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EL BOSQUE DE LA AMERICANA

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Por Luis Sexto

El espíritu de Helen Rodwan Jones ya se retiró a su nicho de intemporalidad. Ahora nadie teme pasar cerca de donde perduran el piso y los cimientos de su casa, ni cree verla vestida de blanco con un majá enroscado al cuerpo; un majá enorme que, al arrastrarse por el suelo húmedo, trazaba huellas tan anchas como las  ruedas de un tractor.

La presencia de Tomás Betancourt López obligó a abandonar la subversiva memoria con la cual por unos 40 años mistress Jones habitó aquel bosque que llaman, desde tiempos lejanos, La Jungla. Helen y su esposo Harris llegaron a la Isla de Pinos en 1902. Entonces, junto con la intervención estadounidense, desembarcaron en el archipiélago cubano centenares de ciudadanos norteamericanos. Eran nuevos colonos sobre una tierra ya colonizada en parte y en parte deshabitada, y a la cual mayoritariamente consideraban predio de salvajes.

Helen y Harris no se enriquecieron en la isla que el novelista inglés Stevenson sobrenombró como del Tesoro. Permanecieron pobres. Más bien entregaron la riqueza de su bondad, de su espíritu de progreso: plantaron un bosque. El Departamento de Agricultura de los Estados Unidos les suministró semillas o posturas de árboles de diversas especies y países con el propósito de estudiar cómo se comportaban en el trópico. Unas diez hectáreas se tupieron con el follaje de la arboleda. En ciertos espacios el sol permanecía como tras una visera, ajeno al movimiento que las sombras de la selva  protegían con una noche simulada. En el medio, los Jones edificaron un bungalow;  casa rara, atípica, con  paredes de tablas y techo de guano, casi al borde de un riacho cuyo murmullo se adhería al abanicar de los pinos o el crujir de los bambúes.

 Distante un kilómetro, las ruinas de la primera iglesia de  la Isla de Pinos, en el punto llamado Los Almácigos, abastecía a La Jungla de un valor más: ese había sido el sitio del primer asentamiento pinero, a finales del siglo XVIII. De ahí, en 1809, partieron los pobladores que, muy cerca,  fundaron Santa Fe, como prolongación o sustituto del primitivo caserío. Los baños mineromedicinales, descubiertos allí a mediados del XIX, permitieron que la Jungla se convirtiera en un atractivo turístico.

Del cercano pueblo venían los bañistas en coche de tiro a descansar, relajarse, meditar en el bosque. Harris murió en 1932. Helen, sola, continuó allí. Era señora de un paraíso donde, a su llamado –cruc, cruc, cruc-, los sapos venían a comer de las manos humanas. Un majá largo, pero no tan voluminoso como luego lo reprodujo el mito, colgaba del cuello de la mujer, más tarde vieja, y luego anciana. Siempre en  su regazo, un revólver Colt de calibre 38. No pudo, sin embargo, utilizarlo para defenderse aquella noche  del 26 de enero de 1960, cuando varios prófugos del presidio llamado Modelo la asesinaron para robarle un dinero que nunca poseyó: sólo percibía una pensión de 25 pesos. Incendiaron la vivienda quizás para simular un accidente. Entre las cenizas y las ruinas, unos colgajos sanguinolentos, negros  como pulmones de fumador,  anunciaron que Helen había muerto.Ese mismo día el bosque empezó a morir su vida.

Nadie más lo cuidó, ni lo amparó. Razones aparentemente justificables le horadaron el suelo, talaron ceibas seculares, dinamitaron raíces. Los cerdos lastimaron la capa vegetal con su hocico depredador. Bosque, selva, jungla: coágulo maltrecho en la llanura. La maleza creció. Y también la leyenda. Quizás el  inconsciente colectivo creía adivinar, en los despojos de la arboleda castigada, entre la penumbrosa soledad, el alma encolerizada de la anciana que acusaba, en la forma imprecisable de la superstición, a cuantos lastimaban la natural heredad, la amorosa herencia de los Jones.

Pero la victoria de la muerte suele transitar hacia el triunfo de la vida. Como en los bambúes. Florecen una sola vez, aproximadamente a los 130 años, y echan flores antes de fenecer de modo que, secándose, su simiente rebrota en el mismo suelo. Y mientras  La Jungla se clareaba, se deshojaba, en la Isla de la Juventud, en Guantánamo nació Tomás Betancourt López. Se graduó de profesor de física. Un día, uno de esos días de incertidumbre del Período Especial, Tomás pidió trasladarse hacia Cayo Largo del Sur. Allí le prometieron un empleo en una instalación turística. Esperanzas de vivienda también. Mas le retuvieron la baja en la escuela. Perdió la oferta donde lo aguardaban. Y entonces  por necesidad de casa, y por decisión de su carácter independiente, renuente a las imposiciones, y por el desafío de gobernar su libertad y comenzar otra existencia, partió hacia Nueva Gerona con su esposa y con el hijo. Transcurría 1998. Tenía 28 años. Apenas dinero. Y una divisa compuesta mientras leía a Martí: vivir abrazado a la verdad. Por ello,  miraba de frente. Y en sus ojos, tras cierta cortina de melancolía, se transparentaba una reflexiva, intelectual  madurez.

Acertados estuvieron los dirigentes municipales de la agricultura cuando decidieron entregar a Tomás Betancourt y su familia la finca forestal donde se hallaba La Jungla: dos caballerías y un tanto más. Sólo hacía dos semanas que habían desembarcado en los muelles de Nueva Gerona. ¡Un profesor de física metido a trabajador forestal! Cuánto durará. La pregunta, lógica; la duda, normal.  El 28 de mayo inauguraron el comienzo del rescate de la Jungla. No creo pertinentes las palabras para describir cuánto sufrió quien obligó a sus manos apretar el hacha con los mismos dedos que poco antes guiaban  el lápiz o la tiza. Una finca forestal es el campo, el trabajo, el usufructo de una familia. No más. Un presupuesto para limpiar y replantar el bosque. Y un paño para autoabastecimiento. Y varios carneros y unas vacas.  

Tomás limpió. Plantó. Aró. Surcó. Sembró. Y condujo a pastar a los ovinos, y aprendió a ordeñar vacas. Hubo momentos desesperados: volar, salir de allí... Resistieron.

-Era posible. Sólo basta desear, querer hacer las cosas. Esa es mi convicción. 

Fabricaron la casa. Y la mujer, Yaritza Morejón, tan joven como su marido, se habituó a la soledad. Y a él el cuerpo se le curtió. Aunque el sudor no le encalleció la conciencia. La purificó. La afinó. Porque estaba en contacto con la naturaleza. Y su sensibilidad intuía que allí podía trabajar para el futuro. Como un creador. 

Tomás Betancourt supo con los días la historia de la americana Helen. Empezó a ordenar aquella selva mixta. Identificó los árboles, al menos los que logró reconocer; les puso tablillas con los nombres. Y por las tardes viajaba a Nueva Gerona a leer en la biblioteca, a conversar con Colina el historiador. Yaritza quedaba en la finca. Nunca pueden salir juntos. La recompensa de tanta ofrenda aparecía jornada a jornada, al amanecer: Helen y su obra antigua y olvidada iniciaron la resurrección. El bosque se desprendió de supersticiones, de las cuales Tomás no quiere hablar. Alguien podría confundirse. A él le interesa y lo ocupa la obra, lo útil. La belleza. También  brotó el Bosque Martiano, con 35 especies de las 56 que menciona Martí en su Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos. Es un medio de educación, vinculado a las escuelas.Veo, toco la obra.

Confirmo, con paso moroso, que La Jungla se alza sobre un suelo limpio, acolchonado por las hojas caedizas. Van rellenándose poco a poco las marcas que pretendieron extinguir el bosque. Tomás confía. Está seguro que cuantos construyen son en Cuba más numerosos que los que alguna vez pretendieron  demostrar poder enseñándose con la naturaleza. Caminamos. Dejamos atrás el sitio, aún señalado por el piso y el pozo doméstico, donde los Jones habitaron su bohío de estilo americano. Uno siente un murmullo de energía aquietarle el ánimo y los músculos. Es el vaho de la sombra, de las ramas, de la savia, de una existencia que discurre  plácidamente. En paz. De pronto, un símbolo. Una mata de jobo, caída horizontalmente al suelo, no se resignó: jorobó su tronco, y continuó creciendo hacia arriba. Hacia la luz. Pero la paz cuesta. Por sugerencia de Tomás, que los dirigentes del municipio especial de la Isla de la Juventud apoyaron política y materialmente, a la entrada del bosque se dispersan ciertas instalaciones rústicas para comer, beber, conversar. Si en 1956, según averiguó, visitaron la Jungla más de 1500 turistas, ¿por qué ahora no incluían en sus paseos una vuelta por el bosque? Y, en efecto, desde Cayo Largo del Sur llegan hoy extranjeros para admirar un bosque compuesto por árboles de distintas zonas del orbe. Y para oír la historia de Helen, amasada, depurada, por la cultura que Cuba facilita a sus jóvenes, a su gente. Y Tomás, a quien ya le asignaron un ayudante para tanta faena, pulsa un inclaudicable rigor. Un celo intransigente. Son turistas de sol y playa, tal vez sin hábitos ecológicos. El jefe de la finca, el guardián de La Jungla, se yergue ante el descuido, y les recuerda:-El hombre puede vivir sin pan, no sin amor, ni sin naturaleza.

La frase parece gastada, vacía. Él, sin embargo, la pronuncia en el pecho. Por la boca sólo escapa el sonido. Nos apoyamos con cautela en la cerca de púas del potrero, mientras llama a sus dos vacas que, como perritos de casa, vienen a entregar el cuello para que él se los acaricie. Una vez, ante su impericia para dominarlas, las golpeó convertido en un irracional. Pero comprendió que los animales no eran culpables. “La culpa era mía. Vine a meterme en su mundo. Y debo respetarlos.” Continúa sobándolas suavemente. Una de las vacas parece llorar. Y llora, en verdad.  De sus ojos salen lágrimas. ¡Quién sabe por qué!  

04/12/2006 19:12 Luis Sexto #. Curiosidades



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