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REFRÁN QUE SE DUERME, LO OLVIDA LA GENTE

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Luis Sexto 

En su tejer y destejer legendarios, solo Penélope tendría paciencia para ponerse a contar refranes. Nadie conoce la cifra exacta. En Finlandia, según datos eruditos, se trasladan de una  a otra boca o se han echado a recoger el polvo del desuso, más de un millón. El escritor Tomás Álvarez de los Ríos ha logrado acopiar mucho más de seis mil, que ha inscrito en placas de barro y puesto en la fachada de su casa, en Sancti Spíritus. 

Pero al autor de Los Farfanes aún le falta demasiado para igualar una de las mayores cantidades reunidas hasta hoy: 18 500, número  que contiene la Enciclopedia de proverbios mundiales, compuesta por el folclorista alemán Wolfgan Mieder. Este diccionario confirma que el refrán experimenta un indetenible proceso de invención y transculturación. De Lengua en lengua. Adoptando mínimas variantes. Después se torna muy escurridizo su origen. En tiempos duros los armenios dicen: “El melón no madurará  bajo las axilas.” Y los holandeses apuntan: “Los gansos asados no llegan volando a tu boca.”  No siempre ha de atribuirse a un préstamo la similitud  refranera. Pueblos en iguales circunstancias pueden deducir similares conclusiones ante un mismo fenómeno. Por ejemplo, en lengua  yidish se asegura: “La manzana podrida arruina  el resto.” Los malteses aseveran lo mismo sobre las naranjas. Y nosotros, en Cuba, aplicamos idéntica receta a las papas. 

Ocurre también lo contrario: que el mismo asunto sea visto con óptica inversa. Los españoles y cubanos estamos convencidos de que “más vale tarde que nunca”. Los alemanes, en cambio, estiman que “un poco tarde es demasiado tarde”.  El refranero predominante en Cuba parte del español; son evidentes los clavos de la misma armazón, al menos en el sentido. En la forma, el criollo y luego el cubano lo revistieron con su imagenería jaranera, satírica, democrática. Y el contraste se presenta como una declaración de independencia, como una voluntad de diferenciarse. Esto es: miren este refrán español: “Tú, que te quemas, ajos has comido.” Oh, qué grave, qué empaquetado, qué rancio. La versión cubana es menos solemne, más llana y clara: “Al que le pica es porque ají come.” 

Los cubanos, desde luego, inventaron su centón de proverbios. De su dolorosa experiencia  colonial y neocolonial, cuando mantuvieron un tuteo con la pobreza y la injusticia, y de sus luchas, que a veces se disolvieron en la frustración, fueron extrayendo una sabiduría expresada mediante la irreverencia, la picardía. Sabiduría defensiva, de resistencia, como nuestro humor. Samuel Feijoo, poeta de mística sensibilidad y folclorista de acucioso y apasionado amor por lo popular, recogió, entre 1956 y 1978, una enormidad de refranes esencialmente cubanos. Los halló en lo recóndito de una serranía, o en la abierta soledad de la costa, o en una ciudad o un caserío. Deambulando. Con su paciencia y su ingenio, como un trashumante obrero de la cultura.Este es uno: “Hasta que no pases el río no le mientes la madre al caimán.” Otro: “Lo que a feo quiere, bonito le parece.” Y más: “Lo que fácil se da, fácil se va”; “El perro tiene cuatro patas y coge un solo camino”; “Si el tambor suena es porque el cuero es bueno”; “No hay abeja que pique dos veces”; “Con dinero al jorobado la curva se le endereza”; “El egoísta es como la guataca, sólo hala para él”; “En la casa del desnudo cualquier trapo es camisa”; “Cuando no hay pan, se come casabe”... 

DEFINICIONES APROXIMADAS 

El refrán es sabiduría en cápsula. Concentra en dos líneas y hasta en dos palabras una verdad extraída de la práctica social. Hay en su afanosa síntesis una vocación observadora y analítica, una intención de aviso y prevención, y un propósito simplificador, directo, inapelable. En códigos actuales viene siendo una señal de tránsito en el devenir de los pueblos. Surgido espontáneamente entre la gente de todos los días, o de la meditación de un pensador o un poeta ―Shakespeare fue autor de muchos― y más tarde depurado por la inteligencia de la colectividad, el refrán compone una de las más antiguas filosofías o soporte de sabiduría; algunos datan del siglo octavo antes de nuestra era. Aleccionando y advirtiendo acerca del amor, el trabajo, la amistad, los oficios, los negocios, circula anónimo y sin precio por todos los caminos, navega por todas las aguas, se alberga en cualquier poblado y, sin respetar aduanas, protagoniza un constante intercambio con lenguas y culturas. 

No siempre perdura. Por momentos expira con el tiempo y la sociedad en los que brotó, y si persiste a pesar de su descrédito, lo acompaña la fama de la mala hierba. Cuando muere es porque nació lastrado, deformado por algún foco pútrido de la ideología dominante. O fenece, porque el progreso y el sucesivo discernimiento de la verdad lo anulan. Nadie podría suscribir hoy ―al menos en Cuba― cuanto refrán o proverbio apareció contra la dignidad y la capacidad de la mujer. Ni habrá maestro o pedagogo que rija su cátedra con aquel proverbio de “La letra con sangre entra” sostenido por dómines antiguos. Y mucho menos en Cuba tendrá vigencia aquel del Martín Fierro, extenso poema argentino jalonado de refranesca sabiduría: “Hácete amigo del juez/ y no le des qué quejarse,/ aunque él te de mucho quehacer,/ vos te debés de encoger/ que siempre es bueno tener/ palenque ande rascarse.” Válido todavía este, sin embargo, integrado también a una copla, olla refranera, que copié de El Criterio Popular, periódico de Remedios en 1890. Dice: “El querer a un ser querido/ es una pena muy grande;/ pero es más pena morirse/ sin haber querido a nadie.”  

No ha de existir quién niegue la vigencia y la fortaleza vital de los refranes como suma de sabiduría popular o de  experiencia humana. Un proverbio o adagio, que así también se nombra, de procedencia yoruba, dicta que “el refrán es caballo de la conversación”. Y lo asumo entendiendo que a su lomo cuanto se habla discurre más provechosamente. Pero una cultura forjada, lactada, con refranes permanece incompleta, endeble. Refranescos eran los conocimientos de Sancho Panza. Abro a la ventura el tomo segundo de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, y oigo a Sancho apostillar una frase de su señor: “En efecto, en efecto, más vale pájaro en mano que buitre volando.” Podría Sancho acertar; mas se conoce cuánta diferencia había entre la dimensión espiritual del gordo escudero y la del escuálido Caballero, aunque algo se le fue pegando a Sancho por aquello de “Dime con quién andas y te diré quién eres”.

El propio Don Quijote admite más adelante que cada día su ayudante se iba haciendo “menos simple y más discreto”. En definitiva, “El que a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija”. Y yo, a mi vez, termino sin decir dónde nacieron y cuántos son los refranes, porque el que se acuesta contando estrellas, amanece despierto mirando al cielo.   

 

22/06/2007 14:51 Luis Sexto #. Cultura



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