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EL PRIMER VIAJE DEL DIABLO

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Por Luis Sexto

Dos años después de haberse construido la primera vía férrea en Cuba, las ocho locomotoras inglesas que la estrenaron fueron devueltas con sus tripulantes por el ingeniero jefe de los ferrocarriles de La Habana a Güines,  el norteamericano Alfred Kruger, que en cambio trajo desde los Estados Unidos cuatro máquinas Baldwin y sus respectivos operadores.

Ciento setenta años atrás, bajo la dominación colonial de España, Cuba se convirtió en el séptimo país en construir un camino de hierro al unir, en su primer tramo, a la capital con el poblado de Bejucal.

Aquel el 19 de noviembre amaneció lloviendo. En la estación de Garcini, el agua y el humo, el hollín  y  el ruido se confabulaban para dar la razón a cuantos argumentaban que el progreso pertenecía a la jurisdicción del diablo, cuya presencia más visible, audible y palpable había adoptado forma en la negra armazón de la Rocket, locomotora de vapor Stephenson, montada sobre diez ruedas y con una chimenea tan alta como la torre de un ingenio.Entonces los caminos de la Isla estaban poblados de huecos, quejidos, maldiciones y bandoleros. Se iniciaba, así, el primer hilo de una red que unirá a las ciudades más emprendedoras y, sobre todo, facilitará a la caña de azúcar llegar desde lejanos campos a los trapiches, y luego, transformada en grano, rodar sin esfuerzo hasta el puerto de embarque. Entre los seis países que habían trazado las paralelas del ferrocarril,  no estaba España, que lo ejecutó en los primeros años de la década siguiente.

Todavía muchos habaneros temblaban ante la Rocket y su piafante caldera. Unos,  agoreros de domingo, prometían una explosión o el fuego. Y otros los secundaban con los deseos y las oraciones, porque el camino de hierro les arruinaría negocios tan lucrativos como el servicio de carretones y coches, la navegación de cabotaje,  la trata de esclavos... El Capitán General Miguel Tacón se opuso tenazmente a la iniciativa de algunos hacendados y el intendente de hacienda de la colonia,  Claudio Martínez de Pinillos, Conde de Villanueva, oriundo de Cuba. La disputa terminó a favor del progreso. El militar de poderes omnímodos  regresó a Madrid y su silla recibió a otro mandón más consecuente. Los intereses económicos suelen prevaler sobre los políticos.

Las paralelas se extendieron con el empuje de mano de otra esclava y de obreros –especie de lumpen proletarios- traídos desde los Estados Unidos, además de canarios contratados en sus islas y reclusos enviados desde la metrópoli. Según Crónica del primer ferrocarril, libro de la investigadora Violeta Serrano, los peones eran tratados como bestias. Con pésima alimentación y bajos salarios por 16 horas de labor, murieron  centenares en tres años de trabajo. Algunos se sublevaron; otros desertaron. Los habaneros vieron a obreros del ferrocarril y sus familiares pedir limosnas en las calles.

El ingeniero Alfred Kruger no toleró por mucho tiempo a los especialsitas ingleses. Cuentan las crónicas que exigían salarios y condiciones no estipulados en los contratos; corrían las locomotoras a velocidades prohibidas, las chocaban y pronto se deterioraron. Esos fueron los pretextos del ingeniero. Pero con la decisión de Kruger de importar máquinas y tripulantes norteamericanos, empezó a inclinarse hacia la esquina de los Estados Unidos el contrapunteo –ingeniosamente señalado por el sabio cubano Fernando Ortiz- entre King Dollar y su Majestad la Libra Esterlina.

A las ocho de la mañana del 19 de noviembre de 1837, la Rocket empezó a tirar de cinco coches para inaugurar el primer tramo ferroviario entre La Habana, en el norte,  y Güines, en el sur, fértil comarca azucarera. Aún hoy, el ferrocarril sigue la misma ruta. Ya no parte de Garcini, en la intersección de las calles Oquendo y Estrella, en el centro de la ciudad. Ni tampoco de la estación de Villanueva, terreno que hoy ocupa el Capitolio. Parte de la estación de Tulipán, cerca de la Plaza de la Revolución, por donde pasaba en sus orígenes, y continúa, como antes, hacia Vento, Mazorra, Aguada del Cura, Rincón, Bejucal y sigue a Güines.

El viaje terminó ochenta minutos más tarde. Los setenta pasajeros que apostaron al progreso, bajaron sanos, sin polvo, en la estación de Bejucal, distante a uno 20 kilómetros de La Habana. Se saludaban y felicitaban por haber compartido aquella aventura tan rápida. Algunos, sin embargo,  calificaron la velocidad de endemoniada.La Rocket  había volado  bajito: veintitrés kilómetros por hora.  

 

16/11/2007 20:19 Luis Sexto #. Historia



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