fijamos en la última: esa que nos remite a sumisión, rendimiento.  

Nadie, pues, opta por la sumisión, la servidumbre y, por tanto, la humildad viene siendo una virtud maldita, bíblica, propia de “cerebros religiosos”. Yo, como me es habitual, pienso en contra de todo aquello que no tenga en cuenta las insuficiencias y las tendencias naturales de los hombres. No creo en la superioridad innata del ser humano. Sí acepto su facultad de mejorar  partiendo “humildemente” de su falible condición. En este análisis la humildad se asienta como un trampolín: el de la admitir humildemente que humilde  proviene de humus, en latín, y que humus es tierra, barro por extensión. Es eso, pues: reconocer nuestra poquedad, como garantía para crecer y afianzarnos.  

En lo individual, de ¡cuántos disparates e injusticias nos preserva la humildad! A la inversa, no ser humilde puede implicar la altanería, la soberbia, que no significan rebeldía. Preguntémosle a la vida del Che Guevara, y nos dirá que él, hombre de combate, acostumbrado a las balas, en la guerra, según confesó en una entrevista,  “tuvo miedo, mucho miedo”. Y ahí está de cuerpo entero un rebelde paradigmático atrincherado en la conciencia de su debilidad humana, para ser fuerte y, siéndolo, comprender y respetar a las personas. Y ese, pues, es el mérito. Nacer valiente no exige nada extraordinario, solo seguir el llamado de la sangre.  

He querido dejar esas ideas claras. Teorías revolucionarias aparte, sociología aparte, estoy entre los que estiman que el planeta se disuelve en el caos por falta de humildad, de claridad acerca de los valores y desvalores ingénitos de nuestra especie. Todo lo que tiene fin es breve, ha dicho un poeta. Y me parece también razonable que, además de breve, sea imperfecto. Nuestra especie carece de humildad. Nos hemos creído la historia del rey de la creación, el animal superior. Y las evidencias atestiguan que creerla resultad válido: ¿Quién como nosotros? Pero esa disposición natural tiene que afincarse en  la convicción de que es una superioridad latente, parcial, signada por la muerte –supremo símbolo de la fragilidad- de los individuos y, quizás, algún día, por efecto de la misma soberbia a la que el Hombre apuesta sus ilusiones, estará marcada por la probable desaparición de la especie. Admito el papel de los intereses, la función de la lucha de clases, la influencia de la cultura en la sociedad humana. Pero ya he aclarado que hablo desde la ética. Y si cultura y ética no se benefician mutuamente, una y otra se desacreditan. Lo dijo Maurice Blondel (1861-1949): “No tratemos al embrión que somos como si fuese un ser acabado”. Ahí están la ética y la cultura estableciendo el punto de partida del desarrollo humano.

Quizás solo estoy enumerando equívocos, aunque la subjetividad posee sus derechos. Bajemos, pues,  al polvo. Desde hace más de un siglo –el último y cuanto va del actual-, la Tierra vive una posguerra permanente. Porque la Historia ha decursado en guerras y entre guerras. De muchas de ellas, los Estados Unidos de Norteamérica son culpables por acción u omisión. ¿Hace falta nombrarlas? La hispano-cubana-americana, la primera guerra neocolonial, imperialista.  Y siguen, entre otras: Corea, Viet Nam, Irak, Irak otra vez, Afganistán… Guerras y posguerras,  espacios iguales porque cuando una termina empiezan a gestar la otra. ¿No pasa ahora con Irán? ¿Cuando Irak dejará de ser la “guerra” para convertirse en la “posguerra” de la de Irán? Irak, en su turno,  ha modificado parte de la teoría de la guerra y ha confirmado un principio estratégico recordado hace unos años por Fidel Castro: Se puede ocupar un país, pero es casi imposible gobernarlo ocupado.  Y por parte del agresor, ya se observa nítidamente que una guerra puede ser la posguerra de la que la antecedió. Ese es un aporte imperial. 

Los Estados Unidos defienden sus intereses hegemónicos: el petróleo aquí, su presencia allá, el control acullá. Pero éticamente hablando,  los Estados Unidos pecan de soberbia. La humildad se les ha escurrido entre la casaca de la arrogancia. ¿Quién como nosotros?, pregonan alzando la espada de fuego del Ángel soberbio. Y donde los demás no pueden, porque ellos lo prescriben, los Estados Unidos sí pueden. Y si con ellos hay que ir a la mesa redonda de la discusión, el mueble no será un círculo sino un rectángulo, y habrá que discutir lo que ellos quieran. Y si te rebelas, te clavan en la cruz roja de los proscritos. Pregúntenle a Cuba. 

Por ello, los Estados Unidos necesitan del miedo para mantener su coherencia interna. Su pueblo, que el monje y escritor norteamericano Thomas Merton tachó de inmaduro, se mueve por el miedo. De qué otro recurso se ha servido la administración de W. Bush para ganar tanto espacio represor de las libertades clásicas en los Estados Unidos. El “Acta patriótica” ha sido posible gracias al miedo. Y el miedo tiene una de sus raíces en la prepotencia. Tenemos miedo –dicta la psicología social más común en Norteamérica, condicionada por los medios- porque somos los más poderosos, los líderes del mundo: los pueblos inferiores nos envidian y por tanto todo misil que pulverice una casa o una fábrica, todo tanque que aplasté la cabeza de un niño, en el Tercer Mundo, será siempre un acto de defensa. Un remedio contra nuestro miedo. Esa es, como mínimo, la forma con que se enmascaran los intereses imperiales de hegemonismo. Subjetividad, ética, cultura y economía se interconectan y se influyen. 

Tal vez,  si ese pueblo adquiriera la clarividencia de una madurez humilde, llegaría a sostener lo que recientemente suscribió, en una carta al presidente Bush, el obispo Robert Bowan, ex combatiente de Viet Nam con 101 misiones de bombardeo:  

“Como Teniente coronel retirado y frecuente conferencista en asuntos de seguridad nacional, siempre cito el salmo 33: ‘Un rey no está a salvo por su poderoso ejército, así como un guerrero no está a salvo por su enorme fuerza’. La reacción obvia es: ¿Entonces, qué podemos hacer? ¿No existe nada que podamos hacer para garantir la seguridad de nuestro pueblo? Existe. Pero para entender eso, precisamos saber la verdad sobre la amenaza. 

“Sr. Presidente, Ud. no contó al pueblo americano la verdad sobre por qué somos el blanco del terrorismo, cuando explicó por qué bombardearíamos Afganistán y Sudán. ¡Ud. dijo que somos blanco del terrorismo porque defendemos la democracia!, la libertad y los derechos humanos del mundo. ¡Qué absurdo, Sr. Presidente! Somos blanco de los terroristas porque, en la mayor parte del mundo, nuestro gobierno defendió la dictadura, la esclavitud y la explotación humana”. 

En el siglo XIX, un norteamericano llegó a las profundidades de la filosofía meditando sobre la naturaleza. Uno de sus primeros poemas publicados se titulaba “Simpatía”, y su doctrina política principal se llamó “resistencia pasiva”, la acción desde la humildad. Henry David Thoreau fue el precursor de Gandhi. Y cuánto de Thoreau necesita Norteamérica, sobre todo los que  la gobiernan.  

Posiblemente muchos sostengan la tesis de que lo subjetivo empieza y termina en el individuo. Y, por tanto, sepa, señor periodista ingenuo, que la sociedad, las masas, las clases, la especie son categorías objetivas a salvo de análisis idealistas.  

No me extrañaría, así, que sigamos tratando como un ser definitivamente completo a “el embrión que somos”. Y que pronto la robótica, esa ciencia de la superioridad, comience a auscultarnos para ver si alguno de nuestros “chips” se quemó o si necesitamos un nuevo software… 

EL AMOR NO ESTÁ PRESO

EL AMOR NO ESTÁ PRESO

 Por Liset García

Entrevista desde una cárcel de alta seguridad (fragmentos) 

El destino de cinco hombres está envuelto en un cruel absurdo, en la venganza y la impotencia de quienes no soportan a Cuba firme. Ocho años de cárcel en Estados Unidos no han podido contra la razón. Con la alambrada de por medio surgió este diálogo que ahora nos acerca a uno de esos héroes de la resistencia. Aquí está Ramón Labañino, de cuerpo entero, a vuelta de correo. Auténtico y con seis pies, más de 200 libras y toda la fuerza de la verdad. 

En el mínimo espacio de una celda no cabe un hombre como Ramón Labañino Salazar o cualquiera de sus cuatro hermanos. El espíritu, las ideas, su historia individual abarcan una dimensión imposible de aprehender, y sobre todo de encarcelar. Lo peor para quienes decidieron confinar a estos héroes el 12 de septiembre de 1998, es que tampoco han conseguido arrestar la verdad. Aquel día, Ramón Labañino Salazar tenía cumplidos una parte de sus sueños y los primeros 35 años de su existencia. Luego de casi una década de castigo y avatares legales, este hombre conserva intactos los deseos de vivir y seguir luchando. A ese convencimiento se llega luego de leer estas líneas enviadas a BOHEMIA, repasar su correspondencia, conversar con su esposa Elizabeth Palmeiro Casado, conocer a sus hijas e indagar cómo es ese joven que culminó estudios de Economía en la Universidad de La Habana con Diploma de Oro y ha ejecutado diversas misiones a partir de entonces.  Las respuestas recibidas demuestran que cualquier espacio suele resultar ideal para una entrevista. Es preciso solo que entrevistado y periodista estén de acuerdo en contar lo que debe ser contado. Por eso, la única condición que puso Ramón cuando accedió a dialogar con los lectores de esta revista fue dejar aplazada una segunda parte para cuando esté entre nosotros. "Será en Cuba y pronto", escribió. Y así se hará. 

-Las informaciones hablan de que el régimen carcelario de la prisión donde te encuentras es especialmente riguroso. ¿Cómo es la vida de Ramón tras esas alambradas? 

-U. S. P Beaumont es una cárcel de máxima seguridad y como todas las de su tipo en Estados Unidos alberga a los más violentos, peligrosos y agresivos prisioneros, por lo que el sistema carcelario es estrictamente severo, restrictivo e intimidante incluso. "Las celdas miden siete por cinco pies aproximadamente, un espacio bastante reducido, donde nos encierran desde las diez de la noche hasta las cinco y 45 de la mañana. Los fines de semana y días feriados son hasta las seis y 45. Cada unidad está formada por dos pisos de 32 celdas cada uno, o sea, 64 en total, para un máximo de 128 ‘inquilinos’ por unidad. 

"En cada piso hay una puerta de acero que solo el guardia puede abrir con llaves. Detrás de esa puerta hay un detector de metales, después otra puerta que se abre por control remoto central desde una de las cinco torres exteriores. Solo entonces sales al campo central formado por dos pequeños terrenos de juegos de pelota, donde está todo cuadriculado por altas celdas cerradas por gigantescas alambradas de púas, cuchillas super afiladas parecidas a las que se han visto en la cárcel de Guantánamo. 

"Para acceder a cada área: el comedor, la iglesia, la comisaría y otras, hay que pasar a través de otras puertas con llaves, detectores de metales y un sinnúmero de guardias que te chequean a cada segundo. Todo eso unido a un ejército enorme de cámaras de video ubicadas en cada rincón inimaginable que registra cada actividad, cada pelea, cada mirada. "Otra medida de seguridad son los infames shakedowns, (registro) que consisten en chequear la celda y botar lo que se les antoje. Además cada cierto tiempo hacen pruebas de orina y de aliento para detectar drogas y alcohol."Como es conocido, en esta cárcel hay presos muy peligrosos. La vida aquí está rodeada de la zozobra que provocan los hechos de violencia que ocurren a diario. Por eso son muy frecuentes los encierros en las celdas, por 24 horas o por períodos largos de tiempo, en los que no se permite ni bañarnos, ni hacer llamadas telefónicas, ni recibir visitas familiares, legales, ni consulares. Gran parte del pasado año estuvimos en régimen de lock down, como se le llama aquí a esos encierros. 

"Además estoy sometido a un programa de chequeo cada dos horas. O sea, entre las ocho de la mañana y las ocho de la noche debo dejar lo que esté haciendo y presentarme ante el guardia más cercano. En medio de todo esto trato siempre de rodearme de actividades sanas, pacíficas, educativas y evito conflictos. Para mí, es simplemente Beaumont, donde he aprendido a vivir, a probarme, incluso a crecer, igual que hacen mis cuatro hermanos donde están. 

"Nuestra lucha por la paz, por un mundo mejor no es solo una filosofía de vida sino la forma de vivirla. Quiero salir de aquí como un ser humano mejor y eso nadie podrá impedirlo. Es uno de los retos y compromisos de los Cinco." 

-¿Cómo encauzas tus energías de hombre de acción, amigo de practicar deportes y que eres además un inteligente profesional?  

-Mis días aquí se debaten en una pelea constante contra la monotonía, por lo que varío con frecuencia mis actividades y horarios. En la mañana, después del aseo personal, limpio, organizo mi celda y voy al laundry-room (cuarto de lavandería de mi unidad) para realizar mi trabajo de lunes a viernes, como orderly, que consiste en sacudir las máquinas de lavar y limpiar ese cuarto. El resto del tiempo lo ocupo haciendo algo que me haga olvidar la soledad y el aislamiento. 

"Hago ejercicios, corro y también practico (a solas en mi celda) algo de yoga, de fuerza, elasticidad, etcétera. Debo confesarte que para mí es imprescindible el ejercicio físico, sudar, relajarme, para liberar el estrés diario. Desde pequeño he practicado deportes fuertes; son una necesidad para mí. "También busco satisfacer mis inquietudes intelectuales. Gran parte del tiempo lo dedico a leer y responder cartas que con todo amor y cariño les envío a todos los hermanos del mundo que nos escriben, aunque nunca damos abasto para poder llegar a todos como quisiéramos. Aprovecho esta oportunidad para agradecer en nombre de los Cinco todas las misivas que recibimos. 

"Lo importante es tratar de mantener un balance entre la actividad física y la intelectual. Es que ambas son esenciales para nosotros y eso intentamos hacer."También juego ajedrez, otro deporte que me fascina y necesito jugar diariamente. A las ocho y 30 de la noche nos llaman a todos para dentro de las unidades hasta las diez, hora en que nos encierran en las celdas hasta el siguiente día. En ese horario leo la correspondencia recibida en el día, y luego oigo noticias hasta que consigo el sueño; me acuesto con Cuba y con ella me levanto siempre."  

-¿Cómo son las personas con quienes compartes espacio en la cárcel? ¿Qué has aprendido después de que estás preso?   

He aprendido que aquí uno se relaciona con el ser humano, no con el delito que cometió, aunque hay delitos que para mí son imperdonables, como las violaciones, los maltratos a menores, los asesinatos. Fuera de eso he conocido seres realmente sensibles, incluso honestos, con algunos de ellos he compartido y aprendido deportes, habilidades. Quiero subrayar que los reclusos y el personal de la cárcel me han tratado con respeto; saben que soy cubano." 

-¿Las autoridades del penal conocen las decisiones sobre el proceso? ¿Cómo reaccionan frente a eso?  

Creo que ellos saben de las decisiones que ha habido en nuestro caso, en especial la anulación del proceso realizada por los tres jueces de Atlanta. Entonces, me preguntaban cuándo me iría libre, y por qué estaba aún en la cárcel. Luego, cómo andaba el caso, por qué las demoras. Les cuento de las maniobras del Gobierno, las apelaciones… 

-En estos años de encierro has podido ver a tu esposa Elizabeth y a tus hijas Ailí, Laura y Lizbeth en unas pocas visitas a la cárcel. ¿Cómo transcurren las visitas? ¿Y la hora de despedirse, sabiendo que volver a verlas es una desconcertante incógnita por el régimen de la cárcel y las demoradas visas?

 -Las visitas de mi Eli y mis tres pequeñas son los momentos más felices que tengo en todo este tiempo de encierro. Cuando estoy con ellas nada existe, nada importa, solo el amor, la ternura, la felicidad de tenerlas. Me olvido del lugar donde estoy y es como si estuviera en casa o un parque con ellas, en Cuba. Me entrego con toda la pasión de esposo y padre. Por mi mente solo pasa extender cada segundo y conservarlo. Es un momento mágico; desnudo el alma de las cuatro y me meto en cada pedacito de sus vidas, de sus realizaciones, de sus sueños. Las aconsejo, las educo, las inspiro, las cuido, les enseño todo lo que se puede en ese espacio. Ellas hacen igual conmigo.  

"El dolor de no saber cuándo nos volveremos a ver se compensa con el convencimiento de que nuestro amor es invencible. Sueño todos los días con ese amor que nos une; eso me mantiene vivo y animado. Algún día recuperaremos la ternura y los afectos que hoy nos prohíben. El amor tiene muchas existencias. No solo se alimenta de la presencia física, del sexo; aunque ambas son muy importantes, no son imprescindibles. La existencia espiritual, íntima, dulcísima y profunda suele ser indestructible. La gran ventaja que tenemos Eli y yo es que hemos vivido y disfrutado intensamente como amantes, como fieles amigos, como eternos compañeros cada segundo que compartimos juntos. En las actuales circunstancias, utilizamos todos los recursos, desde las cartas, las llamadas y las visitas, hasta la poesía, la pintura y la comunicación de nuestros espíritus.  "Elizabeth es una mujer especial y un ser humano extraordinario. Ha superado todas las pruebas. Además de fiel y amorosa esposa, ha sido compañera de batalla en esta causa que defendemos. Su papel como padre y madre de nuestras hijas lo ha cumplido con virtud impecable. Siempre supe que sería difícil encontrar una pareja que soportara los avatares de mis misiones, de mi vida. Pero cuando conocí a Eli, salí de dudas y comprendí que ya había hallado a esa persona. Los hechos lo han demostrado. Tengo para ella solo amor, gratitud eterna y ternura infinita

-¿Qué virtud admiras más de cada uno de tus cuatro compañeros de lucha? ¿Cuáles son las claves en que ustedes cinco han depositado sus esperanzas para lograr el regreso

Muchas virtudes tienen mis hermanos, que admiro. En particular destaco en Gerardo su humor eterno; en Tony, su sensibilidad y nobleza; en René, su exquisita cultura, y en nuestro Fernando, su virilidad y determinación. Nosotros defendemos una causa totalmente justa y noble; solo hemos utilizado nuestra inteligencia. Nunca le hemos hecho daño a nadie ni a nada, al contrario, hemos intentado salvar la vida de seres humanos inocentes, luchando contra el terrorismo y evitando las guerras”. 

 -¿Qué piensas del pueblo de Estados Unidos? En especial, quisiera tu valoración de la labor que hacen las personas solidarias con el caso, con quienes mantienes vínculos epistolares desde la cárcel. 

-El pueblo de Estados Unidos es muy trabajador, cariñoso, amistoso y alegre. Guardo excelentes recuerdos de este pueblo, de su gente y su vida. El afecto que recibí de algunos de ellos los conservaré siempre. Muy especial es la solidaridad de todas las compañeras y compañeros que enfrentados a todas las adversidades de estos tiempos nos apoyan con valor, determinación, en la defensa de Cuba y de nuestra libertad. Ellos representan lo mejor, lo más puro del pueblo norteamericano”.  

-¿Qué opinión tienes de tu abogado, cómo han transcurrido las relaciones entre ustedes, pese a las violaciones que ha habido en ese particular? 

 -Cuando empezó el juicio la Fiscalía limitó los contactos entre mi abogado William Norris y yo, lo que hizo difícil el proceso. Ahora estamos muy distantes, él en Miami y yo en Texas; la comunicación se dificulta. Básicamente ha sido a través de cartas y documentos oficiales, por fin de año, etcétera. A pesar de los obstáculos, las relaciones entre nosotros son buenas, cordiales, de respeto, incluso de cariño. Hemos logrado que entienda bien la esencia del caso, y pudiera decirte que él me ve como un patriota que defiende su patria como él mismo lo haría."

-Si te permitieran montarte en una máquina del tiempo y volver tu vida hacia atrás, ¿qué cosas harías exactamente igual y qué diferente?

-Lo haría todo exactamente igual

21 de febrero de 2007)
 

Dogma y herejía: una relación saludable

Dogma y herejía: una relación saludable

 Por Luis Sexto 

El dogma tiene  su antónimo en la herejía. Ha sido una vocación inclaudicable del hombre la de actuar en contra de cuanto pretenda ser definitivo, inexorable, o le limite el pensamiento, el criterio racional, de modo que la historia de las doctrinas políticas y religiosas podría ser también la historia de la lucha entre el dogma y la herejía. Donde se plantó la cuadriculada y hermética aspiración de constituir una verdad inapelable, se irguió la heterodoxia para destapar cajas, demoler muros, deshollinar gavetas, aunque más adelante el heresiarca de hoy se convirtiera en el dogmático de mañana. 

Fue contradictoriamente un religioso, un jerarca eclesiástico, pero a la vez un filósofo –quizás el más sabio, audaz y auténtico filósofo cristiano- el que legitimó la herejía y a los herejes. Conocido es el apotegma de San Agustín en que el autor de la “Ciudad de Dios” y de unas “Confesiones” en plenitud de debilidad humana, reconoce el necesario papel regulador de los herejes: “Oportet enim heresses esse”.  Esto es, el hereje opera como una rendija a través de la cual  se filtra la prueba que afianza y perfecciona el dogma. Desde luego, el Obispo de Hipona cocinó la idea para servirla en su mesa. No obstante, partiendo del criterio agustino de la necesaria y plausible heterodoxia, podemos emprender una aventura hacia lo profundo del dogma y sus paradojas. 

Un escritor y periodista católico –periodista que punza, no complace-  ha escrito,  a fines del siglo XX, que “siempre que el hombre expone lo que ha hecho el hombre, da un juicio implícito sobre los hechos, aunque solo sea por sus omisiones o sus silencios”.  Hasta aquí  el francés Jean Guitton parece estar de acuerdo con casi todo el pensamiento de su época. Pero enseguida adopta una posición antidogmática: “Lo que a mi modo de ver lo deshonraría sería dar a entender que tiene la objetividad de un aparato, o que todo historiador debería interpretar  los hechos de la misma manera.” Y más adelante, establece que “la fuente de todas las herejías está en concebir el acuerdo de dos verdades opuestas y creer que son incompatibles”. 

Deduzco, pues, que el origen de las herejías se enraíza en la rigidez de la ortodoxia. La ortodoxia  -el pensar apegado al dogma- no ha aprendido a utilizar la flexibilización como una de las fórmulas de su invulnerabilidad y, por tanto, de la perdurabilidad de las verdades que se estiman correctas. Dogma es palabra de origen griego que, teniendo una prosapia limpia, ha venido ensuciándose en su actitud irremovible e intransigente de “cosa acabada, terminada definitivamente”, que eso significa “dokein” cuando se une a un pronombre personal, yo, por ejemplo, he acabado. 

El dogma carece de recursos. La razón no le es afín. Incluso el dogma la rechaza con un “odio lúcido”, y es lúcido porque posiblemente  los dogmas intuyan que su caída depende, en primordial medida, de la crítica.  ¿De que se sirven aquellos  para apuntalar su inaccesibilidad al debate y al cuestionamiento? En la autoridad. En el poder de cuantos los establecen, imponen y sostienen. Ha sido, así,  adoptado por el autoritarismo como el garante de su poder incuestionable.  

Focalizado en el plano de la religiosidad, quizás sea menos dañino, aunque en una época atizó la candela bajo los pies de cuantos pretendieron removerlo o modificarlo. Y ocurrió así determinado por los vínculos e intereses comunes del poder político y las jerarquías eclesiales. Porque, cuando el dogma pasa a la política como instrumento, como piedra fundamental, comienzan los riesgos para los grupos, sociedades y Estados que lo organizan y ubican sobre un pedestal ideológico. Una de los problemas del llamado socialismo del siglo XX, el también nombrado real, fue la aplicación dogmática del marxismo. De guía para la acción, se transformó en “señor feudal” de la acción. Un rápido paneo por sobre la historia de las sociedades socialistas europeas, nos abastecería de actos tan irracionales que podrían añadir un nuevo volumen a la “Historia de la estupidez humana”, del húngaro Paul Tabori. El dogma, por insuficiencias reflexivas, es incapaz de detectar las contradicciones que se generan en su nombre. Y con estas, sobreviene la parálisis. Y con la parálisis, el lento deterioro de las sociedades dirigidas por el dogma filosóficamente político, que es el me parece más actual y peligroso. El religioso ofrece, en estos tiempos modernos, la libertad de creer o no creer. Y nada pasa. 

Pero en la política, la cerca que bordea al dogma está vidriada con picos y fondos de botellas: se hiere quien los toque. La discusión, la discrepancia, la crítica se proscriben o se toleran entre condicionamientos. Y con ello el dogma se priva de su principal aliado: los herejes. Porque los herejes anticipan con sus audacias y temeridades la verdad más completa, que ha de sobrevenir en los días próximos. Al fin llega, pero nadie reivindica a sus gestores, porque se ha de pagar el precio por anticiparse. Pagarlo asumiendo el descrédito del revisionista o del inoportuno. 

Entre las izquierdas, a pesar de la experiencia del socialismo europeo, de tan claras moralejas,  aún subsiste  el dogmatismo.  Es un hábito cómodo. Significa decidir en las cúpulas sin el esfuerzo que implica el debate. Y a veces, para cancelar el exceso de presión, apela a la unidad del grupo, del partido, de la sociedad. Pero, a mi modo de ver, en la unidad propugnada por el dogmatismo no cabe la diversidad. Exige la unidad de los unánimes. Porque los dogmas no distinguen entre la necesidad y los fines, entre el derecho y la intención, entre la opinión y la oposición, la sugerencia y la impertinencia. Y por ello favorecen  el desarrollo tentacular de la doble moral y sus normas éticas encapsuladas en apariencias sin esencias. Pero la unanimidad, reducida tan solo a levantar la mano,  alguna vez empezará por resquebrajarse en nombre de los mismos derechos que el dogma de izquierda reconoce defender y garantizar: la libertad y la razón. 

Parece escabroso comprender que la unidad política excluye la imposición de dogmas. Porque la unidad política se formula y reformula constantemente en torno de un programa, jamás alrededor de las abstracciones de una cosmovisión. Y su agente principal consiste en el esfuerzo de hombres libres que alcen la mano para… opinar, debatir, sobre todo cuanto ayude a que la diversidad fortalezca la unidad. Y que debatan y opinen como herejes necesarios que impidan la dogmatización de las ideas y la burocratización de las acciones. Ah, sí. Dogma y burocracia son afines.

LA FRUTA QUE FUE MADURA

LA FRUTA QUE FUE MADURA

Por Luis Sexto 

“Sinuhé el egipcio ha reaparecido gracias a una reciente edición cubana. Y algunos de cuantos lo conocían confiesan que ahora, treinta o cuarenta años después de haberlo leído por primera vez, penetraron con más provecho en el mundo de antigüedades que construyó Mika Waltari con su novela.

Unos, incluso, tratan de interpretar la vida, o ciertas cosas, mediante la filosofía amodorrada, cansada, de Sinuhé. Conozco al menos a una persona que, cuando conversamos ambos de los males de la actualidad, la cubana o la extranjera, riposta a mi inconformidad, a mis críticas, con el sonsonete del trepanador real y agente de la inteligencia faraónica: “Así ha sido siempre y así será”. Que el poderoso abuse del débil. Que el rico se encarame sobre el pobre. Que aquel robe o este mienta. Que ese responda con la indiferencia. Que el otro use prerrogativas del cargo para regalarse privilegios... Por qué  inquietarse: así ha sido siempre y así será. Derrotismo. Resignación. 

Terencio, el latino, se aproximó al egipcio Sinuhé cuando estableció que nada nuevo había bajo el sol. Capsular filosofía antirrevolucionaria. Contra la utopía. Por negarse precisamente a admitir que los tiempos y las cosas eran irremovibles, circulares en su fluir, la especie humana ha alcanzado su desarrollo. Quizás lo único que no cambia es la ocurrencia de dificultades. Porque a un problema resuelto lo sustituye otro.Lo sabemos. Pero autorícenme a seguir descubriendo Mediterráneos. Y si a cada problema se le hubiera tapado con un “así ha sido siempre, paciencia, la pila superaría al Everest en altura. Y andaríamos en chancletas y comeríamos semillas. 

La última década en Cuba ilustra que la lucha, la negativa a aceptar los obstáculos como voluntad inapelable del destino, empuja, azuza, la superación de cuanto nos parezca irreversible. Quizás en 1991, si hubiéramos aplicado la fórmula fatalista de ciertos intelectuales y políticos anteriores a 1959, el esquife de la República, según la imagen del escritor José Antonio Ramos, se habría despedazado en “los acantilados de la Florida”, de acuerdo con la frase de Jorge Mañach,  otro escritor de los años 30 y que naufragó precisamente en las aguas de los Estados Unidos después de haber denunciado el daño que  la influencia del Norte le ocasionaba a Cuba. Nada –decían aquellos los pesimistas- es posible contra los americanos. Todo es posible, ha demostrado hoy la Revolución. 

Los gobiernos norteamericanos, sin embargo, continúan afiliados al “así ha sido siempre”de Sinuhé el egipcio. En particular con respecto a Cuba. La ven y juzgan como la vieron y juzgaron desde 1805. Primeramente, en esa época, como una isla por conquistar, por anexarla a la Unión. Después como la “fruta madura”que por ley de gravedad histórica debía caer, algún día, en las manos de los Estados Unidos. En el siglo XX, al fin, la manzana se desprendió luego de la guerra hispano-cubana-americana. Y hasta 1959 la consideraron posesión suya, como protectorado o necolonia, que ambas categorías  significaron lo mismo: absorción de la riqueza, la independencia, la política cubanas mediante la condición de “factoría yanqui” con que  invistieron a la isla.  

Antes y después del triunfo de la revolución de Fidel Castro, la actitud de los sucesivos gobiernos estadounidenses ha sido igual. El presidente W. Bush ha asegurado recientemente que solo dialogará con el pueblo cubano, y no con el Gobierno Revolucionario, que ha hecho pública, mediante palabras de Raúl Castro,  su disposición a resolver, mediante negociaciones, el diferendo entre los Estados Unidos y Cuba. Parece que W. Bush, al igual que sus predecesores, cree que el Gobierno Revolucionario carece de representatividad ante su pueblo. Un error que se repite desde hace casi medio siglo. Porque basta preguntarse por qué  se ha sostenido tantos años en el Poder. Claro, en Washington responderán que mediante la represión. Y cómo puede ser posible si cuantos manipulan  las armas son los hijos de los trabajadores y profesionales que desfilan por calles y plazas. ¿Acaso puede una parte de la población vigilar a la otra?  

Así ha sido siempre y así será en la política exterior de los Estados Unidos hacia Cuba. Todo cubano que se le oponga -como decía el interventor de turno sobre Juan Gualberto Gómez uno de los adalides de la independencia, contradictor de la Enmienda Platt-  es un “degenerado”. Y todo gobierno de La Habana que pretenda mantener su independencia y soberanía, será dictatorial, antidemocrático, como afirman en Washington que es el Gobierno de Fidel Castro.

De la tiranía del general Gerardo Machado y la del general Fulgencio Batista-cuyas víctimas aparecían torturadas y asesinadas en las cunetas de las carreteras o colgadas en los árboles del campo-, ningún funcionario de la Casa Blanca dijo alguna vez que eran enemigos de los Estados Unidos o que violaban los derechos humanos. Entonces Cuba era “nuestras colonia”, según el decir del historiador míster Jensk.. 

A fines del 2006, una delegación de legisladores visitó a Cuba. Uno podía haber creído que componía un “gesto de buena voluntad” en tantas décadas de hostilidad e incomprensión. Cuando regresaron, algunos de los congresistas emitieron declaraciones. Una, sobre todas, centró mi interés. Pudo haberla suscrito cualquier miembro del grupo bipartidista; flotaba en la atmósfera: “Con los cubanos no se puede hablar de democracia y derechos humanos.” ¿Por qué ha de poderse? ¿Por qué los cubanos habrán de aceptar la agenda que los gobernantes o funcionarios de los Estados Unidos deseen? No creo que la administración de la Casa Blanca aceptara que una delegación cubana pretendiera localizar cualquier conversación en la guerra de Irak o Afganistán.  Evidentemente, las diferencias entre Cuba y los Estados Unidos no tienen por qué pasar por los asuntos internos. Los cubanos, celosos de su independencia, calificarán de ingerencia el interés en aspectos políticos que solo atañen a los ciudadanos cubanos, en primer término a cuantos residen dentro de la Isla. Y puede asegurarse, analizando el proceder histórico de los revolucionarios cubanos, que las discusiones en ese sentido, mientras subsista el riesgo de la intervención norteamericana, serán aplazadas. Por lo inmediato, entre Cuba y los Estados Unidos podrá debatirse el bloqueo, que priva a Cuba de sus mercados  cercanos y del comercio libre entre las naciones; habrá que discutir las emisiones radiales y televisivas con fines subversivos,  a despecho de la legislación internacional. Podrá hablarse de indemnizaciones mutuas. Pero de lo demás, no será ahora como fue antaño. Y será como ha sido desde 1959.  

La Casa Blanca y el Congreso de la Unión tendrán que admitir la sensibilidad nacional, el apego de los cubanos a su soberanía y a la herencia de vasallaje que los Estados Unidos dejaron en Cuba cuando se marcharon en 1961. Además, tendrán que rectificar un enfoque: el pueblo cubano no es el que habita y gobierna la ciudad de Miami. El pueblo, aglutinado aun en sus diferencias e inconformidades, radica en el Caribe, donde la fruta, que fue madura, ha vuelto a reverdecer, para que siempre sea verde para los americanos. O cualquier otro intruso.       

LEVANTO LAS MANOS POR EL DEBATE

LEVANTO LAS MANOS POR EL DEBATE

Por Luis Sexto 

La imagen es vieja, pero oportuna: para cocinar una tortilla hace falta romper los huevos. Con los huevos en su cascarón solo podría hacerse, en un recetario urgente, huevos duros. Pero ya no sería una tortilla. Y así, pasando de la cocina a la política, habrá que admitir que las mejores acciones son las que primeramente rompen la cáscara de la reflexión y el debate en un concierto de diversas voces, incluso las disonantes.   

Suele ocurrir –particularmente en las izquierdas- que unos pocos pretendan por momentos asumir la tarea de pensar, invalidando el entusiasmo de otros. Esa es una técnica de predominio antidemocrático en el ejercicio intelectual: para tener la razón basta decir que los demás no la tienen, porque a fin de cuentas estos son ilusos, ingenuos y todos los caracteres afines que distinguen a los que solo sirven para ejecutar lo que los “razonables”, los elegidos por la “verdad”, dictan en medio de un aura de privilegio infalible. La discusión, incluso la polémica, es, para estos profesionales de la división del trabajo  político e intelectual, una vía cerrada por inútil y por… incómoda. Porque, en el fondo, quienes esquivan el debate negando el derecho de otros a contradecir, parecen estar tan inseguros en sus argumentos que no los exponen a  la prueba. El tufo llega a nuestras narices en un aire conocido: el dogmatismo. 

Hemos tenido prueba en estas últimas semanas. Tanto nos acerca la Internet que nada de lo publicado en la “red de redes “nos parece ajeno. Hemos estado al tanto del debate sobre el socialismo del siglo XXI. Algunos lo han creído necesario; otros lo estiman improcedente porque, a fin de cuentas,  es una categoría bolivariana, latinoamericana: parte de Venezuela, específicamente del presidente Chávez, y todo cuanto se abone fuera de ese ámbito para intentar universalizarlo –dicen- yerra por equívoco geográfico y cultural.  La postura es impugnable. Si Venezuela halla una fórmula para construir el socialismo, es hallazgo que atañe al mundo. Con la caída del “socialismo real” –o “realmente existente”- en el siglo XX, las aspiraciones de una porción de la humanidad quedaron sin paradigma.  ¿Dónde radica  la esperanza de cambiar las relaciones de sumisión y explotación por relaciones de libertad y solidaridad? ¿Cuál es el modelo exacto, justo, efectivo y  perdurable? Un modelo pensado, porque, al parecer, la construcción del socialismo no puede dejarse a la improvisación, o a leyes ciegas que, en su torpeza, irán a parar presumiblemente al punto que intentan evadir.  

Hablábamos,  durante los últimos días, de la lexicalización compuesta por el sintagma “socialismo del siglo XXI”como un probable relevo ordinal o numérico del que lo precedió en la centuria anterior. Si hubo un socialismo, al menos uno, en el siglo XX, el que sobrevenga en este siglo tendrá que clasificarse temporalmente como del XXI.  Esa posibilidad, desde luego,  es la que nos inquieta: que todos sea un cambio de nombre y el corpus teórico y la subsiguiente práctica sociopolítica sea la misma del llamado socialismo del siglo XX, de origen marxista – un marxismo distorsionado, voluntaristamente aplicado-que por unas siete décadas rigió en la Unión Soviética y luego, tras la Segunda Guerra Mundial, se extendió con el Ejército Rojo por Europa oriental. 

Parece forzado  precisar que el socialismo posee más de una definición. Y todas dependerán, en su alcance, de la posición desde donde se configuran sus términos. Para mí, en una generalización neutral, el socialismo  sigue siendo una aspiración de la sociedad humana. Creo que esa formación económico-social será la sucesora del capitalismo y la solucionadora de cuanta injusticia, desmán, catástrofe de lesa humanidad nos deja la burguesía y su sistema. Y ya estamos hablamos, necesariamente,  de clases. No creo que el socialismo –sea del XXI o del XXXII- podrá prescindir de una verdad que Marx reveló para siempre: la historia humana es la historia de la lucha de clases. Quizás no sea tan evidente, pero en última instancia -según la adecuación equilbradora preferida por Engels- para que la sociedad humana sea realmente una sociedad de fraternidad, igualdad y libertad –viejas demandas de la revolución burguesa y no por ello menos necesarias- se precisa que los minoritarios sectores dominantes renuncien a sus intereses, o se les arrebaten para que los mayoritariamente dominados puedan hacer valer los suyos. Unos han pensado en conciliarlos. ¿Tendrán razón? Tal vez en la teoría la cuenta cuadre. Pero en la práctica… Ummmm.  ¿Pueden los capitalistas renunciar a su cuota de ganancia media por amor a sus asalariados? Quizás un filántropo, que, por supuesto, dejaría de ser rico. Pero no toda la clase de propietarios.  

No insistiré ahora en las formas en que los trabajadores han de tomar el poder político,  sin el cual el socialismo continuará siendo una aspiración más que una concreción. Lo que quiero decir, sin absolutizar mis referencias, es que el socialismo de cualquier denominación –“cristiano”, “latinoamericano”,  “asiático”- tendrá que tener en cuenta los hallazgos fundamentales del marxismo y utilizarlos creadamente, esto es, fuera de cualquier cercado dogmático, burocrático y, sobre todo, demagógico, esa actitud en la que el discurso y su ejecución  no comparten  la misma tienda.

Tampoco abundaré en cómo construir el socialismo. Los manuales han dado una lección a partir de 1990: la inconfiabilidad de los manuales. Solo creo entrever que el problema primordial de la construcción de socialismo radica en  hallar la fórmula que les otorgue efectivamente a los trabajadores, en plena libertad, el papel dominante.

Voy, pues, a abordar lo más importante de esta nota.  Algunos se oponen a este debate, porque creen que se les ajusta las cuentas al socialismo del siglo XX y a la Unión Soviética. Ese criterio se amarra a un equívoco. Si la Unión Soviética y el socialismo que ese gran país representaba se extinguieron, y con su disolución frustraron nuestras esperanzas, urge que ajustemos las cuentas, es decir, que profundicemos con la crítica en las causas que los tiraron hacia las alcantarillas de la historia. No se trata de echar campanas al aire por que hayan desaparecido, sino de indagar en  las causas que, lamentablemente, condicionaron sus errores y limitaron lo que parecía estar llamado a la perdurabilidad.

Eso, me parece, es un ejercicio elemental sin el cual el debate afrontaría el riesgo de escamotear lo sustancial. Porque muy poco de aquella experiencia deberá  ser en un segundo intento como fue en el primero.

SOCIALISMO DEL SIGLO XXI : ¿ENTELEQUIA O NECESIDAD?

SOCIALISMO DEL SIGLO  XXI : ¿ENTELEQUIA O NECESIDAD?

Por Luis Sexto 

La frase ha ganado un espacio en la terminología de moda: socialismo del siglo XXI. Muchos en el planeta esperamos que no sea eso: una lexicalización temporal que pierda, con los días, a fuerza de repetirse, significado nuevo y capacidad de estimular el sueño, la práctica y, en particular, la teoría. Porque, a mi juicio, le falta cuerpo, substrato teórico. ¿Lo empezamos a llamar socialismo del siglo XXI solo porque está decursando la centuria con ese número? ¿O le llamamos así en oposición al socialismo del siglo XX cuyo fracaso nos ha dejado una cola de lecciones que hemos de asimilar para lograr un racional intento de construir el socialismo?  

De las experiencias socialistas del siglo XX queda una enseñanza que puede adquirir rango de axioma: no sabemos a ciencia cierta lo que es el socialismo en cuanto forma y método. En cuanto ideal sí, porque implica una aspiración irrenunciable de refundar la sociedad mundial sobre bases de justicia, igualdad, libertad. Esta meta no pasará de moda. Lo que ignoramos es la técnica, las fórmulas y los principios de cómo construir el socialismo sin errores, equívocos, pobreza y limitaciones. Se trata, en esencia, de superar un socialismo cuyos manuales de generalización y propaganda y sus programas partidistas sostenían que ese era un sistema a prueba de crisis cuando una crisis lo echó a rodar por  los desagües de la Historia.  

Por fortuna, ya se va alcanzando consenso en que el socialismo del siglo XX en la Unión Soviética y Europa Oriental se disolvió porque “estaba mal concebido y mal realizado”. La explicación pertenece al comunista cubano Carlos Rafael Rodríguez, uno de los cerebros más sólidos del movimiento revolucionario de Cuba. A él, que ocupó principales cargos en el Gobierno Revolucionario de Cuba, fue a quien primero le oí ese juicio cuando otros pretendían explicarlos por causas secundarias: que si la perestroika, que si  la prensa… Sociedad que nace coherentemente y se desarrolla coherentemente y se consolida firme y racionalmente, como expresión de una necesidad social, no puede demolerse por la transparencia política o la crítica y la información periodística.  Si se estremece por un artículo de periódico, el mal no radica en la prensa, sino en las bases de la organización social, parecidas, según la gastada metáfora,  a un gigante con pies de barro. 

En estos días,  Armando Hart ha expuesto ideas semejantes en un artículo publicado el pasado sábado 9 de diciembre en el periódico Juventud Rebelde. El ex ministro de Cultura de Cuba, agradece que “haya desaparecido aquel ‘socialismo’equivocado, mediocre y ajeno a las esencias de la mejor cultura universal”.  

Fidel Castro ha reconocido con preclara lucidez cuán poco sabemos sobre cómo construir el socialismo. Lo dijo el  17 de noviembre de 2005, cuando en un discurso en la Universidad de La Habana, alertó sobre la posibilidad de que la Revolución cubana, obra de más de cincuenta años de pelea, resistencia, tanteos, aciertos y errores, y continuación de la revolución independistas del siglo XIX,  pudiera ser reversible. La causa primordial, la más probable no sería la hostilidad –nunca cesante- de los Estados Unidos de América, sino los yerros y vicios de los revolucionarios y comunistas cubanos. 

El pensamiento de Fidel, como el de Marx, Engels y Lenin, no surgió de una concepción dogmática de la vida, la sociedad y la Historia. Por el contrario, como la vida, la sociedad y la historia son tan cambiantes, tan antidogmáticas, las ideas de los clásicos  sirven como “guía para la acción”,  índice para la procreación y crecimiento de un pensamiento flexible, sagaz, vigilante. Y por ello, uno puede deducir de la advertencia de Fidel que Cuba afronta el riesgo de que las aspiraciones primordiales de la nación –la independencia política y la justicia social- perezcan, si sigue  manteniendo en su estructura fermentos del llamado socialismo del siglo XX, el socialismo que fracasó, con el cual Cuba mantuvo tantas inevitables afinidades y tanta colaboración en la época de la “guerra fría”.  

Desde luego, el socialismo del siglo XXI surgiría lastrado, minusválido, si asumiera fórmulas del viejo socialismo. La tarea de fundamentar con la teoría  y concretar con la práctica el socialismo del XXI, no es tan simple como darle un nombre. Bautizar lo hace cualquier persona con buena voluntad. Criar, educar, formar, sólo corresponde a revolucionarios para quien lo posible -hoy, ahora-  no puede estar supeditado rígidamente a lo soñado o a lo prescrito. Por ello, la teoría socialista ha de ejecutar la autopsia del socialismo soviético –sin ánimos antisoviéticos, sería injusto y nocivo- para determinar con la cuchilla de la crítica, sobre un diagrama de concentración, los resortes del fracaso; un fracaso que, según parece, no se gestó en los años 80, sino más bien desde los años inmediatamente posteriores a  la Revolución de Octubre. Y ese análisis no merecerá el calificativo de seudo científico con que los dogmáticos suelen invalidar el pensamiento más libre y menos encorsetado. Seudo científico sería –según el científico soviético Kapitza- no reconocer los errores. 

El propio Armando Hart señala en su artículo ya citado que  “debemos profundizar en un problema filosófico clave: la búsqueda de la relación entre lo que se llamó objetivo y se denominó subjetivo”. Y concluye: “Lamentablemente, muchos en el siglo XX olvidaron que el hombre es también materia.” 

Este articulista, sin ánimo de enmendar, añadiría que a veces también algunos olvidaron que el hombre es también subjetividad. Conciencia. Espíritu al que las fronteras y los cartabones limitan y deforman. 

Una de las regularidades del socialismo del siglo XX  y de su caída consistió en que el sentimiento de propiedad social nunca se afincó en la conciencia de los trabajadores.  Jamás sintieron que sus fábricas fueran verdaderamente suyas, a pesar de la distribución mediante los fondos sociales de consumo.  Algo impedía que se desarrollara una relación de propiedad entre el productor y los medios de producción. Y claro esta,  no podía haber surgido esa relación ni ese sentimiento, porque los trabajadores no eran dueños en la práctica: seguían siendo asalariados. Ese era el efecto: asalariados del Estado. Porque nadie podrá discutir ya que el acto de estatalizar la propiedad no significa socializarla. Doctrinalmente, el proyecto era perfecto: los obreros gobernarán y administrarán lo suyo como clase dominante, mediante sus representantes en el partido y el Estado. A la larga, los funcionarios derivaron hacia una casta y como casta adquirieron intereses que se separaron de los intereses de los trabajadores y del pueblo. No se estimuló la crítica ni la participación política que evitaran esas deformaciones. 

Y cómo hacerlo hoy  para que en realidad la clase obrera asuma el poder y se sienta poder. No sé. Quién lo sabrá. Sabemos sí que la organización socialista conocida y fracasada en el siglo XX  no logró la plenitud de la justicia. Confundió los plazos. Aceleró la etapa de tránsito del capitalismo al socialismo. Priorizó la política sobre la economía, y las centralizó de manera tan excesiva que nulificó la prerrogativa de acción de los lados. Convirtió el principio de igualdad en el emparejamiento de todos, sin distinguir las naturales diferencias de aptitudes y aplicación. El mercado no existió para vender, sino para dar. Y convirtió en un problema el acto de comprar. Fue, pues, una igualdad lograda en la pobreza, en el mínimo; jamás en el bienestar creciente regido por la ley distributiva de “de cada cual según su capacidad y a cada cual según su trabajo”.  No cuesta admitirlo, la igualdad convertida en igualitarismo paraliza a la sociedad. Y el desafío radica en hallar el término medio entre la “polarización” de la propiedad privada del capitalismo y la “paralización” del individuo ahogado en la colectividad del “socialismo” hasta ahora conocido. Y en una sociedad donde los individuos reciben al margen de su potencialidad y sus merecimientos,  la democracia se convierte en una verticalizada y maquinal ceremonia, a la que le falta ese “buen sentido y equilibrio de derechos” que José Martí decía que habían olvidado los socialistas europeos del siglo XIX. 

La propaganda, parece exacto decirlo, no puede transformar la voluntad en acción, el error en acierto, la escasez en abundancia, un mediatizado aparato conceptual en justicia. Superar al capitalismo es campaña que se gana sólo con las evidencias. Con las evidencias de una lucidez que ha de trascender los nombres y las consignas, para erigirse en hechos inconmovibles en una sociedad que logre ver y tratar al hombre como materia y conciencia a la par. Necesitado a la vez del bienestar material  y de la cultura, bien espiritual. Y de ahí, partir hacia la sociedad y el hombre nuevos.   

The old tricks of greed

The old tricks of greed

By Luis Sexto 

I call on sensibleness. On balance. The Cuban reality shall not be judged without the external component. The dependence on the external situations has been a contumacious sword in the history of Cuba. It would be worth investigating how many projects, how many improvement intentions have failed because of the pressure of foreign circumstances at different moments of the national history, during the chains of colonialism and in the waste pulp republic.

We could not either deny – if we make a balanced and sensible analysis – that the work of the revolution was determined, efficiently and quantitatively, by the blockade imposed by the United States of America on Cuba almost since the very beginning of 1959. Even the mistakes made by revolutionaries – real and influential ones, we must admit – are somehow the result of the constant hostility from the North and the cautiousness imposed by the real and sometimes imminent risk of seeing how the blood and passion of several generations could dissolve and fail in some of the traps schemed by the enemies of our independence and our ideals of social justice.

 Who could deny that? The Revolution was born defending itself. The United States of America and its national and foreign allies did not want it. They still do not want it. Since the very beginning, they had the suspicious presentiment that what had been gestated at Moncada Headquarters, and later on conquered in the mountains by workers and dispossessed farmers, had burst into the country’s history as the reincarnation of the unfinished project of the cordial, just and decorous republic of José Martí. The eagles of greed soon realized that the change of men in January of 1959 was also a change of essence and classes. And then the dirty war began. And the economic blockade was part of it. It is true, when one thinks sensibly as well, that in several periods of the last 44 years some people thought of blockade as the joke of the old naughty shepherd who used to scare his pasture colleagues with the false warning of ¨here comes the wolf¨. Or maybe it got old, wearing the sheets of a ghost. It was barely visible. The commercial relations with the former socialist block eased the material shortages originated as a result of the North American prohibitions. But, by forcing the technological reconversion, closing the credit windows, and banning the bilateral trade between Cuba and its nearest market, the blockade facilitated the fastening of a new dependence.

The blockade has been an aged-origin recipe in the foreign policy of the United States of America. They have used it more than once, at least against us, as the most convenient formula to their interest. While reading an old book – Oh, old books teach us so many things – I learned that 85 years ago the United States of America tried to impose a price in the 1918 sugar crop which was to be conciliated with the calculations of Wall Street. And in the light of some sort of speculative denial by the Cuban landowners, Washington chose the blockade – embargo, they used to call it in order to soften the term, just as they do today – of the foodstuffs that Havana had purchased from US companies. It was a way to persuade the Island that, among other dependences, it depended on the US market for its foodstuffs. The episode ended with the victory of Mister Wilson, the president, and Mister González, the ambassador, even though the last name sounded like latinity of popular ancestry. Liberals and conservatives, generals and doctors, aristocrats and foremen were persuaded. And the sugar trunks of the United States of America filled with another 600 million dollars at the expense of ¨our colony of Cuba¨, as Harold H. Jenks used to say in a book whose title, shamelessly and possessively, described a very possessive and shameless situation.

 Being a concept as old as war, the blockade and its synonyms of siege and enclosure imply the strategy of defeating the enemy through isolation, starvation, and thirst. In domestic fights, between neighbours, one would hear about denying salt and water to the other as an irresistible means to offend him and overpower him. The world’s chronicles tell us about the siege of Troy, Jerusalem, Numantia, Leningrad…And they will mention the blockade on Cuba, perhaps remembering it as the longest of all, and they will underline that it is different to all the others because it does not siege a fortress or a city with warlike devices. Instead, it uses extraterritorial laws, circulars, warnings, threats…And it is exercised in times of peace against an entire country, without discriminating between victims or targets, using the economic, financial and commercial goods as evils.

In view of this event, turned into a process of aggression, Suárez, Vitoria, Vives – founders of International Law – would write, in awe, new texts that maybe the powerful ones – the United States of America and its allies – could not read, even though the majority in the UN´s General Assembly has for 15 years recommend that they do so.

LA DEMOCRACIA, EL MITO Y LA POSIBILIDAD

LA DEMOCRACIA, EL MITO Y LA POSIBILIDAD

Por Luis Sexto

Los griegos de la antigüedad llenaron el olimpo de dioses y el aire de duendes. El desarrollo social, tecnológico, científico vació el olimpo y depuró el aire. Aparentemente desaparecieron todos los mitos. Menos uno: la democracia. El demos, el pueblo, de la democracia ateniense no incluía a los esclavos, a las mujeres. Era selectiva. Como en la democracia de los padres fundadores de los Estados Unidos de Norteamérica donde tampoco los esclavos y las mujeres podían votar.

La democracia burguesa fue en sus orígenes un deslumbramiento de la libertad. Pero hoy continúa siendo el mito inventado en Atenas para predominio de una mayoría sectaria, elitista, que es, paradójicamente, minoritaria. ¿Creeremos en la ronda infantil de que es el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo? Convengamos en que la democracia no puede definirse por su etimología. Esta adulterada, desacreditada, en la mayoría de las sociedades del planeta, particularmente en los países capitalistas pobres y dependientes. Por lo tanto, no existe la democracia, sino existen democracias, porque las define su aplicación, según la fórmula de Lenin: de quiénes proviene y a favor de quiénes se ejerce.

He de advertirlo. Si estos párrafos resultan excesivamente académicos, lo son contrariamente a mis propósitos. Es inevitable. Y aún me resta algo por añadir. A ese género de democracia burguesa y occidental, que pretende ser único, global, insuperable, corresponde en lo económico el régimen de propiedad privada, el principal obstáculo de la igualdad, porque tiende a dividir la sociedad en propietarios y desposeídos, en beneficiarios de la riqueza y  creadores de la riqueza ajenos al reparto o receptores de la menor porción.

La igualdad –concretada en la distribución armónica, equitativa, equilibrada- es el fundamento de la auténtica democracia: favorecería a todos o a la mayoría. En la situación contraria, la libertad, la democracia, en suma, agraciaría a las clases y sectores del poder económico. Estos integrarían la sociedad política. Al margen, los trabajadores y capas inermes. ¿O podremos aceptar los cascabeles publicitarios que anuncian que un carnicero tiene opciones para ocupar por cuatro años el despacho oval de la Casa Blanca? Preguntémosle a Ross Perot que, ni siendo millonario, pudo, hace varios años, como candidato independiente, agrietar las paredes de plomo de la democracia bipartidista norteamericana.

En los Estados Unidos, cuya clase gobernante propone al mundo su organización política como la más libre, eficaz y eficiente, el voto es una ilusión. Y aceptemos de paso que la acción de votar no compone la esencia de la democracia. La esencia democrática  se define y se consolida en el control de los electores sobre sus elegidos. Y quién que ha sido electo rinde cuentas a sus electores. ¿Regresa acaso  a exponer su fidelidad a las promesas de la campaña? Sonriamos irónicamente. El voto, sobre todo en los Estados Unidos, no significa que la voluntad del pueblo será obedecida. En las elecciones del 2000, el candidato del Partido Demócrata, Al Gore, como se sabe, ganó la mayoría de votos populares y, sin embargo, el sistema electoral norteamericano –concebido para seleccionar como ganador al que más convenga mediante el papel protagónico de los “votos electorales” de cada estado- dio su respaldo a George W. Bush, incluso con la confirmación del Tribunal Supremo, que desestimó la comisión de fraude en  La Florida. Evidentemente, los fundadores de la Unión articularon una constitución y un sistema político que garantizan permanentemente el predominio burgués, aunque parece que lo disimulan con tanto acierto que hay quienes lo consideran un modelo de libertad.

En la misma línea de razonamiento, el pluripartidismo tampoco entraña la esencia o parte de la esencia de la democracia. Más bien es una forma de organizarla. En ese tipo de juego democrático, la participación se concentra y tipifica en los partidos que, por lo común, representan grupos de poder dentro de las estructuras dominantes. En los parlamentos, pues, no se halla representado el pueblo. Sí los partidos políticos. La democracia occidental ha evolucionado contemporáneamente, en casi todo su ámbito, hacia una partidocracia. El pueblo solo vota por lo que le ofrecen los partidos. Y los partidos, salvo alguna excepción, defienden sus intereses  de grupo o de clase.

Y cuál, pues, será el camino político hacia ese mundo mejor cuya posibilidad convirtió en consigna el pensamiento zahorí de Ignacio Ramonet.

Todo apunta, a pesar de experiencias frustradas y decepcionantes que el socialismo con su democracia participativa –al margen de los partidos o del partido único- podrá enrumbar hacia una sociedad justamente gobernada mediante el voto y la voz del pueblo, sin exclusiones o limitaciones. Pero  las experiencias del siglo XX demostraron que aún las fórmulas socialistas avanzan asediadas por riesgos que no pudo evadir, al menos, en la extinta Unión Soviética y en Europa oriental. Evidentemente, una sociedad rígidamente centralizada -como lo fueron las socialistas europeas- porta en su interior las bacterias de la burocracia.

La experiencia histórica del socialismo realmente conocido hasta ahora, demuestra que el problema para las clases trabajadoras no consiste en tomar el poder político. El problema primordial se define en preguntar y responder: bajo qué formas de organización de la propiedad y el gobierno, con qué  leyes y mecanismos de participación, los trabajadores podrán ejercer la democracia socialista sin intermediarios, ni comisarios.

La democracia, que originariamente previó el sometimiento de la minoría a la voluntad de la mayoría, tiene que hallar en una sociedad plenamente humanista el equilibrio entre el nosotros y el yo;  la relación equilibrada entre los derechos colectivos y las libertades individuales.

Todavía las izquierdas, que piensan con el lado del corazón, no han coincidido en el esquema apropiado para un conglomerado humano que se reproduce  a la velocidad del vértigo, incrementando proporcionalmente, con el volumen de las multitudes, las dificultades teóricas y prácticas de gobernar. Y, sobre todo, gobernar en justicia, inmune a la rigidez burocrática, en nombre de las clases más proclives a la paz, la libertad y la igualdad.