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NAPOLEÓN AL ALCANCE DE LA MANO

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Por  Luis Sexto

 

 La mascarilla mortuoria de Napoleón Bonaparte se encuentra en Cuba, traída por el doctor Francesco Antommarcci, último médico del prisionero de Santa Elena. Y ese dato podrá parecer increíble al lector no cubano. Pero no es lo único en la mezcla de historia y cultura que distingue al Museo Napoleónico de La Habana.

Napoleón Bonaparte es un nombre de resonancias históricas disímiles y contrapuestas. Unos lo amaron hasta morir en el campo de batallas por las ambiciones imperiales, mientras otros lo odiaron precisamente por lo mismo. Nadie fue indiferente al hombre que enterró la revolución de 1789,  erigió el imperio y facilitó la resurrección de la monarquía en Francia.

Su memoria, a pesar de ello y quizás por ello,  se impone al tiempo y la distancia, y se materializa en la capital cubana, y se ofrece al alcance de los que deseen introducirse en el mundo de grandeza y vanidad del Gran Corzo y palpar el espíritu de Europa a principios del siglo XIX.

Nadie, absolutamente nadie de los contemporáneos de Napoleón, evadió el influjo del vencedor de Austerlitz. Fue un poder. Un  concepto militar. Un orden. Y fue, sobre todo, una época cuyas huellas en el arte y los objetos de la cotidianidad  ayudan a que perdure la imagen del político y el militar que personalizó cruciales acontecimientos de la historia europea.

El Museo Napoleónico, institución única en América Latina, se ubica  en el ambiente clásico que le propicia  un palacio florentino jalonado por jardines, vestíbulos, escaleras, salones, columnas, sito en la esquina de las calles San Miguel y Ronda, en la misma colina donde se levantan las edificaciones de la Universidad de La Habana.

Más de 7 000 piezas vinculadas a Napoleón, entre óleos, documentos, libros, vestuario, bronces, porcelanas, muebles,  armas,  se conciertan en las cuatro plantas del Museo. Entre los objetos más valiosos figura una lámpara que el Emperador regaló a Josefina; también el cuadro que la condesa polaca María Waleska encargó pintar cuando su amante se hallaba desterrado en la Isla de Elba. Y, como una joya excepcional, la mascarilla mortuoria que el doctor Antommarcci, trajo a Cuba consigo después del deceso del ex emperador.  La biblioteca, recoleta, acogedora,  exhibe en sus anaqueles 4 000 volúmenes, muchos de ellos dedicados a la vida y las campañas de  Napoleón, y otros que proceden del  siglo XVI hasta el XIX y que se ofrecen como un tesoro a los investigadores.

Por sí misma, la mansión que sirve de sede al Museo compone un atractivo por su refinamiento expandido por los mármoles italianos, la cristalería de las ventanas, el artesonado del techo y la herrería. La casa, construida en 1928, perteneció al abogado, político y escritor, de origen italiano, Orestes Ferrara. Su recuerdo en Cuba despide los olores de una actuación que se afilió incluso a la tiranía del general Gerardo Machado (derrocado en 1933), de cuyo gobierno fue embajador y ministro de relaciones exteriores.  Como autor escribió, entre otras obras, la biografía de Maquiavelo y la del Papa Alejandro VI, que le dieron cierto renombre. Al menos, El Papa Borgia, libro que resultó un acontecimiento bibliográfico en su tiempo, discurre contrariamente a las apreciaciones que hacia 1930 predominaban en los juicios históricos sobre este controvertido personaje de la iglesia romana.

El Museo Napoleónico de La Habana se fundó en 1961. Fue la primera institución museológica inaugurada por la entonces recién triunfante revolución. Sus fondos inaugurales procedieron  de la colección que Julio Lobo, magnate azucarero –propietario de unas 15 fábricas de azúcar- había reunido desde cuando su padre, en la infancia, lo estimuló a interesarse por Napoleón, su imperio y su época.

Ahora, el gusto personal de un señor muy rico ilustra el gusto masivo de quien quiera tocar la historia con sus manos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

09/10/2006 09:17 Luis Sexto #. Curiosidades



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