VOLVIENDO A PALABRAS YA DICHAS
Luis Sexto
Adiós a las armas fue una de mis lecturas veinteañeras. Y aunque a veces recito espontáneamente su primera frase: “En el tardío otoño de aquel año…”, lo más recurrente es el final de la novela. Cuando concluí de leerla -alguna vez lo he contado- terminé con una punzada en el pecho. ¿Habrá sido mi primer infarto y ningún “sismógrafo” ha registrado todavía la hendidura? Fue, a pesar de mi suposición, la resonancia permanente de Hemingway en mi lado cordial.
En esas líneas finales, el escritor que habitó en San Francisco de Paula pintó el destino humano. Cuando el teniente Henry fue a despedirse de su mujer, muerta junto con su criatura en el parto, entró en la habitación, encendió la luz y era como decirle adiós una estatua. Luego apagó, y salió a la calle bajo la lluvia. Con el tiempo, todos terminamos siendo estatuas, y el caminar bajo la lluvia nos condiciona la más sugestiva imagen del desamparo…
Tras tantas lecturas, y unas cuantas cuartillas escritas, ¿se llega alguna vez a orientar, dirigir la verdad de la poesía y la vida? Quizás Hemingway nunca estuvo seguro de haber ganado el cielo con Adiós a las armas. Y continuó escribiendo, con la sensación de ser tan pequeño como la pinchadura de un alfiler. Porque qué es la cima si no una altura relativa. El ascenso, lo más alto, resulta una quimera: suele quedar corto.
Tal vez lo que resultara destacable en mi cuestionable ejecutoria periodística, sería la vocación. No me sonrojo al decir que he comido y bebido tinta y papel. Ese es mi único mérito. Y cuando de pronto, sin haber estado habituado, nos hallamos braceando entre manos generosas que felicitan nuestro trabajo, uno se confunde, duda, y lo asusta no ser digno, pero se consuela cuando viaja al pasado y empieza a recordar a tanto amigo célebre que nos empujó a renunciar a todo por una palabra. Fueron muchos. Y si no soy bueno, soy responsable de no haber empleado con efectividad a tantos maestros.
Pienso, pues, en José María Chacón y Calvo, que me enseñó la diferencia entre la palabra que empacha y la que se subordina al buen gusto; en Waldo Medina, que me recomendó que nunca desdeñará un espacio por mínimo que fuera; en Dora Alonso, que me hizo ver que la autocrítica excesiva conduce a la esterilidad; en Cintio Vitier, que una tarde en el Palacio de las Convenciones me recomendó el arte supremo: ¡que tanto quepa en tan poco!; en Eduardo Héctor Alonso, cuya advertencia aun está vigente: la originalidad no se busca, se halla. Pienso en Enrique Pichardo, hombre sin fama, ni obra, pero tan agudo lector que era capaz de obligar a corregir con esta tímida observación: Uhhh, eso suena raro.
Y pienso también en mi madre, Elda, que cuando yo era adolescente y notó mi vocación -como ya escribí a raíz de su reciente deceso- me animó diciéndome que sería mi secretaria cuando fuera famoso. Y pienso en mi padre, Manolo, el obrero, el hombre sin letras, cuyo corazón graduado en el amor y la cordialidad, me trató siempre, aun desde niño, como un ser importante. Y pienso -excusen lo patético de esta referencia- en mi difunto hijo menor, Víctor Manuel, que, siendo muy pequeño, me oredenó, sentado sobre mis piernas cuando yo tecleaba un artículo: Escribe duro, papá...
Y por qué he juntado tantos nombres, tantos recuerdos aparentemente caóticos. Tal vez tenía ganas de escribir para que el periódico -papel que se rompe y cristaliza- recogiera, como en un almacén soterrado, a prueba de riesgos nucleares, esa tristeza que hoy, como en mi niñez, me oprime viendo el mundo pasar.
3 comentarios
Gildo Inojosa -
Daniel Noa -
Por si acaso el tiempo ahora le fuera escaso, aunque sea lea usted la letra de ¨Gracias a la Vida¨ de aquella cantante chilena que fue Violeta Parra
Gracias a la vida
Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me dio dos luceros que cuando los abro
Perfecto distingo lo negro del blanco
Y en el alto cielo su fondo estrellado
Y en las multitudes el hombre que yo amo.
Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado el sonido y el abecedario
Con el las palabras que pienso y declaro
Madre, amigo, hermano y luz alumbrando,
La ruta del alma del que estoy amando
Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la marcha de mis pies cansados
Con ellos anduve ciudades y charcos
Playas y desiertos, montañas y llanos
Y la casa tuya, tu calle y tu patio.
Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me dio el corazon que agita su marco
Cuando miro el fruto del cerebro humano
Cuando miro el bueno tan lejos del malo
Cuando miro el fondo de tus ojos claros.
Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto
Asi yo distingo dicha de quebranto
Los dos materiales que forman mi canto
Y el canto de ustedes que es el mismo canto
Y el canto de todos que es mi propio canto.
Gildo Inojosa -