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EL NUEVO INCENDIO DE ROMA

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 Por Luis Sexto 

Ciertas imágenes persisten. Recurren cíclicamente. En estos días he imaginado al emperador Nerón –nombre que hoy solo llevan perros gruñidores-, con el arpa en la mano, extasiado desde la terraza de su palacio en el paisaje demoníaco del incendio de Roma. Desastre urbano tan oportuno que favoreció al imperio en su persecución contra los cristianos. Del fuego culparon a los adeptos de esa doctrina que predicaba el amor entre los hombres. 

La evocación no es caprichosa. En nuestro planeta, durante los últimos años, los últimos meses y las últimas semanas, unos hablan de guerra, mientras  la hacen con ademán inexorable. Intentan presentarla como un accidente, una respuesta inflexible y totalizadora concebida de pronto para afrontar  un estallido de criminalidad condenable y de imprecisable origen foráneo. Sin embargo, un análisis de los vasos que comunican al presente con el pasado acepta que las definiciones de Clausewitz, teórico clásico de la guerra, se reproducen ahora con cristalina evidencia. Estamos ante la concreción de aquel apotegma que estableció que “la guerra es la continuación de la política por medios militares”. Y, por tanto, estas que ahora se declaran a enemigos habitualmente invisibles o sin identificar, con retórica prepotente, se empalman con aquella que Clausewitz llamó “guerra estratégica”: que se proyecta, se premedita con fines de hegemonismo geopolítico o de conquista. 

Basta pensar unos segundos para entender esa teoría bélica. Y resulta inevitable  recordar algunos datos publicados por The Miami Herald hace algún tiempo, y preguntar por qué los Estados Unidos, desde la Segunda Guerra Mundial, han empleado en armamentos mucho más de 10 billones de dólares, “dos billones más que el valor estimado de todos los activos o bienes tangibles del país, excepto la tierra”. Y por qué, seguimos preguntando, más de un tercio de los ingenieros y científicos de los Estados Unidos trabaja para la industria militar. La conclusión abre los ojos más renuentes a ver: es un sospechoso uso, desde el pasado al presente, del dinero y de la ciencia. 

Ahora habría que preguntar por qué los Estados Unidos, o su congreso y su gobierno, aprueban la tortura, convirtiéndola en ley, como un recurso legítimo para hacer la guerra. ¿Se percatará el pueblo norteamericano que pronto podrá ser tenido como: “hostis generis humani”, es decir, como enemigo del género humano? Según el escritor católico Thomas Merton,  los Estados  Unidos están marcados por la inmadurez política, emocional y cultural, y no comprenden que cuanto hoy conciben y aplican sus gobernantes contra otros países o contra otra gente,  a contrapelo  del derecho internacional y de las convenciones sobre prisioneros de guerra, también se volteará un día contra ellos. Porque sospechosos de terrorismo, de acuerdo con la ley que valida la tortura, recién votada por ambas cámaras y por republicanos y demócratas –con lo cual el bipartidismo se convierte en la partidocracia de un único partido- podrán ser hasta los mismos ciudadanos estadounidenses.  

Parece, Dios mío, que cuesta mucha luz, mucha abnegación, mucha humildad entender que con la legalización de la tortura por parte del poder político, policial y militar, los Estados Unidos regresan al pasado más siniestro y se transforman en los “nuevos bárbaros de Atila” que profetizaba un poeta a principios del siglo XX. Retroceden tanto como para fascistizar la sociedad norteamericana, imitar a la Alemania nazi, y  mudar a la república hacia la monarquía absoluta y pasarla del capitalismo desarrollado a una Edad Media tecnificada pero brutalmente oscura. 

La fe en la democracia estadounidense, la creencia en “Norteamérica la hermosa”, que dijera Mary MacCarthy, las elecciones libres y las oportunidades para todos, no salvarán al más anónimo de los ciudadanos de los Estados Unidos de ser un sospechoso de terrorismo, y luego de torturado, o solamente luego de ver los instrumentos de tortura –como en la Inquisición- el presunto terrorista confesará que es un terrorista en todas sus potencias. Confesión conseguida bajo el suplicio –creo que establece un antiguo apotegma judicial- carece de autenticidad. Recordemos a Galileo. Los inquisidores le mostraron, en los sótanos del palacio, un avanzado instrumental de tortura, y el inteligente científico –inteligente incluso por prudente- aceptó todas sus culpas, aunque después dicen que dijo bajito, entre dientes, aunque el periodista Vittorio Messori lo niega, que sin embargo La Tierra se movía alrededor del sol.  Cuántos “e pur si muove” se oirán en las ciudades norteamericanas y en los países ocupados por la US Army.

Los que  hoy observan y juzgan a los Estados Unidos a través de las lentes de la duda; los que incluso los condenan por pretender el dominio  del planeta con la práctica de una fase superior del viejo imperialismo romano y la extensión de la pax romana –la de la espada, la sangre y los leones-, van ganando razón antes quienes los acusaban de exagerados, de izquierdistas o comunistas.  Creo verlo muy claro: legalizar la tortura como instrumento de guerra y gobierno equivale a incendiar otra vez a Roma y, asomados al balcón, ver el fuego mientras una mano pulsa la cítara, el arpa o la guitarra y la otra señala a los cristianos como los que prendieron la antorcha matriz del fuego.  
06/10/2006 20:57 Luis Sexto #. Política



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