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LA HIGUERA DEL CHE

20061007212549-higuera.jpgPor Luis Sexto

Apuntes de viaje

La Higuera cabe en un monosílabo: Che. Y así la geografía cede sus derechos para que el nombre, el apelativo de una persona, ocupe la identidad del espacio físico y represente sus valores. La Higuera es un caserío donde apenas diez familias se distribuyen el oxígeno escaso de las montañas que la encajonan.

Hace más de 35 años, ni los mapas se detenían ante su irrelevancia de estribación andina. Un 8 de octubre comenzó a ser la Higuera del Che. Desde entonces abandonó la nimiedad de un destino incapaz de mejorarse. Y es hoy la más pequeña capital del mundo. El punto primordial donde se cruzan  los caminos y convergen las esperanzas.

Estuve allí en mayo del 2002, después de dejar a Pucará como una estampa medieval con su techumbre de tejas en torno a la torre de una iglesia, y subir 17 kilómetros sobre el lomo de una camioneta que a veces pretendía volar y solo cojeaba. Latía en mi ánimo, y también en el de mis compañeros –los periodistas cubanos Guillermo Cabrera, Ana Teresa Badía, Herminia Rodríguez, Roger Ricardo, Tomás Rodríguez(Tommy) y Félix Arencibia-, la unción del peregrino. Íbamos a cumplir el mandato de un acto de fe. Qué cubano que visite a Bolivia, renunciará a visitar a La Higuera.Predomina allí la soledad. La soledad de lo remoto, de las distancias. Pero el casi apagado caserío persiste en mostrar su naturaleza de sitio único, elegido por la Historia como el punto donde un hombre único murió su vida y continúa viviendo su muerte. 

Nadie se extrañe. La Historia es contradicción. Porque quienes lo asesinaron a sangre fría, paradójicamente en el salón de una  precaria escuela, pretendieron echar sobre su nombre toda la soledad y el olvido de aquel sitio olvidado.  Ahora, aunque con menos pobladores, hay más vida, más pasos. Centenares de peregrinos llegan allí, ponen una flor ante un busto enorme que el ejército se cansó de destruir, porque al otro día se erguía de entre sus fragmentos, y escriben en las paredes escasas que el Che vive,  vive, vive... 

No hay mucho más que ver.  Ya la escuelita de La Higuera no existe. Sobre su planta, la Fundación Félix Varela de Cuba edificó un consultorio médico que, cada 15 días, recibe la visita de un doctor boliviano. Pero la disposición es la misma. Y allí, junto a la puerta, una ráfaga insensible  y temerosa despojó al Che de la vida común para sembrarlo sobre la fronda del símbolo. Cabezas gachas. Respeto. Pecho oprimido. Imaginación que se desorbita reconstruyendo aquella escena donde el guerrillero, de barba y cabellera de león, miró con ojos imperturbables a su matador. Che: hombre consecuente hasta la muerte. Así lo aseguro  en una carta a sus padres.

Después, al regreso, nos detuvimos. Hacia abajo, por lo menos a dos kilómetros, la Quebrada del Churo nos invitaba a hermanarnos con la naturaleza histórica del sitio. Bajamos. Crescencia Yasgra, propietaria de la finca donde hirieron en combate al Che, nos habla en el camino del Señor Ernesto Che, “muy milagroso” él. La mujer cuenta desde su memoria campesina y desde el símbolo popular. Nadie ignora allí que aquel hombre perseguía el sueño de servir a los pobres, como lo reconoció en enero de 1998 el Papa Juan Pablo II. Y a veces se encomiendan a él en sus penurias, como si el fusil inutilizado por balas de “soldaditos bolivianos”, como los llamó el poeta Nicolás Guillén, pudiera continuar con sus disparos redentores.

Abajo, cerca del río, que sentimos por el murmullo de la corriente, está el peñasco solitario donde el Che cubría la retirada de varios de sus compañeros.  Aun en la caída era fiel a su ética: primero para pelear, primero para morir. Junto a la piedra crece una higuera, árbol que abunda en aquellos parajes. Subimos luego trabajosamente. Y recordamos que por la pendiente casi vertical, la soldadesca obligó al Che a trepar, a pesar de estar herido en una pierna y en el codo. Una cristiana como Crescencia no podría evitar el símil: como un vía crucis ascendió hacia su muerte. O hacia su vida.

Atrás dejamos La Higuera. El decursar de casi cuarenta años le quitaron la mitad de sus pobladores. Pero la enriquecieron al convertirla en el punto más alto de la justicia con que sueñan los libertadores. En una bolsa nos llevamos un puñado de su tierra. Queremos, con ella, calentar la higuera que no debe secarse en nuestro corazón.   

01/10/2006 13:07 Luis Sexto #. Crónicas



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