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¿GITANOS EN CUBA?

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Por Amaury del Valle

Para los que se han inquietado por el destino de los gitanos en Cuba, este reportaje investigativo les informará.  Descendientes de estos nómadas, asentados para siempre en Cuba, conversaron con Juventud Rebelde

Anochecía en el campamento. Parizza miraba inquieta una y otra vez hacia fuera de la tienda. ¿Pero qué le pasa a esta hommí (mujer) que está tan inquieta?, preguntó el viejo Burtia a su mujer Terca, quien a esa hora terminaba de cocer la comida del día, antes de salir de nuevo para la feria.
Parizza, la más pequeña de todos los hermanos, cada uno nacido en un país diferente, casi siempre la acompañaba hasta la carpa donde un gran letrero anunciaba que allí se desentrañaba el misterio de la suerte futura, para todo aquel que por la palma de su mano o las cartas quisiera conocer qué le deparaba el mañana.
Pero aquella noche sería diferente. En plena madrugada, cuando todos en el campamento dormitaban, en especial los hombres después de un fatigoso día frente a la fragua, la pequeña Parizza, de solo 15 años, ató unas pocas ropas y prendas, se quitó los collares y aretes para no hacer ruido, y salió en medio de la noche a lo desconocido.
Pocos metros más allá, en plena oscuridad, un auto la esperaba con el motor encendido. Parizza y Rogelio se fundieron en un largo abrazo, y la muchacha dejó escapar alguna que otra lágrima, sabiendo que la decisión tomada por amor, la alejaría para siempre de su tribu, de los gitanos Cuik.

MONTESCOS Y CAPULETOS TROPICALES

La historia de Rogelio Sandín y Parizza Cuik merece algo más que un intento fallido a todas luces de dibujar con trazos grotescos el quehacer de los gitanos en Cuba, cuya influencia va mucho más allá de un simple pincelazo de folclor en el siglo XX.
Sí. Los gitanos sí estuvieron en Cuba. Y todavía están.
Desandando la trama de su presencia en la Isla, tropezamos con algunos descendientes de ellos, quizás los únicos de esos constantes nómadas, vilipendiados por muchos, pero que en realidad son hombres y mujeres trabajadores, amantes de los suyos, con un gran sentido de la unidad, cuyo único defecto, si así puede llamársele, es poner su honor y la fidelidad a los suyos por encima de todo.
La historia de Parizza y Rogelio, como dijera una vez el escritor Leonardo Padura, asemeja más a una saga del medioevo que a un suceso real acontecido en el siglo pasado, cual si en suelo tropical los caprichos hubieran querido repetir la historia de los Montescos y los Capuletos, esta vez con un toque gitano, español y tropical.
Él, nacido en Benavente, España, criado muy cerca de gitanos y con ganas de ser maestro, un día partió hacia Cuba en busca de buena fortuna y con solo 50 pesetas en el bolsillo.
Ella, de sangre gitana y nacionalidad inglesa por su partida de nacimiento, conoció al joven Sandín en España, apenas una niña, pero la constante movilidad de su gente, un día aquí y otro allá, la alejó de él y la trajo a América, donde después de andar por varios países, llegó a Cuba con los suyos a probar fortuna.
Quiso el destino que Parizza y Rogelio volvieran a encontrarse en la Perla del Caribe, que su padre y hermanos miraran con desconfianza a Rogelio, el joven gazyó, como le decían a quien no era gitano, que este la siguiera hasta Matanzas y encontrara amigos que le ayudaran, para que al final el rapto fuera la única solución para consumar su amor.
Parizza, después de esa noche, se vistió de gazyí (mujer no gitana), se cortó las trenzas, escondió los aretes y collares. El viejo Burtia, por su parte, hombre conocedor del mundo, viajante en más de 20 países y que hablaba ocho idiomas a pesar de no saber leer ni escribir, tampoco se cruzó de brazos y pidió ayuda a las autoridades para castigar al osado joven. Y Rogelio, caballero al fin, se presentó ante Burtia y Terca para pedir la mano de Parizza.
Aunque aparentemente los gitanos aceptaron a regañadientes la unión de la muchacha con un gazyó, en realidad no retiraron la denuncia, y cuando el campamento partió en busca de otros trabajos, la guardia rural se personó para aprehender a Rogelio. Sin embargo, este, sabedor de las mañas gitanas, había pedido a un amigo que ocupara su lugar, mientras él escapaba nuevamente con su amada a un sitio desconocido.
Pasarían meses antes de que el testarudo Burtia y su esposa Terca aceptaran lo inevitable, en parte impotentes ante la resolución de la hija, y en parte ablandados por la certeza de que el vientre que veían crecer sería —quisieran o no— su nieto, fruto de la unión de una gitana con un gazyó.
LOS GAZYO Y LAS GAZYI
Sentados en casa de Rogelio Sandín degustamos la historia de su abuelo y abuela, junto al mayor de los hijos, su hermana Natasha y la madre de ambos, Zenaida Hernández. Esta última, también gazyí, en su momento se casó con el hijo de Rogelio y Parizza, desafiando las costumbres y aprendiendo a hacerse querer por los gitanos.
“Es que hay mucha fábula alrededor de ellos, dice Zenaida. Los gitanos no son ni ladrones ni delincuentes. Siempre han sido una tribu nómada, discriminada en muchos lugares, pero que se gana el pan honradamente: los hombres, con su trabajo como paileros, gracias al dominio de los metales y en especial del bronce; y las mujeres adivinando la suerte con las cartas o leyendo la mano”.

De la familia Cuik hoy solo quedan dos ramas en Cuba, los descendientes de Rogelio y Parizza, y los de Yanko, el hermano de Parizza, quien también se asentó en la Isla para echar raíces hasta el final de sus días. “El resto ha ido emigrando”, me cuentan Rogelio y Natasha.
“Muchos se fueron porque se casaron con otros gitanos o gitanas, otros en busca de nuevos horizontes, pero el viejo Burtia murió aquí y su mujer también. En esto influyó mucho la pequeña Parizza, la hija predilecta de ambos. Aunque también ellos decían que este era el único país donde habían podido vivir tranquilos, sin que nadie los molestara”.
Los Cuik, que llegaron a Cuba en la década de 1920 por primera vez y estuvieron entrando y saliendo en varias ocasiones, se asentaron definitivamente aquí por esos años, y comenzaron a desgajar su prole por varios lugares, aunque el más habitual de todos era la barriada de Arroyo Apolo y la zona de Lawton, por la cual sentían una curiosa afinidad.
Si bien casi todos residían muy cerca unos de otros, a veces varios hermanos en una misma casa, en tiempos de zafra se juntaban para recorrer los campos y ganarse la fortuna de diversas formas, por lo cual es usual que personas viejas narren haber visto gitanos en casi todos los confines de Cuba.
“En tiempos de corte viajaban para las colonias de caña, cerca de los centrales, y allí pedían permiso al jefe de la guardia rural para montar sus tiendas de campaña”, narra Rogelio. Ellos tenían diferentes atracciones, como carruseles, tiros al blanco, rifas, y las mujeres leían la suerte. Los hombres, mientras, recorrían las dulcerías y panaderías cercanas para arreglar las tártaras y calderos de bronce, pues eran maestros en eso”.
Precisamente Yoyo y Tomás, cuyos nombres cubanos son Pedro y Ángel, dos de los hijos de Yanko que aún viven en Los Pinos, crecieron junto a la fragua de su padre en ese reparto. Conservando la tradición gitana todavía usan sus nombres en caló (lengua de los romanís o gitanos) tanto para ellos como para designar a sus hijos.

“Recuerdo que cuando pequeño, dice Ángel, íbamos al campo a acompañar a los nuestros a las ferias, a los circos. Formábamos parte de la vida gitana hasta que éramos adolescentes. Esa es nuestra raíz y nunca la negamos.
“Ahora nosotros estamos integrados a Cuba, nuestros muchachos han crecido como cualquier niño o niña, pero si usted pregunta por acá dónde viven los gitanos, entonces todo el mundo nos señala. Porque eso sí, ninguno de nosotros siente pena por ser lo que somos. Al contrario, estamos muy orgullosos de que por nuestras venas corra sangre gitana y cubana”.
NADA DE ALALA ALALA
Los gitanos cubanos que quedan, escasos ya por el paso del tiempo y la costumbre inveterada de viajar, todavía conservan algunas de sus tradiciones. El pan hecho de huevo, el té sin falta en cada casa, las fotos, el respeto por la palabra de los mayores, la estabilidad del matrimonio, la alegría en cada cosa, el gusto por los colores vivos, los grandes aretes y hasta por las prendas de oro, son algunos de los rasgos que los caracterizan.
“Es que en el caso de las prendas, por ejemplo, los gitanos las llevaban al cuello o engastadas en los dientes por su propia naturaleza de raza perseguida, siempre presta, necesitada de una reserva a la cual echar mano para huir en caso de peligro”, explica Natasha.
También es frecuente en ellos hablar el caló y conservar muchos usos. “Eso sí, nada de ‘alala alala’ —dice Tomas— que eso es un invento que no significa nada, ni tiene nada que ver con nosotros. Otros términos sí, y hasta costumbres como leer la mano o tirar las cartas, pero no lo que hacen muchas gazyí para engañar a la gente haciendose pasar por gitanas”.
Como buenos andantes, gustan de las fiestas familiares y reunirse todos en torno a los mayores a oír historias, quizás rememorando los tiempos en que lo hacían junto al fuego en las largas noches de los campamentos. Conservan, además, el respeto sagrado a los mayores, al punto de que aún está por abrir el baúl de una tía fallecida hace unos años, pues hasta que todos los familiares viejos no autoricen no puede hacerse.
Y algo muy importante para ellos y que nunca van a perder: siguen siendo fieles a sus promesas, orgullosos de su honor, sabedores que, al igual que antaño no necesitaban de un papel para asegurar un juramento, también hoy la palabra de un gitano es ley.
¿DE DÓNDE SERÁN?
Según diversos estudios, los gitanos o romanís son un pueblo que procede originalmente de la India, aunque ha migrado por Asia, África, América y Europa, continente donde se ha concentrado un mayor número.

Los gitanos, conservan su propia lengua, pero en muchas ocasiones hablan más de un idioma como resultado de su vida nómada. Sus hijos, si bien son inscritos en el país que nacen con nombres de esa lengua, llevan por el resto de sus vidas su patronímico propio gitano.
Hasta el momento los estudiosos no se han puesto de acuerdo sobre el origen del término “gitano”, algunos aluden que pudiera provenir de la denominación griega Aigypt[an]oi o Gipsy, con la cual los helenos designaban a los egipcios y por tanto a los gitanos, por las similitudes que encontraban entre ellos al dedicarse ambos al comercio y a la vida nómada.
Otras interpretaciones sugieren que en una violación de las reglas lingüísticas, frecuente en el uso a diario del habla, la palabra pudiera derivarse de los términos indoarios “gujjar” y “gujrati”, que designaban a una tribu de esa zona conocida por sus características nómadas.
Los gitanos no solo se han dedicado a la lectura de la fortuna, el comercio, el servicio o el nomadismo. También existieron entre ellos intelectuales, políticos y personajes de la farándula, algunos tan conocidos como Charles Chaplin, la actriz Rita Hayworth, el teólogo Frei Betto y hasta el mismo ex presidente de Estados Unidos, Bill Clinton.
Aunque no existen cifras oficiales, los expertos calculan que actualmente debe haber 34 millones de gitanos en todo el planeta; de estos, unos 17 millones en la India, donde se originó su movimiento, y otros 5 millones en Europa Oriental.
LLEGARON JUNTO A COLÓN
Aunque no existen investigaciones profundas sobre la entrada de gitanos a Cuba, hay quienes creen que los primeros llegaron junto con los colonizadores, pues era frecuente que se utilizara a los gitanos presos para conformar las tripulaciones de los barcos que se lanzaban al Nuevo Mundo.
Todo parece indicar que las migraciones masivas son de más acá, de los albores del siglo XX, cuando varias familias o tribus gitanas llegaron junto a las oleadas de inmigrantes españoles que vinieron a probar fortuna.
En Cuba, si bien los gitanos fueron menos discriminados que en otros lugares, también sufrieron lo suyo durante la neocolonia. Hasta una ley, dictada en 1936, prohibió su ingreso a la Isla, algo que constituía un verdadero crimen, toda vez que en esos momentos muchos de ellos huían de España, donde fueron duramente perseguidos por el franquismo.
ARRAIGO POPULAR
Muchas costumbres y tradiciones gitanas han pasado a ser parte del acervo cultural del pueblo cubano, aunque en ocasiones no nos percatemos de ellas.
En el vestir y la moda destacan las grandes argollas y los collares de pendientes, la infinidad de pulseras en un mismo brazo, las cadenas en el pie, así como los pañuelos atados a la cintura, al igual que las sayas de pliegues y colores vivos, muchas de ellas decoradas con motivos de flores o selváticos.
Otro aspecto importante es la comida, como el té de frutas o el “brazo gitano”, dulce muy gustado por los cubanos, y sustituto del tradicional y occidental cake. Su música también influyó mucho en la andaluza y por ende en la criolla, heredera de ritmos y bailes españoles.
También la lengua caló ha hecho de las suyas, y en el habla marginal destacan palabras gitanas con significados muy similares a las utilizadas a diario en esta jerga, como son: jamar (comer), curda (borracho), chivato (soplón) y puro/a (padre/madre).
RAZA MALDITA
A lo largo de la historia, los gitanos han sido constantemente perseguidos y discriminados, e incluso se les asocia con delincuentes de la peor calaña, acusándolos muchas veces de delitos que no han cometido.
En la Edad Media, por ejemplo, muchas gitanas fueron a parar a la hoguera acusadas de herejes por el hecho de conocer las propiedades medicinales de algunas plantas, y por su tradición de leer la suerte a través de las cartas o la palma de las manos.
No obstante, la mayor masacre de gitanos tuvo lugar durante la Segunda Guerra Mundial, cuando alrededor de medio millón de “romanís” fueron asesinados por el nazismo en los campos de concentración o “raizas” hechas exprofeso para exterminarlos por ser una “raza inferior”.
Todavía hoy, como ha denunciado Rajko Djuric, presidente de la Organización Mundial de Gitanos, este pueblo vive perseguido y se discrimina a los “romanís”, pues según él, no se les toma debidamente en consideración como víctimas de la persecución nazi.

10/11/2011 17:00 Luis Sexto #. Historia



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