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ENTRE LO AUDAZ Y LO PUSILÁNIME

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 POR LUIS SEXTO

Jorge Mañach encarnó la agonía colectiva dentro de su agonía personal.  Pocos como él en su época experimentaron con tanta lucidez reflexiva y tanto acierto estilístico el nacimiento definitivo de la nación, mediante el parto de la cultura como gestión intensa de las minorías.  Y pocos también como él sufragaron,  con la incomprensión, la búsqueda de las esencias nacionales.

Quizás en apariencias asumidas como esencias por cuantos lo han juzgado, Mañach (1898-1961) hallaría la causa eficiente –explicación y daño a la vez- de su controvertido papel en la historia literaria y política de Cuba. No fue,  aunque pretendamos analizarlo objetivamente,  un político a la usanza republicana. Esto es, según la analogía aplicada por Enrique José Varona, no comió en las ollas de un chiquero, a pesar de acogerse a alguna toldería electoral y programática y desempeñar cargos en la administración de la república. Más bien fue político en la medida en que la cultura y la historia componen asideros de la política,  estación inevitable en los procesos primordiales de la sociedad.  

Vemos, pues, a  Mañach, inserto en una  realidad personal signada por una contradicción a veces insalvable en sus manifestaciones éticas. Entre su decir y su hacer culebrean las inconsecuencias que, en esa hora de la definición nacional, se convirtieron en traición  para cuantos se adscribían a la izquierda de la soga, y en paños tibios para los suscritos a la derecha. Tal vez por la hondura de su indagación en el alma cubana, intentó asumir posiciones ideológicas y políticas  más racionales –no obstante su militancia en el ultra ABC-, en una mezcla de denuncia y sujeción, audacia y pusilanimidad.  Esa actitud moderada, que parecía regresión a los más renovadores, se la reprochó Juan Marinello, su contrafigura  y paralelamente el intelectual de la llamada década crítica de más puntos de tangencia con el autor de Indagación del choteo,  en la cultura, las inquietudes y el estilo. Marinello le exigía al Mañach secretario de instrucción pública que se apresurara en los planes de extensión educativa. Y este  respondió:-Juan, las cosas no pueden ir tan aprisa como tú quieres.Y Marinello replicó:-Ni tan despacio como quieres tú.

Esa fue, a mi modo de ver, el drama personal de Mañach. Un drama íntimo y público superdotado de aristas. Conciente de las urgencias y defensor de las ambivalencias.  Teórico pugnaz de los males y práctico inhábil de las soluciones. Escritor depurado, vigoroso, plantado en la tradición hispana y, en particular, en la herencia estilística de Martí, escribía, sin embargo, con tino de vanguardia en un país de analfabetos, en periódicos cuya prosa semejaba mayoritariamente, de acuerdo con Miguel Ángel de la Torre, la caligrafía de un cobrador de cuentas metido a periodista. Por supuesto, Mañach no quiso sustraerse de sus ínfulas de pequeño burgués con refinamientos de aristócrata. Ni renunció a la visión  de la democracia occidental vivida durante sus años de estudiante en los Estados Unidos. Y aunque hacia 1933, reconoció el daño que el Norte  infería a Cuba, estorbándole el desarrollo con su injerencia multilateral,  no preveía otra fórmula, en lo más distante, que  el orden norteamericano.

Hombre de equilibrios y evoluciones, conservador de estilo liberal, Mañach actuó posteriormente como la mayor parte de sus colegas en los años de la década del 30. De ellos  afirmó que se embarrancaban en los acantilados de La Florida, en “un ademán de avestruz”. Y él, en 1959, adoptó el exilio. Se fue a esperar que “los americanos” resolvieran el conflicto suscitado por la revolución cuya necesidad él mismo previo en sus artículos de La Marina, en los meses previos al derrocamiento de la tiranía del general Gerardo Machado.

Lo suyo es un caso de valentía estimativa, de atrevimiento profético resuelto en la pusilanimidad ejecutiva y en una rigidez ideológica que le impidió comprender las remezones sociales, políticas, culturales que un día le parecieron inevitables. Y llegó hasta ahí: hasta colaborar en hacer ostensibles los males y a convocar su cura. Jamás a participar en el remedio, distinto y opuesto, como sino, a la norma con que el mal (léase dependencia política, injusticia social) podría reformarse para proseguir perpetuándose. 

A contrapelo de  las aprensiones, hay que despojar a Jorge Mañach de sus estigmas. Nunca un despojo será tan legítimo. Porque la cultura cubana, en nombre de la política, no puede seguir prescindiendo del autor de Indagación del choteo. Y de hecho el proceso de su reivindicación literaria avanza. Martí, el Apóstol, Estampas de San Cristóbal y varios de sus ensayos han sido publicados en los últimos 10 años en Cuba. Y en las universidades, al menos en las facultades o escuelas de comunicación social  lo estudian. Estamos aún aguardando al creador de hoy, al estilista actual, que escriba sobre La Habana, o sobre los cubanos y los entresijos de su conciencia, páginas iguales o mejores. La obra carece de filiación partidista cuando, sobrada de calidad, se aleja del tiempo para estar en todos los tiempos.   

20/06/2007 22:48 Luis Sexto #. Cultura



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