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TODOS MEZCLADOS

Luis Sexto 

Dos preguntas servirán de pie de amigo para este análisis somero cuanto inevitable: ¿Existe discriminación racial en Cuba? ¿Cómo juzgar y combatir nuestros prejuicios raciales? Y ambas preguntas, más que facilitadoras de mis razones, resultan pertinentes guías del pensamiento. Porque en la actualidad cierta especie de reivindicación racial mantiene aquí una no siempre mesurada o equilibrada beligerancia en algún medio intelectual y académico. Por lo leído y oído, el análisis del ¿problema? ha partido desde  la admisión de la existencia de ideas, sentimientos y practicas racistas en nuestro país, y por lo tanto las conclusiones demandan “respeto a las diferencias”.  De pronto, así, los cubanos nos damos de cara con que Cuba es un país “multiétnico” donde cada grupo o raza necesita su espacio propio y la aceptación de su cultura y su historia propias. Porque hasta hoy tanto cultura como historia han sido “blancas”. Historiografía,  rectifico,  no historia

Tengo mis dudas. Parece que esta óptica, en esta época, tiene inconscientemente –no hay porqué apresurar otros modos- algunos visos de cierto racismo al revés. Uno sabe que  sobreviven prejuicios de índole racial en Cuba. Se enmascaran, incluso en el folclor, en la “chistología” hiriente, rebajadora del otro, que matiza el humor a nivel de conciencia cotidiana. Y es verdad también cierta renuencia de algún director de TV a utilizar actores negros. Verdad que a veces  un agente del orden se excede en las sospechas y el cacheo cuando se trata de  ciudadanos negros. Y verdad que hay revolucionarios, comunistas, cuya capacidad dialéctica se tuerce cuando la hija se enamora de un negro. Es decir, el prejuicio racial persevera como restos del pasado colonial y seudo republicano. Sobra aquí echar mano de la socorrida ley dialéctica del retraso de la conciencia social con respecto del ser social.

Pero el racismo – el odio de razas- no existe en Cuba como política, ni como sentimiento, ni práctica popular. Tampoco la discriminación racial. La Revolución, con su política y sus leyes igualitarias, imprimió un acelerón al proceso de integración nacional que venía operándose en nuestra sociedad desde mediado el siglo XIX. La misma guerra de los 10 años contra la metrópoli española sirvió como caldero donde el embrión de la nacionalidad comenzó a mezclarse, a convertirse en mixtura patria. ¿Habrá que recordar que los blancos se subordinaban a jefes negros o mulatos, y que estos, en ciertos casos, se erigían en líderes más que en comandantes. Es el caso de los Maceo, de Guillermón Moncada, Flor Crombet,  Masó. No niego la vigencia entonces de convenciones discriminatorias. Hay que recordar que algunos de esos mismos jefes –casi dioses para sus hombres- no admitían que, siendo mulatos, se les llamara negros. Pero el proceso de integración de la identidad y la cultura nacionales estaba  evidenciándose en que los jefes negros o mestizos no ocupaban sus jefaturas como resultado de una “política’ de equilibrio –composición étnica diríamos absurdamente hoy-, sino como el predominio del mérito y el talento en un plano de igualdad.

Después de que ese proceso comenzó en las filas del Ejército Libertador, ya será más fácil la unidad política para la guerra de independencia. Todavía, sin embargo, durante la llamada Tregua Fecunda –el espacio entre las guerras de 1868 y 1895- los ideólogos revolucionarios tuvieron que batallar para anular los conceptos racistas que regían en la sociedad colonial cubana. Hasta 1886, el negro fue esclavo, salvo el que alcanzó su emancipación en la guerra, y muchos de nuestros patricios, nuestros intelectuales y nuestras instituciones pagaron tributo al racismo predominante. ¿Qué otra cosa podían hacer José de la  Luz y Caballero, José Antonio Saco, Anselmo Suárez y Romero si poseían o alguna vez poseyeron esclavos? Claramente, la suya fue una posición de clase, aunque moralmente condenaban la esclavitud y el racismo. Por esas limitaciones clasistas no fueron más allá en su evolución hacia la conciencia cubana. Y, a pesar de todo eso, su papel no es despreciable en nuestra historia. Saco escribió las palabras más bellas que contra el anexionismo se han escrito en Cuba.  Del colegio de Luz  y Caballero surgieron cuadros para  la Revolución de 1868. Y Suárez y Romero escribió la más conmovedora de las novelas antiesclavistas de aquel tiempo: Francisco.

Tampoco puede reputarse de inferior o rebajadora la influencia del Seminario de San Carlos y San Ambrosio en la consolidación de la cultura y la identidad cubanas, por que en su reglamento proscribió la matrícula de negros. En esas aulas -racialmente discriminadoras por imperativos de las circunstancias coloniales-, estudió y ejerció como profesor el Padre Félix Varela, hoy Siervo de Dios de la Iglesia Católica Romana,  pionero de la abolición de la esclavitud en Cuba al presentar en las Cortes de Madrid un proyecto abolicionista, y fue también  un enemigo de la anexión de la isla a los Estados Unidos.

Juan Gualberto Gómez, el representante de José Martí en la isla, intentó demostrar que el negro no era inferior al blanco. Él mismo –afilado talento, educación exquisita a la europea- fue una pieza que se erguía negando con su persona los conceptos racistas que provenían del Marqués de Gobineau. Su vida, su condición de intelectual y patricio negro ilustraban que el negro, en las mismas condiciones, en ninguna capacidad humana o intelectual cedía ante el blanco. Pero Juan Gualberto no estaba peleando por el “respeto a las diferencias raciales”. Juan Gualberto afincaba los méritos del negro, pero bajo un criterio: la igualdad. O la integración nacional. Por ello, don Juan se negó a la segregación cuando el interventor norteamericano Leonardo Wood, luego del fin de la guerra hispano-cubano-americana, le propuso separar a los niños negros en las aulas, con el pretexto de  emparejarlos al nivel escolar de los blancos.

Todos sabemos que el problema racial en la historia es artificial. Aparecieron teorías sobre la supuesta inferioridad del negro cuando países, clases y grupos económicos dominantes, en expansión, necesitaron justificar la esclavitud que los haría ricos. Ya no esclavizaban prisioneros en las guerras de conquista. Y por tanto necesitaron esclavizar el color. Y de ahí surge  esa biología de la esclavitud, que el sabio cubano don Fernando Ortiz tildó de engañosa, de espuria prosapia. El negro, en suma, tenía que ser, forzosamente, “un  ser inferior”. Los poderosos, blancos,  europeos, no podía aducir  otra coartada.

Eso es historia vencida. Y por tanto parece ingenuo plantear la lucha contra los prejuicios subsistentes entre los cubanos como si fuera una puja por el equilibrio o la armonía racial. ¿Quién puede en Cuba hablar de razas? ¿Quién puede en Cuba, salvo refiriéndose al folclor, que es lo muerto, hablar de cultura negra o de historia negra? ¿O de cultura blanca o historia blanca? Es, a mi parecer, una reivindicación extemporánea, cuando no oportunista. Y sobre todo peligrosa. Porque los centros de la guerra “fría”contra Cuba en los Estados Unidos intentan azuzar el inexistente “problema racial”.  

Prefiero ver el asunto desde la integración. Ya no hay cultura africana en Cuba, pues ha venido integrándose con la blanca o europea en eso que llamamos cultura cubana. Como tampoco tenemos cultura blanca ¿Dónde está la música negra? En la música cubana –el son, el mambo, el bolero, hasta en el sinfonismo-, convertida en célula musical cubana, aliada, mezclada con la blanca. ¿Dónde la música blanca? Fundida con la negra. Esa es la integración nacional –proceso aún vigente-. Y por lo cual la pigmentación de la piel ha venido derivando hacia el color cubano. Color que no es sólo matiz cromático exterior. Es, admitamos la palabra, el mestizaje interno. Yo mismo, español por mis cuatro abuelos, sin mixtura: ojos verdes y piel muy blanca, me siento, sin embargo, mestizo por dentro. Quisiera que mis inhibiciones de carácter me liberaran cuando oigo el tambor que llama. Llama. Y yo respondo con mis retorcimientos internos, o mis pies que, tímidamente, marcan el compás vertiginoso de eso que fue primigeniamente africanía sonora y hoy es –desde hace rato- sonoridad cubana.

Adónde vamos a llegar con ese ritornelo arcaico que  estable aparentes diferencias raciales y reclama coexistencia entre ambos colores. No pueden existir diferencias en la fusión. Ni diferencias en la misma esencia. Probemos. Leamos  a un poeta al que no le conozcamos la piel. Leamos, sí. Y adivinemos su color. Su origen étnico. ¿Negro o blanco o mulato? ¿O chino, o jabado? Eliseo Diego y Gastón Baquero no se diferencian. Ni Domingo Alfonso, ni Fernández Retamar. O Nancy Morejón y Fina García Marruz; Soleida Ríos y Carilda Oliver Labra. Solo hallamos diferencias de estilo, temas, cosmovisiones, influencias. Lo demás, lo cubano, como poetizó Nicolás Guillén, está todo mezclado. Pero sigamos. Enmascaremos a un bailarín de guaguancó. Y tras concluir la danza, descubrámoslo. Y tendremos una sorpresa. Quizás un rubio, de piel rosada, nos haya seducido con ese descoyuntamiento rítmico que creemos propio de los negros y que comparten los llamados blancos. ¿Y la religión? Nadie podrá negar que parejamente negros y blancos compartan la santería y todo lo demás que se incluye en los ritos de origen africano, en síntesis con doctrinas y cultos europeos. Es cierto -atajo la objeción- que los dioses de los lares africanos, para sobrevivir entre cadenas, se camuflaron con el Dios y los santos del amo blanco. Pero hoy ya no sobreviven enmascarados. No lo necesitan. Perduran en sincrética alianza.

Convengamos, además, en que el prejuicio racial  es de doble dirección. Y subsiste en manifestaciones de ida y vuelta, porque aún el negro no ha trascendido totalmente sus tradicionales condiciones de vida. Subsisten el solar, la cuartería, promiscuas habitaciones  urbanas, y la ciudadela, también expresión del hacinamiento heredado del capitalismo dependiente, Y con ellos pervive una cultura del deterioro y la precariedad. Incluso una subcultura de la inferioridad que tiende a aglomerarse y defenderse. Una anécdota me sirve para ilustrarlo. Dos estudiantes en la universidad –blanco y negro- compartían el primer lugar en el rendimiento académico. También la amistad. En un examen cometieron un único y mismo error. Y, sin embargo, las notas se diferenciaron. El profesor, negro,  le dio al negro más nota que al blanco, porque “los negritos tenemos que defendernos”, explicó al alumno beneficiado y, por ende, asombrado. La veracidad del episodio no admite dudas: uno de los estudiantes es mi hijo.

Por el contrario al prejuicio subsistente, el racismo diferenciador y separatista no halla techo entre nosotros. La integración, al convertir lo diverso en uno, a pesar de los accidentes epidérmicos, lo deglutió. Como ha de deglutir también “la costra tenaz del coloniaje” que señalaba en un poema Rubén Martínez Villena, uno de los primeros comunistas en Cuba, hacia 1920; costra, herencia, que aún respira en nuestros prejuicios. El debate –y excúsenme lo normativo, pero lo político se hace norma- ha de corretear en ese cuadrilátero: unidos contra lo que divide y amengua a la nación y a las sociedad cubana. Y sobre todo, ha de incluir a José Martí. Porque uno nota que en esta disputa intelectual, presuntamente  académica, a veces injusta y sin sentido, el Maestro no ha sido invitado. Quizás porque quienes defienden la igualdad desde posiciones “negristas” o “blanquistas” saben que Martí les enrostraría su equívoco, cuando no su torcida intención, con la negativa martiana a admitir que exista odio de razas, porque para el Apóstol cubano de la independencia y el antiimperialismo “no existen razas”.

Hace un siglo,  Martí resolvió esa pretendida,  absurda, dicotomía racial. “Cubano –definió- es más que blanco, más que mulato, más que negro.”  A qué separar lo que la historia unió, y que, separado, solo beneficia a los enemigos de la nación cubana: el Norte perverso, brutal, que nos desprecia. Por blancos y por negros. Y por cubanos independientes y revolucionarios.

     

11/03/2006 17:41 Luis Sexto #. Política



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