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CONDENADOS A CONVIVIR

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  Por  Luis Sexto 

Planteo este asunto en los extremos. Digamos, pues, que vivir no es necesario. Sí lo es convivir. Porque, en realidad, como la vida tiene mucho de azar y uno pudo haber nacido o también no haber nacido, por ello decimos que no necesitamos vivir.  

Pero, ya vivos, ya siendo personas, es necesario relacionarse con los semejantes, incluso con aquellos que no son iguales a nosotros, pero viven. Por lo tanto, se hace forzoso convivir. Con mi familia, con mis amigos y vecinos, mis compañeros de trabajo o de escuela,  incluso con los desconocidos en la calle. Y, sea dicho en voz alta, necesitamos convivir con la naturaleza.

De todos los actos humanos, el de la convivencia, además del más necesario, es el más difícil. Los psicólogos clínicos están de acuerdo en señalar los problemas de convivencia, como los males que más frecuentemente aquejan a sus pacientes. No será una insensatez afirmar que convivir es un arte. El arte de la delicadeza y la solidaridad. Es el arte de saber ponerse en el lugar del otro.  Por ese cambio de posición comienza el respeto al derecho ajeno, clave de la convivencia. 

Usted seguramente sabe qué es convivir. Sabe incluso qué es mal convivir. Porque ya notamos con inquietud que estamos confundiendo términos como libertad, igualdad, con sus contrarios. Es decir, con libertinaje, igualitarismo, irrespetuosidad.  Estamos creyendo que los demás no existen. Estamos considerando que mis fronteras personales o familiares no terminan en la puerta de casa, sino comienzan en la del vecino, o en el asiento del compañero de viaje o en el puesto de trabajo del colega.

No creamos, desde luego, que vivimos en el caos. La vida social es mezcla. Mezcla de bueno que permanece y de malo que intenta perdurar. Esa es una lucha implícita. Permanente. Necesaria. Hay leyes. A veces se incumplen, se soslayan, hasta se olvidan. Pero una persona que tenga la sensibilidad aguzada, conoce que ciertas leyes básicas comienzan en uno mismo, y que es uno mismo quién debe obligarse a cumplirlas. Por ejemplo, el respeto a la propiedad ajena, social o privada. ¿Hace falta acaso que alguien nos lo recuerde?  Por ejemplo, el respeto al descanso del vecino. ¿Por qué cuando oímos música queremos compartirla con todos, de modo que la felicidad o alegría de uno se convierte en la infelicidad de otros?  

Vamos a meditar en el alcance de nuestra conducta. Vamos a pensar que la libertad absoluta es un simple cuento. Vamos a creer que la libertad comienza dentro del ser, pero que se atempera, se relativiza cuando se hace imprescindible relacionarse con el otro. Con aquel, con este, incluso con el árbol y el perro. Si Daniel Defoe no le hubiese puesto un compañero, un vecino, a Robinson Crusoe, el náufrago, el solitario, se habría deshumanizado. Cuánta razón la de Marx cuando apuntó que la esencia del hombre la componen las relaciones sociales.

En verdad, no existen alternativas. Estamos condenados a convivir.

05/12/2006 19:30 Luis Sexto #. Ética



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