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MENTIR ES TAMBIÉN PECADO

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Por Luis Sexto

A su manera culta y equilibrada, Alejandro Armengol comentó el 17 junio, en la edición digital de El Nuevo Herald, dos características de la historia de Cuba: la violencia y el espectáculo sensacionalista o sentimentalero. Al terminar la lectura, si uno no asiente en todo, al menos acepta que lo que hoy entendemos por Cuba o por lo cubano tuvo, desde el siglo XVI, como partera a la violencia. Y si la violencia promueve lágrimas, las lágrimas a su vez condicionan la conmiseración,  que entre nosotros es a veces tan  estridente como un disparo o una bomba.

Hasta ahí cito a Armengol como trampolín, para referirme a que en la misma edición, el periódico miamense inserta un comentario de Dora Amador que ejemplifica otro rasgo de nuestra incapacidad histórica para la tolerancia, y consecuentemente  evidencia el talento para debatir insultando o mintiendo. Lo admito: Dora Amador casi me sorprendió. Por momentos la supuse una columnista que también acudía al equilibrio para defender su credibilidad. En su texto, acusa de farsante a monseñor Carlos Manuel de Céspedes por no haber dicho, durante una entrevista televisiva  con el cantante y compositor Amaury Pérez, lo que ella esperaba que él dijera. Porque, según se colige de las opiniones de la comentarista, ahora resulta que el único catolicismo válido en Cuba es el que se enfrenta al Gobierno. Le reprocha a Céspedes, un tanto irreverentemente, no haber usado el espacio de Con dos que se quieran, de Cubavisión, para evangelizar, sino para hablar, vanidosamente,  de su ciencia teológica y de sus conocimientos de latín y griego.

Además, según la Amador, el sacerdote intelectual no podía decir que  las relaciones entre la Iglesia y el Estado comunista son normales, como en cualquier otro país. Más adelante, repite la torpe invención de un diputado español del Partido Popular, conocido como  PP,   el pepe que para Cuba podría ser leído como Partido de la Perversidad. Según las noticias, el diputado Teófilo de Luis atribuyó al Cardenal Jaime  Ortega la confidencia de que a los condenados por delitos contrarrevolucionarios liberados en los últimos meses mediante la intervención de la Iglesia Católica cubana, se les había “forzado al destierro”. El infundio fue respondido por el propio Cardenal y su réplica publicada por el Herald en la misma edición en que se insertaron los textos de Dora Amador y Alejandro Armengol. Mas, no me cuesta repetir que “115 presos políticos fueron excarcelados y trasladados a España junto a 647 familiares”; algunos llevaron consigo hasta 16 parientes. Y antes de ser liberados el arzobispo de La Habana hablaba con ellos telefónicamente y les ofrecía la opción de marcharse a España con su familia o residir en Cuba. Sé, de fuente confiable, que alguno cambió tres veces de decisión: Me voy;  y poco más tarde: me quedo, y más adelante: me voy. Doce prefirieron quedarse y fueron igualmente liberados.

Volviendo, pues, a la entrevista entre Amaury Pérez y monseñor de Céspedes, me parece un acierto que la televisión nacional difundiera la imagen de un sacerdote culto, dedicado con la misma integridad al servicio apostólico y a la cultura. Quizás, el tataranieto de Carlos Manuel de Céspedes y su lenguaje cubano, hayan clarificado ante la opinión pública la imagen de los hombres y mujeres consagrados a la Iglesia. Como católico y como periodista que nunca ha dudado de que defiende una causa justa en lo político y social, a pesar de errores, extremismos y problemas sociales y económicos –no solo atribuibles a la Revolución, sino a también a sus enemigos-, aprecio como una decisión afortunada la comparecencia de monseñor Carlos Manuel en un espacio dedicado a dialogar, desde lo constructivo, con artistas e intelectuales.

Aunque desde Miami o Madrid no lo puedan o no lo quieran ver, Cuba anda articulando el concierto, la unión de voluntades hacia una sociedad justa, pero diversa y, sobre todo independiente. Tal vez, lo que caracterice hoy a la Iglesia Católica en Cuba, también signada por la diversidad política, sea la defensa de una patria sin injerencia extranjera. Y los domingos, en las misas se abrazan y saludan, luego del Padre Nuestro, católicos no conformes con el gobierno y católicos revolucionarios, para utilizar el título común. La Iglesia, en suma, ha de ser una gran casa donde la fe, y la ética que esta implica.  nos una por sobre diferencias y contingencias políticas.

Antes de terminar esta nota, quise releer el comentario de Dora Amador, para confirmar la primera impresión. Pero no lo encontré on line, ni siquiera en el archivo. Se esfumó, si no busqué mal. ¿Comprendió la autora que el insulto no es un argumento, sino un lugar común impropio de una columnista con dominio del estilo y las técnicas para expresar el pensamiento? ¿O repasó el Decálogo y recordó que mentir o infamar es también pecado?  Ojalá.

 

Nota: Todo comentario que no se relacione con las ideas expresadas en este artículo será eliminado. 

17/06/2011 20:20 Luis Sexto #. Política



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