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ENTRE LAS SOMBRAS

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Luis Sexto

Angelina Fantoli me ha perseguido con la insolencia del  espejismo que promete el agua y se disuelve en la arena. Hace quince años intenté leer su traducción al italiano de Mis mejores tiempos, libro de memorias del polígrafo cubano Raimundo Cabrera, y desde entonces la música del nombre persistió en mi oído como un bolero nocturno cuyo autor no se recuerda. ¡Angelina, Angelina Fantoli! ¡Quién eres tú, Angelina!  

No creo haberme enamorado del nombre; ya estoy viejo para esas apuestas fantasmales. Quizás mi interés provenga de la críptica afinidad de dos seres, en un curvo engarce sobre el tiempo y la muerte. ¿La habré conocido a través de una reminiscencia platónica y cuando topé con su nombre Angelina empezó a llamarme, o la habré amado en una de nuestras reencarnaciones, según la candorosa doctrina hinduista? La verdad es más sencilla. Y la contraseña del enigma precisamente se ha posado en la muerte. Mi sensibilidad de lector, que lee además para escribir, se conmovió al conocer la nota de los editores de aquel libro cubano, impreso en París y en italiano. Elogiaban la inteligencia, la preparación y el gusto de Angelina Fantoli, italiana de origen, y lamentaban que su deceso, en La Habana, doblemente trágico por lo prematuro, le hubiera tapiado el placer de apreciar sus empeños intelectuales. Había enviado las cuartillas originales a una editorial de Milán. Y ya fuese porque la Primera Guerra Mundial impidiera la normal travesía del correos, o porque la Casa no quisiera aceptarlas, la traducción apareció en 1921, promovida por “una mano amica”, que así le rendía  homenaje a la traductora recién fallecida. 

A partir de entonces me apliqué con la insistencia de los obsesos a saber quién había sido Angelina, qué muerte tan atroz le había repatriado sus sueños. Busqué. Pregunté. Registré en los archivos del cementerio. Y, según los indicios de aquel rastreo en el polvo de tanto inventario funesto, su cadáver no había sido sepultado en la necrópolis de Colón. Se me escabulló así la oportunidad de empezar a localizarla desde la cruz de su defunción.

Pero Gonzalo Salas, tan experto en referencias que si no conoce el dato sabe dónde hallarlo, me desbrozó el acceso hacia esa mujer enigma con un mínimo de señales. Y en la Biblioteca Nacional, revisando las páginas de Heraldo de Cuba –periódico dirigido entonces por el italiano Orestes Ferrara- topé con la nota de su deceso. Angelina había sido colaboradora del Heraldo desde la fundación del diario. Escribía crónicas sobre novedades literarias o asuntos europeos en una sección “para las damas”. En un estilo transparente, tejido sobre la sencillez -según comprobé- escribía también de lo mismo en la sección Femenidades en  Cuba y América, fundada por Raimundo Cabrera en 1897, y rectorada por él hasta cuando la revista desapareció en 1917, después de varios cambios de periodicidad y de formato.  

La nota necrológica de Heraldo de Cuba describía a Angelina como poseedora de “un espíritu inquieto y penetrante y en su figura juvenil y agradable albergaba un corazón lleno de dulzura y entusiasmo por la belleza”. Falleció en la mañana del sábado 14 de febrero de 1920, en “un fatal accidente”. Y ya no pude saber más. Ni la edad, ni la precisión de su nacionalidad, ni el tipo de accidente. Los periodistas de antes, como los de hoy,  acudimos a los circunloquios ante la muerte: larga y penosa enfermedad, trágico accidente, aunque una enfermedad o un accidente puedan aplastar a un ser humano con mil fórmulas diversas.

En el prólogo a la traducción con que Angelina trasladó al italiano Mis mejores tiempos (I miei bei tempi)  de Raimundo Cabrera, los editores, entre otras vaguedades, informaron también que Angelina murió cuando, “ya esposa y madre” podía respirar la felicidad. ¿Lo habrá sabido ella? Uno nunca sabe que es feliz. Y cuando los demás lo aseguran ya uno no está para averiguarlo. Y si Angelina Fantoli continúa siendo para mí una incertidumbre, pues todavía la veo al esfumino, entre la disolvencia de pinceles irresolutos, vaporosos, como un espejismo, espero que nadie me descubra cuanto ignoro de su retrato cuando yo ya no esté.         

01/07/2013 17:50 Luis Sexto #. Crónicas



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