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¿QUIÉN ES EL ÚLTIMO?

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Luis Sexto

Lo advierto: se me dificultará  llegar a la semilla en este tema. Antes recordemos que aún sigue vigente la división platónica de la opinión en dos términos: la vulgar y la sabia, doxa y epísteme. La primera califica, por ejemplo, de tardía la reciente ley migratoria y no explica porqué ha sido tardía, ni por cuáles razones resultan insuficientes leyes dirigidas a ampliar espacios de más libertad, democracia y oportunidades de bienestar. Campantemente, la opinión común y absoluta les asigna un marbete: tardías, o insuficientes.

Para juzgar el presente o el pasado inmediato con ánimo constructivo, y para usar los calificativos con propiedad,  necesitamos, por consiguiente, repasar las correlación entre lo interno y lo externo, y precisar la voluntad política y el consenso, y determinar la relación entre  la acción conveniente, el diagnóstico de la economía y el papel de la política hostil de los Estados Unidos -que ciertas opiniones ya soslayan- en las decisiones del gobierno cubano. Veamos: ¿hubiera sido posible aprobar una ley migratoria como la actual en 1980? Es decir, no me he propuesto afirmar que los adjetivos tardíos e insuficientes sean falsos; por momentos pueden ser verdaderos, si se demuestra su verdad.

Sólo procuro hacer recordar que los calificativos en solitario, sin un análisis de la época donde los actos adjetivados se deciden, carecen de hondura y razón. No argumentan, y exhiben el facilismo como marca de agua oscura. Son más bien palabras claves de la propaganda, cubos de agua fría para condensar la desmovilización social, o expresión de actitudes ambivalentes, quizás un quedar bien con estos y con aquellos.

Y ciertamente, cuantos queremos participar en la reedificación de nuestra sociedad sobre un tablado apto para el socialismo,  debemos entrenar el ejercicio de la crítica. Sean el ciudadano común, el académico o el funcionario. La crítica, que no equivale a calimbar de buena o mala una política, ni embanderar de excelsitud resultados mediocres, ha de operar como una mirada en perspectiva y en retrospectiva, juzgando la realidad con sus neblinas y los condicionamientos del clima social.

Girando la vista hacia otro ángulo, habrá que renunciar a creer que repitiendo una consigna todo se explica o se resuelve. Qué otro socialismo podríamos levantar que no sea próspero y sustentable, con las limitaciones que su concreción exige. Porque no sería  apropiado correr sobre carrileras sin ponerles las traviesas, o hacer refulgir proyectos idealistas en un planeta definido por un capitalismo en bélica expansión. Al repetirlas sin que la mano y la cabeza las conviertan en idea y obra efectivas, las consignas se diluyen y  quedan como esos adjetivos con que exhibimos nuestra presunta independencia de criterio.

Algunos olvidan que no hay términos medios para Cuba. Unos y otros  estamos con la patria, aunque la patria necesita que las palabras y las acciones carezcan de doblez y sobresalgan por ir a las raíces de problemas y soluciones. Y reclama la patria  que no obviemos que la independencia no es moneda de cambio, ni rehén de intereses, y que la justicia social no consiste en promesas sino en obra palpable instalada sobre cimientos políticos y económicos.  

La historia de nuestra nación nunca podrá ajustarse al destino de componer  un cántaro que  pueda romperse en cualquier fuente. En cambio, los fundadores, lo que señalaron las articulaciones esenciales de Cuba desde Aponte hacia delante,  nos exigen definir la historia como el cordón umbilical que impida que la sociedad cubana se fragmente.

Quizás sea variable la percepción de cada uno de nosotros con respecto a las circunstancias en que habitamos. Unas medidas serán tardías para unos; a otros les parecerán correctas, y aquellos las clasificarán como no completamente suficientes. Sin embargo, para no caer en la desilusión o en una negatividad sistemática, urgimos de una actitud honrada, inmune ante una adjetivación que marque indecorosamente los postes de las ambiciones oportunistas.

Y este comentarista qué posición elige. No es confesión nueva: me niego a matricular en esa asignatura llamada defectología y que entrega el diploma para  endilgar  adjetivos rebajadores a cuanto  decidan y concreten en Cuba las fuerzas revolucionarias. Renuncio a ubicarme en una posición equidistante entre la herencia de la revolución y sus enemigos.

Para mí, la ecuación resulta simple: aspiro a quedar bien con cuanto pienso y con aquellos que estimo mi deber ciudadano y mi compromiso con la historia y con mi origen de pueblo y de clase. Y a la hora de expresar mi opinión,  he de matizarla. Porque si todo para mí es malo, o todo es bueno, o es bueno y malo sin decantar estos extremos, posiblemente termine sin saber a dónde voy ni de dónde vengo. Por ello ya he pedido el último en la cola para inscribir mi nombre en un curso de crítica y de historia. Porque sólo con adjetivos descontextualizados no se hace crítica, ni se respeta la historia. Tal vez se logre un poco de espuma en las palabras.

21/08/2013 09:48 Luis Sexto #. Política



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