Facebook Twitter Google +1     Admin

ESCRIBANO DE AMOR

20110622162927-carta-de-amor.jpg

Crónica personal

Por Luis Sexto

Más de cuarenta años  atrás, cuando estudiaba internado en una escuela donde los sonidos más cercanos provenían de los árboles, los pájaros y las gallinas, y de lejos solo percibíamos el picoteo de algún tractor sobre la tierra roja, redactaba cuatro o cinco cartas mensuales. Aunque  era una correspondencia muy rara, singular. Yo las escribía, y las respuestas llegaban para otros. Entre mis condiscípulos ejercía, gratuitamente, de escribano público, especialista en conflictos de amor. Me adelanté a la poetisa Liudmila Quincoses que en 1994 plantó en la sala de su casa, en Sancti Spíritus, una carpa para componer y vender cartas, preferiblemente de amor. Empezó en un juego, y siguió en una operación de escribanía muy grave, responsable, porque algunas personas descubren alguna vez que escribir una carta es a veces tan necesario como convivir.

Un lunes se me acercaba Peña, recién vuelto de una visita a su casa, y me contaba:

-Discutí con Rosa. Fue duró: la golpeé con la almohada.

(Éramos estudiantes adultos.)

El martes, firmada por Peña, partía una carta con las  palabras aplastadas en un acto de arrepentimiento, irguiéndose por momentos para prometer la cordura. A la semana siguiente, el cartero traía un sobre cuyo perfume no podía si no vocear el perdón.

En otra ocasión, Vilches, que había regresado de Bayamo, narraba una historia apenas iniciada en el ómnibus con una mujer de un temperamento... un temperamento... y callaba buscando dentro de su entusiasmo el término apropiado.

-Insólito.

-Fenomenal –corregía él, y enseguida se trazaba un propósito en un lenguaje más viril:

-Tengo que ligarla.

Yo me percataba que la operación de conquista me pertenecería; lo demás a él.

A los pocos días, Vilches me informaba en el receso previo a la comida:

-Usted es un bárbaro, compay. Me respondió, y por telegrama... Figúrate.

Terminándose el curso conocí a Zenaida, y entonces comencé a escribir solo para ella. Desde cualquier lugar adonde mi entonces profesión de topógrafo –como barco a marinero—me conducía. Unas cartas con matasellos de Puerto Padre o Camagüey; otras de Sancti Spiritus o Ciego de Ávila. Conservo un fajo, pero no las he vuelto a leer. Quizás por vergüenza. Pude haber dicho alguna exageración erótica que nunca, después de casados, he igualado con hechos. O porque ya me parecen ridículas. Uno, aunque se resista,  cede al fin a las modificaciones de la sociedad. Y hoy enamorar por correo postal resulta una técnica anticuada.

El teléfono suple al epistolario. Es más rápido, y la fatiga se minimiza en calorías imperceptibles. Mas, cuántas ideas, cuántos afectos quedan en la clandestinidad. Boca a boca las confesiones se amenguan ante el pudor, o la timidez, o la hipocresía. Sobre el papel, en cambio, se vacía hasta lo que repta en el inconsciente. La  distancia, ese intermedio entre el remitente y el destinatario, anima al pusilánime y fortalece al audaz.  Pero el teléfono también aventaja a las cartas, porque, al parecer, retrocedemos hacia la frivolidad en las ceremonias del sentimiento. El amor exige hoy menor asedio verbal. Es más práctico: menos insinuante y más directo. El circunloquio reclama una paciencia que nadie, ni mujer, ni varón, ya soportan.

Yo fui fiel a la época de mi juventud. Todavía uno compraba en las librerías rimeros de epístolas galantes. O poemarios en papel gaceta para aparentar que  era capaz de rimar amor con dolor, o noche con broche, alma con calma... Cuánto plagio ha de estar guardado en gavetas con atmósfera de naftalina. Y cuánta señora seguirá creyendo que su esposo, después de casado, extravió la inspiración. Conozco a una mujer que se percató de la estafa. Tuvo más de un novio. Y en la primera carta del segundo leyó lo mismo que en la segunda del primero. Como demostré más arriba, no adquirí ninguno de esos modelos. En lo concerniente a los escarceos amorosos me ceñí a la originalidad.

Mi primera carta de amor la escribí a los 13 años. Me había enamorado de María Amada. Vivíamos en el barrio de Arroyo Apolo en la capital, reconcentrada comunidad de obreros donde la decencia llevaba el nombre de cada uno de sus habitantes. Una pared dividía nuestras casas. Ella se paraba a su puerta; yo a la mía. Y nos mirábamos, nos mirábamos... Cuando lo recuerdo envidio a mi yo niño. Nunca más una mujer ha indagado tan microscópicamente detrás de mis ojos.

Murió joven. Tal vez antes de los 30 años. El cáncer profanó uno de “los clavos adelantados de su pecho”, como los evoqué en un poema adulto. No supo que la amé. Mi intrepidez se localizaba en los deseos. Decidí, sin embargo, escribirle. Empecé madura, patéticamente: “Dicen que el amor de niño no existe...” Lo demás permanece en el platónico espacio de las ideas irrecuperables.

-¿Pero le entregaste la carta? –ha preguntado mi hijo mayor mientras descarga el camión de arroz y frijoles habitual en sus comidas.

Me aterraba pensar en qué dirían mamá y papá de tan precoz e ilegal enamoramiento, y la escondí debajo del colchón.

Allí quedó. Semanas más tarde me llamaron a ocupar un pupitre y una cama en el seminario salesiano. Mediaba 1959.

Mamá la encontró cuando cambiaba las sábanas.

-¿Qué dijo? –pregunté a uno de mis hermanos entre temeroso y abochornado un domingo en que me visitaron.

-Nada, bobo.

Mientras la convertía en opacas lentejuelas, mamá comentó (abuela estaba cerca):

-Este parece que va a ser escritor, vieja.

(Todo comentario ajeno al tema propuesto en este artículo será eliminado)

 

 

22/06/2011 11:29 Luis Sexto #. Crónicas



Powered by Blogia

Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris