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HUMO EN LOS OJOS

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Por  Luis Sexto

Dos de las paradojas en la historia del tabaco se relacionan con  John F. Kennedy y José Martí. Imaginemos pimeramente  al presidente de los Estados Unidos violar las reglas del bloqueo económico contra Cuba, para conseguir y fumar un habano, y reflexionemos luego en que  el adalid de la independencia de Cuba no fumaba. ¿Paradójico, no?

Aunque no las enumeraremos todas, paradoja resulta también aquella del estanco que la monarquía española le impuso al tabaco cubano en el siglo XVIII: cuanto más codiciada la hoja en el mundo europeo y americano, más trabas para comercializarla. La estupidez, por lo visto, no respeta jerarquías.  

En Cuba, fumar es como un signo de cubanía., aunque ahora se sepa que hace daño a la salud. Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé,  poeta del paisaje y las costumbres campesinas en el siglo  XIX y a veces cultor ingenuo de los temas aborígenes, puso en uno de sus poemas a un cacique “con un tabaco en la boca”,  hojas torcidas a mano como un candil, una antorcha,  que a los conquistadores les pareció la réplica de un dragón. 

Después, muchos cubanos fumaron o fuman el tabaco envuelto en sí mismo, sin intermediarios de papel y química aditiva, como en los cigarrillos. Algunos  también alternaron, y alternan, ambas formas. Pero para ciertos momentos, tal vez la lectura del periódico o para meditar, eligen el tabaco. Puede suponerse, pues, que en el fondo de ese hábito, en el acto de fumar un puro, aunque se conozca que lastima a la salud, jadea, como se presume, una actitud de cubanía, semejante a una ceremonia con la cual se busca expresar una pertenencia, o mezclar el oxígeno de la sangre con las cenizas de la tierra.

Se aprecia esa voluntad acendrada de imbricarse con un hábito de entraña nacional en cubanos ligados a su identidad  desde la cultura, el arte, la política. Expelieron, en algún período del día, las señales de humo de su imbricación cubana.  Famosa es la foto de José Lezama Lima, poeta y novelista de mundial repercusión, detenida por el ojo oportuno y rápido de Chinolope, donde el autor de Paradiso muestra un puro entre sus labios barrocos y místicos con el que parece llamar a sus orígenes.

Un poeta distinto, de otra cualidad en su estro, Raúl Ferrer, portaba como una valija esencial eso que en un poema él llamó “tabaco que elaboran dedos sabios (...) algo tan puro como el mismo verso”.

Don Juan Gualberto Gómez, el hombre de Martí en Cuba, el mulato que usaba la palabra como sable, o estilete, el independista de argumentos precursores sobre la igualdad racial, el hombre que se educó en París y comió siempre en Sabanilla, su lugar de nacimiento en Matanzas, arrastraba un habano con la afilada paciencia de su patriotismo inclaudicable.

Y a Carlos Enríquez pudiera pintársele con un puro como pincel. ¿No podría intuirse que esa gasa flamígera que envuelve sus cuadros es humo de tabaco, humo que algunos de cuantos lo conocieron creyeron apreciar también en su mirada?

Benny Moré, Cuba hecha ritmo en la voz y los gestos de un cubano, fumó también habanos, y quizás alguna vez lo humedeció en el ron, fluido entrañablemente nacional. A José Luciano Franco, visceral y longevo historiador, lo sorprendí durante nuestras entrevistas con una breva entre sus dedos. No por azar su conciencia cubana empezó a formarse en una tabaquería. Como la de Gaspar Jorge García Galló, memorable profesor que explicaba filosofía con la misma claridad de un juego de béisbol, a pesar de las nubes azulencas de su cazador.

La lista amerita mucho papel. No cierro esta especie de especulación sin evocar al Che Guevara. En qué fotos no lo vemos con un tabaco, hecho un cabo, un mocho, como queriendo introducirse a Cuba en la planta combustible que junto con la caña la ayudó a erigirse en nación. 

Y dicho esto uno se pregunta, como el arqueólogo ante el volcán y la pirámide: ¿qué fue primero, el habano o la torre de un ingenio, tan similares ambos en geometría y espíritu nacional?  Al menos sabemos que las manos y el tabaco existían ambos antes de su confluencia. Pero ahora, el habano no podrá existir sin las manos del torcedor cubano.

Hay que admitirlo. El  habano  sobrepasa la calidad natural de la hoja cubana. No lo busque en un secreto o en una gracia de la agrotecnia. Ni pretenda hallarlo en un criptograma legado por los aborígenes que la cultivaban y degustaban sahumándose en un rito de sibaritas ingenuos.  Lo encontrará en su confección. Limpiamente artesanal. Fluido intercambio de familiaridad entre la materia prima y el obrero. Pruebe fabricarlo a máquina y el puro empezará a ser impuro, porque le faltará la poemática energía, la personalizada ternura de las manos.

Una convicción predomina en los fumadores. Creen que sería despojarlo de la autenticidad torcer un habano en la inconsciente faena de una maquinaria. Los adelantos de la ciencia o la técnica son a veces intermediarios que en lugar de ayudar al hombre a asumir su plenitud, lo vacían de su humanidad. Ciertos actos no toleran el distanciamiento. Como el amor. Jamás un robot podrá servir una mesa con una sonrisa caliente, ni un beso podrá humedecerse mediante el teléfono o el correo electrónico. Y el habano genuino es el resultado de un proceso amoroso desde el semillero hasta el taller.

Así también lo piensan extranjeros famosos: nada como el habano, el plantado, cultivado, secado, torcido en Cuba. Lo pensaba Kennedy. También Wiston Churchill, por ejemplo. ¿Dónde no aparece mordiendo una aristocrática y aromática cápsula de vitalidad fabricada por manos cubanas?  Ambos, que nada los ligaba a Cuba, gustaban de beberla en el misterio de la hoja, el humo y la sangre. Como una de las paradojas más inofensivas del tabaco y su historia. 

01/08/2007 17:55 Luis Sexto #. Historia



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