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BAÚL PORTÁTIL

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Por Luis Sexto

Una opinión se gesta con el “haber vivido”. La doxa, la opinión común de Platón,  es el embrión de un proceso fecundante: la vida. Sobre la vida va el que vive integrando su parecer incompleto, empírico, vivencial.  ¿Quién rechaza la experiencia? Es un requisito sin el cual el sujeto puede estar derivando o desvariando. No hay sabiduría sin esa veteranía que posibilita la temperancia, la cautela, la humildad., virtudes del que ejerce la opinión con anuencia o plausibles aciertos.

 

Como Tobías, personaje del cubano Félix Pita Rodríguez, que no soportaba historias llenas de paja, la gente tampoco acepta opiniones que, como el humo negro del Vaticano cuando en días de cónclave los cardenales anuncian que todavía   no “habemus Papam”, procedan de paja humedecida, inhábil para humear con el blanco de la transparencia.

 

El periodista, el comentarista, que es el techo del periodismo,  necesita de la vivencia para conformar su doxa, punto de partida de toda opinión. Después, la epísteme. El conocimiento sistemático, fraguado en la cultura, que se nos impregna primordialmente por la lectura. Esos son, pues los dos ingredientes básicos del juicio periodístico: experiencia y ciencia. Ciencia del saber y del ser. Del leer y del juzgar.  Con ambos –vivir y leer- quizás pueda el periodista “saber –como estableció Joseph Pulitzer, el director del Wold  de Nueva York- cuándo un gato en las escaleras de cualquier palacio municipal es más importante que una crisis en los Balcanes”.  ¿Alto el banderín?  En efecto, como si lo hubiese amarrado en el pararrayos del Empire State.

 

Más bajo, el periodista no clasifica. Es una especial criatura de las urgencias sociales. Un codificador, un mediador, un intérprete, contaminado de filiaciones políticas, clasistas, ubicado en las gradaciones intermedias de cualquier sociedad. Y qué sustancia, pues,  compone al periodista, varón o hembra. Es, quizás, un profesional forjado con una fórmula que lo diferencia del resto de los profesionales y lo emparienta con el poeta, el narrador. Ve lo inmediato, pero mira hacia atrás para consultar y también avizora el provenir. No le basta con saber usar su instrumental técnico estilístico. Requiere de un conocimiento más especializado y a la vez más ancho, mejor sin linderos, asimilado en los jugos del vivir. ¿Horario para el periodista? No lo hay. ¿Descanso para el periodista? No lo tiene.

 

¿Puede el periodista, el verdadero, descomprometerse con su realidad; soslayar a sus lectores, a los personajes de sus reportajes, a  las fuentes de sus notas? Parece que es un ejercicio raigalmente humanístico, sacerdotal. Su vocación es como la de los caballeros andantes: contar y remendar entuertos.

 

Al periodista lo signa una irremediable tendencia a la universalidad. Cultura y síntesis. Su capacidad más relevante, relevante por útil, es la de asociar; la de detectar los nexos más inoportunos, menos acusados, en dos acontecimientos o en muchos acontecimientos.

Es, por tanto, el periodista una especie de crucigrama. Lo más disímil halla cordura y lógica en  él. Revisando un viejo álbum periodístico cubano de la década de 1930, hallé este poema jocoso de Manuel Pinós, que firmaba con el anagrama de Nipso. Él nos describe cómo es el proceso de cocción de un periodista:

 

En un mortero y por iguales partes/ colóquense porciones/ de todos los oficios, profesiones,/ industrias, ciencias, religiones y artes./ Se agregan, a montón, indiscreciones,/ sentimientos, audacias, hidalguías,/ virtudes, vicios, llantos, alegrías,/ un celemín de natural talento; / y agregando otras cuantas fruslerías/ se pone a cocinar a fuego lento./ Se le hace hervir el tiempo que resista/ y cuando ya su punto está a la vista,/ por un tamiz de ingratitud se pasa/ y se deja secar. ¡Esa es la masa/ con que se suele hacer un periodista!/ Bueno es tener presente, / si procederse quiere con esmero/ y una masa obtener sobresaliente, / que en el dicho mortero/ de todo puede haber menos dinero.

 

El humorista ha sido exacto: no dejó fuera los ingredientes primordiales: virtudes, cualidades, cultura, ciencia. Pero también manquedades, insuficiencias. Porque de Hombre, así genérico, hablamos. Hombre falible, a quien la arrogancia no limite, pues si ha de estar extendiendo la mano para pedir un dato, una pista, una declaración, poco favor le hará la autosuficiencia, el engreimiento. Mancillado por la vida. Revuelto con el mundo ha de estar el periodista. Su opinión, su doxa, pasará a ser una opinión que interese por su carga de epísteme, de certeza y de rigor si ha habido, después de todo cuanto allegó Nipso a ese caldero, un trozo de “haber vivido”, esa grasa que aglutina, junta, cohesiona todo los demás bastimentos de ese caldo tan humano.

No dispongo de otra forma de ilustrar esta opinión que el texto del norteamericano James Kilpatrick, titulado “El desván del periodista”:

 

Tengo la impresión de que si alguien quiere escribir bien… tiene que crearse el desván de la abuela: Hay que guardar palabras, frases, imágenes; hay que recolectar colores, olores, sonidos, movimientos, texturas; tiene que cultivar una aguda percepción de lo cotidiano: el neumático pinchado, el bombillo fundido; el cordón de zapato roto, la nota desafinada, el tercer strike, la sensación de disgusto que invade al chofer cuando e percata que se ha quedado sin combustible… Hemos de ir almacenando las minucias, las partes, sabiendo que algún día podrán hacernos falta.

 

El “haber vivido”parece de primera intención una desventaja: lo vivido no tendrá ya más otra oportunidad en la sucesión del tiempo. Sin embargo, si se ha vivido con el dominio de las sensaciones, alerta como un águila, el desván estará siempre colmado y a  mano si lo convertimos en un baúl… portátil. (Del libro inédito Asunto de opinión)

 





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