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La hora de los mameyes

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Por Jesús Arencibia Lorenzo*            

En el aniversario 90 años de la fundación de la revista Alma Mater, en noviembre de 1922

 El título me lo dio Silvio, que puede ir de los versos de alto lirismo al alto lirismo de la gente común, que son los mejores versos, y siempre dispara sus canciones con «la palabra precisa, la sonrisa perfecta». El trovador, que ha vivido su tiempo con el hambre de mundo y bondad que llevan los buenos, dijo para un documental español que si él se hubiera creído más importante que su pueblo se habría largado de aquí la primera vez que lo botaron del ICRT, pero no, ya con 20 años sabía que su pueblo era lo más importante…

Y siguió haciendo canciones y montando barcos Playa Girón, y persiguiendo unicornios, y muriendo un poco cada vez, siempre como vivió: «matando canallas con su cañón de futuro»…

Algo similar le sucedió a Julio Antonio, solo que los canallas lograron derribarlo cuando aún no había completado —en lo terrenal— su viaje a la inmensidad. Y ahora que Alma Mater concreta la feliz idea de rescatar los textos del Atleta universitario, y brindar con ellos por el cumpleaños 90 de estas páginas irreverentes, se me ocurre que la mejor manera en que puedo recordarlo es cantándole, aunque sea un poquito, a su bendita irreverencia, insolencia, diría Pablo de la Torriente, otro de los relámpagos en aquella generación que según Cintio Vitier saturó de poesía la política.

Cómo necesitamos esa poesía, Julio Antonio. Cómo nos hace falta para, al menos, repartir una canción protesta mientras la ciudad se derrumba. Las esencias no cambian, aunque la espiral marxista ascienda y se renueve, y algunos hablen de hacer no se cuántas revoluciones dentro de la revolución sin siquiera haber completado la inicial.

Todos soñamos ser tú en algún momento, Julio Antonio, lo soñamos en el tiempo futuro de seguir intentándolo. Pero a veces, muchas veces, nos falta el valor, la inteligencia, la luz larga. Los burócratas de todas las épocas también son los mismos. Los que te expulsaron del Partido Comunista, a ti, que eras El Comunista; los que le hicieron contraguerrilla al Che, que era El Guerrillero; los que botaron a Silvio del ICRT; los que pretendieron «curar» la homosexualidad con homofobia; los que enarbolaron y enarbolan desde las más altisonantes tribunas consignas que se repiten sin sentir, que se escriben en pancartas que dan risa; los que viajan climatizados y pregonan las bondades del sofocante transporte público… Y la Revolución con mayúsculas, el impulso volcánico de lanzarse a transformar, habita otros espacios, otros barrios, otras constelaciones.

Cuántas secciones como «En el Feudo de Bustamante» podríamos redactar hoy; cuántas caricaturas de figurones les debemos a nuestra gente; cuántas tánganas —o cibertánganas, para estar a la moda— tendríamos que armar. Nadie lo podría decir con certeza.

El camino, ya lo dijiste, nunca será Yanquilandia, o un panamericanismo en el que los indios hagamos el «pan» y los yanquis se ajusten el traje de americanos. Pero tampoco puede ser la Cuba en la que unos sean «más iguales que otros» y el buen Guillén deba rectificar su poema porque no tiene «lo que tenía que tener».

«Hombres de la Revolución», escribiría el Torrente de los Brau, como aquellos insolentes y hondos; burlones y amantes; desafiantes y niños, que no andaban persiguiendo «el sueño de un poeta solitario, sino la canción imponente y sombría de la muchedumbre en marcha», que es otra forma de decir todos los sueños solitarios empujando a soñar, empujando a una carga «para matar bribones». En esos deberíamos convertirnos, aunque nos fuera la suerte toda en el intento.

Por ello es tan feliz publicación de tus textos, la esperanza de tu revista, de que ha regresado Lord Mac Partland. Ojalá, muchacho inmenso. Porque el universo, el grande y el más pequeño, debe expandirse hacia el Rojo como confía el maestro Fernando Martínez Heredia. Un rojo no rígido ni amargo, sino dulce y bello, como un mamey maduro.

*Periodista, poeta, profesor universitario

 




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