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PATRIA Y HUMANIDAD

NO OLVIDEMOS...

NO  OLVIDEMOS...

Luis Sexto

 

 

 

 

Reflexión en tiempos de cambio

Que la oposición cubana no llame a una rebelión como en Túnez o Egipto, Libia, Siria, indica, no como afirman algunos filósofos de las bolas de cristal, que vota por la vía pacífica, sino que es incapaz de convocar a la violencia: no existe coherentemente, salvo en ciertos medios del exterior. Y tampoco aceptemos  que no “existe” porque el gobierno la silencia: cada vez que un cubano patriota infiltrado se pone sus ropas de gente normal  y cuelga  las de  David, y la prensa nacional difunde su trabajo secreto, uno conoce, se percata de que los opositores existen como ciudadanos censados en las oficinas del carné de identidad; mas no como políticos articulados que ofrezcan una alternativa razonable a los problemas de Cuba.

El mito, en términos claros, no es la revolución cubana y su vocación humanista, liberadora, independentista; ni componen un artificio los fondos federales para financiar la subversión en Cuba (la ley Helm-Burton los autoriza, que es como decir que legitima la injerencia).  Lo mítico, lo mentiroso, es hacer creer que tanto dentro como fuera de Cuba se aglutina una oposición congruente con un pensamiento político, una estrategia y que declamatoriamente, y algún ingenuo en huelga de hambre, lucha por la libertad de los cubanos. Al menos, en objetiva apreciación, uno considera que si no ha triunfado es porque por sí misma, carente de apoyo interno y de vocación de servicio,  no podría vencer, aunque por tantos años recibiendo dinero de los fondos federales, que se reparten como si los distribuyera Alí Babá entre sus 40 ladrones,  no le convendría triunfar: los perdería. Contra Castro, sí, pero no tanto. Ese, según sugiere la práctica de medio siglo, parece ser el cálculo, sobre todo en Miami.

El que  esto escribe lucha también por más libertad, más democracia, más bienestar para los cubanos y para él mismo. Y lo hace principalmente por una razón: vive en Cuba y sufre las limitaciones de sus compatriotas. Pero los sedicentes luchadores, o los autocalificados disidentes, se han apropiado de un término que no les pertenece. Ese título los acerca, lexicalmente, al gobierno cubano. Explico: uno disiente de parte de aquello en lo que cree o sirve: uno disiente, por ejemplo, del criterio de un amigo, de un grupo de colegas, de un sector, o de la línea de un partido. Disiente, es decir, siente de otra manera, pero dentro y no fuera del mismo circuito ideopolítico.

Los llamados “disidentes” en Cuba –y ahora los entrecomillo- son opositores. Pero tampoco les podemos aplicar la naturaleza de la oposición que el Partido Republicano hace contra el Demócrata cuando este alquila la Casa Blanca o viceversa. O el PP al PSOE en España. En definitiva, si disputan, y a veces en forma casi incivilizada,  por administrar el país, ninguno de esos partidos -engarfiados al poder invisible de bancos y transnacionales- pretende cambiar el régimen de propiedad, ni invertir la pirámide social en cuya parte estrecha, según se estrecha, solo caben los sectores del poder real y efectivo. Debajo, en la base, los indignados, los trabajadores, los pobres, los que votan y nunca gobiernan.   

La oposición pretendidamente cubana pretende, al menos en teoría y en declaraciones, cambiar el gobierno y el sistema originado en la revolución  de 1959, cuyo vigente apoyo popular,  por lo que aún pulsamos, a pesar de decepciones, carencias, errores, explica su permanencia como actuante herencia histórica. Precisando, los fines de los opositores, y no disidentes, consisten, y es lo menos público, en hacer girar la sociedad cubana del sur al norte e  introducirla en la órbita metropolitana de los Estados Unidos. Esa partida de largo plazo, como he dicho y lo reconoce el gobierno norteamericano, la pagan los fondos federales de 20 millones de dólares aprobados por el actual gobierno demócrata, y que los aprobará también, indefectiblemente, la próxima administración. Así ha sido  y así será, como diría el resignado y un tanto cínico  Sinohué el egipcio. Ojalá esa certeza fuera incierta.

Por lo tanto, no quieren los opositores  solo expresar su opinión dentro de Cuba. Pero creo que el gobierno cubano, que tanta hostilidad ha recibido de los Estados Unidos, cuenta con el derecho, y también tiene el deber que miles de ciudadanos le exigimos, de defender la integridad de Cuba y su independencia.  La oposición para cambiar gobierno, sistema, aspiraciones solidarias, no se presenta, pues,  como una opción admisible, porque toda esa oposición que llaman democrática,  en una inversión del diccionario, responde, en lo primordial, a los intereses de una gran potencia renuente a tener un gobierno no manipulable a noventa millas de sus costas.

Propongo supuestamente  que fundemos un partido en los Estados Unidos con el fin de cambiar el régimen capitalista, y vamos a ver qué pasa, y adónde podremos llegar.  Allí la democracia opera para que el sistema perdure, como en España o en Francia, donde los socialistas solo pueden hacer casi lo mismo que los conservadores, pero nunca actuar para que peligre el sistema. Recordemos, mientras Malcon X predicó el odio entre razas, en los 1960, no tuvo conflictos, al menos  conflictos enrojecidos.  Cuando descubrió que el racismo en todos los tiempos ha sido, en su esencia, un instrumento de dominación de una clase social sobre otra, entonces fue asesinado.

De eso se trata: impedir en Cuba el predominio expoliador de una clase sobre otras. La sociedad mundial globalizada ha modificado ciertos perfiles económicos y tecnológicos, y ha democratizado aparentemente el bienestar, pero las clases, en esencia, siguen existiendo y litigando. ¿O qué indican los que protestaron en Wall Street, o en Madrid, o en cualquier otro punto donde los propietarios quisieran salvar sus bienes y riquezas a costa de los muchos, es decir, de los dependientes de un salario? Por ello, la llamada oposición en Cuba, no tiene programa: solo habla de libertad y de democracia. Palabrero programa: sin definiciones, ni exactitud. ¿Libertad y democracia de qué tipo, con qué fines?  ¿Y la justicia social y la independencia? ¿Si toma el poder, les dejarían a los campesinos las tierras que la revolución les dio, o comenzaría a devolvérselas a los antiguos terratenientes y a las empresas norteamericanas? Y por ahí, podríamos hacernos preguntas: ¿Mantendrá a la sociedad cubana a resguardo del narcotráfico como sistema, y de la  prostitución como sistema, y de los casinos cómo sistema, y de la corrupción como sistema en paisito dependiente? Aunque confiesen que quieren justicia social e independencia, no les podríamos creer. Porque por compromisos contraídos a cambios de un fondito subversivo, esa oposición grita y provoca para favorecer a intereses clasistas y geopolíticos afincados, en particular, en los Estados Unidos.

El más patriótico y adelantado pensamiento nacional se manifiesta de acuerdo con esa percepción. Y uno se niega a implantación de la democracia recortada por los Estados Unidos, porque, si no, la potencia a la que Martí le descubrió los gérmenes imperialistas, regresaría a recuperar su dominio en este archipiélago de más de 1 200 islas y cayos adyacentes, como rezan las lecciones geográficas, y con un golpe de vara de mayoral obligarlo a regresar aún más a la pobreza, y a la fragmentación, como pobre sigue Haití, a pesar de la intervención norteamericana hace unos años.

Imperativamente, Cuba necesita trascender su pobreza, a la cual Washington no es ajeno mediante sus restricciones legales. Con cuánta dificultad avanzará Cuba si cada vez que un banco extranjero efectúa una transacción con una institución cubana, el departamento del Tesoro  les impone una multa millonaria. La libertad y la democracia se consolidan y se extienden mediante espacios económicos provechosos, y pueda la gente comer y vestir sin las presentes limitaciones, y trabajar por un bienestar posible. Ello lo saben los laboratoristas y brujos de la CIA y el departamento de Estado. Y por esa causa insisten en bloquear económica y financieramente a Cuba, y de ese modo azuzar el descontento y el oportunismo interno, y mantener divididos y desnaturalizados a los emigrantes mediante el cartel de "exiliados" que les traza la ley de ajuste cubano y sus readecuaciones.

Uno lo comprende. Y quien recuerde el pasado del capitalismo dependiente, ha de  servir a Cuba, entroncado con la historia de la nación: todo cuanto se haga es para impedir que los Estados Unidos vuelvan a caer sobre nuestras tierras. Lo dicta Martí. Por lo demás, a todo compatriota honrado que ame a su patria y su independencia, aunque no resida entre nosotros, uno le alarga la solidaridad. Pero si la condena de Cuba como país, dicen que antidemocrático, procede de gente que solo acepta el concepto de democracia por ellos propuesto y no el de otros, pues esa condena no ha de importar. Y si el debate se descuera mediante las técnicas retóricas del insulto o la desligitimación del contrario, ese debate tampoco debe de interesar…

Lo que importa es lo que se haga aquí dentro para suplir necesidades, para  aplicar sin la intermediación burocrática, la democracia del socialismo, y asentar la economía sobre conceptos y actos racionales, como la ley del valor, los espacios individuales, las cooperativas, con el Estado de salvaguarda del equilibrio en la adecuación a las circunstancias de principios y tesis de un socialismo sin dogmas.  

Que nadie lo olvide: Aún los revolucionarios tienen el poder.

 

 

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