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SOMBRA Y SILENCIO

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Luis Sexto

Crónica

La edad me ha vuelto andariego. Y parece cierto que al caminar uno piensa y observa con más despejada lucidez a través de la oxigenación, y de paso sacude las candelillas de la melancolía en esas tardes donde el calor y el color invocan a los ausentes y otros afectos.

Hace poco reparé en que la sombra en las calles 15 ó 13, partiendo de G hacia Paseo, es luz peculiar, intimista. Vegetal claridad que nos envuelve en la atmósfera circunspecta del claroscuro. Hacia las dos de la tarde, el paseante camina casi solo por esas calles arboladas, a salvo del calor, y del ruido que a pocas cuadras no deja parir en paz a las madres en la maternidad de Línea, a pesar de que ya la señal prohíbe, sin que la acaten, el uso del claxon.

Lo más degustable del Vedado es, para mi querer, la cercanía del mar, y la sombra y el silencio que aún hallan nicho en ciertos rincones de lo que antes perteneció a la finca del conde de Pozos Dulces. Me refiero a la cuadrícula cercana de la iglesia de Línea y D, y un poco más arriba hasta la barranca del edificio Arcos, en F entre 19 y 21. Esa área del Vedado es como peñón –así lo llamó Renee Méndez Capote en sus memorias de cubanita- donde se refugian los atisbos de aquel barrio rural del XIX, y que a finales de ese siglo y a principios del XX comenzó siendo zona campestre de la gran ciudad.

Camino con cautela. Las aceras parecen el oleaje que levantan las raíces de los laureles, que el poeta Rafael Enrique Marrero asumió como imagen de su vida: solo aptos para romper, como los árboles sin fruto, las aceras. Pero ¿merecerán el castigo del hacha o la motosierra si como también dice el autor de “Affiche” las ramas de raíces tan tentaculares también se reparten en sombras? Crucemos los dedos para que ninguna decisión imponga, en cuentas de carnicero, derribar árboles para reconstruir aceras.

 ¿Qué será más costoso: reparar o talar? La pregunta, sin trascender la economía, la supera. En lo ecológico se mezclan las finanzas y la moral de modo que ambas esferas, concéntricas, se perjudican cuando el descuajar árboles deriva en una insuperable tentación. Y abajo vienen, porque estorban la claridad o son una amenaza cuando los vientos soplan, o incluso los clasificamos, con cierta inocencia, como causantes de las rachas más severas. Pero lo absoluto suele equivocarse. Y creo entrever que en lo más difuso de la conciencia cubana sobrevive, entre agonías, el respeto por los árboles. Parece confirmarlo la creencia, quizás de origen afrocubano, de que quien destroce una ceiba morirá sin piernas.

Respeto tanto las intuiciones del pueblo que mi ignorancia se mueve con tacto entre los pasadizos del misterio. Y por ello solo repito. En algún sitio oí que un ciudadano, autorizado para decidirlo, dictó sin una razón inexcusable la muerte de una ceiba enorme, árbol envuelto, al claro de luna, en los prestigios de la sacralidad. El hacha jadeó y no pudo. Y para acostarla en la posición de los cadáveres, movilizaron la dinamita. Con los años, aquel compatriota murió mucho después que le amputaran las dos piernas a consecuencias de una diabetes descompensada.

El engarce entre ambos hechos resulta posible mediante una asociación mágico religiosa. No por ello, sin embargo, hemos de echar a un lado el papel constructivo de esa sentimentalidad aparentemente elemental. Notamos bajo su corteza fantástica un corazón palpitando, en amor consonante, por la naturaleza. Ojalá todos imitáramos el respeto de ciertos mandatos de ética trascendental que establecen que cuando se tome un fruto o una hoja de un árbol, le dejemos algo a cambio, incluso las gracias, en una simbólica relación de cultura interiorizada y de convivente igualdad.

El transeúnte que soy sigue andando bajo la fronda de El Vedado; mira hacia las ramas copiosas y sonríe tras la palma de la mano, al comprobar su más reciente y tardío hallazgo: El hacha y los vientos aún no han pasado: todavía hay sombra.

18/09/2010 19:32 Luis Sexto #. Crónicas



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