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FÉLIX PITA RODRÍGUEZ, MÍSTICO CIVIL

Por Luis Sexto

Nacido el 18 de febrero de 1909, en el pueblo de Bejucal, al sur de la ciudad de La Habana, el poeta y narrador Félix Pita Rodríguez  recibe ahora, al redondearse su primer centenario, la gratitud por haberse erigido como una presencia insoslayable en la conciencia de la nación. Sólo ocurre con los escritores que trascienden las cercas del individuo y se amasan con los dolores, las aspiraciones, la historia de su pueblo. Y de voz personal, se transforman en sonido, voz, lengua patria

Félix comenzó enamorado del Hombre; quiso interpretarlo en su porción invisible, en esos resortes de la conducta que a veces son un misterio. Era, así, un filósofo a lo popular: buscaba el hombre y recaló en la indagación de Juan Pueblo, Juan Desposeído, Juan Pobre, la forma doliente de ser hombre. Y viajó aparentemente impelido por el afán de parecerse a algún personaje aventurero de Salgari. En realidad, el vagabundeo por el planeta fue el impulso natural de su humanidad. Sus libros son trasunto de la experiencia en un callejón místico en Guatemala o en una posada marginal de Veracruz.

Nunca se embarrancó o temió el naufragio. Poseía la escalera para subir y aposentarse en el cuenco del humanismo popular, que lo convirtió en filósofo de la lucha y el cambio. La sensibilidad  -aguzada, fantástica escalera- le despejó cualquier nubarrón vanidoso y le cortó a tiempo el ombligo como pecado original. Para él, como poetiza en Las crónicas, la vida era como estarnos  “jugando nada menos que todo lo que debe ocurrir mañana”. Su divisa era una toma de posición humilde y doméstica: “Servir es más preciso que brillar”.

Y no mentía. Lo certificaba su militancia en el bando de los intelectuales angustiados por la suerte del Hombre en el Madrid asediado durante la guerra civil o en el París adonde recalaban los perseguidos del fascismo, o en La Habana lacerada por la tiranía de Batista, y más tarde, encendida por la fe en la revolución de 1959.

La revolución le insufló de una nueva juventud. Y con Las crónicas: poesía bajo consigna, Félix Pita Rodríguez olvidó sus deudas formales con el vanguardismo y el surrealismo, y se insertó en una poética cuyo compromiso con la revolución pasó del espíritu a la letra. Nunca como en ese momento de 1961, obra y hombre se soldaron en una irradiación unánime. El joyero de versos engastados con cinceles que esterilizaba en los vapores del lujo verbal,  renuncia a  comprar una parcela en los terrenos de la posteridad y se abstiene de levantar “un edifico de nieblas, / construido utilizando materiales del sueño, / sombras del subconsciente, / ni purezas definitivamente puras”.

En ese libro –coloquial y enfático, épico y lírico, arisco y dulce a la vez- el poeta desenmascaró el fantasma del panfleto. Durante siglos se pretendió apartar la poesía de las urgencias de la historia. Panfleto y su derivado panfletario adquirieron fama de soeces y fueron reputados como sinónimos de miseria estética. Félix  también lo reivindicó.  La poesía –nos quiso decir- acompaña al hombre en el amor o el dolor, la pérdida o la ausencia, pero no pueden agitarse campañas sociales sin el poema que impulse a la lucha entre el barro de las trincheras o el calor de las plazas repletas, y recoja, en auténtica palabra, en interiorizada metáfora, el empeño unánime del pueblo.

El pueblo lo “leyó”, sobre todo, en la radio. Fue uno de los escritores que aprovechó las posibilidades masivas del entonces reciente invento. Y en la década de 1940, se convirtió en uno de los autores dramáticos más destacados del circuito CMQ, al adaptar textos literarios al lenguaje radial o dramatizar las noticias como en la “soap opera”.

Poemas, cuentos, estampas surgieron en el transcurso de su obra, que terminó con la muerte del poeta el 13 de octubre de 1991. Sus cuentos, más que historias, son indagatorias en el alma humana. Libros de cuentos –como San Abul de Monte callado y Tobías- donde “no pasa nada” en el exterior, pero dentro de sus personajes se libra un drama colmado de contradicciones, de puja entre el bien y el mal, el deber y el placer, en una prosa que jamás renuncia a arroparse con la poesía. Y Félix Pita Rodríguez, poeta de resonancias místicas, de espiritualidad civil, es recordado hoy en Cuba por haberse negado a escribir, como decía Tobías, su personaje arquetípico,  “historias llenas de pajas”.

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