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EL PADRE VARELA EN LA REVOLUCIÓN CUBANA

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Luis Sexto

El Siervo de Dios Félix Varela quizás pronto adelante un nuevo paso hacia el camino de la canonización y sea declarado Venerable. Desde este estadio es previsible que tarde en  ingresar en el canon de los santos. Varela podría ser un santo, posiblemente uno de los pocos que aglutinen en grado heroico las virtudes cristiana y las virtudes políticas. Y habría que preguntar, aunque no sea muy natural hacerlo, si las virtudes políticas no tienen una relación raigal con la práctica del más intenso cristianismo. Pero, como político, patriota, independentista cubano, el padre Varela tuvo que escribir mucho para exponer sus ideas y extender su causa civil.  Escribió tanto como para amontonar varias toneladas de papel, que los fiscales de la causa de su beatificación tendrán que leer microscópicamente y tratar de detectar una línea o una palabra que pueda atentar contra la doctrina y el dogma católicos. Son los rigores de un proceso que la Iglesia de Roma ejecuta con disciplina ejemplar.

Tal vez, antes del siglo XII, con la aclamación de los fieles, como se practicaba previamente hasta ese momento, hubiera bastado. Porque los católicos cubanos, habrían levantado la mano para aprobar al padre Varela como un santo al saber de su vida abnegada y austera, y de su fe sin fisuras, su fidelidad a la Iglesia, y su caridad, tan constante y abierta como para, en medio del invierno neoyorquino, el vicario general de la diócesis se despojara de su abrigo y cubriera el cuerpo de un mendigo callejero. Recientemente bajo uno de los post que inserto en el blog Patria y Humanidad, un lector preguntó qué podría unir al Padre Varela con la revolución y el gobierno cubanos, si durante años la superestructura ideológica de Cuba exigió el ateísmo y discriminó a los creyentes.

En realidad, esa fue una política equívoca, mimética, a  veces torpe,  que el Primer  Congreso del Partido Comunista (1975), en su resolución sobre la religión, las iglesias y los creyentes, trató de atemperar al establecer que la lucha filosófica contra la religión debía subordinarse a la unidad con los creyentes en la construcción del socialismo. Era también una tesis insuficiente. Pero  el Cuarto Congreso, en 1991, disipó el andamiaje discriminador al aprobar el ingreso en el Partido de los creyentes que lo desearan y tuvieran méritos para ello, y posteriormente, en 1992,  la Constitución de la República  definió a Cuba como un Estado laico en vez de científico y materialista.

La inicial profesión de ateísmo que, aunque reclutó para las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), a creyentes –por dos o tres años hasta su extinción- incluso a algunos sacerdotes y pastores evangélicos, no cerró templos, ni prohibió la llamada a misa, ni la catequesis, ni las casas de oración, ni ha prohibido decenas de revistas y hojas católicas que circulan en cifra que ni en la etapa republicana previa a 1959, tan paradisiaca para los desmemoriados o los malintencionados, pudo imprimir la Iglesia. A partir de determinado momento, el Gobierno  permitió la entrada de sacerdotes en Cuba, en cifras que, si pequeñas al principio, hoy se incrementan.

Aunque el ateísmo hubiese continuado como posición oficial, entre el padre Varela y la Revolución cubana hay puntos de tangencia. Varela es uno de los héroes patrios, uno de los fundadores que coadyuvan con sus ideas y su ética a articular la ideología de la nación, a pesar también del viejo ateísmo y anticlericalismo practicados por varios de nuestros patricios. El concierto nacional lo califica como un Precursor de la independencia, entroncado con el pensamiento de Carlos Manuel de Céspedes y José Martí. Entre Varela y Martí hay una línea de continuidad que supera el azar de que Varela muriera casi un mes  después del nacimiento de Martí, como si se efectuara un relevo de apóstoles. Y si el padre Varela condenó la mercantilización de la sociedad norteamericana,  treinta años después condenará José Martí el mercantilismo y el egoísmo que corroían a Norteamérica.  Y si del único acto del que el Padre Varela confesó no arrepentirse era el de amar demasiado a Cuba y a su independencia, tampoco Martí se arrepintió de ese sentimiento totalizador de su existencia.

Y qué une a Varela con el presente. No parece atinado afirmar de que en Cuba pocos conocen al reformador de la enseñanza filosófica en Cuba, ni al fundador del periódico El Habanero, si desde hace años las editoriales cubanas publican  libros sobre Varela, libros que penetran, y enriquecen y rectifican antiguas interpretaciones, en la época y la vida  del gestor de un proyecto, tal vez el primero,  sobre la abolición de la esclavitud, y a favor de la independencia de Hispanoamérica, presentado, este sí, en las cortes españolas, además de aceptar la deposición de Fernando VII, actos que lo convirtieron en víctima, por su posición radical e ilustrada, de una condena a muerte de la monarquía española, y que evitó exiliándose en los Estados Unidos, en 1823. Uno de esos libros recientes pertenece al historiador Jorge Ibarra Cuesta y su libro se titula: Varela, el precursor, un estudio de época, de cuyas páginas he tomado algunas citas indirectas.

Varela se une al presente  con su espíritu científico. La revolución cubana desarrollo la vocación por la extensión de las ciencias que alentaron previamente a solas tantos cubanos, contra variadas hostilidades: el propio Varela reformó la enseñanza de la filosofía, introdujo el método explicativo en la docencia, prohijó la experimentación. Y la revolución  ha desarrollado la ciencia hasta el punto de recibir los elogios del premio Nobel de química en 2003, el norteamericano Peter Agree, que en declaraciones al periódico Juventud Rebelde el pasado 7 de marzo, dijo: Cuba “es una lección maravillosa de cómo se puede integrar el conocimiento y la investigación científica, que incluye la búsqueda de complejas vacunas y el impulso de una medicina preventiva, de modo que se alcancen indicadores de salud de calidad”.

Y también a Varela lo vinculan al presente sus ideas a favor de las enseñanzas de las clases populares, aunque incluyera la enseñanza religiosa. Y por qué no habría de incluirla en la formación de los seres humanos, si Varela era un sacerdote de acendrada religiosidad, y su mérito mayor radica en que la religión y el sacerdocio no constituyeron frenos a su amplitud política y científica; quizás, al contrario, la práctica de la caridad evangélica le  facilitó la capacidad de enfocar la filosofía y la política como instrumentos de mejoramiento aquí en la Tierra. Ya, tal vez, la teología de la liberación de los 1970 contaba con alguna semilla anticipadora en el pensamiento social de Varela, sin que ello este redujera su fe, su ascetismo, su virtud extrema y su apego al dogma católico. Cuántas lealtades ejerció el vicario de la diócesis de Nueva York, el periodista de El Habanero, el moralista de Cartas a Elpidio.  Vigentes están entre nosotros su doctrina sobre la educación. Se negó el precursor de la independencia a que se juzgara al pueblo, esto es, a las clases populares, como un conglomerado de “locos o niños”. Y para que no fuesen “el juguete de todos el que quisiera engañarlo, una víctimas sacrificada a la ambición y la avaricia”, predicó la justicia de la educación para todos y, a nivel personal, la ejecutó en los emigrantes pobres de Nueva York.

Uno de los logros de la revolución cubana ha sido la educación, cuyo primer acto masivo fue la campaña de alfabetización. Varela estaba –en espíritu-  entre sus propulsores. Y hoy, un millón de graduados universitarios componen el capital más útil del país. Un capital que urge de ser utilizado en una organización económica descentralizada y controlada desde la horizontalidad popular, a cuya concreción la república avanza sin desatinarse, sin apresurarse, términos empleados alguna vez por el padre Varela.

Pero la mayor prueba de la conjunción entre el Precursor, y luego el Fundador –Martí- y hoy los cubanos empeñados en la edificación de un socialismo racional, se abroquela en el anti anexionismo. Ante las propuestas de sumarse a la causa de la anexión a los Estados Unidos, el Varela viejo y enfermo, y abandonado por discípulos y amigos, guardó silencio en su soledad de San Agustín de la Florida. Y como apunta el historiador Ibarra Cuesta, fue el silencio que expresa la inutilidad de conversar lo que no es negociable. No, no calló para otorgar, sino para repetir, en la elocuencia del silencio, que sostenía al final la misma convicción del principio: la independencia era el único camino de la historia de Cuba. ¿Y hoy quién duda de que en la resistencia de Cuba a someterse, a recibir créditos y mercancías a cambio de derivar hacia la Florida, no alumbra definitivamente el padre Félix Varela? Cuba y Varela, revolución fidelista y convicción vareliana, han sufrido las mismas negaciones. Félix Varela no fue preconizado obispo de Nueva York, porque el rey de España  exigió al Vaticano que uno de los más agudos enemigos del régimen de opresiva explotación colonial  en Cuba, no fuera exaltado al rango que merecían los méritos  apostólicos y las virtudes del padre Varela. En actual analogía,  si hoy, por ejemplo, Cuba no accede a créditos del Fondo Monetario Internacional, como cualquier país de este planeta urgido de financiamiento para su desarrollo, la causa proviene de la oposición de Washington.

Y todavía dicen del otro lado del mar  que entre Varela y la Cuba revolucionaria, solo existe el desconocimiento. Sí, el desconocimientos de quienes se oponen a la revolución  y desconocen al Padre.

 

16/03/2012 08:59 Luis Sexto #. Política



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