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TESTIMONIO DE UN TESTIGO NUCLEAR EN 1962

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Por  Luis Sexto 

Testigo Nuclear, último título del periodista cubano Fernando G. Dávalos, es una prueba de que la cocción periodística  de este hombre de la prensa empezó a calentarse desde mucho antes de entrar en una redacción, aunque entonces la llama de sus proyectos profesionales se atizara bajo  los vientos del economista. Este libro, esta crónica personal de un momento único –y ojalá irrepetible- de la historia de Cuba se escribió casi 40 años después de haber el narrador vivido el presumiblemente trágico privilegio de los preliminares de  una posible guerra nuclear. En esos tiempos era  estudiante universitario. Concurrió a la movilización miliciana convocada por el Gobierno Revolucionario apercibido, además  de su fusil y su cantimplora, de una libreta de apuntes. No quería el joven soldado voluntario, en patriótico gesto, perder las memorias de aquellas circunstancias evidentemente excepcionales.

Y así, pues, fueron con él a las trincheras del Esperón, en espacio subalterno, lo objetos que más tarde compondrían su arma primordial: el bolígrafo y el papel. Quizás conscientemente no lo sabía.  Pero todo cuanto apuntó entonces en aquella cuarentena, le servirá para este libro que ahora comento.

Según avanzaba en la lectura me daba cuenta de que iba adquiriendo una imagen inédita de la Crisis de Octubre, de la llamada crisis de los cohetes. Inédita porque no hallaremos valoraciones estratégicas, políticas, ya conocidas o por conocer. Algo de ello está en el prólogo, escrito por uno de los personajes más autorizados para juzgar y medir política y militarmente aquel instante crucial de la Revolución cubana y, por extensión de América Latina: el Comandante José Ramón Fernández, entonces soldado de academia entre tantos jefes improvisados o a medio formar por las coyunturas y las urgencias  revolucionarias.

 Dávalos nos cuenta la peripecia común, las incidencias diarias del soldado que sabe a lo que va, pero que, lejos de los medios de información, solo tiene el pensamiento especulativo, el ejercicio de una opinión basada en intuiciones, para explicarse, con alguna certeza, lo que está pasando en ese horno de pólvora en que él también suda, sufre, y será capaz de morir o matar.

Estos, parece obvio, son libros necesarios. Viene Testigo nuclear a contarnos la intrahistoria. Eso que va por dentro, que se habla y se vive en un susurro. Y afirmo que no es lectura baldía. Tocamos a hombres, jóvenes y viejos, decididos a enfrentar bombas atómicas con fusiles. Ahora sabemos que no fue necesario. Pero el que la agresión norteamericana no haya cegado  cielos y profanados playas de Cuba, no disminuye, ni en una puñado de polvo, el mérito de aquellos soldados voluntarios conjuntados en un hervor de generaciones para preservar la Revolución y cuanto ella significaba de justicia y vida nueva.

 Porque no difunde información reveladora, porque no narra combates, porque todos los protagonistas son seres comunes y corrientes, el libro de Dávalos se apropia de mayor interés. Se lee así, como los breves episodios de una jornada siempre igual, monótona, acompasada por el trabajo ingeniero en las trincheras, la nostalgia, los deseos del agua fría, el helado, la novia, el cine y matizada por el olor casi atómico de pies sin agua, de ropa sin lavado. Y Dávalos no consigue aburrirnos. Uno se interesa como lector por aquel ambiente claro y confuso a la par,  que los periódicos no podían dar, y que Dávalos, ya periodista sin querer y sin saber, recogió en su Diario. Esos apuntes componen hoy, definitivamente, un fresco pintado desde abajo. Y uno siente que allí en las alturas del Esperón, al oeste de La Habana, entre  actos baladíes, sin aparente trascendencia, también la historia se salvaba.

Todo aquel que vive para contar es periodista. Y Dávalos lo es, y lo ha sido. ¿Tendré que recordar acaso su libro sobre el éxodo del Mariel en 1980? Lo que no contó en Granma, lo dijo más tarde. Y bien. Tanto ayer como hoy. Claro, preciso, exacto. Y limpiamente. Poniendo, sobre todo, el corazón por delante.

 Al terminar de leer Testigo nuclear -Editora Política, 2004- me fue pareciendo que ser periodista es una mirada que parte de adentro del hombre sin que nadie pueda indicarle fecha, hora, lugar. Ni freno.   

19/07/2007 09:15 Luis Sexto #. Cultura



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