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EL EXILIADO LLEVA LA REVANCHA EN SU EQUIPAJE

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Luis Sexto

Un deslinde: emigración y exilio

DURANTE MÁS DE CINCUENTA AÑOS el estrecho de La Florida ha sido una frontera sentimental, y espacio de una crónica roja difundida por las páginas amarillas de una guía que aun dentro de su tragicidad ha servido de soporte  publicitario a intereses políticos de baja hechura. Padres separados de sus hijos; hijos que desaparecieron en el mar; madres que perdieron  a sus criaturas recién nacidas,  porque un padre, dominado por el egoísmo, la sacó de la cuna y lo embarcó en una travesía ilegal y peligrosa. Miles podrían contar una historia similar, distinguida solo por el desenlace, irremisiblemente fatídico o  casualmente feliz.

Desde luego, a nadie se le puede quitar, como el “bailao” del cubano sibarita,  la tristeza de estar ausente, lejos del afecto, de ese apego insular por la familia o la mujer de sus sueños. Por las calles de Miami, o de cualquier otra ciudad donde el cubano habita en su cascarón migratorio, transitan decenas de miles de zapatos que un día prefirieron, con derecho a elegir, más brillo, mejor betún y  zapatera más confortable, pero que en silencio, casi en un acto reflejo, golpean erráticamente la añoranza como a un balón de fútbol que ha extraviado la portería.

Más de cincuenta años de anormal emigración cubana han deformado, incluso, aspectos del pasado previo a 1959 y posterior a éste. Tanto han enrollado  la  crónica cubana en el bagazo de la desmemoria que suelen creer algunos que en Cuba se empezó a emigrar luego del triunfo de  la revolución. Pero los archivos no han desaparecido. Y la revista Bohemia facilita responder preguntas inquietantes. Ante cualquier duda, repasemos la colección de la revista del señor Miguel Ángel Quevedo, y verá en fotografías que a mediados de la década de los 50s, en la embajada norteamericana, frente al Malecón, por la calle Calzada, bordeando la cerca diplomática, se formaban las mismas colas que  hoy. Y en esas páginas de la ya centenaria publicación se enterará de que en esos tiempos se otorgaron anualmente  hasta 20, 000 visas de residentes, según el embajador Arthur Gardner  informó  a un reportero.

Esas fotos y cifras inducen a una pregunta: si hasta la primera mitad del siglo XX, Cuba  fue principalmente un país de inmigrantes –gallegos, canarios, haitianos, jamaicanos, italianos, polacos-,  por qué  a partir de la segunda mitad, la corriente parece revertirse.  A primera vista, una causa: a mediados de esa década las estadísticas enumeraban cerca de un millón de desempleados, además de una población rural muy pobre, desposeída, según lo confirma la encuesta que la Agrupación Católica Universitaria aplicó en 1956 y publicó en un folleto en 1957. Y las crónicas históricas cuentan de un gobierno efectivamente  represivo, cruento.  ¿O Ventura, Carratalá, Martín Pérez  son  acaso ángeles azules injustamente acusados de derramar sangre durante la dictadura de Fulgencio Batista, incluso en años anteriores a 1952?
En 1959 hubo un cambio de composición en la emigración. Se exiliaron por cualquier medio –asilos en embajadas, robos de embarcaciones, secuestros de aviones- los comprometidos, incluso hasta el peculado, la corrupción y el asesinato, con la tiranía recién derrocada.

Después, los propietarios expropiados por la revolución utilizaron vías legales, y también los ciudadanos atemorizados por la propaganda sobre que el comunismo quitaría los hijos a los padres, que todos los ciudadanos se transformarían en  esclavos del Estado. Muchos se exiliaron o emigraron normalmente hasta octubre de 1962, cuando  el entonces presidente John F. Kennedy suspendió los vuelos directos entre los Estados Unidos y Cuba, a causa de la llamada crisis de los cohetes soviéticos emplazados en Cuba. Con sus pasaportes vigentes y la  visa weber aprobada, miles de aspirantes a emigrar quedaron con una pierna alzada esperando subir las escalerillas del vuelo.

Tres años más tarde,  el gobierno cubano despejó el limbo migratorio al habilitar el llamado “puerto libre” de Camarioca, antecedente de su similar de El Mariel, a escala mayor, en 1980. Allí, cerca de la playa de Varadero, atracaban yates de diversas singladuras procedentes primordialmente de La Florida. Sus tripulantes llegaban con el propósito de recoger a  miembros de sus familias. El resultado, casi inmediato: un acuerdo entre La Habana y Washington para reordenar la emigración mediante el llamado puente aéreo Varadero-Miami, empleado sobre todo por  cuantos contaban con parientes de diverso grado que les facilitaran el ingreso en los Estados Unidos bajo la categoría de refugiados. Otros, a partir de 1966,  se sirvieron de la ley de Ajuste Cubano, y continuaron afrontando los riesgos  marítimos del estrecho de La Florida  para recalar en cualquier porción del litoral estadounidense, sin que al servicio de guardacostas y a las autoridades migratorias les importaran que, para abordar una lancha, los emigrantes ilegales hubieran tenido  que matar.

Ese flujo aventurero ha continuado. La negativa de visas a miles de personas, a pesar de acuerdos y conversaciones migratorias entre La Habana y Washington, más el privilegio de la ley de Ajuste, condicionan aún ese tráfico enrarecido por su origen y por la propaganda que lo alienta y exalta como “emigración de móviles políticos”, aunque la reciente ley migratoria cubana carece, casi totalmente, de restricciones.  

PARTAMOS, PARA clarificar conceptos, de una verdad históricamente demostrada: emigrar es consustancial al ser humano. Y variados y diversos son los móviles para abandonar el suelo nativo. No me parece superficial afirmar que la decisión de emproar hacia el extranjero a desafiar lo desconocido,  pertenece por lo habitual a los individuos. Por tanto, suele ser una solución personal a un problema colectivo o a una inquietud o aspiración individual, salvo los pueblos nómadas, o el pueblo de Israel, que fugado de la esclavitud en Egipto, país ajeno, peregrinó hacia “la tierra prometida”,  ocupada ya por otros pueblos. Aceptemos también que en el acto de emigrar hay perfiles políticos ineludibles. Porque marcharse de su país  podría implicar cierto descontento con el estado de cosas predominante. Algunos de los diccionarios más a mano no definen a emigración como sinónimo de exilio. Pero los medios propagandísticos norteamericanos transformaron al emigrante cubano en un “refugiado” político que aspira a regresar y recuperar sus valores y posiciones.

Por tanto, démosle a cada palabra  lo suyo. Y empecemos por denunciar la manipulación ideológica y política de algunos términos. Los diccionarios tratan de precisar las diferencias semánticas entre palabras con cierta afinidad.  Suele ocurrir, sin embargo, que cumplir las normas no sea normal. Por ejemplo, todavía el abultado mataburro de la Real Academia de la Lengua Española (DRAE) define ciertos términos religiosos como si todos los hispanohablantes fueran católicos o creyentes cristianos. Ya vemos como en este mundo pocos actos y pocas intenciones están descontaminados de valoraciones o prejuicios ideopolíticos.  Supongamos que si la entrada léxica de pobreza se definiera desde el significado evangélico no habría entonces por qué  organizar rebeliones populares, particularmente en el Tercer Mundo,  para liberarse de la opresión de empresarios, gerentes, banqueros, latifundistas y políticos, ni indignarse por las carencias de empleo, los bajos salarios, las cesantías o el costo de la vida. Y los ricos vendrían a ser como la expresión colateral de un lujo que solo pondría en evidencia la bienaventuranza moral de los pobres.

Entrando ahora en lo que atañe esencialmente a este articulo, emigración y exilio son objeto de distorsión desde posiciones ideológicas y políticas de la derecha. En el lenguaje  que manipulan algunos politólogos, críticos o guerreros de la democracia principalmente en los Estados Unidos, “emigrante cubano” es sinónimo de exiliado. Cualquier diccionario con ánimo de objetividad establece la diferencia.  Con respecto de Cuba, quien emigra, se exilia, según el léxico de la política norteamericana sobre Cuba y los cubanos. ¿Cómo, por ejemplo, llaman en los Estados Unidos a los braceros mexicanos que burlan el muro que les impide cruzar del sur hacia el norte? Inmigrantes ilegales. ¿Y no hay también un componente político no dominante, como ya sugerí antes, en esos actos desesperados por encontrar un sitio más ventajoso, con mayores ofertas y salarios donde trabajar?  No existe en las oficinas secretas de Washington y Miami, ningún interés en politizar la inmigración mexicana. Son, a fin de cuentas, “rotos”, hambrientos. Es decir, el que emigra por evidentes urgencias económicas, es eso: un emigrante que se marcha de su patria buscando en otros ambientes la oportunidad de índole económica que tal vez no halle en su país por cualquier razón, incluso, repito,  indirectamente política. Ah, si Estados Unidos aprobara una ley de ajuste mexicano,  se anularía el mito globalizador del exilio político cubano.

¿Y cuándo un hombre o una mujer que se  establecen en otro país resultan exiliados  o emigrantes?  El DRAE  presenta  como sinónimos  a  exilio y emigado: “exilio. (Del lat. exilĭum). m. Separación de una persona de la tierra en que vive. || 2. Expatriación, generalmente por motivos políticos. || 3. Efecto de estar exiliada una persona. || 4. Lugar en que vive el exiliado”.  Y: “emigrado, da. (Del part. De emigrar). adj. Dicho de una persona, sobre todo de la obligada generalmente por circunstancias políticas: Que reside fuera de su patria. U. t. c. s”.  El mismo diccionario define a: emigrante. (Del ant. part. act. D emigrar). adj. Que emigra. U. t. c. s. || 2. Dicho de una persona: Que se traslada de su propio país a otro, generalmente con el fin de trabajar en él de manera estable o temporal. U. t. c. s. Profundicemos en el significado de exilio. Conforme a la experiencia, quien se exilia intenta esquivar un probable castigo por su oposición, o por sus delitos políticos, o se va para expresar una inconformidad de índole política hasta tanto se aligere la atmósfera en su país. El exiliado porta la revancha en su equipaje.  Según el significado más usual, la esperanza suprema de los exiliados es retornar. Volver para recobrar lo que todavía consideran suyo y  abandonaron por decisión propia, o por urgencias de su integridad o libertad. Esa característica la define el ensayista español Gregorio Marañón en un libro cuyo título es, recuerdo entre mis lecturas juveniles, Españoles fuera de España, publicado en 1947.  Y a pesar de su vejez  mantiene ideas vigentes como esta que reproduzco en su sentido: El exilio es la fuga o un viaje que ya en la ida  aspira a regresar por lo que ha perdido.

 

EL EMIGRANTE, en visión general, carece de esa retrospectiva. Nada ha perdido, o nada tiene, o tiene poco, y parte hacia el extranjero para encontrarlo.  Por tanto,  a todos los cubanos que residen en el extranjero, sobre todo en los Estados Unidos, no se les puede calificar de exiliados o emigrados, de acuerdo con el enfoque que defiendo. ¿Hasta dónde seguirán estirando el idioma los propagandistas, que no ideólogos, de la derecha antisocialista, o anexionista? Ahora con la ley migratoria que rige actualmente en Cuba  conviene a cubanos de dentro como del exterior saber las diferencias entre exilio y emigración. Nadie que se clasifique por boca propia o ajena como parte del exilio, podrá participar en una concertación entre la emigración y la nación. Aún el exilio calienta su retorno posesivo.  No importan los calificativos que se  auto asigne o se le done. Mientras  la conducta del exiliado  indique o resuma una actitud de oposición beligerante contra  el socialismo como aspiración, y entre este y el capitalismo confiese luchar por imponer el último en Cuba,  no parecerá políticamente atinado compartir espacios. Y a quienes prefieran el capitalismo por eficiente, pero esencialmente injusto, al mantener cuatro mil millones de personas por debajo del nivel de pobreza en el planeta, y rechacen el socialismo imperfecto, pero perfectible en su vocación de justicia y en su obra de legitimización económica,  es atinado preguntarles si podrán pretender de buena fe la cooperación con su país de origen, empeñado en el mejoramiento de un socialismo distinto al fracasado. ¿Podremos reconciliarnos suponiendo que al exilio, por voluntad y significado, no le interese la reconciliación para convivir, sino  para intentar conquistar su “tierra prometida”?

Al parecer, tendrán que continuar esperando a que los Estados Unidos, el país donde se albergan mayoritariamente y a  muchos paga, les cumpla el compromiso -contraído por Kennedy- de  devolverles la bandera “en una Cuba libre”. “Libre” como la entiende Washington y el exilio. “Libre”, es decir, norteamericanizada, “plattizada”  e iluminando a las principales ciudades cubanas con la luz de neón de las empresas de los Estados Unidos. O de un sector de los cubanoamericanos que, como se ha probado, son menos lo primero y más lo segundo. Y en última instancia son herederos del buen vivir del burgués criollo en la Cuba de antes de la revolución.

 

SI CUBA derivara hacia el capitalismo, como algunos criterios de la izquierda prevén como inevitable,  al menos a mí, si debiera afrontar ese destino, que estimo temporal,  lo preferiría sin depender de los Estados Unidos. ¿Será posible? Por ello, la reconciliación con el exilio, por minoritario que sea, solo beneficiará a la parte financieramente más poderosa: la que influye en el Congreso de la Unión y promueve representantes y senadores que se expresan en un español yanquizado. Y este sector, si obtuviera poder –o el poder- en Cuba no pretenderá sino la vuelta a la Cuba dependiente, neoliberal,  regida por gerentes que, a su vez, reasumirán  a Cuba como desde 1902 la han tratado hasta hoy: de acuerdo con el artículo III de la Enmienda Platt. Porque desde Washington continúan viendo a Cuba como un espacio donde pueden injerirse,  o interferir, incluso desde la distancia, con fines que sólo a los Estados Unidos de Norteamérica beneficien. El apéndice constitucional de 1901 dice aún para que los  cubanos patriotas lo tengan en cuenta, y dice todavía para anexionistas, y para la frustración imperial: “Que el Gobierno de Cuba consiente que los Estados Unidos puedan ejercitar el derecho de intervenir para la conservación de la Independencia cubana, el mantenimiento de un Gobierno adecuado para la protección de vidas, propiedad y libertad individual y para cumplir las obligaciones que con respecto a Cuba han sido impuestas a los Estados Unidos por el tratado de París y que deben ahora ser asumidas y cumplidas por el Gobierno de Cuba”.

La posición ante este artículo de la enmienda a la cual el senador Orville Platt dio su nombre, define todavía a los cubanos de dentro y a los que integran la emigración y el exilio. Según mi manera de juzgar,  el Gobierno cubano y los cubanos  que residen en nuestro archipiélago –mayoritarios comparados con exiliados y emigrantes- tendrán que conciliar sus intereses sólo con la emigración, cuyo sentido no implica una beligerancia en contra de la independencia nacional  y  del ideal de  una sociedad justa y próspera, sin la fragmentación en ricos muy ricos y pobres muy pobres. Discutir con el exilio equivaldría a escenificar, como afirma Arturo Arango en su reciente libro titulado Terceras reincidencias[1],  un diálogo de sordos. No hay soldadura posible entre exilio y revolución. Porque no se trata solo de trazar una estrategia para el desarrollo económico, sino concebir fórmulas que, al desarrollora el orden material, protejan la independencia y la justicia social. La revancha del exilio únicamente transigiría con lo contrario: la revancha, esto es, el retorno  a su estado antes de 1959, con las adecuaciones contemporáneas.

Por tanto, la aplicación de las nuevas reglas migratorias ha de conjugar aspiraciones nacionales con los deseos y necesidades de los emigrantes,  respetando diferencias, aunque Washington con la Ley de Ajuste, y sus pies secos o mojados, continúe estimulando la travesía contra la corriente de la legalidad, y llamando “refugiados” o exiliados a los que emigran. Y, sobre todo, cuanto funcionario cubano tenga el poder de determinar quién puede o quién no puede entrar en Cuba en las circunstancias tan irregulares de nuestra sociedad, ha de tener muy  afilado el sentido de la justicia ante la guerra psicológica que todavía dispersa confusión. Admitamos que los días  actuales no deben aparearse a momentos cuando las demandas  defensivas generaron acciones enconadas. Y es preferible el desliz político de una equivocación, prontamente salvable, que mantener en nefasta cuarentena a cubanos honrados cuyo interés por la patria no implica convertirla en pedestal  sino en suelo que besar y donde servir.

De esa actitud se humedecen las declaraciones del compositor y cantante Isaac Delgado. Sobre su regreso a Cuba en 2013, aseguró recientemente a OnCuba que es “cubano al 250 por ciento”.   Y confesó luego: “No me ha sido difícil volver a insertarme en la dinámica musical de la Isla, porque estoy en mi medio natural. Muchos me alertan sobre cambios en la música,  pero de cierta manera siempre he estado presente,  por eso estoy al tanto de lo que pasa culturalmente en Cuba. Además, aquí está todo lo que soy: mi niñez, mi familia, mi idiosincrasia, en fin.”

Las encuestas no son decisivas, porque suelen ser movedizas, cambiantes. Pero indican tendencias. Y un sondeo difundido por la agencia española de noticias EFE en 2012 reveló que, en Miami,   el 44 por ciento de los entrevistados “apoya el fin del bloqueo económico y el 80  lo considera disfuncional; alrededor del 75  respalda las ventas de medicinas y alimentos; un 57  aprueba los viajes sin restricciones, y el 61  se opone a cualquier ley que restrinja esta posibilidad”. Tales números  acusan el desfase del exilio histórico, como se trata a sí mismo, o del exilio de nuevo corte y costura, respecto de la opinión de “un 58 por ciento (que)  defiende el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre los dos países”.

Veamos cómo concuerdan los últimos sondeos con el anterior. Y me sirvo de Cuba Información, que  trasmitió el  8 de julio de 2014 un artículo de Ignacio Ramonet, publicado en Le Monde Diplomatique. El reconocido politólogo y teórico de la comunicación escribió: “Una encuesta realizada en febrero pasado por el centro de investigación Atlantic Council afirma que el 56% de los estadounidenses quiere un cambio en la política de Washington con La Habana. Y, más significativo, en La Florida, el estado con mayor sensibilidad hacia este tema, el 63% de los ciudadanos (y el 62% de los latinos) también desea el fin del bloqueo. Otro sondeo más reciente, realizado por el Instituto de Investigación Cubano de la Universidad Internacional de La Florida, demuestra que la mayoría de la propia comunidad cubana de Miami pide que se levante el bloqueo a la isla (un 71% de los consultados considera que el embargo “no ha funcionado”, y un 81% votaría por un candidato político que sustituyese el bloqueo por una estrategia que promoviera el restablecimiento diplomático entre ambos países).”

Con tantos cubanos de origen expresándose en contra de las confabulaciones predominantes en Miami, ciudad del Primer Mundo colmada de emigrantes, pero  gobernada por exiliados del Tercero, parece que se confirma, por esta vez,  la diferencia lexicográfica,  ideológica  y política entre emigración y exilio.


(Articulo publicado en la revista Emigración, Miami, julio de 2014, número 1)

 



[1] Terceras reincidencias, la historia por los cuernos, Ediciones Unión, La Habana, 2013.

02/10/2014 15:42 Luis Sexto #. Política



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