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PATRIA Y HUMANIDAD

PADRE ALBERTO: ESCÁNDALO SIN ESPÍAS CUBANOS

PADRE ALBERTO: ESCÁNDALO SIN ESPÍAS CUBANOS

Por Fray Antorcha

Desde Miami               

Al aceptar su traslado a la Iglesia Episcopal, queda demostrado que lo del sacerdote Alberto Cutié – mal llamado cubano-americano-, no fue cosa de espías cubanos, como declaró en su primer entrevista televisiva, tras publicarse en la revista TV Notas, 25 fotos junto a “su novia”, que destaparon el mayor escándalo que recuerde la Iglesia Católica en Miami.

 Hago la aclaración de lo relacionado con el origen “cubano”, porque es una mala y fea costumbre existente en este país, donde a todos los inmigrantes, o nacidos en el territorio de la Unión Americana, de padres extranjeros, se le antepone la nación de los progenitores antes de esta en donde viven. Lo mismo sucede con las personas de piel negra, sea un brillante profesional o un vulgar delincuente, a quienes se les identifica como “afro-americanos”. A tal punto que hasta al actual Presidente Barack Obama se le agrega  este mismo gentilicio, por ser descendiente de padre africano,  y madre blanca nacida en Hawai. En cambio, nunca he escuchado que se mencione al  resto de los ciudadanos de este los EE.UU. o a los presidentes que ha tenido, como “anglo- americanos”, porque ciertamente la constitución aclara que para llegar al más alto puesto de los Estados Unidos, se requiere haber nacido dentro de este país.  Los verdaderamente puros americanos son los primeros habitantes que encontraron los conquistadores (o saqueadores) de América a su llegada, a quienes llamaron “indios”. Estos son los únicos dueños de esta tierra que les fue arrebatada, a tal punto que los descendientes que quedaron de aquellos, están exceptuados de los llamados “tax” o pagos de impuestos en todo el territorio nacional. Tienen sus propias leyes, policías, médicos y dicho sea de paso los mejores casinos donde los tontos viciosos del juego van a dejar su dinero. Es la mejor venganza de los otrora casi eliminados aborígenes durante la colonización –en la Florida, por ejemplo Micousikees y Seminoles,  viven en sus territorios.

 Retomo ahora el tema del Padre Alberto, porque pese a llevar por sus venas sangre cubana, nació en Puerto Rico, territorio reconocido como Estado Libre Asociado de los EE.UU. Solo por ese hecho se le debía reconocer como americano, exclusivamente.

Claro, en todo esto hay algo más que otra oportunidad  para desprestigiar a Cuba, como si a alguien en la Isla le afectara lo que hace lo mismo un pedófilo sacerdote católico, que un cura enamorado, que traiciona su  compromiso de ser célibe.

 La otra cara de la moneda está ahora en el conflicto armado entre las iglesias Católica y Episcopal, a partir del recibimiento en esta ultima al sacerdote causante de la violación del celibato, hecho que no tuviera mayor trascendencia de no ser por la fama que tenía el padre Cutié, debido a la cantidad de feligreses que lo seguían, además de dirigir la emisora Radio Paz, en la cual también ya fue sustituido.

 La iglesia Episcopal fue fundada en 1789, tras la proclamación de las 13 primeras colonias americanas y antes de la guerra era parte de la iglesia anglicana, cuyo clero respondía al monarca británico y no al Papa de Roma.

 Aunque existen algunas similitudes en las eucaristías de ambas, en la Episcopal en sacramento de la confesión se considera una mera declaración del perdón concedido por Dios, mientras en la Católica se sostiene que el sacerdote perdona verdaderamente en el nombre de Dios.

 Jesús está “espiritualmente presente en el vino y en el pan consagrado”, para los episcopales, mientras la Iglesia Católica de Roma enseña que Jesús está totalmente presente con  su cuerpo (sangre, alma)  y divinidad bajo las formas del pan y el vino.

 Pero lo más interesante de todo, es que el método de poner bajo sospecha a la Seguridad cubana de haberlo hecho caer en el conflicto amoroso, se deshizo con la misma rapidez que su aparente dedicación a la comunidad de su iglesia y sus seguidores.

Con el mayor respeto a los creyentes cubanos, esta no es la primera vez incluso que se produce un hecho como el del sacerdote católico Alberto Cutié. Es triste para los seguidores del catolicismo, pero un buen momento para aclarar que lo de este pastor fue un escándalo de grandes magnitudes, en el que no tuvo nada que ver la política de ningún país, ni los “supuestos espías cubanos” de los que habló en un principio.

 

   

 

UN HUECO EN LA PARED

UN HUECO EN LA PARED

Por Luis Sexto

Escribir libera, justifica. O ¿acaso no he procurado yo, anónimo escribidor, en tantas notas, cartas, diarios, crónicas personales, en tantas referencias a mi itinerario existencial, el modo de descargar la pasión que ningún evangelista ha narrado?

 He sido un “Cristo” que se ha erigido a sí mismo como su hagiógrafo. Hasta un epitafio sobre mi sepulcro podrá salvarme del anonimato.

A los 20 años empecé a escribir un diario íntimo que tres meses más tarde interrumpí en una resolución sumarísima. Un amigo me atizó la duda al decirme que uno comenzaba escribiendo las cosas que le sucedían y terminaba inventando las cosas que escribía. Como en un tránsito estupefacto hacia la novela de sí mismo: la autoficción.

 Aquella noche deduje que el hombre que habla con el hombre que consigo va, como en el verso de Antonio Machado, no podía perecer por la baba de una ingobernable tendencia al mito. Yo solo pretendía entonces estampar en la libreta la verdad de mi circunstancia interior. Y para no contaminarla de artificios trunqué mis notas en una fecha que puedo confirmar: 11 de octubre de 1966.

Admito que exageré. Y acepto también que el impulso mixtificador de cuantos escribieron o escriben un diario, quizás provenga de la intención o se contenga con ella. Si  uno lo escribe con un afán profesional, para publicarlo alguna vez, o calculando que al futuro le interesará, puede vaciarse cautelosamente, restando o sumando en letras finas lo conveniente o lo inconveniente, lo útil o lo bello; o si los emborrona para pulir el espejo de la propia conciencia, lo único que le importa es la indivisible verdad personal; o, simplemente, si lo lleva como un jugador sus cuentas, tratando de justificar el tiempo perdido, tal vez sea pueril, intrascendente, o imaginativo. Pero las intenciones, múltiples y confusas, suelen escurrirse ante el yugo del análisis. ¿Cuál habrá sido el móvil de Ana Frank, la adolescente que compuso un documento donde el candor y la madurez compiten en un testimonio insobornable sobre la maldad del nazismo? 

A pesar de las aprensiones, me seduce leer la prosa lírica de los diarios íntimos, verla develar las tarjas secretas de la personalidad, o desenmascarar las opiniones más recónditas sobre los acontecimientos o las personas y personajes que te cercan e influyen. El Diario íntimo del Amiel me encaló la conciencia con un blanco nebuloso, reconcentrado, sintético, propiciador de excavaciones en los sótanos del espíritu. El de Thomas Merton, el monje escritor, me trasmitió la nostalgia por el fervor del silencio y la meditación, convenciéndome que existen valores éticos más humanos que el placer o el acomodamiento. Y el Diario de León Bloy, uno de los raros escritores franceses que Rubén Darío describió en su libro llamado así: Los raros, me mostró cómo resistir las cornadas de los prejuicios, el abatimiento, la mentira y, sobre todo, cómo defender el propio criterio con honradez, aunque uno quede sin zapatos y sin estómago.

Las páginas de mi diario, sin embargo, me abochornan. Después de tantos años de haber aprendido a discernir la distancia entre escribir un diario y escribir para un diario, me aterra repasarlo. Lo redescubro en una posición demasiado tartamudeante, planchada, acusando la vocación de un aprendiz de escritor que no precisa de qué lado sopla el silbido de los sueños. Recuerdo, en mi descargo, que necesité llevar el diario como un purgante. Atravesaba el desierto familiar –casi todos se habían ido al extranjero- y el amor primerizo y puro –puro por primerizo- también emigraba dejándome intactos los ahorros de la boda. Ahora, al reencontrarme en esas páginas, sonrío un tanto contra mí mismo. Todo pasa, menos las cicatrices que identifican lo vivido.

Saliendo de mi órbita, puedo aceptar que las prosas íntimas, plagadas de recuerdos personales, de vivenciales episodios suelen suscitar el interés mayoritario de los lectores. La idea quizás no sea mía, pero la sostengo porque parece convencernos: nada interesa tanto  a un ser humano como otro ser humano. Lo anónimo, lo excesivamente objetivo, no suele atraer tanto como las páginas donde haya lirismo, descarnada primera persona en el salto mortal de una a otra peripecia.  El secreto de los libros perdurables radica en la mayor carga de participación vital del autor, aunque trate de personajes que no se le parezcan, ni con él se relacionan. Interesa sobre todo la desgarradura humana recortada sobre la época que, esbozada con la connivencia emotiva del escritor, cobra una atmósfera de veracidad de la que suelen carecer las cronologías. 

Los libros de memorias, en su acepción más general, tal vez obedezcan a una voluntad de dar testimonio, a un propósito un tanto obsesivo de enfatizar el “he vivido” que toda criatura proclama en su misma existencia. Quizás también se escriban memorias con el ánimo solidario de advertir, enseñar la ruta a cuantos vienen detrás. O como confesión pública para explicar y justificar porqué, el que evoca sus actos, procedió de esta manera o de otra, de modo que el recuento ejerce de justificación y lavado de la conducta. Quién puede, en definitiva, precisarlo. Se escriben y se publican memorias, y lo indubitable parecer ser el hecho de que componen, hoy como ayer, un género de moda.

Todo el que escribe sus memorias o su diario, está seguro de que pueden interesar. Y aunque el memorialista, como el auto de diarios íntimos, escribe sentado sobre la roca solitaria, y a veces desolada, de la autocontemplación, intuye que el método breve y tajante que recomendaba Virgina Wolf –conocer para quién se escribe para saber de qué se escribe- prefigura la fórmula mágica de transformarse en Capitán Maravillas o tocarse con el turbante del genio de la lámpara.

Acabo de leer las memorias de María Teresa León, muchos años después de haber leído La arboleda perdida, de Rafael Albertí, el enamorado compañero de María Teresa. Y me-cómo decirlo sin que elija un lugar común del diccionario-, me ha… ¿cautivado, seducido acaso? Cualquier situación da lo mismo: indica la del lector prisionero de la atmósfera y el estilo con que la escritora recuerda la Memoria de la melancolía y reconoce que los años pasados en la guerra, en la república española de los 30, fueron sus años felices, los más plenos de plenitud juvenil, sin que ese explícito reconocimiento suponga darle la razón a Jorge Manrique y su clásico y popular verso de “todo tiempo pasado fue mejor”, aunque en la forma lo confirma con esa prosa minuciosamente compuesta dedo a dedo, hilo a hilo dorado. ¿Por qué será que el bien perdido y nunca recobrado es el más exaltado, añorado?  ¿O será caso verdad que solo lo que perdemos comienza a ser verdaderamente nuestro, como dijo Borges aludiendo a algún filósofo oriental? ¿O tendrá razón Giovanni Papini al decir que la poesía se salva por la pérdida y la ausencia? En esa relación de vaciedad halla su gruta lo más humano de esas evocaciones melancólicas.

Del Quijote, según este modo de ver, nos seduce superlativamente la angustia del viejo don Alonso Quijano que pretende trascender mediante la locura de los libros la poquedad de su aburrida existencia. En ese conflicto –tan parecido a los nuestros- se tornasola la savia que atiza la perdurabilidad en la historia del ingenioso hidalgo. Esa es la hechura de humana carne, la réplica, la catarsis de Cervantes, cautivo y lastimado soldado del rey en guerras contra moros, hambreado recaudador de impuestos, mohíno aspirante a viajar como burócrata al Nuevo Mundo. Pobre, pobre genio que inventó su modo de hacerse compensar cada una de sus frustraciones, convirtiendo los caminos de España en un manicomio. El loco es solo la versión tragicómica de un hombre obsedido por la imaginación trascendente. Al menos mi simpatía se entretiene en torno a la cama del anciano lector enfebrecido por apurar los trancos castellanos de la inmortalidad mediante la aventura demente y bienhechora.

¿O qué podríamos decir sobre Teresa de Jesús, en lo civil Teresa de Cepeda y Ahumada? Quizás lo mismo. El libro de su vida,  su “castillo interior”, “sus moradas”, esa desenfada crónica íntima de una mística, hace por la edificación de los lectores más que mil sermones. La monja carmelita alude a sí misma con la naturalidad de quien asume una vida superior sin quitarse el delantal de la cocina o los arreos de la labranza. Exagera –lo sabemos- cuando se confiesa autora de perversos actos, “pues ya andaba mi alma cansada y, aunque quería, no la dejaban descansar las ruines costumbres que tenía”. Y no podemos reprochárselo. Escribe de sí misma, porque ella compone, arriba y abajo, afuera y adentro,  la ciencia que más conoce y por tanto puede halar a la superficie su poquedad humana a través de la lente de su humilde autocrítica. Es de sí misma de la que más necesita hablar. En ese impulso puja también, junto con la perfección cristiana, la vocación de la ensayista que desbroza los fundacionales canales del ensayismo hispánico convirtiéndose en sujeto y objeto de su literatura.  Por ello la vemos tan cercana, tan vecinal mujer parladora que a tantos convoca y convence con  sus coloquiales  confesiones autobiográficas.

Desde mediados del siglo XX,  una tocaya de la española, la albanesa Madre Teresa de Calcuta escribe cartas para hallar, en la confidencial conversación del correo, cuanto cree que le falta. Y comenzando el XXI nos sorprende después de su deceso con sus secretos más íntimos, tan asombrosos como sus 50 años dedicados a servir a los más pobres entre los marginados. Mother Teresa: Come Be My Light (Madre Teresa: ven y sé mi luz), de la editorial Doubleday, se fundamenta primordialmente en cartas que la monja dirigió a  sus directores espirituales, quejándose de la aridez y la soledad de su espíritu y de las dudas contra su fe.  No me parece que la monja más popular del último siglo venga a dar la razón  a los que no creen o a los que intentan convertir su vida en una plataforma de saltos para el placer y la indiferencia, al contar, por obra de uno de los postuladores de su causa de beatificación, según la revista Times, su apagada y a la vez turbulenta vida interior. ’’El silencio y el vacío son tan grandes que miro pero no veo, escucho pero no oigo, la lengua se mueve pero no habla’’, confesó en una carta a su entonces asesor espiritual, el reverendo Michael van der Peet, a principios de 1980. Solo tuvo paz desde 1948, cuado inició su faena de caridad, unas cinco semanas en 1959, admite sor Teresa. Al leer el libro muchos nos percataremos de la hondura de los misterios del alma humana y nos asombrará cómo la abnegada religiosa aceptó su destino con disposición  a “sufrir (...) toda la eternidad, si eso es posible”. Tampoco nos extrañará que la eficiente dispensadora de caridad evangélica ceda relevancia a la mística que, en contra de la tradición más usual, no derramará deliquios del amor ágape, sino quejas y sequedad de hija abandonada.

De Agustín, el obispo de Hipona, nos atrae por sobre toda su obra de teólogo y polemista, Padre de la Iglesia, un título muy personal: Confesiones. Quién que sea culto, aunque no creyente, ha pasado sin detenerse a repasar ese libro –que alguien sustrajo de mi casa y porque supo elegir el objeto de su hurto lo respeto y excuso. Libro donde  un hombre enumera sus miserias en actitud de grandeza, porque las cuenta desde la humildad, la sinceridad y el buen humor. No retuve una sonrisa cuando ingenuamente el pecador Agustín quiere soltar los viejos vestidos de una moral sin reglas y pide: “Concédeme Señor, castidad y continencia, pero no ahora mismo.” Y al admitir que reclamaba un plazo mayor para seguir, desde luego, en aquello tan humano que tanto le agradaba, el teólogo se nos aproxima enteramente poniéndose al par de nosotros mientras se desnuda.

Existen confesiones que superan la obra por precisa y preciosa que resulte. No me inclino hacia una preponderancia de lo religioso, pero es en este terreno donde uno topa con los hechos más reveladores e insólitos. Conmueve la vida de Cristo del poeta y sacerdote español José Luis Martín Descalzo. Culta, contemporánea y convencida visión de Jesús de Galilea. Pero más me conmueve, más me gusta ese prólogo donde el autor cuenta cómo su escritor predilecto, su maestro Georges Bernanos, se propuso, bajo un rapto de fe durante una enfermedad en 1948, abandonar todo otro proyecto y escribir su vida de Cristo. Murió, sin embargo, pocos días después. Y el joven Martín Descalzo, inspirado, decidió  aplazar toda obra cuando cumpliera 60 años y aplicarse a componer  “su vida de Cristo”. Pero con el tiempo comprendió que tal vez él no alcanzaría a vivir 60 años, y se empeñó en el libro soñado, no fuera a pasarle igual que al autor del Diario de un cura rural. La escribió en tres tomos. Y lo que siguió Martín Descalzo no lo cuenta –no puede-; lo decimos los lectores: murió, en efecto, luego de concluir su cristiana biografía: a los 60. Con ese dato el libro irradia un valor personal más auténtico que si el autor permaneciera entre los vivos. En el prólogo estaba la fractura humana que para siempre nos hace participar, solidariamente, de la obra.

Quizás halle desacuerdo en esta opinión; no obstante,  es solo una opinión. Y me atrevo a creer que cualquier literatura  donde los diarios íntimos, las autobiografías, las memorias, las crónicas de remembranzas sean escasos o poco plausibles o reprobables, carecerá del sustrato sensible que estimule los canales de las experiencias más acendradas, y en su lugar discurrirá  el predominio de la banalidad. Lo menos humano del Hombre. O tal vez esas páginas interiores no abunden porque cuanto tengan que confesar los escritores sea… inconfesable.

Habrá quien suponga que la literatura intimista rehúye el compromiso social del escritor. Tal vez, a mi parecer, afinque el compromiso humano de lo escrito desde el más  soterrado de la conciencia. Los libros y los textos personales son como un hueco en la pared, o la cerradura antigua que nos permite, a través de su ojo, entrar en habitaciones ajenas. Quien escribe de sí y de sus cosas, se purifica, se limpia, descarga el peso de una existencia que no se resigna a la nulidad.  Y derivando en una campaña de redención, se explaya hacia fuera, contagiando, llamando, ejemplarizando la aventura  única y plural, vieja y nueva, de la mayor conquista humana: “lo interior”. Lo empuja un fervor artístico, tan próximo a lo divino: reparte la vida. Y en estas operaciones íntimas de la expresión literaria, la vanidad no interviene. Porque si diarios, cartas, memorias, crónicas y autobiografías fueran bacinillas de egocéntricas micciones nocturnas, qué seríamos nosotros sino visualistas empedernidos, noctámbulos rondadores de cualquier rendija ajena. Y qué es peor, como diría otra monja,  Juana de Asbaje: pagar por pecar o pecar por la paga.

 

 

LAS CULPAS DEL ESPEJISMO

Por Luis Sexto

Lo escrito persigue al autor, como un crimen al criminal: en cualquier momento se abre aquel ojo que te vio. Y uno ha de responder, por muy olvidado que crea estar lo escrito hace tanto tiempo. Lean este párrafo de un lector sobre una de mis notas en Juventud Rebelde: “Recuerdo en la sección En Cuba de la revista Bohemia del mes de abril de 1991, que al final de una reflexión usted decía: ‘Con la mano derecha de la conciencia y con la izquierda de la estimulación material se pueden hacer muchas cosas’”.

No releo páginas tan viejas. Pero parece ser que David Santiesteban, economista de la empresa tabacalera de San Antonio de los Baños, ha puesto ante mis ojos el pasado. Nuestro pasado. Porque, en efecto, recuerda haber leído un artículo mío en esa revista ya centenaria y a la que tantos privilegios profesionales le agradezco, donde decía yo algo parecido a lo que escribo hoy. Y nos hace recordar también que 18 años más tarde, continuamos discutiendo, sin que hayan sido totalmente aplicadas, las mismas soluciones a las mismas necesidades. En lo personal, compruebo que he sido coherente en la expresión de mis ideas y en la evaluación periodística de los problemas de mi sociedad. Mas, a mi modo de ver, todos hemos dilapidado parte del tiempo si todavía no estamos convencidos de que nuestro país urge del equilibrio entre lo moral y lo material para perdurar avanzando.

Como en 1991, pues, intento ahora proseguir mi reflexión desde la óptica del periodista comprometido con la verdad de su patria. Pienso que nuestro fondo de tiempo no puede ser dedicado a discutir, con tanto dispendio y casi sin éxito, esa mentalidad de asumir la vida como “voluntad y representación”, es decir, la realidad vista como "yo la observo y juzgo y quiero que sea", que algunos insisten en convertir en método y sistema. Tal vez, nos pueda pasar como a los conejos de la fábula: mientras discuten si son galgos o podencos, se aproximan los perros cazadores…

Nadie, desde luego, puede evaluar la historia, sobre todo la de estos días, sin considerar las necesidades que distinguen los tiempos y a la gente. Cualquier invulnerabilidad, la militar, por ejemplo, empieza –y esto, creo, es un pensamiento de Raúl- con la disposición del soldado a batirse hasta el heroísmo. Pero alguno de nosotros demostraría desconocer al ser humano si a la vez que las armas y las municiones en el frente, no garantizara establemente suministros logísticos desde la retaguardia: esos frijoles tan irrenunciables…

A la invulnerabilidad económica le sucedería otro tanto. El trabajo compone su base principal. Pero ¿significará lo mismo el trabajo cuando al realizarse carece de sentido, no lleva a ninguna parte, porque quien lo ejecuta permanece estacionado en el mismo salario, las mismas carencias y las mismas necesidades, bajo la misma organización desestimulante?

El país ha pedido también heroísmo en el trabajo. Pero no sé si hemos llegado a comprender que el heroísmo consiste en una actitud momentánea, reclamada por minutos cruciales.  Y una de las claridades de la política, a criterio de este periodista que va envejeciendo,  reside en saber ubicar a cada individuo o sector en el segmento que le corresponda -vanguardia, medio o retaguardia- para exigirle y retribuirle según sus calidades y actitudes. Si el hombre –el promedio de los seres humanos- piensa como vive, habrá que aceptar a veces que porque a mí me vaya bien en la feria, no significa que la feria beneficie a todos. Y que si para mí el trabajo, por su índole o mi inclinación vocacional, resulta compensador, necesariamente no ha de entrañar lo mismo para los demás.

Admitamos, al menos, que si me persiguen los artículos escritos a lo largo de 40 años -lo escrito permanece, dijo un romano antiguo-, a todos, de una forma u otra, nos persiguen lo hecho, incluso lo mal hecho, y lo dejado de hacer. ¿Asumiremos, en consecuencia, la realidad tal cual se manifiesta, con sus valores, desvalores, fragilidades y demandas humanas o alguno de nosotros seguirá creyendo que la vida es solo como la vivo, la deseo y la imagino y el resto no importa? (Publicado en Juventud Rebelde, La Habana)

 

 

 

 

 

 

 

LA DEMANDA DE CUATRO SIGLOS EN UN DÍA

LA DEMANDA DE CUATRO SIGLOS EN UN DÍA


Por Luis Sexto

Trece años después, de no haber mediado su asesinato, el campesino Niceto Pérez habría podido detenerse en una de las puntas de su platanal y decir, quitándose en el sombrero en gesto de asombro y gratitud: Al fin, mía; al fin, nuestra la tierra. Miles de sus hermanos de clase, en cambio, tuvieron el privilegio de gritarlo el mismo día en que se cumplía el decimotercer aniversario de la muerte de ese campesino que se resistió a ser despojado de su pequeña finca en el realengo El Vínculo, Guantánamo, extremo oriental de Cuba.
En los primeros días de mayo de 1959, el capitán del Ejército Rebelde Antonio Núñez Jiménez, le preguntó al Comandante Fidel Castro dónde y cuándo se firmaría la Ley de Reforma Agraria, el Primer Ministro del Gobierno Revolucionario, indicó: En La Plata, Comandancia General del Ejército Rebelde, en la Sierra Maestra. Y en cuanto a la fecha dijo que el 17 de mayo, cuando fue baleado el campesino Niceto Pérez, en 1946.
La ley de Reforma Agraria, de cuya proclamación se cumplen 50 años, fue la principal medida de la Revolución cubana en los primeros cinco meses de haber asumido el poder luego de derrocar el régimen del general Fulgencio Batista, dictador apreciado y protegido por el gobierno de Eisenhower. La reforma de la agricultura era el compromiso básico con los campesinos que integraron el ejército revolucionario en las montañas o lo apoyaron. Y era, sobre todo, la respuesta liberadora a un sumario de opresiones y saqueos resumido en una palabra y un hecho en la república antes de 1959: latifundio.
La concentración de la tierra había empezado a agudizarse a finales del XIX. En 1899, el gobierno interventor de los Estados Unidos en Cuba, tras la guerra hispano-cubano- norteamericana, dictó dos medidas que favorecieron el traslado de tierras cubanas a propiedad de empresas y compañías norteamericanas. La orden 34 permitió la adquisición y expropiación las extensiones necesarias para tirar las paralelas de los ferrocarriles, y la 62, que con el pretexto de reglamentar la división de las haciendas comuneras, facilitaba la venta de estas a las más poderosas empresas estadounidenses, a veces a precios que generaban la risa. Un protocolo notarial de 1905 perpetuó una escritura de compra-venta, en el norte de la entonces provincia de Oriente. Vean los datos fundamentales: Comprador: Nipe Bay Company, subsidiaria de la United Fruit Company. Area: 3, 713 caballerías (más de 49 000 hectáreas). Precio total: ¡100 dólares! Y ello ocurrió dos años más tarde de que don Manuel Sanguily, el veterano combatiente de la primera guerra de independencia, en 1868, propusiera infructuosamente una ley que prohibiera la venta de tierras a los extranjeros ante el Congreso de la República amarrada a la Enmienda Platt -apéndice constitucional que perpetuaba el derecho de injerencia de los Estados Unidos en Cuba.
La Constitución de 1940, de avanzada concepción social, proscribía el latifundio. Pero ninguno de los gobiernos sucesivos decretó leyes y reglamentos complementarios que pusieran en vigor el artículo 90 que aplicaría la muerte definitiva del latifundismo, tanto de propietarios extranjeros como de cubanos. Estos, en conjunto, llegaron a poseer el 40 por ciento del área cultivable. Entre las empresas norteamericanas, la United Fruit Company con más de 8 000 caballerías (más de 105, 000 hectáreas) figuraba entre los 15 primeros propietarios agrícolas de Cuba. Y si concentraban la tierra y el poder, explayaban la miseria y las secuelas de vivir precariamente. En 1957 una encuesta de la Agrupación Católica Universitaria preguntaba "como podía sostenerse una familia campesina que disponía sólo de 23 centavos al día por personas y de los cuales dedicaba 17 centavos para su alimentación con precios muy similares a los de las áreas urbanas.
La ley de reforma agraria en 1959 respondió esa pregunta con una acción vindicadora: la tierra ha de servir a quienes la trabajan. Y aparte de reconocer el título de propiedad de campesinos que laboraban tierras ajenas o en las zonas estatales, erradicó el latifundio dejando en esa ocasión solo 30 caballerías (396 hectáreas) a cada terrateniente de esa minoría dueña, en la práctica, de casi la totalidad del suelo cubano. La ley, además, estableció la creación de cooperativas en las grandes extensiones nacionalizadas.
A partir del 17 de mayo de 1959, la tierra dejó de ser una de las causas fundamentales de conflictos en Cuba. Desde el siglo XVI, con los inicios de la colonización española, la paz en el campo fue frecuentemente alterada. Entre el latifundio azucarero y ganadero y los pequeños agricultores se mantuvo un litigio que con frecuencia humedeció con sangre la tierra fértil que se le negaba a quienes, en verdad, la trabajaban. Desalojo y muerte: ese era el precio de querer vivir del trabajo agrícola. Realengo 18,  El Vínculo, Caujerí, Santa Lucía, Hato Estero, Las Maboas son nombres que en la historia marcan la geografía de esa guerra que habitualmente perdían miles de campesinos desheredados.

Los problemas de la agricultura cubana hoy, 50 años después de la primera y radical reforma agraria cubana, son más bien de índole organizativa, de tecnología y recursos. Pero desde hace medio siglo nadie tiene que morir por un pedazo de tierra, ni el país no ser el dueño de la tierra donde se asienta.

MARIO BENEDETTI EN LA MEMORIA

MARIO BENEDETTI EN LA MEMORIA

 El escritor uruguayo Mario Benedetti falleció este domingo, 17 de mayo, en Montevideo a la edad de 88 años, tras padecer de una patología intestinal crónica que los últimos meses agravó su estado de salud.
"Falleció mientras dormía en su domicilio y en profunda paz. De a poquito dejó de respirar", dijo su secretario Ariel Silva, minutos antes que los medicos firmaran el acta que certificaba su muerte.
Luego de conocerse la muerte del célebre escritor, el gobierno uruguayo decretó duelo nacional y dispuso que su velatorio se desarrolle con honores patrios desde las 12H00 GMT del lunes en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo, sede del Congreso, señaló el vicepresidente de la República, Rodolfo Nin Novoa.El pasado 6 de mayo, luego de 12 días de hospitalización, el escritor fue dado de alta, ya que según informaron sus familiares, había "respondido excelentemente al tratamiento médico instituido, lo que determinó que se otorgara el alta a domicilio".

En aquel momento, se informó que el escritor se retiraba "estable, lúcido y que no requería otras medidas médicas salvo a las que era sometido antes de ser internado".

El escritor estuvo hospitalizado cuatro veces el año pasado en Montevideo debido a diversos problemas físicos.
En su última aparición pública, en diciembre de 2007, Benedetti fue condecorado con la Orden Francisco de Miranda por el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, en un acto que se celebró en la Universidad de la República, en Montevideo.
Ese día Benedetti, que ya presentaba un estado físico deteriorado, fue saludado con una ovación de varios minutos en una abarrotada sala de actos de la universidad.Benedetti fue autor de más de ochenta libros de poesía, novelas, cuentos y ensayos, así como de guiones de cine, fue galardonado con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (1999), el Premio Iberoamericano José Martí (2001) y el Premio Internacional Menéndez Pelayo (2005).

Su última obra publicada, el poemario "Testigo de uno mismo", fue presentada en agosto del año pasado.

Antes de su último ingreso, Benedetti estaba trabajando en un nuevo libro de poesía cuyo título provisional es "Biografía para encontrarme".
Al conocerse de la noticia de su muerte medios internacionales resumieron la noticia con estas palabras: "El escritor Mario Benedetti murió hoy en Montevideo y dejó huérfana a la literatura uruguaya y latinoamericana de uno de sus poetas y narradores más prolíficos, venerado por generaciones por su ética social y su melancólico canto a la vida".
Benedetti abordó todos los géneros literarios, en los que reflejó una mirada crítica de izquierda que le llevaría al exilio y a ser, hasta sus últimos días, un firme detractor de la política exterior de Estados Unidos.
Sus poesías fueron cantadas por autores como Joan Manuel Serrat, Daniel Viglietti, Nacha Guevara, Luis Pastor o Pedro Guerra, y sus novelas más famosas llevadas al cine, como "La tregua" (1974) o "Gracias por el fuego" (1985), a cargo del director argentino Sergio Renán.
Este exponente por antonomasia de la llamada generación uruguaya de 1945, la "generación crítica", nació el 14 de septiembre de 1920 en Paso de los Toros, en el Departamento de Tacuarembo.
En 1928 comenzó sus estudios primarios en el Colegio Alemán de Montevideo, donde, según contaba el propio Benedetti, gustaba de escribir en verso las lecciones e incluso sorprendió a sus maestros con un primer poema en ese idioma.
Antes de dedicarse a la escritura, Benedetti hizo de taquígrafo, cajero, vendedor, librero, periodista, traductor, empleado público y comercial, oficios que supusieron un contacto con la realidad social de Uruguay que fue determinante a la hora de modelar su estilo y la esencia de su escritura.
Entre 1938 y 1941 residió en Buenos Aires y en 1945 ingresó en el semanario Marcha como redactor y publicó su primer libro, "La víspera indeleble", de poesía.
Residió en París entre 1966 y 1967, donde trabajó como traductor y locutor para la Radio y Televisión Francesa, y luego de taquígrafo y traductor para la UNESCO.
En 1968 fundó en La Habana el Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas, que dirigió hasta 1971, y encabezó el Departamento de Literatura Latinoamericana de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad de Montevideo, entre 1971 y 1973.
En los setenta desarrolló una intensa actividad política, como dirigente del Movimiento 26 de Marzo, del que fue cofundador en 1971 y al que representó en el Frente Amplio, coalición izquierdista que alcanzó el poder en 2005.
Su obra
En una época trepidante, el escritor uruguayo publicó obras como "Esta mañana y otros cuentos" (1949), "Poemas de oficina" (1956), "Ida y vuelta" (1958) y "La tregua" (1960).
En 1949 Benedetti avanzó en su carrera periodística con su labor en la destacada revista literaria Número, compaginando al tiempo sus tareas de crítico con una carrera imparable como escritor.
Con el golpe militar de 1973 renunció a su cargo universitario y se exilió, primero en Argentina y después en Perú, donde fue detenido, deportado y amnistiado.
Benedetti se instaló en Cuba en 1976 y un año más tarde se trasladó a Madrid, donde permaneció hasta 1985, cuando, con el fin de la dictadura uruguaya, puso fin a doce años de exilio.
Entre las obras de esta época aparecen "Letras del continente mestizo" (1967), "Inventario 70" (1970), "El escritor latinoamericano y la revolución posible" (1974) y "Con y sin nostalgia" (1977).
Su obra teatral "Pedro y el capitán" (1979) fue representada en Madrid en 1981 y un año después aparecieron sus "Cuentos" y la novela "Primavera con una esquina rota".
En 1984 publicó "Geografías" y "El desexilio y otras conjeturas" y tres años después, tras volver a Uruguay, se convirtió en miembro del Consejo Editor de la revista de izquierdas Brecha.
De 1985 data su colaboración con Joan Manuel Serrat en el disco "El sur también existe".
A partir de entonces su producción es imparable, con títulos como "Despiste y franquezas" (1991), "La borra del café" (1993), "Andamios" (1996) y los poemarios "Mas acá del horizonte" (1997) y "La vida, ese paréntesis" (1998).
En la década siguiente aparecieron "El porvenir de mi pasado" (2003), "Memoria y esperanza, un mensaje para los jóvenes" (2004) y los poemarios "El mundo que respira" (2001), "Existir todavía" (2004) y "Vivir adrede" (2007), entre otros.
Numerosas distinciones
Benedetti recibió numerosas distinciones, entre ellas la Medalla Haydee Santamaría del 30 aniversario de la Casa de las Américas en La Habana (1989) y la Medalla Gabriela Mistral del Gobierno chileno (1996).
Además, el premio León Felipe de España a los valores cívicos (1997), el Iberoamericano José Martí y el Internacional italiano de Literatura La Cultura del Mar, ambos en 2001, año en que también fue nombrado "Ciudadano Ilustre de Montevideo".
El escritor, doctor Honoris Causa por universidades de España, Uruguay y Argentina, quedó viudo en 2006 de Luz López Alegre, con quien se había casado en 1946.
En 2007 fue condecorado con la Orden Francisco de Miranda en grado de ’generalísimo’ por el Gobierno venezolano y en 2008 obtuvo el I Premio ALBA del Fondo Cultural de la Alternativa Bolivariana para las Américas en la categoría de Letras. (Tomado de Telesur)

DE CÓMO LA CAÑONA GANÓ SU PRIMERA BATALLA

DE CÓMO LA CAÑONA GANÓ SU PRIMERA BATALLA

Por Luis Sexto

El rechinar del cordaje y los palos se ampliaba como el único sonido bajo la comba  de  aquellos parajes nunca oídos, ni vistos por europeos. Tres carabelas se mecían lánguidamente sobre las aguas calientes de la ensenada que bautizarán luego de Cortés. A pesar de que las faenas menos urgentes de abordo habían recesado, la marinería sudaba. Y desde la baranda de estribor, algunos hombres deseosos de sombra y aire fresco observaban por sobre el azul, que hería como un espejo, la línea verde y suculenta de la costa. No hablaban tratando de oír algo más que no fuese el ruido metálico que saltaba como un insecto unánime del monte desconocido que enfrente los tentaba. ¿Será una ísola? A qué habrán llegado hasta estas tierras tan emparentadas con el averno por sus calores, si el Almirante ha decido orzar y enrumbar hacia el sur franco donde sólo Dios sabe qué habrían de hallar.

Los comentarios quedaban en la oscuridad de las bodegas secretas de la marinería, recatándose de  los vapores del mundo viejo que trajo a estos países las máculas del pecado original. El notario real iba registrando, de boca en boca, una declaración cuyos términos se repetían exactamente: Cuba no es una isla. Porque jamás nuestros oídos se han enterado de que halla en este mundo un ísola con tanta longitud de más de 335 leguas de oriente a occidente...

El almirante, en la nao capitana, sonreía guardando los dientes. Había decidido no continuar costeando el litoral del sur. Ignoraba exactamente que unas 20 leguas hacia occidente toparía con el punto final de esta tierra que huele tan dulcemente. Pero ya sabía que no era una península asiática y que después de Cuba no aparecerá la India. Le interesaba, sin embargo, por razones de alto mando -que  ahora el cronista no se entretendrá en enumerar- hacer creer que la geografía no es la que es, sino la que el Descubridor, en su segundo viaje, quería que fuese. En todo su tiempo, él había visto y puesto estudio en todas las escrituras, cosmografías, historias, crónicas y filosofía y de otras artes. Y por ende la misión que  Dios le había mandado no podía reparar en torceduras de la verdad y en melindres de conciencia, si deseaba rescatar almas y hallar oro con que comprar hasta el Paraíso. Hijos somos de lo feble; nadie calla, si no se les asoma la necesidad de conservar  en cofres lo sabido….

Casi dos años antes, cuando el navegar se hacía largo, casi sin fin,  y la fe en el Almirante se perdía en aquel primer viaje, la tripulación le eran adversa, y un Colón manso, aparentemente sometido, congregó a sus oficiales y los nombró responsables de la decisión de seguir con la proa puesta hacia el occidente o hacer girar la flota casi media esfera. Solo restaban seis días para avistar tierra aquel  6 de octubre del año del Señor de 1492.

-¿Capitanes, qué haremos que mi gente mal me aqueja? ¿Qué vos parece, señores, que fagamos?

Vicente Yáñez habló:

-Andemos, señor, hasta dos mil leguas, e si aquí no hallaremos lo que vamos a buscar, de allí podremos dar vuelta.

Hoy, 12 de junio de 1494, la tripulación aceptó admitir cuanto Colón exigía. Saber, en verdad, los marineros y otros tripulantes no sabían, intuían tal vez, aunque Juan de la Cosa, el cartógrafo, asintió en la maroma del que calla, y promete, para sí mismo, soltarlo algún día cuando Dios provea el momento.

Todos por ahora mantendrán calladas sus dudas, o sus ciencias, porque el capitán mandaba y la marinería obedecía por real pragmática, y si no fuese así, el bellaco que se atreviere a negarlo luego de haber firmado el acta, será sometido a una multa de diez maravedíes y, sobre todo, a nunca más hablar palabra de cristiano, pues la lengua, ese  instrumento de tantas tentaciones malignas, le sería cortada…

(Del libro en preparación Historias de bolsillo (anécdotas cubanas)


A DESTIEMPO PERO AÚN VIGENTE

A DESTIEMPO PERO AÚN VIGENTE

Por Luis Sexto

He dicho que soy periodista que lee a periodistas. Por lo cual me resulta casi imposible juzgar a mis colegas desde el prejuicio, esa técnica de evaluar, definir, calimbar por rumores o por simple suposición. Acabo de leer un libro, más bien, lo he releído esta semana, aunque como volumen impreso solo tiene aproximadamente un mes. ¿Tan interesante es como para la repetir el plato en tan corto tiempo? Lo he releído ahora, pues los textos que lo integran los leí en 1999, cuando Bohemia envío al autor a Guatemala.

Guatemala, el milagro de la primera vez ha sido publicado por la editorial Pablo de la Torriente, de la Unión de Periodistas de Cuba. Su contenido –la presencia de médicos cubanos en ese país centroamericano- lo convierte en un libro extemporáneo por su aparición casi una década después de que Eduardo Montes de Oca, el autor, viajara a la tierra donde los mayas edificaron una de las más esplendorosas civilizaciones en América. En los años iniciales del 2000, aparecieron varios libros escritos por periodistas sobre las misiones médicas cubanas . ¿Por qué, pues, se publican los reportajes de Montes de Oca ahora, cuando ya el terreno está mojado y, según el criterio de la lógica periodística, lo que cuenta parece hoy “bohemia vieja” como suelen decir algunos?

El autor quizás no estuvo interesado entonces, o ningún editor los tuvo en cuenta. Sin embargo, al releerlo tras diez años de haberlos leído en la revista, me percato que, a pesar de tardía, ha sido una decisión correcta. En este libro, el contenido no envejece. La forma fue concebida y ejecutada desde la originalidad, y sin ánimo de menospreciar otros volúmenes parecidos, me parece que la prosa de Montes de Oca –habituada al ejercicio de la opinión- se nos revela en este libro con una propiedad narrativa que mantiene vigente a aquellos personajes, aquellos paisajes, aquellos recorridos del autor indagando por la obra solidaria de los médicos cubanos.

Es curioso: fueron reportes aislados; aparecían esta semana, o diez días más tarde, así, como resulta habitualmente en la tarea de un enviado especial. Pero Montes de Oca, si no lo pensó conscientemente, lo planeaba implícitamente en su actitud de periodista que oye y ve para contar la primera vez de modo que pueda ser la definitiva. El ejercicio del periodismo impreso no permite segundas tomas, como en el cine. Y el ordenamiento en un libro de esos textos escritos aprisa, sin tiempo para elegir con cuidado la palabra o la imagen, acusa una unidad tan coherente que admitimos que estamos ante un único reportaje, con principio y final.

El punto de enlace de esa discurso tan unitario escrito en momentos dispersos, es la vivencia del reportero. Montes de Oca sabe que un reportaje necesita de la participación del autor, porque este género, tan parecido al cuento de la literatura, puede clasificarse, como el injustamente olvidado Luis Rolando Cabrera –una firma sustancial en Bohemia- lo definió: “la noticia vivida.” Ese es, en fin, el reportaje. Noticia vivida, en primer término, por el periodista cuyas peripecias en la búsqueda de personajes y hechos suelen ser tan importantes como esas personas y escenarios que describe o interroga. Repasemos los libros de reportajes de John Reed y de Kapuscinski, o los de Pablo de la Torriente y Onelio Jorge Cardoso y comprenderemos que la primera persona del narrador y los pormenores de su andar por el terreno como testigo que se moja los pies, alzan el enunciado periodístico al cosmos de lo auténtico y creíble. Cuando falta esta “vivencialidad” y el autor no se llama García Márquez,  nos parece estar leyendo una anémica e insufriblemente nota informativa.

Eduardo Montes de Oca es hoy uno de los periodistas cuyo estilo señala el trabajo exigente en la selección y ejecución de la técnica y su expresión verbal. La cultura, principalmente adquirida por este periodista en lecturas disímiles más que en diplomas académicos, que lo tiene, le facilita reparar y asociar los detalles que, puestos de relieve, realzan el interés humano del reportaje.

Si alguien dudara de que en Cuba no hay periodistas con mayúsculas, porque nuestro periodismo adolece, a veces, de cierto apego a lo plano, Eduardo Montes de Oca, con sus artículos en Bohemia y con Guatemala, el milagro de la primera vez, su primer libro, demuestra que hay firma y talento para revaluar nuestros medios.

 

COLOQUIANDO CON LUIS SEXTO

Por Lianne Fonseca, Maylín Betancourt y Diannelis Silva
(Estudiantes de Periodismo

El II Coloquio Universitario de Periodismo con sede el 4 de mayo en la Universidad Oscar Lucero Moya,en Holguín, contó con la presencia de importantes figuras del periodismo actual como Luis Sexto, Premio Nacional de Periodismo José Martí en el 2009. La ocasión fue oportuna para el intercambio mutuo.

Luis Sexto es un periodista-escritor que ama a su profesión. Su labor y talento lo llevó a recibir el máximo galardón que otorga la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) por la obra de toda la vida. Cada viernes nos cautiva con su sección Coloquiando en el periódico Juventud Rebelde y nos hace reflexionar sobre los problemas sociales y políticos que enfrenta el país.

-¿Cómo se inició en el periodismo?

De modo bastante accidentado. Resulta que a los 25 años yo había ejercido varios oficios. Después de ejercer de vendedor de ostiones en los portales de Cuatro Caminos, entonces esquina célebre en la Habana, y de refrescos en la calle Muralla y de haber sido trabajador de la construcción, empecé a trabajar en ingenios azucareros como medidor de tierras. Dos años después, el MINAZ me envió a una escuela para estudiar topografía; me gradué, y en 1969 pasé al ejército; me licencié en el 71, conseguí empleo en la industria deportiva como bibliotecario, pero, como se puede deducir, yo no era feliz. En 1972 pasé un curso de corresponsales voluntarios y pude cubrir los juegos escolares de ese año –muy recordados por su masividad y esplendor- y ya no regresé más a la Industria Deportiva: la dirección de Divulgación del INDER en la ciudad de La Habana consiguió mi traslado para el departamento de Prensa. Y pocos meses después, me ascendieron como redactor del Semanario Deportivo LPV. Ya empecé a ser el que había soñado. De esa publicación partió mi vida profesional. Como es natural, ingresé en la Universidad y me gradué de periodista. En fin, todo lo vivido me ha servido para escribir.

-¿Por qué el periodismo como profesión y no otra?

-Tal vez esta pregunta sea tan difícil de responder como la de por qué nací con ojos verdes. En ambos casos diría que por determinaciones genéticas. Desde niño no me recuerdo de otra manera que soñando con ser poeta, periodistas, hombre de letras y además polemista. Lo misterioso de esta vocación es que en casa no había nada que la condicionara. Mis padres eran personas con pocas letras, aunque sí con muchas luces de cordialidad y decencia. Ahora, ya terminando mi carrera, me declaro incompetente para otra actividad que no sea el
periodismo y la literatura. El ejercicio de las letras ha justificado mi vida y la ha colmado de sentido, aunque yo no sea un clásico.


-¿Cuándo surge y con qué objetivo la sección Coloquiando del periódico Juventud Rebelde?

-La primera sección se publicó en junio de 2002. Y su objeto fue -y
es- el de abordar, en un espacio caracterizado por la misma frecuencia semanal, el mismo día y por el mismo autor, la situación político social de Cuba. Estilísticamente me propuse escribir de modo que el enunciado pareciera una conversación íntima, en un estilo apagado. Por ello la nombré Coloquiando, es decir, hablando cercanamente al lector, como bajito, entre él y yo. Eso es lo que me preocupa: el tono conversacional, lo cual me libera de estridencias o altisonancias.

-En esta columna usted opina, juzga y analiza los problemas que afectan a la sociedad sobre todo en el plano ético. ¿Qué lo motiva a abordar estos temas?

-Me parece que puedo identificar dos razones primordiales: asumir
el periodismo como un servicio social y solidario y como un ejercicio llamado a ejercer de instrumento de la conciencia crítica de la sociedad. Y si les añades mi inclinación polémica, pues tengo la fórmula que explica por qué opino sobre los problemas que afectan a nuestra sociedad, en particular en el plano ético. Si no los tuviera en cuenta para juzgarlos, creo que el periodismo no tendría sentido en la sociedad ni en mí mismo como profesional de la comunicación.

-Recientemente obtuvo el máximo galardón que otorga la UPEC, el Premio Nacional de Periodismo José Martí. ¿Cómo acogió este estímulo por la obra de toda la vida?

-Con mucha sorpresa, y luego con mucha gratitud hacia el jurado que reparó en mi obra y hacia cuantos se alegraron junto conmigo. Pero ello, como ya he dicho, no impide que yo piense más en mis insuficiencias que en mis aciertos, y salude la decisión que me premia, cuando todavía tengo una edad lo suficientemente apta como para intentar ganarlo con lo que me resta por hacer. Espero poder demostrarle al jurado que no se equivocó.

-"Solo el amor alumbra lo que perdura", al decir de Martí. ¿Continúa Luis Sexto enamorado de su carrera?

-Ya lo dije: vivo en periodismo y por el periodismo: lo asumo como una misión sacerdotal, como una orden de campaña que ha de concluir con la muerte. Deseo vivamente que, con mi último suspiro, quede en el aire la última palabra de mi último Coloquiando o de mi último poema o mi último relato. Si uno es capaz de vivir hasta el final con la primera mujer y única esposa y con la profesión soñada en la juventud, es porque perdura el amor.


-¿Qué opina del periodismo cubano?

-Al juzgarlo, me juzgo; soy parte de él, desde hace casi 40 años. En las redacciones respiran competentes periodistas: revolucionarios, cultos, con estilo; sin embargo, el periodismo no se entera, o se entera a medias. Influyen muchos factores. Uno de ellos es que la prensa, a partir de 1965. ha sido sometida a las coyunturas políticas internas y externas, y por lo tanto ha tenido que bajar la cabeza, justificadamente algunas veces y otras limitada por la acción burocrática para la cual la información periodística es una amenaza que pone en peligro sus asientos. Confío que alguna vez, nuestra sociedad socialista sea lo suficientemente racional para reconocer que la prensa, regulada desde dentro, con madura autonomía, es uno de sus principales resortes de perdurabilidad.

-A lo largo de su vida ha tenido diversas responsabilidades de
dirección periodística en Trabajadores, Prensa Latina, Bohemia. ¿Se siente satisfecho con la labor que ha desarrollado hasta ahora?

-Lo único que me satisface es lo que haré mañana; lo hecho hoy ya no lo puedo cambiar, y generalmente le noto imperfecciones. Pero, siendo sensato, crecí en un país en revolución y elegí servirlo en un sector sumamente complejo. Hice, quizá lo que debía: nunca aspiré a menos y ello me conforta. Ahora bien, no soy culpable de mi baja estatura, aunque sí creo tener el mérito de soñar con las estrellas más altas. De cualquier modo, la obra de la vida ha de ser siempre provisional, hasta el último instante.


-El periódico Juventud Rebelde ya acumula casi 44 años de su
fundación y tiene mucha aceptación por parte del público. ¿Cómo valora el trabajo que desarrolla este órgano de prensa?


-A Juventud Rebelde le agradezco que el último tramo de mi carrera profesional sea recorrido beligerantemente, en campaña; peleando por causas tan nobles como la independencia, la justicia social, el predominio sin manchas de la revolución. Es mérito de Juventud Rebelde nunca haber subvalorado a los periodistas mayores. Por el contrario, creo que nunca me respetaron tanto como en este periódico, a donde llegué casi con 55 años. Le pregunté entonces a Polanco si le inquietaban los viejos y él me dijo: al contrario, los necesitamos; ven para acá. Creo que con mi trabajo ayudo a Juventud Rebelde a estar cerca de la vida, y lo ayudo más que con mi presunta calidad, con mi cierta vocación juvenil por la lucha.


-¿Cuáles consejos daría a nosotros los relevos del periodismo?

-Tal vez los mismos que me daría a mí mismo. Primeramente, llenarnos de cultura, para ser capaces de asociar los fenómenos más distantes y disímiles; no escribir nada que no sepamos ni de lo cual no estemos convencidos; conceptuar la crítica como un método racional de análisis; creer que solo siendo interesantes seremos periodistas, y admitir que ser interesantes es también, entre otras calidades técnicas y estilísticas, escribir de modo que seamos claros y concisos, pero también amenos, armónicos, aceptables. Y un último consejo: poner la ética en un sitial tal alto que digan: podemos creerles porque viven y actúan como escriben.

-¿Proyectos?

-Escribir cuanto aún no he escrito, que es todo.