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LA POLÉMICA DEL PERIODISMO LITERARIO

Por Luis Sexto

Tal vez ya no se exprese contemporáneamente en litigios teóricos, pero la polémica todavía muestra la piel erizada de los contendientes. Literatura y periodismo mantienen una rivalidad práctica que, juzgada racionalmente, se asemeja a aquellas disputas en Bizancio donde se apostaba el tiempo a especular sobre si los ángeles eran varones o hembras, o a  adivinar cuantos de esos alados y transparentes personajes cabían en la cabeza de un alfiler.

A pesar de la tozudez de cuantos pugnan en uno u otro bando, periodismo y literatura se han acercado concretamente,  y hoy pervive la dicotomía gracias al orgullo, que suele atizar el ejercicio de las pasiones.  El novelista Lisandro Otero suscribe un criterio que tiende a reconciliar las miradas antagónicas: “Hemos tenido que aceptar que los libros de memorias, los reportajes, incluso la propaganda, pueden ser categorías de arte.”

¿Desde cuándo hemos tenido que aceptarlo? Quizás Otero se refiera a los tiempos actuales, con el desarrollo de los medios de difusión o comunicación, y en época de literatura kleenex, esto es, desechable. Pero probablemente Víctor Hugo y José Martí ya lo creían así cuando escribieron sus reportajes. Alejo Carpentier dijo que la diferencia entre el periodismo y la literatura, más bien la novelística, estriba en que aquel trabaja con los acontecimientos en caliente, y esta con ellos en frío. La perspectiva temporal viene siendo el elemento que atempera la apropiación de los hechos. Por lo tanto, siendo más inmediato, el periodismo se ve constreñido a la urgencia y la síntesis, y a cierta inevitable superficialidad condicionada por la jerarquización de los acontecimientos  y el espacio que ellos merecen e, incluso, por el que cuentan los medios.

Las especificidades de cada visión –la periodística y la novelística—engendran una diferencia estilística que, según Carpentier, es la única que él nota Y Gabriel García Márquez,  más explícito, más rotundo, a confesado que en cualquier análisis sobre el asunto, él parte de que “el periodismo es un género literario”.   Esto es, el periodismo no es un pariente pobre de la literatura. Es otra vertiente de la literatura, aunque más utilitaria y, por tanto, menos perdurable. Pero no por ello, han de permanecer en comportamientos estancos, sin influirse. Hay que hacer notar que tanto literatura como periodismo buscan, como fin supremo, captar el interés del lector. La  primera lo consigue enfatizando en lo estético; el segundo en lo informativo. Pero se topan con el mismo desafío: interesar, gustar.  Debo insistir. Desde el ángulo de la estética, literatura y periodismo ejercen funciones similares: educativas, cognoscitivas, etcétera. Pero las funciones primordiales los separan. La función estética caracteriza esencialmente a la literatura, formación estilística de arte,  y seguidamente las demás, entre ellas, la informativa. Al periodismo, formación estilística de trabajo la distingue, precisamente, la función que comunica el acontecer de actualidad, esto es, la informativa

El periodismo, no obstante todos sus vínculos con la realidad noticiosa, halla su dimensión más duradera e influyente cuando se aproxima a lo literario-estético mediante el trabajo del estilo y las técnicas narrativas. Norman Mailer, a quien se le atribuye, entre otros, un reverdecer del periodismo literario, dijo que era posible contar la historia como novela y la novela como historia. Por ello, tal vez los reportajes de John Reed puedan ser leídos aún con una pasmosa actualidad.  También los de Pablo de la Torriente Brau. Trascendieron el círculo inmediato de lo perecedero, para insertarse en la órbita de lo permanente, al expresar sus enunciados sobre el discurrir cotidiano en un movimiento narrativo pleno de vitalidad. Julius Fucik, al disponer en Reportaje al pie de la horca su testamento literario decidió cómo  debían los albaceas ordenar sus escritos: unos serían publicados como obras escogidas, y el resto continuaría sepultado en los archivos de los medios donde aparecieron, porque fueron textos que “murieron con el día”. 

Habitualmente, los enunciados periodísticos más apegados a las urgencias informativas del momento fallecen al atardecer. Revelada la noticia, comentado el acontecimiento, reproducida la declaración,  ya no hallan un destino que les justifique el interés, salvo quedar como referencias para historiadores y sociólogos. Ese periodismo, por supuesto, ha de crearse sobre la mesa de la fidelidad profesional. Porque, aunque muera de inmediato, tendrá que conquistar y satisfacer a los lectores de ahora, de hoy, sus destinatarios principales. El colombiano Tomás Eloy Martínez enunció brevemente una tesis cuajada de método, experiencia y, sobre todo, de ética. El novelista solo adquiere un compromiso con los lectores después de concluida la obra; ignora quienes la leerán, y por tanto primeramente tendrá que ser fiel a si mismo, a su vocación, al mundo propuesto en su libro, que suele partir del orbe de sus vivencias y creencias.  El periodista, en cambio, cuando se aplica a escribir conoce a los destinatarios de sus cuartillas que le exigen apego a la veracidad y  la exactitud esenciales del plano informativo y a todas las convenciones que definen, mediatizan y condicionan un texto periodístico.

Periodismo es, en esencia, servidumbre. Pero, precisamente por ese resorte de opresión, el periodista asume un compromiso ante el cual no siempre se reivindica cumplidamente. El exceso de sometimiento a las normas convencionales, el fanático culto a la despersonalización, estimulan quebrantar la forma o la búsqueda de las opciones que conviertan las páginas de un periódico en un nicho de la vida en sus secuencias aspirables y respirables, en su flujo y reflujo sanguíneo. Es decir, una dosis de vitalidad que, aunque parezca morir con la jornada, deje memoria durable de sí en el desafío a lo banal y opaco. Los lectores jamás se han reunido en congreso para reclamar de periódicos y revistas sequedad, frialdad, superficialidad. Al contrario, las encuestas demandan el soplo vivificador de un espíritu de luz.

Cuantos menosprecian la aparente faena menor del periodismo, se fundamentan en aquellos medios y profesionales que la ejercen con la actitud del que acomete el trabajo sabiendo de antemano la poquedad de su tarea. Así se manifiesta la conciencia de la propia subestimación que impide, por indefectibles resultados de los impulsos retardatarios, un previsible movimiento dialéctico de superación. Hay ingredientes de acomodamiento, de carencia vocacional, de convicción creativa e incluso de cultura  en las redacciones. Por lo cual el periodismo no es intrínsecamente limitado, precario: se pervierte y reduce en su ejecución.  Qué podrá argüirse cuando de los archivos alguien extrae páginas centenarias, y revela a José Martí como gacetillero, autor de esas notas que a veces ni portan nombre y apellido y que ilustran el aprovechamiento del espacio material y la decisión editorial de ampliar el universo informativo. Aun en ese género casi microscópico Martí ordenó a su pluma  una  expresión decorosa. Podría  una gacetilla fenecer con la puesta del sol, pero durante toda su breve existencia uncirá al lector a una forma incitante, viva.  El historiador Pedro Pablo Rodríguez reprodujo, en Enfoques, de la UPEC una muestra  de textos breves y anónimos, atribuidos rigurosamente a Martí mientras trabajó en la Revista Universal, de México.

Años más tarde, el Apóstol de la independencia de Cuba se afiliará a los anticipadores decimonónicos del periodismo que hoy los tratadistas llaman literario, o personal, o narrativo, que es como prefiero, o nuevo periodismo que engloba con este marbete una variante de lo mismo.  Desde luego, entonces el gacetillero anónimo, pero inteligente, armónico, fino de la Revista Universal, dispondrá de mayor espacio para explayar la narración reporteril en un discurso narrativo que reconstruirá activamente el contenido noticioso o informativo. El espacio es la objeción más general y atendible de cuantas se le oponen al periodismo literario –que no por llamarse así dejará de ser periodístico-. Es cierto que para narrar según los procedimientos de la literatura, el autor reclamará un recipiente ancho y profundo. Y por ello, actualmente, el reportaje narrativo se asila en las páginas dominicales, o en los libros. Aclaremos, a propósito, que no es literario por que su soporte sea un libro, como hay enunciados que por publicarse en un periódico no son automáticamente periodísticos.  El folletín del siglo XIX, digamos, aparecía en las páginas de los medios, pero clasificaba como literatura o seudo literatura.

Ahora bien, la práctica de la narración literaria como alternativa periodística puede adaptarse al espacio disponible. Agotada espacialmente o adecuada al espacio disponible, enriquece el reportaje y la crónica –géneros claves del periodismo impreso- incorporándoles un toque de vigor, realce, y vigencia.




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