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ELIO CONSTANTÍN, ESTILO, CULTURA Y BONDAD

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 Por Luis Sexto

En el aniversario 15 de su deceso.

Elio falleció el 12 de septiembre de 1995, a los 76 años

Con los años uno admite, entre otras verdades, que la vida nos da más de un maestro. Tuve varios en libros y en persona;  unos como autores predilectos y otros como amigos. Elio Constantín ya no sabrá que lo reconozco como uno de mis maestros. Y no le concedo esa gracia ahora cuando la edad hace ajustar cuentas, sopesar los aciertos, lamentar las torpezas. Fue al revés: Elio me regaló su atención cuando yo era un aprendiz inquieto por alcanzar el ideal que nunca he logrado.

Pensándolo bien, yo no merecía su afecto y él no estaba obligado a manifestármelo por ningún compromiso. Lo movió su bondad. Porque si por algo hay que empezar al escribir de Elio Constantín es encareciendo sus generosos sentimientos. La cordialidad para él no solo se definía por modales mesurados, regidos por eso que aprendimos a llamar  buenas maneras, toque de urbanidad en la relación con el semejante. Era cordial porque, haciendo honor a la raíz latina de cor, cordis –ese latín que estudio de jovencito- su amabilidad habitualmente de turno procedía del corazón. Siendo yo adolescente, conocí su nombre en los periódicos y revistas, en particular en Carteles. Y cuando luego de haber insistido hasta el riesgo de molestar, gané en 1972 una silla en la redacción del Semanario Deportivo LPV,  el deporte que elegí era el mismo que distinguía a Elio: el fútbol. Y no resultó casualidad. Es que, supe después, estudié en el mismo plantel salesiano donde Elio había estudiado dos décadas antes. Es decir, que vivimos el mismo ambiente, estudiamos las mismas asignaturas y por supuesto jugamos el fútbol prescrito por nuestros profesores italianos.

Lo vi por primera vez en el estadio “Pedro Marrero”. Me le presenté. Me mostró su gratitud por haber elegido el fútbol –ese deporte que amaba tanto como a su oficio- para desarrollar mi aprendizaje periodístico. Cubríamos ese domingo el primer partido del campeonato nacional. Recuerdo que mi crónica comenzó describiendo el acto inaugural y hablé de la marcha Símbolo, el desfile de los jugadores y del discurso de apertura, y seguí con el comentario del partido. Al domingo siguiente le llevé la revista. Leyó. Y me felicitó por creer ver en mí a un joven periodista preocupado por la corrección y la elegancia. Así dijo.  Pero enseguida me señaló los errores evidentes. No debe usted  -advirtió- escribir para un semanario como si lo hiciera para un periódico diario. Ese acto ya es cosa fría; yo lo informé el lunes siguiente. Me miró sonriendo. Y me preguntó si me había ofendido. Le respondí que, al contrario, le agradecía la observación. Ah, ¿no se pone bravo? Qué bien, pues en este oficio el que cree que ha llegado,  no ha arrancado todavía. Desde entonces, conservé esa frase como mi máxima, la jaculatoria que me ha llamado a capítulo cuando la vanidad me ha hecho sentir gozo injustificado por alguna de mis letras.

Elio ya había llegado. Desde su iniciación en el periódico Pueblo, habían pasado muchos años de experiencia y de estudio. Su nombre de periodista se respetaba y se acataba. Colaboró, por ello, en el secuestro de Fangio, aquel acto audaz del Movimiento 26 de Julio para impedir el lucimiento de de una carrera automovilística en una Cuba enlutada por el asesinato de sus jóvenes.

¿Cómo encarecer el  estilo de Elio Constantín? Castizo sin ser rancioso. Correcto sin pedanterías.  Rápido como su andar; alegre como su carácter. Era un modelo. Entre nosotros entonces tenía fama de saber gramática como ninguno de los periodistas, salvo, quizás, Eduardo Héctor Alonso, otro maestro olvidado.

A Elio acudíamos en la duda. Y de él solicitábamos la clase magistral. Su cultura lo hacía apto para escribir de cualquier tema y en cualquier género; para dirigir un medio, escribir un editorial o ejercer como corrector. Demostró su universalidad, si es que hubiese sido necesario, cuando fue a Buenos Aires a cubrir la toma de posesión del presidente Cámpora.  Asistió como enviado especial a campeonatos de fútbol.  Profesionales de otros países lo reconocían por su dominio de la crónica futbolística. Una vez el famoso árbitro español don Pedro Escartín se dispuso a venir a Cuba. Antes de viajar le puso un telegrama a Elio para que lo esperara en el aeropuerto José Martí. No se conocían personalmente. Al menos, Elio si sabía de don Pedro. Pero dudaba que ese personaje, tan célebre en el orbe futbolístico, supiera de él hasta el punto de pedirle un favor tan íntimo. Y estimó que el mensaje provenía de alguna broma de la redacción de Carteles. Pero era cierto. Don Pedro Escartín  lo leía.

Seguimos viéndonos. Continué preguntándole sobre mis dudas. Una vez, en público, me elogió. Y ese gesto fue como la rúbrica de un compromiso entre él y yo: nunca dejar de trabajar por ser mejor y más útil. Si no lo he sido, la responsabilidad no corresponde a mis maestros.

En otro momento, víctima de una especie de calumnia, de ese artificio primitivo que alguno  utiliza para imponer su autoridad haciendo daño, lo llamé a Granma, donde ejercía como uno de los  subdirectores. Le expliqué el problema, y me recomendó que discutiera y defendiera mi crédito y que dijera que él, Elio Constantín, ponía el prestigio de su historia profesional para respaldar mi honradez. Esto lo cuento, porque es la única manera de pagarle a un maestro toda su bondad. Y si él podía apostar a mi honradez, era porque también junto a él, viéndonos de vez en cuando en los estadios o durante alguna visita mía a Granma para conversar, incluso viajando juntos una vez a Guatemala, aprendí lecciones de ética.

Termino contando sobre su humildad. Era, además, humilde. Practicaba esa virtud ya tan rara, tan rara porque suele confundirse con servidumbre, sometimiento, miseria moral. Por supuesto, que la humildad es todo lo contrario. El latín le hacía recordar que la raíz de esa palabra es humus, es decir, tierra. Y que humildad es saber eso: que somos falibles, que la posibilidad del error nos acompaña como una mala sombra y que no seremos inferiores a otras personas, pero tampoco superiores. Una vez, creo que durante unos juegos panamericanos, puso uno de los titulares de la primera plana sobre deportes, que ha sido una de las armas de Cuba para agrietar el aislamiento. Exaltaba las medallas ganadas en la fecha anterior. Por la tarde, casualmente lo visité, y me confesó: Viste, hoy me equivoqué; olvidé que ese número de medallas que yo eché al aire como triunfo, estaban por debajo del pronóstico para ese día. Fui muy lejos…

Otros colegas podrán haber gozado de mayor intimidad; haber sido verdaderamente sus amigos. Yo solo puedo decir, ahora, cuando los años obligan a evaluar lo vivido, que fui uno de sus discípulos. Quizás el más pobre; el menos apto. Pero, a pesar de ello, me parece haber sido premiado por un privilegio.




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