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PATRIA Y HUMANIDAD

Política

¿COMPLEJIZAR O SIMPLIFICAR?

¿COMPLEJIZAR O SIMPLIFICAR?

 Luis Sexto

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lo que sigue  clasifica entre las provocaciones. Y no me parece mal. El hombre, según Marx, se diferencia de la abeja en que puede concebir previamente cómo quiere su casa, y elegir entre mil formas y  mil materiales. Y se distingue, sobre todo, porque puede revisar, analizar, criticar cuanto hace y, en consecuencia, modificarlo, mejorarlo o echarlo abajo.      En  ese sentido es que ejerzo ahora el peliagudo oficio de provocar.

    Expuesta, pues,  con tanta rigidez, la disyuntiva del título parece excluir a uno de los términos: o periodismo o propaganda. Pero el planteamiento no pretende invalidar, más bien precisar qué lugar ocupa cada uno en la esfera de la comunicación social. Intento tan solo un reforzamiento ligero de la teoría, porque su formulación práctica sufre entre nosotros la distorsión, hasta el punto de afectar la eficacia de por lo menos el trabajo periodístico. 

   Hoy por hoy, el mayor riesgo de la prensa cubana  se agazapa en la credibilidad. Podemos admitir que pueda ser aburrida, monotemática, machacona. Son, en suma, accidentes  provisionales.: un día podremos cambar la relación y la prensa empezará a ser deleitable, variada, mesurada.  En cambio, la falta de credibilidad se convertiría en un trastorno que ni con crucigramas y secciones del corazón podría recuperarse, porque esas impresiones suelen perdurar en el tiempo como un esquema de percepción automática o inconsciente. Y creo, además, que los rasgos negativos ya nombrados –machacona, aburrida, monotemática- no se derivan de una carencia de profesionalidad, ni siquiera de un probable y excesivo tutelaje por parte de las estructuras del Partido o del Gobierno. Esto último, claro, no es el tema central de mi trabajo, ni lo tendré demasiado en cuenta para establecer mi tesis. Parece, incluso, que tanto el tutelaje como nuestra aparente escasa profesionalidad, responden a un mismo concepto, entre otros que también influyen y quedan fuera del análisis.

   Para decirlo de una vez: la prensa cubana, o una porción estimable de ella,  es víctima de una distorsión en su esencia técnica a influjo de una confusión de su esencia clasista. Dicho en palabras comunes: hacemos habitualmente propaganda y no periodismo. No los mezclamos creadoramente; los confundimos tan caóticamente que el producto final termina en resolverse en esos atributos que más de una vez hemos oído: monotemática, aburrida, machacona. Todo se junta en este fenómeno. Como en cualquier fenómeno social.

Con lo dicho no he querido sostener, primero, que la propaganda sea un recurso comunicativo de índole bastarda; ni  tampoco que el partidismo nos lastre o disminuya.  Y, ahora, contenida cualquier inferencia política de signo negativo, los términos cuestionados reclaman ser definidos, aunque solo podamos hacerlo en una aproximación.

   ¿Qué es la propaganda? Expondré la respuesta más elemental y común: un aparato que sintetiza y propaga ideas e informaciones cuyo propósito consiste en inducir o afincar creencias, actitudes, gustos. Para lo cual apela normalmente a los sentimientos e instintos, soslayando lo racional o lo evidente, y potenciando lo subliminal o implícito. La propaganda está presente en los documentos donde se defienden o abonan ideas.  Bartolomé de las Casas, con su panfleto Destrucción de las Indias compuso un texto propagandístico, forzando incluso la verdad. Exageró los colores de la situación de los aborígenes, porque pretendía impresionar la sensibilidad de los prohombres del imperio, y suscitar gestos generosos, caritativos, justos.

   El periodismo también participa de esos fines: procura lo mismo, porque su esencia de clase así lo prescribe. Y nosotros sabemos que la opinión expresa en un artículo o el orden de los elementos básicos de una noticia o información, intentan  inducir también a una posición de partido o, como mínimo, a una actitud beligerante ante ciertos hechos. ¿Cuál  fue primero? El periodismo o la propaganda?  Primero fueron las urgencias de las clases y sectores dominantes social y económicamente. El ejemplo es conocido. Yo mismo lo he citado en otro momento. Pero favorece a la claridad. En el Cuatrocientos, en la plenitud del Renacimiento, Venecia inventó o desarrolló la propaganda turística. Era entonces una potencia marítima, la reina del Adriático, y necesitaba anunciarse.  Publicidad y mercado se enamoran a primera vista. Célebre es el lema que circulaba allí como una invitación subliminal  al consumo: Vivir no es necesario; viajar es necesario. Y por esa misma época aparecen los avissi, las hojas noticiosas o informativas que, por supuesto, al difundir novedades de un mundo crispado por la ebullición del comercio y sus urgencias, estimulaba las apetencias de navegar. Apreciamos, pues, una concordancia en la búsqueda de los mismos resultados. Pero también ya desde entonces se deslindaban las formas. El periodismo apunta primordialmente al intelecto, al impulso racionalizado por la posesión del dato informativo. Conocer para decidir cómo actuar.

   Pero la propaganda cabe en un periódico, en un medio cualquiera. La publicidad –propaganda comercial-  aparece en las planas de los periódicos y revistas capitalistas. Y propagada es, además, la crónica social. Entre nosotros, también ciertos editoriales, ciertos artículos patrióticos donde se exalta la virtud doméstica, o se exalta una efeméride cuya trascendencia impone la ejemplaridad para cuantos viven en el presente. Y ello es positivo. Esa es la mezcla pertinente en un medio de prensa. Propaganda y periodismo comparten  el espacio, sin confundirse o sustituirse. Ahora bien, lo contrario –esto es, la propaganda que usurpa el tratamiento periodístico- desnaturaliza, simplifica el periodismo, aunque sea noble. No es el signo  lo que influye; es la incompatibilidad de las vías. Y así la dicotomía entre propaganda  o periodismo, se reduce a simplificación o complejización del contenido.

El enfoque propagandístico endulza  el enunciado periodístico;  falsea incluso la realidad al disminuirla, al reducirla a uno solo de sus elementos constitutivos. Y esa descomposición condiciona una probable falta de credibilidad de la prensa. Porque, a fin de cuentas, la vida es mezcla de lo positivo y lo negativo.

Voy a citar un ejemplo. Así empieza esta  nota informativa:

   La plenaria que posibilitó hacer un balance de los dos últimos años mostró una vez más por qué la Empresa de Cultivos varios de X es la abanderada  de la ciencia y la técnica, y sobresaliente en la mayoría de las ediciones del Movimiento del Fórum a nivel nacional.

Continúa así entre otros párrafos similares:

   Con el sentido práctico a nivel de surco, técnicos y trabajadores hablaron del ahorro de 67 000 litros de petróleo por mantener una mayor eficiencia energética, de la preparación de más yuntas de bueyes, del funcionamiento estable de 33 máquinas de riego de pivote central y 28 estaciones de bombeo, gracias a las innovaciones e inventivas ejecutadas y la introducción de abonos orgánicos, y de las abejas de la tierra (Meliponas) para favorecer la polinización en varios cultivos.

 Termina de esta forma:

  La motivación que propicia el Movimiento del Fórum hace que en la mayor entidad de cultivos varios de esta provincia los trabajadores se preocupen por poner cada vez más la ciencia y la técnica en función del objetivo principal: producir más con eficiencia, a pesar de la notable falta de recursos.

¿Podemos creer en esa entidad milagrosa, en esa panacea sin fisuras?  ¿Será creíble una información que potencia un aspecto ideal, idílico, soslayando el lado oscuro, la insuficiencia productiva, de la agricultura cubana?  El lector, o el televidente y el radioyente, por ello, enarbolan su incredulidad ante estos cuadros que, si verdaderos en algún sentido positivo, limitan la evidencia periodística de los aspectos negativos que la población conoce de cerca en las restricciones de la oferta y el ascenso de los precios en el mercado.

“A quién pretenden engañar”, exclama alguno.

“Si quiere usted comer vianda, ponga a hervir el televisor, o el periódico”, recomienda  otro transeúnte.

Nosotros coadyuvamos, tal vez, a generar estas frases no tan aviesas como su tono sugiere, cuyo alcance nos recuerda que el sol tiene mancha, pero la propaganda tan solo habla de la luz. Y la simplifica. No la complejiza.

 

 

 

EL GRITO SILENCIOSO DE HONDURAS

EL GRITO  SILENCIOSO DE HONDURAS

  

ACTUALIZACIÓN

Mientras la autoridad electoral de Honduras legitimó desesperadamente este domingo 17 de diciembre el fraude de las presidenciales de noviembre, la OEA llama ahora a repetir el sufragio

 
Por Patricio Zamorano 
Desde Washington DC 
 
El problema de Honduras no son solo los hechos gravísimos de estas semanas y de esta década. El problema dramático real de Honduras es el terrible vacío comunicacional en que ha caído frente al resto del planeta. El país de más muertes violentas por 100 mil habitantes del mundo; gran centro de tráfico de drogas en las narices de una de las bases militares estadounidenses más grandes de Centro América; el único país que ha sufrido en el nuevo siglo un golpe de Estado exitoso al más estilo tradicional de los setenta; y el que ha sido golpeado por fraude electoral sistemático en las últimas dos elecciones, parecer ahogarse en la indiferencia casi total de la comunidad internacional. 
 
Pareciera que el país está a la deriva total, sin ningún gesto concreto de reforma institucional realmente constructiva impulsada por su padrino forzado, los Estados Unidos. 
 
La OEA admite la existencia
de irregularidades electorales
 
Honduras tiene la palabra “escándalo” en cada rincón de su golpeada institucionalidad. En una cadena de hechos que comería cientos de páginas, todo comienza con las recientes elecciones, donde organismos como la OEA han enumerado una enorme cantidad de irregularidades en el conteo electoral. Primero, el candidato Salvador Nasralla iba ganando por 5 puntos, para luego, tras cortes sorpresivos del sistema computacional y del conteo electoral, aparece el presidente de facto Juan Orlando Hernández ganando por 40 mil votos. El caso de Hernández raya en lo cómico: tras el enorme escándalo en que su presidencia ha caído, apareció tras las cámaras anunciando su triunfo y destacando lo “impecable” del proceso. La verdad, impresionante. 
 
Es común escuchar de actores relevantes de la política hondureña sobre cómo dan por hecho que se manipularon directamente las actas electorales en la anterior elección, sufragio que (si todas estas denuncias son ciertas) fue efectivamente ganado por Xiomara Castro. Lo dicen así, casual y abiertamente, por supuesto, sin una base legal concreta. Son conversaciones de pasillo. Pero ahora en la reciente elección los rumores volvieron con más fuerza hasta convertirse en hechos concretos que incluso la OEA no pudo ignorar. Esta vez, se procedió a un modus operandi similar, a vista y paciencia de la nutrida presencia de observaciones electorales. Atraso crónico del conteo, corte sorpresivo del sistema computacional, resultados opuestos a los que el conteo parcial venía mostrando. El mismo escenario: miles de actas electorales sospechosas que tanto en 2013 como ahora en 2017 el Tribunal Supremo Electoral (TSE) se niega nuevamente a corroborar. Por ejemplo, más de 5 mil actas que la OEA denuncia no fueron transmitidas por el TSE la noche de las elecciones. Hecho grave imposible de ocultar.
 
En la noche de este domingo 17 de diciembre, el TSE se apresuró de forma desesperada a ratificar los resultados viciados que dan como ganador a Juan Orlando Hernández, pese a un tweet de alerta enviado por Luis Almagro pocos minutos antes. Seguramente sabía lo que Hernández intentaba: “Falta de certeza me lleva a solicitar no se hagan pronunciamientos irresponsables hasta informes definitivos de la MOE de OEA en Honduras”, expresó el secretario general. El gobierno de Hernández ignoró la presión. Posteriormente, ya con el fraude consolidado tras el anuncio del TSE, Almagro pidió derechamente repetir la elección. “Secretaria General de la @OEA_oficial propone nuevas elecciones para garantizar paz y concordia en #Honduras ante imposibilidad de dar certeza a resultado electoral”. Se anuncia también que el candidato Salvador Nasralla acude a Washington a reunirse con la OEA, el Departamento de Estado y organizaciones de derechos humanos, con las pruebas técnicas del fraude electoral.
 
Honduras y Venezuela:
criterio disímil
 
El caso de la OEA es sui generis. Potenciada la energía personal de su secretario general Luis Almagro con su campaña específica contra el gobierno de Venezuela, en el caso del escándalo concreto de Honduras, Almagro permaneció en silencio hasta el 6 de diciembre, cuando en un comunicado tuvo que formalizar las denuncias de irregularidades electorales y abrió la posibilidad de exigir nuevas elecciones. Frente a lo absurdo y evidente del fraude electoral, en un hecho histórico, la Misión de Observación Electoral (MOE) de la OEA había reconocido días antes que tras el conteo fraudulento, no podía ratificar ganadores. Pero estas palabras han tenido poco eco a nivel comunicacional continental.
 
La OEA debiera ejercer con una extraordinaria fuerza toda la presión de la que es capaz, y de la que ha dado grandes demostraciones en la campaña personalísima de Almagro contra el gobierno de Venezuela. Pero el fraude en Honduras es tan escandaloso, que Almagro no tendría absolutamente ningún problema de legitimidad moral si quisiera ejercer tan solo una parte de la energía que desplegó contra la Presidencia de Venezuela.
 
Lo mismo con las agencias de cooperación internacional. Es su obligación moral y profesional ejercer toda la presión de la que son capaces, considerando todo el dinero que envían a Honduras, para que la elección fraudulenta de noviembre se anule y convocar a nuevas elecciones, esta vez con control férreo del proceso para evitar un nuevo fraude. No importa quien sea el ganador en Honduras, el candidato de izquierda o de derecha. Pero se debe respetar de forma sagrada la voluntad de los electores.
 
La corrupción,
frente a frente
 
Basta con escarbar mínimamente en la clase política e institucional de Honduras (una conversación informal de sobremesa, una cena de trabajo, una entrevista académica), y el olor ácido de la corrupción emana inmediatamente. Todo se sabe, todos lo saben. La información es tan concreta, tan abiertamente obvia, que el observador internacional siente un gusto extraño en el paladar pensando en que los funcionarios de la Embajada de Estados Unidos, los funcionarios de la OEA, los expertos de las agencias de cooperación internacional, acceden diariamente a las mismas conversaciones, a las mismas revelaciones escandalosas. ¿Por qué la inacción?
 
Algunas pistas. Meses antes, entrevistando al ex presidente derrocado, Manuel Zelaya, le preguntaba: “Todos analizamos las causas del golpe contra su gobierno, pero ¿por qué cree usted mismo, Presidente, que lo derrocaron?”. 
 
Zalaya me respondió con firmeza, rápidamente. “Por Cuba y por Venezuela”, me señaló. Se refería a que no lo sacaron a la fuerza del cargo elegido por las urnas debido el tema de la Asamblea Constituyente que él impulsaba, o la lucha por reformar la Constitución y permitir la reelección presidencial. Esa es la versión oficial de quienes propiciaron el golpe. Zelaya da en el clavo cuando señala que la clase política y financiera hondureña, intacta en el poder por ya un par de siglos, nunca permitirá que un gobierno reformista (de izquierda o de derecha, pero principalmente progresista según los últimos hechos), sobreviva en Honduras. Mucho menos inspirado por el bolivarianismo chavista o castrista, al que identifican como el enemigo del modelo socio-político y económico que garantiza su situación de privilegios. La estructura política de Honduras, enquistada en el poder empresarial del país, es un constructo rígido que nunca ha sido reformado por una revolución popular, guerra civil o proceso de independencia y reformismo colonial como en el resto de las Américas. En ese sentido, la estructura social de Honduras vive cercana a un neofeudalismo que se niega a democratizar el acceso al poder, y que se opone rabiosamente a la integración de nuevos grupos sociales y políticos.
 
Presidente Hernández se reelige
sin golpe y sin tapujos
 
Tiene razón Zelaya (que proviene del área latifundista de Honduras, por tanto, era hombre de la elite tradicional, para gran sorpresa de su ex sector), pues a pocos años de derrocarlo, la propia derecha del Partido Nacional y de Juan Orlando Hernández procedió, nuevamente a vista y paciencia de la OEA, de EEUU y de la comunidad de ayuda internacional, a autorizar su propia reelección a través de una Corte Suprema nombrada a dedo por el propio presidente Hernández.
 
Sin reforma constitucional. Sin plebiscito. Sin golpe de Estado. Sin escándalo mundial. La verdad, un hecho difícil de comprender. Silencio de la comunidad internacional.
 
Todos los organismos y actores nacionales e internacionales que condenaron la consulta plebiscitaria de Zelaya para preguntar al pueblo hondureño sobre reformar a la Constitución y permitir la reelección en 2009, mantuvieron un férreo silencio cuando el propio presidente Hernández hizo lo mismo en 2015. No hubo condena desde la OEA, no hubo amenazas de aplicar la Carta Democrática, ni amenazas de suspensión del Consejo Permanente. EEUU no castigó a los miembros de la presidencia de Honduras con sanciones económicas ni suspendió las visas de viaje. Ningún efecto notorio. 
 
Un hecho irregular
de muchos
 
No es primera vez que la golpeada Constitución de Honduras es mancillada sin tapujos, de acuerdo a la voluntad de la elite en el poder. El país ejerce un enorme escándalo institucional cada año, autorizando antes al golpista Roberto Micheletti a ser precandidato presidencial, pese a estar clara y literalmente inhabilitado (los presidentes del Congreso no podían ser presidenciables). Pero la Sala Constitucional de la Corte Suprema simplemente desconoció a la misma Constitución, y lo autorizó. Reforma a dedo por decreto.
 
Hay hechos de esta década pasada que rayan en el absurdo. La misma Sala Constitucional impidió en 2008 que el vicepresidente Elvin Santos pudiera ser precandidato presidencial, por considerarlo inhabilitado debido a que ejerció la presidencia transitoriamente cuando Manuel Zelaya salía del país. En la campaña de primarias, Santos encontró una solución delirante. Nombró a Mauricio Villeda como su candidato-representante, divulgando a través de los medios de comunicación que la gente votara por Villeda, pues eso implicaba que estaban votando por él, dentro de la competencia en el Partido Liberal. Si ganaba Villeda, entonces él sería el candidato. Sorprendente.
 
EEUU: mil millones
de dólares, al vacío
 
El tema de EEUU es capítulo aparte. El país del norte ha gastado en Honduras la impresionante suma de 1.213 millones de dólares desde 2005 a 2016 (fuente, USAID). Estados Unidos tiene en ese territorio una de las bases militares más grandes de Centro América, Palmerola, la misma donde se detuvo el avión que se usó para expulsar a Zelaya del país en el Golpe de Estado de 2009. Los fondos de EEUU del área de la seguridad llegan de forma generosa a las fuerzas armadas y a la policía. Y pese a todo este marco de ayuda internacional, Honduras está hundido, ironías de su nombre, en una situación crítica de seguridad con un claro componente de crisis humanitaria. Miles de hondureños son asesinados cada año (60 a 88 asesinatos por 100 mil habitantes, según las fuentes, una de las tasas más altas del planeta). La mafia de las drogas se confunde con el Estado y las instituciones de forma más profunda que en México. La policía es temida incluso por los propios fiscales y ministros, y las pandillas aterrorizan a la población en cada rincón del país.  He sido testigo de cómo abogados funcionarios del Poder Judicial no se identifican frente a los agentes de seguridad en las calles para no caer víctimas de posibles emboscadas filtradas por los propios policías.
 
Es decir, en un hecho que no tiene explicación, la inyección de recursos de EEUU a la policía y a las fuerzas armadas de Honduras, las mismas que derrocaron a Zelaya, no está condicionada a resultados. Las mafias de las drogas, las pandillas y los asesinatos continúan sin tapujos, sin que los cientos de millones de dólares gastados tengan efecto alguno. Y con base militar estadounidense a pocos kilómetros de la capital del país. Otro escándalo que parecer no permear los pasillos en Washington DC.
 
Una pobreza dolorosa 
 
La población de Honduras es tan crónicamente pobre, que el viajero puede encontrar adultos en estado grave de desnutrición, como vi personalmente en la Montaña de la Flor, donde sobreviven vestigios de tribus indígenas. En esa zona, hasta la policía come una vez al día, y la población pasa a veces más de una jornada sin alimentos. Según el Banco Mundial, un 66% de los hondureños vive en la pobreza. Una mancha social enorme para todas las Américas. Una vergüenza para la elite financiera hondureña. 
 
Todo este espectro de realidades sociales es producto de una realidad política dañina y tóxica contra la población hondureña, realidad que emana de la propia clase política en el poder, apoyada, a veces simplemente por inacción, por EEUU, la OEA y la cooperación internacional. Pareciera que el experimento de izquierda de Zelaya radicalizó enormemente a estos tres estamentos, y han decidido simplemente mirar hacia el costado frente al reciente fraude electoral, con tal de mantener el status quo más conservador. Ya van varios ex presidentes de Centro América con procesos judiciales por corrupción flagrante luchando por escapar de la cárcel. Según demuestran las irregularidades electorales denunciadas por el informe de la MOE de la OEA, Hernández ha ganado de forma viciada algunos años de protección en el poder, pero si los rumores de las conversaciones de sobremesa en Tegucigalpa o San Pedro Sula son ciertos, los días de impunidad están contados. Eso, en un escenario donde una posición ética y legítimamente moral de la comunidad internacional así lo decida. 
 


LA PESADILLA “TRUMPISTA”DEL ODIO RACIAL

LA PESADILLA “TRUMPISTA”DEL ODIO RACIAL

Por Patricio Zamorano 

Director de www.infoAmericas.info

Desde Charlottesville, Virginia


   El asesinato en frente de las cámaras de Heather Hayer fue triple. Primero, un supremacista blanco cuya foto de prisionero pareció diluirse en dos ojos taciturnos y tristes, la arrolló junto a 19 almas en la callecita Cuarta de un pueblito simple pero intelectual de Virginia, Charlottesville. La callecita es empinada, y amplificó la fuerza del monstruo James Fields, cuando embistió a un grupo de manifestantes pacíficos con su Dodge musculoso. El silencio era eterno cuando caminé lentamente junto a decenas de personas que se quedaban como en transe doloroso ante la enorme cantidad de flores y mensajes de cariño en honor al alma de Heather, 32 años, técnica en abogacía, activa en el tema de los derechos civiles.

   El segundo asesinato llegó el mismo sábado 12 de agosto, cuando el presidente Donald Trump intentó un mensaje anodino, ambiguo, a medias justificando la violencia racial que trajeron cientos de supremacistas blancos a este pueblito universitario, la única mancha progresista en el exestado esclavista de Virginia, que decidió encender los demonios de los afiebrados nazis de la zona y pretender eliminar la escultura en honor al derrotado general Lee, cuyo fracaso militar liberó a millones de negros que se pudrían en esclavitud.

   El tercer asesinato llegó el martes 15 de agosto. Repudiando sus propias palabras de benevolencia forzada hechas el lunes 14, donde condenaba al Klu Klux Klan, a los supremacistas blancos y nazistas, pasó Donald Trump a expresar sus verdaderos sentimientos: defendió a la extrema derecha, la famosa “alt-right”, criminalizó a las 20 víctimas de la violencia racial prácticamente acusándolos de provocar sus propias heridas, y defendió la figura de bronce del viejo Lee, invitando indirectamente a derribar las esculturas a George Washington (¿como sería la escena de miles de picotas echando abajo el obelisco gigante en honor al padre de este país, ahí en el corazón de la capital de EEUU?) y las imágenes de Jefferson pues “ellos también eran esclavistas”. Lo que es cierto, pero bajo el absurdo “trumpiano”, el mandatario-empresario conectó a dos épocas disimiles en una cachetada ignorante de la historia, como es su costumbre. No le bastó, en ese sentido, a Trump con validar la esclavitud y validar la violencia racial de la supremacía blanca. En su alocución rabiosa de ese martes 15, donde ofendió a los periodistas y mostró su ira contra los estudiantes atacados en las calles de Charlottesville, no dijo ni una palabra de condena contra los gritos antisemitas de quienes blandieron antorchas en la Universidad de Virginia. Esas antorchas son el símbolo horrible de los años 50 cuando en la cúspide del movimiento de apoyo a los derechos civiles, hordas de blancos fanáticos corrían por las calles del sur estadounidense quemando casas e iglesias, con sus feligreses adentro, de la comunidad afroestadounidense.

   Todos los sectores, incluido su propio Partido Republicano y los empresarios de las mega-compañías más importantes de EEUU, expresaron su impacto por las palabras de un hombre de negocios que, con esta aventura en la política y a una velocidad febril de escándalo tras escándalo, está creando su propia sepultura simbólica en la historia de este país. Ningún presidente en su sano juicio llenaría de odio declaraciones que se refirieran a la muerte de una mujer inocente ante un desalmado que cobardemente arrojó el metal de su auto contra una muchedumbre anónima. Hay acuerdo mayoritario en EEUU en cuanto a que Trump ha provocado un quiebre moral profundo en su presidencia, y a nivel personal, que nunca será olvidado.

   Trump ha continuado golpeando durísimo el recuerdo de Heather Heyer. Con su discurso afiebrado de esta semana en Arizona, nuevamente rodeó su asesinato con decenas de minutos irascibles contra la prensa, en mensajes populistas dirigidos exclusivamente a sus apoyadores, en largas diatribas intentando explicar caóticamente y con altanería qué dijo, cómo lo dijo, qué quiso realmente decir. Pero apenas nombró a Heather Heyer una vez en Arizona, y no para homenajearla directamente, sino que para atacar a los críticos que han señalado justamente su falta de deferencia hacia su figura en la mayoría de sus declaraciones de prensa y de Twitter. No la arrulló bajo el manto presidencial, como incluso el más conservador de la historia de los presidentes de Estados Unidos hubiera hecho. La madre de Heather ha respondido con altura moral, dolida por la forma en que se ha comportado Trump, y aclaró que no responderá las llamadas del mandatario.

   Porque Trump no vino al funeral (después de todo lo protagonizado por su labia, la verdad ya se hizo imposible su presencia), no quiso ver cara a cara los ojos dulces de Heather que miran alegres en este momento frente a mí en la calle 4 del pueblito de Charlottesville, con una frescura amable que invita a decirle ¿cómo estás Heather? ¿Cómo te sientes? Sus fotos a plena sonrisa, que se reparten en el suelo, rodeadas de flores, sobre el mismo pavimento que vio el horror hace solo unos días, cuando el demonio blanco que obnubiló la mente de Jason Fields decidió en un espasmo de locura y de odio racial magullar a su auto musculoso, su símbolo de macho de gran caballada de fuerza, y lanzarlo en picada criminal contra quienes consideraba sus enemigos sin alma, sin cuerpo, sin historia, sin sangre ni corazón latiendo. Que crujan los cuerpos, los brazos y piernas, de negros, blancos, mujeres y hombres, da lo mismo.

   Con la forma deleznable e inmoral con que se ha comportado Donald Trump en estos días febriles, el presidente de Estados Unidos, el comandante en jefe del ejército más poderoso del mundo, parece empequeñecido, sentado en el asiento del pasajero del joven Jason, aprobándolo con su silencio y una media sonrisa, mientras el neo-nazi, huérfano de Hitler y sus ideas fratricidas, aprieta los dientes y presiona a fondo el acelerador de la muerte…





CÓMO LO "NIXONIANO" LE QUEDA GRANDE A TRUMP

 

Desde Washington DC

Por Patricio Zamorano
Director ejecutivo de InfoAmericas.info

    Nixon está imbuido dentro de la cultura política de Estados Unidos tan profundamente como el hot-dog del 4 de julio. Tanto es así, que el escándalo de corrupción y crimen del expresidente de EEUU en los años setenta quedó para siempre grabado con un nuevo adjetivo del inglés: “nixonian”. El concepto simboliza de forma superlativa todo lo que legó el exmandatario, quien renunció justo a tiempo para evitar ser expulsado de la presidencia por una acusación constitucional del Congreso: paranoia profunda contra sus enemigos, un narcisismo enfermizo, irrespeto patológico por las leyes de la misma república que él lideraba.

   ¿Suena familiar? El último escándalo mayúsculo de Trump ha reflotado, ahora personificado en carne y hueso, el viejo adjetivo de “nixoniano”. De otra forma no se puede explicar el sinsentido político y comunicacional de haber despedido al director del FBI, James Comey. Para aclarar un tema vital: el director del FBI dura en el cargo 10 años, y es una de esas funciones “sagradas e intocables” que prueba la voluntad de los presidentes de EEUU de ser supervisados judicialmente, presión que están obligados a observar. Esto es debido a que se supone que el director del Buró de Investigaciones Federales goza de independencia, y debe estar (en teoría) al margen de las presiones políticas, para garantizar que las investigaciones que realiza sean imparciales y lleguen hasta el final, no importa las consecuencias. Por supuesto, esto da origen a deformaciones (el poder sin trabas sin duda corrompe), y la historia reciente dio origen a reyezuelos como J. Edgar Hoover, quien abusó por años de su poderío y espió sin restricciones legales, manipuló a políticos y opinión pública, creó perfiles secretos de sus enemigos y en fin, gobernó el área oscura del país por décadas. El único director del FBI que ha sido expulsado es William Sessions, despedido por Bill Clinton en 1993 debido a malversación de fondos públicos.

   Trump, la verdad, cometió una serie de hechos esta semana, tan extraordinariamente extraños, que deja cimentada la idea de que su administración no tiene, en realidad, una agenda programática inteligente y meditada. Nuevamente, como otros escándalos anteriores, su equipo comunicacional quedó a la deriva y las acciones “trumperas” no pudieron ser defendidas ante las cámaras por sus subalternos, que intentaron reaccionar de forma apresurada y sin un mensaje central. Su jefe, Trump, tampoco ayuda. La Casa Blanca aún no se pone de acuerdo en quien tomó la decisión, ni cuándo, ni cómo, ni las razones “reales” del despido. Trump pasó en cosa de semanas, desde alabar fuertemente a Comey (recordemos que las acciones del director del FBI perjudicaron a la entonces candidata Hillary Clinton), para luego expulsarlo repentinamente. Todo esto, una semana después de que Comey declarara ante el Congreso de forma pública que en efecto el FBI está investigando a Trump y sus asesores por los contactos ilegales de su campaña con el gobierno ruso. No solo eso (y la verdad, es sorprendente): al otro día de expulsar a Comey, el miércoles, Trump se reunió en la Casa Blanca con el ministro de relaciones exteriores ruso, Sergey Lavrov. Pero incluso más (siquiera escribirlo causa conmoción): se reunió y retrató en una foto a plena carcajada de ambos, con el embajador ruso Sergey Kislyak, el mismo polémico diplomático cuyos contactos con el general Michael Flynn provocaron su despido como asesor de seguridad de la Casa Blanca. El mismo embajador que ha puesto en aprietos al yerno de Trump, Jared Kushner, que también se reunió con él, sin ser parte del gobierno de EEUU aún, mientras las sanciones contra Rusia estaban vigentes. El mismo embajador es también protagonista de los problemas de imagen de Carter Page y J.D. Gordon, todos ex asesores de Trump. El propio ex gerente de campaña de Trump, Paul Manafort, tuvo que dejar la campaña en 2016 debido al escándalo de sus vínculos rusos y con personajes cercanos al propio Putin.

   ¿Qué pasa con un equipo de comunicaciones o de asesoría política de Trump, que no logra detener un acto tan abiertamente riesgoso como reunirse con las autoridades máximas de la política exterior rusa, al otro día del despido del principal fiscalizador en el tema? ¿Y en momentos en que justamente el Congreso, el FBI y la prensa están investigando con fuerza los vínculos con el gobierno de Putin, que se supone es el enemigo número uno de EEUU?

 

   La verdad sea dicha, para opositores y admiradores: quienes pensaban que el ímpetu que catapultó a Trump a la Casa Blanca estaba basado en una conspiración cuidadosamente planeada, y que iba a poner en práctica una estrategia de genialidad para operar discretamente desde la Casa Blanca para sus objetivos políticos y financieros, deberían estar decepcionados. Trump no es Nixon, un maestro de las operaciones estratégicas, un gurú de lo clandestino, del golpe secreto contra sus enemigos, del ajedrez de causa y efecto. Trump, muy a su pesar, se está convirtiendo en algo tan transparente como el agua en su praxis política, simplemente porque no es un “genio político” ni es un “genio negociador”, como hizo creer a millones en la campaña electoral. Es con toda apertura y claridad, un empresario menor con varias bancarrotas a su haber, que ha luchado a punta de estrategia mediática, imagen pública y fanfarronería para llegar a ser quien es (los millones de dólares de su padre no estuvieron mal como salvavidas, por cierto), y que no tiene ni la menor idea de qué está haciendo con el poder omnipotente que tiene entre las manos. En ese sentido, aunque ambos terminen sus presidencias de forma dramática, es lamentable, pero lo “nixoniano” le queda grande al actual presidente Trump.

Nixon, sin duda, concordaría.



DROGADICTOS DEL DESENGAÑO

DROGADICTOS DEL DESENGAÑO

 Por Lorenzo Gonzalo,

periodista cubano radicado en Miami

 

   La burguesía cubana se acostumbró al facilismo. Estados Unidos le brindaba ventajas para realizar su producción azucarera, deshacerse a precios favorables de una parte de sus producciones agrícolas y de los productos semielaborados de la incipiente industria agrícola que mostraba sus contornos desde fines de la década de los cuarenta. Disponían al instante de abastecimiento de herramientas y piezas de repuestos. Los deslumbraba un modo de vida que fue enraizándose con gran rapidez en la cultura citadina, especialmente en La Habana. Ya el reparto de Miramar y más tarde el Biltmore, llamado hoy Siboney, con sus grandiosas mansiones, reflejaban el modo suburbano de las capitales estadounidenses. El asombro se los tragó de una sola mordida. Entonces se infatuaron con el Norte. Peor aún, se dejaron querer y llegaron a pensar que eran los hijos consentidos del Coloso grande y omnipotente, cuya contribución fue decisiva para ganar dos guerras mundiales. No tuvieron en cuenta que la siguiente conflagración, Corea del Norte, técnicamente la habían perdido. Bueno, quizás lo recordaban, pero el Poder tiene el hábito de borrar lo que no le conviene o le desagrada. También muchas veces, quizás la mayoría de ellas, las cuenta a su modo.

 

   Ese facilismo, les impidió ver más allá de los acontecimientos cuando comenzó el proceso revolucionario. Aun cuando muchos de ellos hablaban de reforma agraria, industrialización, empresas nacionales y defensa de la soberanía, no fueron capaces de actuar, social y políticamente, hasta las últimas consecuencias. Pudo más la preocupación que le causara descubrir que el Norte se había disgustado con los nuevos acontecimientos y haberse convertido ellos mismos en platos de segunda mano. Ambos, Washington y este sector adinerado, parecía molestarles el arrebato popular de apoyo a una dirigencia que, al derrocamiento de la dictadura de Batista, se planteó realizar un viejo clamor de reformas, de las cuales la más importante, para un buen comienzo, debían ser las estructuras y concepciones de relevo. El pueblo cubano detestaba a los partidos políticos. Eran el tabú y el hazmerreír de toda la sociedad. Esto explica el apoyo ofrecido a Fidel Castro, cuando en medio de una controversia bizantina, de las tantas que florecieron en los primeros momentos, dijera “elecciones ¿para qué?” En aquel momento a la sociedad cubana, mayoritariamente le interesaba que se hicieran las reformas necesarias para beneficiar a los más desposeídos y dar un voto de confianza a quienes demostraron, con su desafío a la dictadura, constancia, disposición y voluntad de actuar.

 

   El engatusamiento que el Norte les causara, los llevó a acatar su dirección. Entregaron el mando a quien no era su aliado, porque los intereses que ambos defendían, no sólo eran distintos sino contradictorios.

 

   No entendieron la partida. De opositores posibles o mejor aún, de posibles favorecedores del necesario debate para encaminar el proceso, se convirtieron en las cabezas contrarrevolucionarias de la contrarrevolución elaborada por Estados Unidos de América, con su sede en Langley, Virginia, al servicio del Departamento de Estado.

 

   Hoy continúan con la misma cantaleta, apostando por mecanismos de alternancia de Poder que son cuestionados incluso por las sociedades donde se fundaron hace más de doscientos años. Corrupciones, desafueros y dudas sobre los objetivos que deben regir los procesos de renovación administrativa, han convertido el tema político en algo que a veces resulta poco serio. Las sociedades de hoy luchan, cada día con mayor fuerza, por exigir resultados tangibles a sus vidas.

 

   Pero los amanuenses no razonan, sino racionalizan, insistiendo que el futuro de Cuba se define en coordinación con Washington, sin entender que la Casa Blanca, en estos asuntos, ordena y manda, no negocia. Y cuando parece negociar la jugada, se guarda las barajas que finalmente deciden la partida.

 

   Los subcontratistas de la contrarrevolución de quienes les hablaba recientemente, insisten en ese estilo y además han obligado a quienes en Cuba protagonizan las estrategias dirigidas desde la NED, USAID y los otros organismos estadounidenses, a realizar actos ridículos que nada tienen que ver con los intereses de la Isla y en otros casos crean forcejeos de poder. Por ejemplo, las Damas de Blanco y la UNPACU, bajo la dirección de Berta Soler y de Rodiles, han enfrentado a la FNCA, insistiendo en la confrontación con el gobierno cubano en vez de engrosar el número de sus miembros, lo cual la FNCA considera el objetivo primario de esas organizaciones.

 

   Estas desavenencias, la falta total de receptividad por parte de la población, el descrédito y todo lo negativo que por décadas ha mostrado la estrategia estadounidense de cambiar Cuba desde fuera, imponiéndole sus criterios de gobierno, ha mostrado hasta la saciedad, su obsolescencia moral. Sin embargo, el desengaño no los hace reflexionar, impidiéndoles ver los inmensos paisajes de la realidad cubana que desmienten sus estrategias y discursos.

 

Se han vuelto adictos del desengaño. No sé si existirán centros médicos donde se atiendan casos semejantes, pero a pesar de sus fracasos, quizás les quede el consuelo de haber aportado una nueva modalidad al glosario de enfermedades adictivas.

 

19 de mayo del 2017


DESMOCHANDO LA CASA

DESMOCHANDO LA CASA

 

 

Por Lorenzo Gonzalo, periodista

cubano radicado en Miami

   Las sorpresas del Presidente Trump continúan. Siendo fiel a su discurso de “limpiar la casa”, el Presidente Donald Trump concentra esfuerzos en eliminar del Estado, un número de departamentos que considera inoperantes o innecesarias cargas para los contribuyentes.

   Una de las reducciones que se avecinan afectan al Public Broadcasting AmeriCorps, la más costosa de las estructuras estatales que lidia con la radio y la televisión públicas.

   Sin imaginarnos aún el alcance de tales medidas que, en la crítica de algunos, es innecesario porque “sólo representa unos 450 millones de dólares”, podríamos imaginarnos que algunos vejestorios de la Guerra Fría, se los tragará la taza sanitaria instalada por Trump en su nueva y blanca mansión. Entre ellos Radio y Televisión Martí, dos programas que requieren alrededor de 20 millones de dólares y apenas son escuchados por sus empleados. Por cierto, es irrespetuoso pensar que 450 millones es poco dinero porque el plan de gastos del presente año es de cuatro millones de millones de dólares. Me parece que con 450 millones podrían algunos problemas de salud de muchas embarazadas que no tienen la debida atención médica en el país.

   Si eliminaran Radio y Televisión Martí, la noticia no será bien recibida por algunos políticos estadounidense que aún se maridan, por lo general oportunistamente, con la idea de agredir al Estado y la Nación cubana.

   Estados Unidos, su establisment como se acostumbra a denominar el poder estadounidense, por retruécanos de historias mal contadas y tradiciones intervencionistas medio empolvadas, algunas de las cuales comienzan a estorbar en sus anaqueles, aún apuesta por dirigir Cuba, del mismo modo que lo hizo indirectamente en el pasado o como lo practicó con Centroamérica y algunos países suramericanos.

   Radio y Televisión Martí son uno de esos engendros, que sólo muestran la decadencia política balbuceante en algunos pocos rincones de Washington y para unas pocas personas de Miami. Es símbolo del pensamiento de los años sesenta, enlatado en la ira incontenida de un puñado de cubanos que apostaron por la invasión estadounidense y el derrumbe inminente de aquel proceso revolucionario.

   Si Trump continúa por ese camino, Radio y Televisión Martí serán historia o una vieja leyenda, desagradable para quienes rechazan las intromisiones y en este caso, también para quienes confiaron en acciones ajenas.

   Si todos los cubanos emigrados hubiesen comprendido que el gobierno cubano ha podido permanecer, a pesar de sus desaciertos, gracias al apoyo de un grupo poblacional numeroso que rechaza las imposiciones de su mayor vecino, el nivel político de las aguas habría amainado y evitarían el inminente peligro de que la generación post Castro, malentendiendo políticas de excepción aplicadas en  las convulsas épocas de la contrarrevolución y las agresiones directas, se abroquele en sus cuarteles,  limitando el desarrollo de nuevas medidas que se perfilan en el horizonte.

   Estados Unidos no invadió Cuba cuando las condiciones óptimas (digo si las hubo en algún momento) existieron y si alguna vez lo consideró en su agenda luego de Playa Girón, en la actualidad esas probabilidades son cero.

   La desaparición de Radio y Televisión Martí, pudieran ser realidad en breve.

   Su desaparición no ofrecería ningún beneficio para Cuba, pero políticamente dejaría atrás una herramienta elaborada para asegurar al Partido Republicano algunos miles de votos extras durante el gobierno de Reagan y explotado indistintamente, a lo largo de los años, por candidatos de uno y otro partido. Borraría además la percepción de una supuesta e inminente agresión material que los huracanes del tiempo sepultaron, saneando el proceso de normalización entre ambos países.

   Es posible que Cuba sea el único país donde la filosofía de no intromisión proclamada por Trump, no se aplique íntegra, por mezquinas razones electorales, aun cuando el voto cubano a favor de viajes y normalización entre ambos países, crece en lugar de disminuir. Pero las influencias malignas aún pululan por la Casa Blanca y lo hemos escuchado en sus declaraciones sobre Venezuela.

   Es un pensamiento que expreso al azar, porque con Donald, como lo llaman calladamente los pocos cubanos que apuestan por el desastre, no hay predicción posible. Incluso a veces coincide con las izquierdas y con el propio presidente Maduro de Venezuela, quien prohibió las trasmisiones de CNN casi al unísono que Trump manifestaba que “no se puede escuchar CNN”.

   El Presidente tiene problemas con la prensa porque no sabe lidiar con preguntas incómodas. Sólo falta que un día prohíba a CNN en el salón de prensa de la Casa Blanca, igual que lo hizo George W. Bush con Al Jaazera a raíz del derrumbe de las Torres Gemelas.

    Esperemos que esto no ocurra, pero no estaría mal que Radio y Televisión Martí pasen al museo de la farándula.

19 de febrero del 2017

Foto tomada de: cuba la isla infinita.blogspost.com

CON GUITARRA O CON VIOLÍN

CON GUITARRA O CON VIOLÍN

 

     Por Lorenzo Gonzalo,

   periodista cubano radicado en Miami

   Pocos presidentes de Estados Unidos han llegado con el cayado en la mano y la espada colgando en la cintura. Donald Trump parece ser uno de esos pocos, desconociendo que siempre hay factores diversos que obligan a atemperar la conducta cuando se ocupa la dirección de un Estado.

   Trump ha llegado gobernando. En pocos días convirtió sus promesas de campaña en órdenes ejecutivas. Desde el muro que “pagará México”, hasta el desmantelamiento de la ley de salud conocida coloquialmente como Obamacare. Al propio tiempo y con iguales procedimientos ha desdicho algunas de sus acervas críticas a sectores que señaló culpables por los que considera “los desastres del país”. Por ejemplo, acaba de firmar una acción ejecutiva que pudiera eliminar o al menos recortar en su esencia la Ley Dodd-Frank, una de las insignias de la Presidencia de Obama. Esta Ley fue la respuesta a la Ley Gramm-Leach-Billey Act aprobada por Clinton en 1999, la cual desreguló la actividad de los bancos e hizo posible el surgimiento de los préstamos suaves que, entre otros factores, llevaron a la catástrofe económica del 2008. La orden que eliminaría la Dodd-Frank podríamos interpretarlo como un regalo a Wall Street, institución que condenó durante la campaña.

   La otra negación de sus promesas es que no ha cambiado la política en Medio Oriente y ha rechazado la intervención de Rusia en Crimea. Incluso se ha hablado de la posibilidad de enviar armas a los ucranianos. Respecto a Israel ya expresó su desacuerdo con los asentamientos en la Franja de Gaza y para colmo, algo poco común en un país donde el sector judío tiene gran peso, el Día de Recordación del Holocausto, no nombró a los judíos entre los afectados, alegando que diversos grupos fueron víctimas de aquellas atrocidades. Hasta hoy, sus decisiones sobre política exterior semejan una continuidad con la presidencia de Obama, a pesar que durante la campaña electoral la criticó fuertemente.

   Muchos de quienes rechazan a Trump no lo hacen tanto por sus inconsecuencias y desvaríos, como por un estilo de gobernar semejante al aplicado en las empresas. No hay manera que un Jefe de Estado, excepto que sea un dictador, pueda dar órdenes a la ligera o amenazar o buscar rozamientos con terceros, a modo de negociar. Su reciente encontronazo con el gobierno de Australia dimana precisamente de ese estilo vulgar aplicado en un mundo donde ganar dinero es la meta, sin interesar los medios. Todo país serio tiene mecanismos de balance, con los cuales es imprescindible cumplir. Ya hemos visto como un juez federal radicado en New York, impugnó la suspensión de visas decretada por Trump hace unos días, aduciendo que es inconstitucional. “Nadie está por encima de la Ley”, dijo otro juez radicado en Washington, “ni siquiera el Presidente”. Ahora el Ejecutivo apeló, y habrá que esperar por la decisión de la Corte de Circuito o si deberán apelar a la Corte Suprema. Pero definitivamente una cosa es con guitarra y otra con violín. No se gobierna un país de igual modo que se negocia desde el Trump Tower.

   Pasarán varios meses para saber el rumbo que toma su gobierno. A veces nos parece que reparte caramelos entre los republicanos y luego un poco de hiel. Trump sabe que su único poderío reside en torear la maquinaria del Partido que le permitió introducir su agenda y ganar.

Justamente 48 horas después de su dura posición con Rusia y su denuncia ante las Naciones Unidas, la defendió en una entrevista con CNN. No sólo se refirió a Putin en buenos términos, sino que declaró que es preferible tener a Rusia de aliado que de enemigo. Entonces el entrevistador preguntó en tono de aseveración: “pero Putin es un asesino” y Trumpo contestó “un asesino…un asesino…hay muchos asesinos…piensas que nuestro país es tan inocente”…¿Qué quiso decir? ¿Que también matamos o que no somos tan inocentes como para dejarnos matar?

   No hay dudas que la agenda de Trump constituye un nuevo capítulo para Estados Unidos. Un sector del capital será beneficiado o quién sabe si todos, pero internamente, para la ciudadanía, puede que no resulte tan beneficioso. El camino que siguen sus políticas apuntan hacia un aislacionismo relativo y las medidas que supuestamente traerán trabajo y pagarán por los desbalances comerciales, probablemente aumenten lo precios a un ritmo mayor que el de los salarios, agravándose más aún, cuando a los indocumentados se les niegue empleo y los nuevos obreros exijan sueldos acordes con el trabajo en que se desempeñan.

   ¿Podrá continuar todo el tiempo gobernando como si se tratara de la White Trump House en lugar del White House? ¿Y cuánto demorarán las mayorías republicanas en reaccionar adversamente? ¿Estará dispuesto ese Partido, que no es de Trump, a perder más espacios de los que ha perdido en los últimos doce años, desde Bush hijo a la fecha?

   Si Trump no aprende a tocar violín, el negocio, “este nuevo negocio” en que se ha metido, lo llevará a la quiebra y a ningún Jefe de Estado le es permitido declararse en bancarrota.

 

4 de febrero del 2017

LOS VATICINIOS DEL DIABLO

Por Lorenzo Gonzalo,

periodista cubano radicado en Miami

 

   El uso de la palabra “establishment” es un vocablo reiterativo en el lenguaje político estadounidense. “La gente está disgustada con el “establishment”, es una frase muy en boga entre políticos y pueblo en general. Si me preguntan su significado, diría que es sinónimo de “nomenclatura”, término aplicado a los representantes del poder durante la temporada comunista en Rusia.

 

   Idiomáticamente significa una institución, pero en este caso, "establishment" (establecimiento) se refiere a los círculos del poder político que, estando o no en funciones, conservan un peso específico en el Estado. Con Trump el "Poder Político" ha sido desafiado a favor de los grandes empresarios. Ellos siempre han tenido influencia "cuasi" decisoria en las políticas del Estado estadounidense. Esta vez comienzan a convertirse en Poder absoluto. Al menos por la imagen que muestran las escogencias de gobierno de Trump para las distintas esferas.

 

   En la inauguración, Trump barrió con los legados políticos a ultranza: "Hoy no estamos transfiriendo simplemente el poder de una administración a otra, o de un partido a otro, en su lugar, estamos transfiriendo el poder de Washington DC y devolviéndolo a ustedes, al pueblo".

 

   ¿Qué significa todo esto? ¿Acabar con los dos partidos?, ¿Sepultarlos? ¿Piensa apoderarse del Poder y descuartizar a los dos partidos tradicionales? Yo pienso firmemente que, dadas las presente circunstancias y su triunfo, lo puede hacer. Muchos, de uno y otro lado, son partidista por compromiso o inercia. Sanders lo confesó: "aspiro por el Demócrata porque aquí hay que aspirar por uno de los dos partidos". Lo mismo hizo Trump. Este último tuvo más resistencia porque significaba un "virus", infiltrado en el disco duro de la organización. Ningún republicano lo tragaba y pocos lo masticaban. Sanders, por el contrario, halló menos ataques porque los demócratas están entre el liberalismo moderado y el izquierdismo extremo. Todas esas tendencias caben en ese Partido y hasta hoy son controladas por los liberales conservadores.

 

   La noche antes de la inauguración, Trump ofreció una cena a los principales donantes. Aunque se suponía que no había donantes al estilo tradicional, los hubo y en grande. La Secretaria de Eduación Betsy DeVos, fue una de las tantas, sobrepasando los seis millones de dólares.

 

   Aun cuando Trump se vanaglorió que él pagaba su campaña, aquello fue verdad hasta su selección como candidato. No obstante, podemos decir que Trump es el primero que ganó su candidatura, sacando el dinero de su bolsillo. En 1992 el millonario Ross Perot intentó otro tanto, pero falló al no escoger a uno de los Partidos que tienen el derecho histórico a la presidencia: el Demócrata o el Republicano. Aspiró por el llamado Partido de la Reforma y perdió la contienda, demostrando que el dinero, si no se canaliza por los Partidos tradicionales, termina en pérdida. Exceptuando la campaña electoral, Donald Trump es el primer Presidente de Estados Unidos que “COMPRÓ LA PRESIDENCIA”. En Estados Unidos los golpes de Estado no requieren de ejércitos, sino de los “ahorros bancarios”. Trump acaba de desplazar de la historia a los partidos que la tejieron a lo largo del Siglo XX. Los aplastó y para que no quepa ninguna duda, sentó a su lado a los antiguos presidentes que no han llegado aún al Cementerio de Arlington y les dijo “los dos partidos demostraron servir solamente las necesidades de una élite, en lugar de las necesidades públicas”. Dijo con absoluta claridad, que todo lo malo que ha sucedido en Estados Unidos es culpa de los dos partidos. Es imputable, únicamente a una élite gobernante que es la misma en ambas facciones. Esto dijo, en uno de los discursos de inauguración más cortos que se hayan pronunciado.

 

   En la mencionada cena, honrando a los donantes, habló desde un escenario que tenía dibujado en el piso al Capitolio, o sea, la casa del Congreso, el Templo de los legisladores.

 

   Mientras hablaba caminaba sobre el dibujo, pisoteaba el Congreso. Parecería que esa noche preconizaba las palabras que, al otro día, unas horas después, pronunciaría en su toma de posesión.

 

   Pisoteó a los legisladores. No hay Partido Demócrata ni Republicano, aquí sólo está Donald Trump. Un poco más y dice América soy yo.

 

   La élite política tradicional puede que no se levante más nunca del puñetazo que acaban de ocasionarle. Hasta ahora, creo que pueden considerarlo un knock down técnico. Todo indica que con Trump pudieran comenzar a desaparecer, siendo reemplazada por la económica. Se habrán preguntado: “¿para que seguir detrás del telón si somos dueños de los escenarios?

 

   El periodista amigo Jorge Gómez Barata, me dijo que mi planteamiento sobre una posible transferencia de élites, “es una tesis interesante”, pero en realidad pienso que es un vaticinio trágico, quizás apocalíptico. Es un traspaso de título sin las credenciales, no su erradicación.

 

   Trump es un animal raro y como todos los líderes mesiánicos, puede que inicie una nueva era. De ser así, como siempre ha ocurrido en el pasado, será un tiempo de incertidumbres y locuras.

 

21 de enero del 2017