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LA ESPUMA DE CINCO SIGLOS

20071115023745-la-habana4.jpgPor Luis Sexto

Al aniversario 488 de La Habana

La más baldía noche de mi vida la pasé en el Malecón de La Habana. Existen diversas maneras de contar las estrellas sobre el muro, y la que elegí resultó tan improductiva que ni obtuve lo que deseaba, ni dormí. Aunque me ahorro el lamento, porque no existe desgracia sin su gracia. Realicé el ejercicio que considero primordial para graduarse como habanero de corazón.

Puede ser un capricho mío. O quizás sea esa la ceremonia imprescindible para legitimar a tantos habitantes que tienen su acta de nacimiento en las zonas orientales, el centro o en el extremo occidental de Cuba. Si en Santa Clara solo merecían el gentilicio de pilongos -en ortodoxa tradición- cuantos se bautizaron en la pila de la Parroquial Mayor, nadie, a mi parecer, podrá decir que conoce y siente a La Habana como habitación interior si no ha amanecido alguna vez oyendo el rumor del mar al bostezar sobre el diente de perro del litoral.

Lo dicho tendrá sus flecos de barbaridad, o locura. A lo mejor de estupidez. Pero no creo que ningún residente de la capital, ni siquiera sus más renombrados especialistas, discutirán el hecho de que el Malecón le ha quitado al Castillo del Morro el pergamino de símbolo de la ciudad. Sus puertas cerradas al acceso público durante décadas y su orgullo de promontorio, que desde este lado del foso de la bahía remeda una altura inconquistable, fueron enajenando al Morro de las entrañas habaneras. Aún conserva su petulancia militar, su apariencia de lugar esotérico, exclusivo. Y el Malecón, cada día, se introduce más en la democrática vecindad de la gente.

A partir de los primeros años del siglo XX, cuando los norteamericanos trazaron el muro entre el mar y la nueva Avenida del Golfo hasta la calle Belascoaín, el Malecón ha sido el jardín de concreto y asfalto donde la canícula se compadece de la ciudadanía nocturna echándoles algún palmetazo húmedo. Ha sido también la pista de los carnavales habaneros desde el primero de la república, en febrero de 1903. Y muro de lamentaciones, porque en algún momento nos hemos sentado ante el agua, azul o negra, a llorar una desgracia, una decepción. Y muro sobre el cual meditamos en nuestros ensueños, añoranzas, resoluciones. Y paseo de los deprimidos, de los que tienen una hora para perder andando sin meta fija. Y ha sido el único parque donde los enamorados pueden besarse –y algo más- dándole las espaldas a la curiosidad transeúnte.  

O se lleva el Malecón en el alma o La Habana es solo el dormitorio o el sitio de trabajo, nunca el lar de los dioses familiares que nos comprometen a cumplir un culto de pasión hacia el aire y las formas de la ciudad. Esa línea irregular y amurallada que, a poco a poco, fue creciendo hasta su longitud actual, se nos pega como un sello o un cuño en el sobre de correo. Encontrándose en Nueva York, un periodista amigo mío recibió una propuesta de deserción de cierta personera de la Fundación Cubano Americana. Y él, muy serenamente, para quitarse la pejiguera de aquella vendedora de falacias, respondió: me quedo si me traes un pedazo del Malecón y me lo pones aquí, en Manhattan.

En alguno de sus días, ese amigo se había puesto a contar estrellas en el Malecón. Unas veces, adherido a la oreja de su novia; otras,  escuchando el programa Nocturno de los años 60. Nunca, sin embargo, había intentado pescar. Como yo. Que no sé a quien se le ocurrió la idea. Y una noche, hacia las 10, dos o tres amigos nos echamos los cordeles al hombro. Y elegimos el saliente que se adentra en el agua frente al bronce de General Calixto García, en la calle G.

Las horas pasaron. Las estrellas se adormecieron en los primeros resplandores del amanecer. Y yo me fui sin siquiera una sardina que justificara la ausencia de casa. Inventé contar que el peje, grande, había roto la pita, pero me pareció tan común y cursi como cualquier cuento de esquina, y admití ante mi mujer que jamás yo sería un pescador, pero que había aprendido a ser un habanero genuino pasando una noche despierto mientras el mar le contaba al muro del Malecón la espuma de cinco siglos.   

14/11/2007 21:34 Luis Sexto #. Crónicas



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