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¿CAMBIAN LAS COSAS EN CUBA?

Luis Sexto

Una tendencia común entre nosotros ha sido actuar, o exigir actuar, con la rapidez de un corredor de cien metros lisos.  Somos hoy un  archipiélago impaciente. Y al parecer no nos place cambiar con la lenta y constante tarea de la gota de agua sobre la piedra. Preferimos la rapidez con que algunos pasan de la ropa de faena a la muda de salir.

A la pregunta de si cambian las cosas en Cuba, posiblemente la opinión negativa o dubitativa, tenga un número estimable  de adeptos. Porque, como la transformación, o la renovación son términos que por lo común incluyen la gradualidad y rechazan  la erupción, tal vez nada de cuanto se ha renovado hoy en Cuba, posea relevancia, porque todavía no ha ocurrido “algo grande”. Y qué es eso grande que algunos dicen que no ha pasado. ¿Cuál es esa prueba sin cuya ocurrencia nada de cuanto se ha decidido y legislado en Cuba implica pasos hacia el mejoramiento de nuestra sociedad, de modo que sea más inclusiva, más abierta, con mayores espacios para las fuerzas productivas? Tal vez alguien espere un acto en que de pronto la contraseña sea el “sálvese quien pueda” del capitalismo en país pobre. ¿Es esa la forma apropiada para insuflar vigor a la esperanza?

Lo “grande” que algunos piden puede, a destiempo, semejar una explosión o una implosión. Y no creo exagerar. Y debo advertir, si mi opinión fuera atendible, que cambiar o renovar un organismo en nuestra circunstancia supone un proceso que excluye la demolición. Esto es, nada se podrá modificar echándolo abajo de un golpe. Si ello sucediera, el cambio no sería dentro de la misma armazón, sino en un nuevo esqueleto, y ya, desde luego, no seríamos los mismos.

Hemos de desconfiar, pues, de las inspiraciones, de las piruetas de las varitas mágicas o de las soluciones de Aladino, y sobre todo de las propuestas de cuantos piensan más en sus intereses, en sus ilusiones o posiciones perdidas. Considerando lo candente y contaminado de las aguas en que Cuba hoy navega, saquemos al aire una brújula que explique nuestra realidad y facilite hacer lo que los tiempos permiten. Dos o tres preguntas, o muchas más que dejo a decisión de quienes necesitan convencerse, servirían para orientarnos: qué somos,  a dónde queremos ir, qué nos falta, en qué tiempo podremos llegar. Y, sobre todo preguntémonos en qué situación mundial se inscribe hoy nuestro país, y en cuánto puede dañar a Cuba la crisis económica global del capitalismo y su natural correlato: la acometida de las potencias occidentales, encabezadas por los Estados Unidos, cuya geopolítica se fundamenta en una institución bélica y belicista que, al pronunciarse, semeja el estallido de una bomba sorda: OTÁN.

Hoy, según la juzgo, Cuba no es  el esquife endeble al que aludió José Antonio Ramos hace décadas; no es ya aquel esquife a punto de embarrancarse en los acantilados de la Florida, como también aludió, en un instante de claridad, Jorge Mañach. Rige, desde mi punto de vista, una verdadera voluntad de  cambiar; de hallar ese punto de equilibrio que deje atrás prácticas nocivas o estériles; prácticas retardatarias o irracionales que al ser superadas permitan pasar de una economía de subsistencia, a una economía de crecimiento que incluya el desarrollo dentro de un estado de igualdad y justicia como garantías de la libertad, en un socialismo que habrá que irse descubriendo en relación estricta con la realidad. Porque la búsqueda de una sociedad equilibrada se encuentra mediante el equilibrio de las acciones. La teoría por la teoría puede conducir a lo mismo que el país ha programado transformar. Y por tanto ese equilibrio no será  una posición, sino la lucha por no caer en uno de los extremos. Los extremos son implacables. Desde ellos puede estigmatizarse, incluso echarse a perder el proyecto de actualización de la sociedad cubana.

No soy iluso, ni ingenuo, que son los insultos aparentemente  benignos con  que a veces unos u otros pretenden invalidar el juicio opuesto al suyo. Y a pesar de decretos leyes tan principales que aumentan el espacio democrático –sí, democrático porque se mezclan con otros derechos de de los ciudadanos- como la venta de casas y de autos, y otros como la extensión del trabajo por cuenta propia, la venta directa de los productores agropecuarios a los establecimientos del turismo, los créditos bancarios a productores para invertir  y a ciudadanos para edificar sus viviendas, a mi juicio, sin ilusionarme en exceso, resulta previsible un periodo de contradicciones y paradojas. Pues si hablamos de proceso, de gradualidad para aplicar la estrategia aprobada en el Sexto Congreso del Partido y que tuvo como fundamento más de setecientas mil sugerencias de la ciudadanía; si hablamos de proceso, pues,  lo que ha ganado vigencia legal  hasta este minuto, es solo una mínima parte del programa. Por tanto, es natural que aún suframos contradicciones.

Basta un ejemplo. Una persona muy inteligente, me comentaba que ahora los barberos, al ser propietarios de su trabajo, cobran diez pesos por pelado. Antes, una tabla prescribía el precio: 80 centavos. Casi todos los clientes daban más, pero los barberos no podían pedir más, al menos, en estricto apego a los precios establecidos legalmente. Claro, es una paradoja. Un barbero típico, en cuatro días gana lo suficiente para pagar los impuestos, la tarifa del local y los costos de insumos. ¿Cuánto más ganará comparando sus ingresos con el salario mínimo de los trabajadores? Es, así, una paradoja, dijo. Y asentí. Y como esas hay muchas. Porque para que las proporciones sean justas, habrá que reajustar salarios, incrementar la productividad, desechar una de las dos monedas, reorganizar las empresas estales, pagar verdaderamente por rendimiento… En suma, habrá que sufrir, más o menos contradicciones -a simple vista incomprensibles-  hasta tanto se complete la implantación del sistema y se consolide. ¿O caso queremos meternos en la casa, con solo los cimientos echados?

Supongamos, además, que en el trayecto necesariamente surgirán modificaciones y ajustes con la intención de adecuar la evolución según el criterio de la práctica. La flexibilidad se convertirá en la batuta de esta orquesta para que sus instrumentos suenen armónicamente. Una batuta que no vacile en admitir el chirrido de una nota que trata de aparentar ortodoxia. Y ante oído tan sutil,  dígolo por caso, el decreto ley 259 tendrá que permitir que los usufructuarios se aposenten, construyan una en la tierra donde cultivan, pues quién podrá sentirse estimulado con sus sembrados a dos, tres o más kilómetros de su vivienda.

Y veremos al gobierno central afrontar distorsiones. No es de menor importancia el hecho de que muchos de cuantos concretan la actualización en las bases y en los planos intermedios, no comprenden, no interpretan acertadamente, o la mentalidad de algunos se resiste a dejar su acomodamiento e introducirse en un orden exigente donde la rendición de cuentas y la honradez no serán más lentejuelas de obra teatral.

¿Cambian las cosas en Cuba? Si yo lo dudara sería por mi pesimismo, por mi corta vista, o intereses incompartibles con los intereses dominantes, y para entender y apoyar las tendencias más creadoras, más empeñadas en cambiar, yo tendría que cambiar. Pero, a mi modo de ver, con la experiencia de más de 40 años acompañando la combatida, irregular, audaz historia de la Revolución cubana, me parece que Cuba no es la misma de ayer siendo, en esencia, igual. Esta paradoja no es difícil de interpretar. Cada vez me sorprendo con lo que aparece en la Gaceta Oficial de la república, y sobre todo me sorprenderé con lo que todavía no ha aparecido, ni se ha escrito y, de seguro, habremos de escribir. Y me doy cuenta de que la esperanza se edifica con pequeñas grandes cosas.  Día a día. (Tomado de Juventud Rebelde)

 

 

 

05/01/2012 18:47 Luis Sexto #. Política



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