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LA EXPERIENCIA

Por Luis Sexto

Habría que modificar el refrán que aconseja seguir de largo ante los perros que te ladran en el camino. Los refranes no siempre encapsulan toda una verdad. A veces hemos de interpretarlos, ajustarlos, porque, fíjense, Don Quijote prestaba atención a los perros: ¿Ladran? Entonces andamos, Sancho.

Tal vez no sea necesario reaccionar ante cualquier perrito sato, bagatela cuadrúpeda. Pero ante otros –quizás un pastor, un doberman-, uno ha de detenerse y preguntarse por qué otra causa ladran, además de acusar la presencia de nuestro andar. Supongamos, pues, que las experiencias -lo que se vive- son esos perritos; unos minúsculos, otros mayores. Por tanto, ante las experiencias no solo hemos de admitir que vivimos, caminamos. Habrá que averiguar su valor para el futuro. Porque no se trata de pensar que las experiencias son solamente la inevitable firma de nuestro paso por la vida: viví, luego olvido. Las experiencias algo dejan. De algo sirven. Y parece que no sabe vivir quien se olvida hoy del resultado de sus actos de ayer…

Voy, ya, a ilustrar cuanto he dicho. Me figuro que algunos de entre nosotros han olvidado una lección elemental: cuando no llenamos los espacios, otros –u otra cosa- los colman. Mire usted. En algún sitio –según me cuentan- cerraron  o limitaron los espacios donde se comercializaban productos del campo. Y ante el hecho, uno se rasca la cabeza y pregunta si quien lo decidió ha previsto la nueva alternativa para que la gente adquiera sus provisiones. Porque suele pasar que espacio que se vacía, queda sin llenar. La razón es plausible: velar por la legalidad. Pero la experiencia histórica nos recuerda que la legalidad es proporcional a las circunstancias. ¿Qué es más importante: que nadie cuadruplique ilegalmente el precio de un producto, que nadie comercialice contra las resoluciones, o que los ciudadanos no tengan que agobiarse para llevar la vianda a su mesa? ¿Qué es lo principal: perseguir al que recoge sin licencia a unos pasajeros en la parada u ofrecer alternativas para facilitar el traslado a la casa, al trabajo, a cualquier parte que la gente desee?

Desde luego, estoy a favor de la legalidad. Pero mi modesto entender me permite reconocer que, por momentos, existe ilegalidad, porque no hay legalidad. Es decir, la restringimos demasiado y la convertimos –sin pretenderlo- en la justificación de nuestros actos. La legalidad por la legalidad, creyendo que habitamos en un país sin problemas y sin dificultades. Me pregunto si llegaremos a comprender que la ilegalidad más repudiable, verdaderamente inadmisible será aquella que impida que la gente resuelva sus urgencias vitales.

Pudiéramos añadir que donde no hay información, el rumor, la bola, levantan sus campamentos. Bueno, lo dejo para otro momento. Botar el perro, cerrar las puertas, se pintan como la respuesta menos costosa. Y no quiero creer que olvidar las experiencias sea  barato y útil. (Publicado en Juventud Rebelde)

 

 

 

 

17/05/2008 10:34 Luis Sexto #. Ética



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