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POLVO DE ESTRELLAS EXTINTAS

20061001152238-irak1.jpgPor Luis Sexto
Uno se pregunta qué es ser periodista en un mundo donde hay que preguntarse a cada rato si lo que veo, oigo o leo es verdad o simple ficción teatral. Y por lo cual uno puede deducir que los “periodistas mediáticos” –fíjense que no es lo mismo que periodista a secas- han venido derivando hacia una mutación que oscila entre el escenógrafo y el tramoyista, bajo el control genético de los grupos de poder político y económico.

El asunto es ya un plato común en el menú temático de la actualidad. Y escribo de él por una sugestión espontánea. Hace dos años,  se aposentó en mi bandeja de entrada el mensaje electrónico con el que una periodista y amiga boliviana compartía algunas de sus apreciaciones sobre  manifestaciones populares en  La Paz. “¿Sabes que la CNN sacó a su corresponsal de Irak para que venga a cubrir la “guerra” en Bolivia? Creo que los gringos están locos por mandarnos los Cascos Azules.” Y al imaginar el apresurado tránsito del infalible corresponsal de la CNN desde un frente caliente a “otro frente” más frío y local, intuí que fue a preparar el próximo teatro de operaciones si es que la Casa Blanca estimaba entonces que más apropiado que un golpe militar para vigilar y preservar la democracia en Bolivia, resultaría una intervención humanitaria.

Qué significa, pues, ser periodista en este mundo. No renuncio a repetir que el periodista, en la mayoría de los sitios habitables del planeta, es un personal auxiliar –directa o indirectamente- de los intereses geopolíticos de los Estados Unidos y sus aliados. Y no es raza nueva. Una de sus células matrices surgió y prosperó en la guerra hispano cubana americana, en 1898, cuando el astuto William Randolph Hearst -propietario de la cadena “mediática” del mismo nombre- le dijo aproximadamente al presidente de los Estados Unidos: Prepare la guerra que yo pongo las justificaciones. Que consistían en publicar noticias presuntamente provenientes de sus enviados a La Habana con historias fraudulentas o manipuladas de modo que ante la opinión pública norteamericana se amontonaran las buenas razones para avalar una guerra del naciente imperialismo norteamericano contra el senescente colonialismo español. ¿Alguna diferencia con los preparativos de la campaña contra Irak o Afganistán?
 Ya desde entonces –preliminares del siglo XX- el periodista a lo Emilio Zola o a lo John Reed se viene transformando en una figura con olor a naftalina o a formol. Raramente algunos, que suelen ser de izquierda, son capaces de echarse a las espaldas una causa y defenderla con ingenio, coraje, verdad, como en el caso Dreyfus, o se arriesgan a ser testigo abnegados, verídicos, objetivos, de un “México insurgente” o de “diez días que estremecieron al mundo”, o apuestan a la denuncia de “los hombres del presidente”. Por tanto, ser hoy periodista de vocación, servidor de la verdad -sobre todo de la verdad de los de abajo, los escarnecidos y oprimidos- es un modo fuera de moda dentro de la llamada democracia occidental o burguesa, cuyos medios se han centralizado o concentrado tanto que sus fines de servicio público se frustran bajo la avalancha de intereses privados o corporativos. Raspen la piel de una red de periódicos o de televisoras, o en la propia web y verán los vasos sanguíneos de un monopolio –aunque ya la actualidad no admita este término- vinculado a troncos empresariales de múltiplo objeto y razones sociales.

Casi no existen opciones. Ahora predominan los “periodistas mediáticos”. Han empezado a ser una categoría infamante. Su autoestima se disuelve ante las cámaras y las palabras, porque “median” entre la verdad y la mentira, entre el terror y los aterrados, entre la guerra y los que la fomentan y se benefician con la destrucción y la muerte. Antonio Maira, imprescindible periodista a secas de Insurgente, ha inventado, a mi parecer, el verbo cipayear, que les encaja sin mayores regodeos. No escriben ni reportan, cipayean, en nombre de un crédito concentrado a base polvos de estrellas extintas.

Sin embargo, algún mérito tienen. Y si como ha aseverado García Márquez no pueden ganar el Pulitzer, por que a la larga se les descubrirá la falsedad, al menos habrá que concebir un premio que los distinga como encubridores de la vida. Será un premio de consolación. Los lectores, los radioescuchas, los televidentes e incluso los cibernautas, se percatan de que los medios son cada vez menos humanos, menos periodísticos y más publicitarios y propagandísticos. Menos fieles a la vida y a la verdad. Y se apartan decepcionados. Lo ha detectado en el 2004 un estudio de la Universidad de Columbia: “Por ejemplo, la circulación de los periódicos norteamericanos -excluyendo los publicados en español- ha experimentado un retroceso del once por ciento desde 1990, mientras que en la última década las audiencias de los telediarios de las grandes cadenas se ha visto reducida en un 34 por ciento.”

En consecuencia, especialistas como Ignacio Ramonet sostienen que, a cambio de una prensa “mediática” engañosa y manipuladora, los usuarios –iba yo a escribir consumidores- están optando progresivamente por los bloggers y sus sitios personales en Internet. Estas webs domésticas no son masa pura; nadie puede atestiguar su veracidad dentro de una barahúnda de notas, juicios, diarios íntimos, artículos, noticias avaladas tan solo por un nombre que puede no significar lo que afirma ser. No obstante, los internautas –lectores de cristal, a fin de cuentas- prefieren la exageración o lo improbable dicho con sinceridad, sin intenciones de lucro o sin pasión crematística, al parloteo vicioso de los medios. Los bloggers, al menos, regalan una pista. Donan la duda.

De cualquier modo, el mundo necesita de los periodistas a secas. Y si uno, periodista, se pregunta cómo ser periodista hoy, no habrá titubeos en la elección: habrá que elegir el camino del Hombre, guiados por una vocación de servicio, exaltando y defendiendo los intereses humanos por encima del morbo, la hipocresía y una subjetividad tramposa. El periodismo implica construir: ayudar a edificar un mundo donde la harina de trigo sirva para cocer el pan para todos y no para moldear los ladrillos en los rascacielos de la ignominia.

A veces la existencia familiar depara lecciones imprevistas, y las respuestas a los más punzantes problemas aparecen en la pantalla menos sospechosa. El menor de mis hijos, apenas con siete u ocho años, me vio un día concentrado, más bien angustiado, sobre las teclas de mi máquina. Se me acercó, y dijo: Sé valiente, papá; escribe duro. Quizás no hay otra receta para mantenerse atrincherado en la honradez.
 
01/10/2006 10:23 Luis Sexto #. Política



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