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PROFESIONALIDAD Y CREDIBILIDAD: ¿EXCLUYENTES?

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Luis Sexto

El documento  que se emplea de base para debatir  como preparación del noveno congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), enfatiza en la profesionalidad. Y uno, que ha vivido dos tercios de sus días en una redacción, duda de que con esa propuesta, así, a secas, se pudiera tocar fondo, salvo que lo más recomendable sea sobrenadar. Ahora bien, apoyándome  en el concepto de profesionalidad, levanto la mano para preguntar: ¿Está la credibilidad incluida en la profesionalidad?

Si así fuera,  no tengo ningún reparo contra la agenda conceptual del congreso. A fin de cuentas podríamos afirmar que la credibilidad es consecuencia, o parte de la esencia, de la profesionalidad consciente, honrada y creadoramente ejercida. Nada me inquieta más dentro de mi proceder profesional que la credibilidad. Y cuando salgo de mi cercado, me parece ver que la credibilidad  de  nuestra prensa está en entredicho. ¿Por qué? Porque algunas de las páginas y espacios de nuestros medios, tanto los impresos como los aéreos y electrónicos, se han convertido, como generalidad, en pasquines de propaganda, en muestrarios de títulos dulzones que  tapian  hechos y problemas  cuyo reconocimiento o cuya crítica  los lectores, oyentes o televidentes desean leer, oír o ver.

Desde luego, no he develado un enigma. Cualquiera, por poco ducho que sea con respecto a enjuiciar,  experimenta que aparte de resultados muy personalizados o localizados, queda con deseos de reconocer a su país en páginas, ondas y pantallas.

Pero no negaremos que la credibilidad es casi un soporte imprescindible para alcanzar la profesionalidad. Profesionalidad es también igual a credibilidad. Se posee profesionalidad si merecemos la credibilidad mediante la veracidad y la oportunidad de nuestros enunciados y por la forma y las estructuras con que los expresamos. La verdad, como decía León Bloy, francés polémico e irreductible,  ha de estar rodeada por el esplendor del estilo.

Ahora bien, si la credibilidad  se diluye como propuesta de debate en el término general que la contiene, y no se alude explícitamente a las dudas que hoy la matizan, cualquier discusión quedaría por las ramas. Porque decir profesionalidad, así, un tanto en abstracto,  es decir poco o nada. Hemos de desmenuzar esa categoría y determinar cuáles son sus claves para ser un profesional, es decir, un periodista que inspire confianza por el dominio de las formas y por su prestigio ético.  Más bien, el congreso lo será plenamente si la credibilidad, que incluye dialécticamente la profesionalidad, se eleva sobre el plenario y se plantea preguntas que han de ser respondida de modo que rescatemos el crédito de nuestra prensa cuyo principal problema es ese: no satisfacer el interés de los receptores por recibir información suficiente y estilísticamente calificada en aspectos vitales de la sociedad.

Por ello, considero un acto capital que el martes 15 de enero, los periódicos nacionales publicaran una nota oficial informando sobre casos de cólera en La Habana. Haberlo callado, como ha sucedido en otras ocasiones, tal vez no podría avivarse la percepción de riesgo en la ciudadanía. Y si a veces echáramos de menos la conciencia del peligro, fuera porque la gente no sabría a qué atenerse si solo leyera u oyera  recomendaciones de guardar la higiene para evitar contraer un síndrome diarreico, vulgar andancio. Con aquella nota, el país creció en prestigio y confianza. Porque si alguna cifra de turistas alarmados  hubiera dejado  de visitar a Cuba por un tiempo, ningún costo material superaría la ganancia moral y política de informar a tiempo y claramente. De cualquier forma, los turistas llegan a países donde enfermedades graves son endémicas. Aceptemos la evidencia: nadie puede decidir por el turista.

Hace varias decenas de años, cuando la cumbre de los No Alineados en Argelia,  Fidel advirtió que inventar un falso enemigo equivalía a rehuir al enemigo verdadero. Por tanto, ¿es mala la prensa solo por un problema de profesionalidad?  Tal vez pueda serlo también porque hemos olvidado ciertas luces, ciertas señales. Por momentos, me inclino a pensar como el título de un libro del periodista  Aldo Baroni, publicado en 1944: Cuba, país de poca memoria. Tampoco nos  acordábamos de una  frase de Fidel, dicha hacia fines de los 1990, que  Antonio Moltó rescato en una de las últimas discusiones colectivas previas al congreso de la UPEC: Prefiero la equivocación al silencio. Y añado que el silencio es el mayor equívoco porque dice callando. Sugiere tantas vertientes para especular sobre por qué no se habla, por qué la información que interesa, y no sólo la que  importa, se ha vuelto pájaro que no se posa consecuentemente en nuestros medios.

Desde otro punto de vista, para que la profesionalidad predomine en la extensión cualitativa de esa condición, hemos de saber que el periodista ha de estar dispuesto a actuar las 24 horas del día.  Y tener claramente especificado las respuestas de toda conciencia recta al preguntarse para qué soy periodista, qué intenciones calentaba cuando entré por primera vez en una redacción. Debe de quedar definido que  nos  ha de mover la intención de servir y no la de brillar. Sin embargo, en los últimos tiempos, se ha preferido  contar con colegas del tipo de los que dicen  “sí” e improvisan un texto sin convicciones ni matices, a recurrir a los periodistas que dicen: “Déjame pensarlo”, porque no estoy convencido.

Básica esa libertad interior. No es tan útil  la palabra libertad en códigos, como que  el periodista experimente ser libre dentro de sí, en un ámbito de responsabilidad y compromiso. Pero a algunos no les gusta que dispongamos de ese ámbito y los efectos han sido en los últimos tiempos muy dañinos: una especie de desprofesionalización de nuestras redacciones, porque a veces los más aptos son tachados de conflictivos. Como si los revolucionarios no comenzaran siendo, precisamente, conflictivos renovadores de la vida.  

He dicho responsabilidad y compromiso. Quién que ejerce el periodismo no responde a la ideología e intereses del medio que contrata sus servicios. Pero esa voluntaria servidumbre profesional tendrá que regirse por una regla que favorezca, al menos, salvar la credibilidad como expresión suprema de la profesionalidad. Lo sabemos: ningún periódico cubano obraría como recientemente actuó El País madrileño: publicar una fotografía truculenta, falsificada, de un Hugo Chávez casi moribundo. La estafa fue  rápidamente desmentida con pruebas respaldadas por el pueblo y el gobierno venezolanos. Pero nos hemos preguntado cuántos lectores e internautas del planeta creyeron en la foto. No olvidemos que El País, como mínimo, ha trabajado durante tiempo su credibilidad mediante un equilibrio formal y conceptual. Esta vez, la ficha cayó del tapete. Pero cuántos infundios o verdades a medias ha hecho creer El País sobre Cuba, o Venezuela,  Libia, Siria…  Los medios más sólidos en su factura y su tradición en la “internacional del capitalismo mediático”, trabajan profesionalmente para que no le desmientan sus imágenes y palabras. En ellos, la credibilidad, aunque sea ficticia mediante una verdad manipulada, forma parte intrínseca de la profesionalidad.

¿Y cuál será la solución  de los embarazos y tutelas que impiden que la prensa cubana pueda exaltar nuestras verdades más evidentes y revelar las que a veces permanecen  injustificadamente en el silencio? Admito  que las hostilidades externas condicionaron una mentalidad política defensiva, un santo y seña basado en el secreto porque el “enemigo escucha”. Pero, si ya Cuba utiliza su madurez y mantiene enhiesta la voluntad de perdurar a contrapelo de lo que piense ese enemigo tan cercano, tan obstinado, y en consecuencia abre su economía, libera la emigración, suprime prohibiciones y busca un tránsito hacia el socialismo mediante el destrabe de las fuerzas productivas y la coexistencia de formas de propiedad, hasta ahora tenidas como tabúes; si hoy nuestra patria se renueva y sacude sofismas y dogmas, necesita también disponer de una prensa que con un lenguaje purificado de consignas, despojado de ideas resecas por la repetición, limpio de insultos como argumentos, defienda, la obra de todos por medio  de un periodismo que sea capaz de convencer y conmover.  

Una prueba nos sale al camino; una prueba  más ardua que defender una posición en una guerra: hacer derivar la democracia de una palabra, tan socorrida como incomprendida, hacia un sistema  blindado contra  manifestaciones de autoritarismo y de providencialismos políticos, y que, además,  pueda conjugarse con una prensa cuya papel esté fundamentado en la credibilidad de sus enunciados y no en el hábito de las notas oficiales,  aunque haya que distinguir las verdades cotidianas de las verdades que afecten la seguridad nacional.

Urgimos, pues, que la verdad y de la credibilidad no dependan de las urgencias propagandísticas. Y habremos de aceptar, en consecuencia, que  periodismo y propaganda no son sinónimos.  Si confluyeran  en el fondo, se separarían en la forma y los fines profesionales.

 

 




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