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UN EPITAFIO QUE HACE TEMBLAR

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Por Luis Sexto

La muerte y su ámbito digestivo, los cementerios,  suelen teóricamente emparejar a todos los seres humanos; enfriar las rivalidades; liquidar las deudas… Ningún vecino estorba  a otros en el camposanto. Y ninguna persona viva necesita pedir anticipadamente una cita para detenerse ante cualquier tumba, haya sido de prohombre o de ministro, conde o guardia suizo; gerente bancario o general de la OTAN.  Pero la igualdad es aparente. En la ciudad de los difuntos también se empinan las jerarquías y la vanidad gobierna las conductas. Visite usted, por ejemplo, el cementerio de Colón en La Habana, ese jardín de unos 560 000 metros cuadrados donde desde los últimos 30 años del siglo XIX las ínfulas de clases que ya no existen en Cuba –nobles y ricos; pícaros y estafadores del tesoro público- exhiben el lujo inservible de las riquezas.

No negaremos que la necrópolis de la capital cubana refulge por el valor de muchos de sus sepulcros y bóvedas y de las esculturas que los adornan. En conjunto es un monumento, un reservorio plástico de mármol. Y también una permanente lección de las debilidades de la naturaleza humana, que aun en el polvo continúa aspirando al boato y la supremacía . En contraste, las verdaderas jerarquías -la del espíritu y del intelecto- se refugian bajo la modestia, porque la inteligencia no suele aliarse con el orgullo o lo banal; sabe que sobre el tiempo solo están el arte y la virtud. El sepulcro de Luisa Pérez de Zambrana, una de las poetisas señeras de la literatura de la lengua castellana en el siglo XIX, se confunde casi con la miseria. Y Julián del Casal, el poeta elogiado por Martí y Rubén Darío, no posee tumba propia; yace por caridad en el nicho de un amigo.            

En otros cementerios he topado con manifestaciones sorprendentes, casi especiales de vanidad. En  la Ermita del Potosí, en Guanabacoa -ciudad vecina de La Habana- se aprecia un epitafio tan petulante como el rugido de un león enjaulado. El 16 de junio de 1717 murió el capitán de fragata de la Real Armada don Juan de Acosta. Presumiblemente pidió que lo enterraran en esa  iglesuca, fingiendo tal vez un edificante acto de humillación. Solicitó, sobre todo, que sus despojos durmieran bajo el piso del atrio, al alcance de todas las pisadas.

Al mirar abajo, el cristiano devoto o el transeúnte ocasional notan bajo sus pies la lápida de un gran señor, jefe que fue de la Maestranza “de este puerto” y “constructor de vaxeles”, ingeniero naval, de su Majestad.  Sobre la losa se opaca una cuarteta que cobra a costo de terror el placer de pararse sobre la cabeza de un señor tan opulento y condecorado:  “Pasagero que oi me pisas,/ Párate a considerar/ Que has de venir a parar,/ En ser como Yo, cenizas.” Verdad que el mismo don Juan de Acosta olvidó al pretender seguir dando órdenes desde la tumba que  el peregrino inadvertido pisa para luego temblar  y finalmente sonreír ante la ocurrencia de un muerto que aún se cree vivo.

 

 

29/09/2008 16:13 Luis Sexto #. Crónicas



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